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6 Chapter Conclusions, recommendations and reflections

6.5 Contribution to practice

determinar cómo deberían de ser aquellos que toda- vía no realizamos. Pero las tradiciones y costumbres (realidades a las que hace referencia el término ética  por su etimología) que se dan en una comunidad, en un pueblo, en una nación, en una cultura, etc., de hecho constituyen el mundo moral y, en contraste, existe el mundo ético que es la parte de la filosofía encargada de juzgar del bien o del mal, que califica y también que marca un deber ser. Es decir, existe una diferencia entre moralidad y ética. La moralidad es una cuestión de hecho, de lo que sucede en el ámbito humano, mientras la ética aborda las cuestiones de derecho, de lo que debería suceder (pretendidamente * Licenciado en Filosofía por la Universidad Iberoa mericana y Espe cialización en Psicología Terapéutica de la Universidad Iberoamericana - Ciudad de México. Maestro en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Doctor e n Filosofía por la Universidad Iberoamericana - Ciudad de México. Profesor Titular en la Universidad de Monterrey, México. Correo electrónico: [email protected]

mejor) en vez de lo que sucede. Pero ¿quién dicta lo que debería suceder?, ¿con qué criterios se puede cali- ficar algo como bueno o malo?, ¿con qué criterios se  podría establecer el deber de lo que habría de ser? La historia de la filosofía, y de la humanidad entera está llena de estas descripciones morales y de estas pro-  puestas éticas.

Pero dentro de las muchas cosas que ocurren en las sociedades y en las culturas está la realidad que ahora denominaremos el ejercicio de las profesiones. Dicho ejercicio no está exento de juicio moral (que según la distinción arriba planteada mejor debería- mos decir juicio ético) para elucidar si una acción en el ejercicio de la profesión puede calificarse de “bue- na” o de “mala”. El ejercicio profesional tampoco está exento de ser orientado, o mejor valdría decir, dirigido  por el deber ser que le proponga la ética.

Así, una definición general de ética podría rezar: ciencia práctica y normativa que juzga de la bondad y maldad de los actos humanos.

2. Dicho lo anterior, un acercamiento para definir  la ética profesional podría ser: ciencia práctica y nor- mativa que juzga de la bondad o maldad de los actos cometidos en el ejercicio profesional. Decimos que es ciencia porque implica un conocimiento que debe ser demostrado con cualquiera de los métodos espe- cíficos, argumentación o prueba que la epistemología reconoce y promueve. Afirmamos que es práctica y normativa porque orienta, sugiere, exhorta a ciertas ac- ciones (tanto profesionales como no profesionales)  para que éstas resulten buenas. Y finalmente decimos que juzga de las acciones realizadas en razón de su bon- dad o maldad, y todo ello implica lo que por bondad o maldad se entienda, según tanto en los contextos ha-  bitualmente convenidos, como por las aportaciones del sentido común y sus enriquecimientos con la es-  peculación de diversas doctrinas filosóficas.

3. Así, la ética profesional de la psicología tendrá como tarea una función doble. Por un lado orientar, por  no decir normar (con coerción ética y moral, no con coacción jurídica), el quehacer profesional del psicó- logo y por otra parte podrá tener a su cargo la evalua- ción de la acción profesional realizada por el psicólogo en el despliegue de su labor.

A) Para la primera tarea la historia nos muestra la realización de múltiples estudios sobre los principios, valores, cánones y códigos profesionales de los psicó- logos. Algunas de estas ideas se encuentran consigna- das en las reflexiones de los códigos, pues en ellas existe claramente un campo de nociones generales que se aplican para todas las profesiones, así como un campo

que se aplica particularmente a la psicología en todas sus ramas y especialidades.

De esta manera podríamos encontrarnos con prin- cipios y valores que puedan valer para la psicología en general pero no para alguna de sus ramas en espe- cial. Como por ejemplo algunos de los cánones del código profesional que versa sobre la investigación y experimentación en animales, probablemente poco tendrá que aplicarse al quehacer profesional del psi- coanalista.

Podríamos establecer subespecies de la ética pro- fesional del psicólogo para las áreas que constituyen los diferentes tipos de psicología: psicología educativa,  psicología industrial, psicología de la investigación y  psicología clínica, por mencionar las principales.

B) Para la segunda tarea, una vez cumplida la mi- sión de establecer códigos generales y específicos, se  podrán aplicar esos principios, valores y cánones a los casos particulares según la rama o especialización.

En este contexto nuestro trabajo pretende abordar  algunas consideraciones del caso particular del ejer- cicio profesional del psicólogo como psicoterapeuta de tratamiento individual. En este último campo tam-  bién se debe advertir que en la psicología psicoterapéu- tica existen muchas cuestiones específicas que la ética  profesional no debe olvidar, entre otras, por ejemplo:  — Las cuestiones relativas al inicio de un trata- miento: tipo de contrato, costos, pagos direc- tos o por terceros.

 — La evaluación psicodiagnóstica y su predicción,  para efectos de cambio de contrato, uso de di-

ván, frecuencia de sesiones.

 — El proceso y el trabajo de elaboración que se da en él: cancelaciones, interrupciones, consen- timiento informado, contactos con familiares y con instancias jurídicas, etcétera.

 — Y sobre todo los problemas éticos que pueden darse a partir del manejo de la transferencia y la contratransferencia.

Sobre este último punto tratan nuestras considera- ciones, pues cabe destacar la posibilidad de problemas específicos tanto de índole teórica como de la práctica (profesional) como cuando se atiende a pacientes de distinto credo religioso, o con diferencias de credo moral o institucional, como podría ser típicamente un caso mexicano en que el psicoterapeuta pretenda ubicarse en la zona de “la neutralidad” ortodoxa de la ciencia de la psicología y el paciente declare ser  cristiano o resulte católico, aunque no sea practicante.

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Este último problema, la intervención del psicoterapeuta con orientación psicoanalítica —dado el contexto de la transferencia y la contratransferencia—, en referencia a la ideología ética del paciente, a su nivel moral de vida y a la neurosis que padece y su pretendida cura, será el asunto que nos ocupe.

Método

Tal y como corresponde a una temática límite del cam-  po de la filosofía como lo es la ética profesional, y en este caso con la profesión de la psicología y particu- larmente con el quehacer del psicoterapeuta, se ha seguido el método cualitativo de revisión e interpre- tación filosófica de ideas en una bibliografía y hemero- grafía amplia y variada.

La revisión e interpretación filosófica se ha reali- zado en estricto apego al método de argumentación filosófico, sin que por ello exista un abuso en el uso de la lógica y las expresiones de formalización que en la misma abundan. El criterio lógico de consistencia y validez ha sido aplicado y se considera que es sufi- ciente para el propósito fenomenológico-descriptivo y propositivo de este trabajo.

Planteamientos

La intervención del psicoterapeuta (de orientación psicoanalítica) en referencia a la ideología ética del paciente, a su nivel moral de vida y a la neurosis que padece y su pretendida cura

La teoría psicoanalítica subraya que la moralidad se basa en la identificación con los padres. Considera que la conciencia (entendida como conciencia moral) es lo mismo que el súper-yo y, por lo tanto, los criterios del  bien y el mal son las reglas paternas que absorbe el niño, y su respuesta a estas reglas arbitrarias constituyen la fuente de los actos que determinarán su moralidad. Del choque entre las pulsiones y el súper-yo, es decir, de entre los deseos y la ética, de entre sus apetitos y la identificación paterna, proviene la neurosis que even- tualmente atenderá el psicoterapeuta. Este choque tiene entonces un elemento de moralidad que provoca “la disfunciona-lidad” y que el terapeuta deberá a su vez tratar con ética profesional. Y por si esto fuera poco, el terapeuta deberá realizar su trabajo en una posición pro- fesional que se ubica más allá de su propia convicción ética y de la personalidad moral que tiene en su vida.

La teoría de Freud, que por razones de espacio no reproduciremos aquí, aporta los matices del origen y desarrollo de la conciencia, de la culpabilidad, de los criterios personales para considerar lo correcto y lo incorrecto, la génesis y establecimiento de principios ético-operativos en el sujeto como la justicia, el amor, los ideales, los propósitos de vida, etcétera.

Rosenbaum (1985, p. 26) nos dice que

Freud, interesado en que sus teorías fueran considera- das como una parte de la ciencia y del positivismo lógi- co, evitó el campo de la ética. Sentía curiosidad y al mismo tiempo escepticismo por la obra de James Jackson Putnam, un neurólogo que trabajaba en Boston y que fue uno de los primeros en practicar el psicoanálisis en Estados Unidos. Le preocupaba que la psicoterapia lle- gara a verse mezclada con la teología. Sin embargo, Putnam creía que era imposible realizar una psicotera-  pia intensa a menos que se explorara la moralidad del  paciente. La ética de Freud era simple: perseguir la ver- dad a expensas de la ilusión, sin importar cuán confor- tante fuera esta última.

Sin duda alguna Rosenbaum no profundiza cuando escribe este comentario, pues la metapsicología, la reflexiones de Freud sobre la religión y la moralidad  juegan un papel esencial en su explicación de la gé-

nesis y constitución de las psicopatologías.

Sin embargo es cierto lo que Rosenbaum (1985) a su vez toma de Polanyi (1974), pues éste observó en los científicos el deseo moderno de proteger el conoci- miento del dogmatismo religioso y de sus excesos. De este modo, nos relata, las afirmaciones científicas llega- ron a ser aceptadas porque satisfacían las pasiones mo- rales (refiriéndose, claro está, al caso del psicoanálisis y a su descubrimiento de las pulsiones inconscientes). Una vez que se excitaban las pasiones, le daban aún más  poder de convencimiento a las afirmaciones científicas. Así, el sistema estaba estructurado de manera invulne- rable: cuando se criticaba una verdad científica, la pa- sión “moral” salía al paso para rebatir la crítica, y si había objeciones basadas en la moralidad, entonces los descu-  brimientos científicos se alegaban en defensa de la nue-

va ciencia.

Por esto podemos comprender la pretensión de al- gunos seguidores de Freud: el psicoanálisis separa la moralidad (y en especial la moralidad sexual) de la ética de las relaciones humanas, de manera que la vida psí- quica (y en especial la que corresponde a la sexualidad) no tiene nada que ver con el bien y el mal. Pero... ¿será esto cierto?

Drane (1985) considera que los psicoterapeutas, como los filósofos y los sacerdotes, trabajan con un

modelo de lo que es deseable y bueno para los seres humanos, de cómo deben comportarse consigo mis- mos, con los demás y con la sociedad. Y cualquier   persona con un poco de sentido común se sumará con

nosotros a suscribir tal afirmación. El altruismo, por  ejemplo, se considera más sano que el narcisismo, y el pacifismo mejor que la agresión y la hostilidad. Entonces, el psicoterapeuta es un filósofo en el senti- do ético. Cuando más porque su intervención sobre la cura, o la salud mental del paciente no puede estar des- ligada de la calidad de vida y ésta incluye la calidad de vida moral.

Pero por si esto fuera poco, el psicoterapeuta ade- más está involucrado en creencias ontológicas y éticas existenciales referentes a su cultura, lugar geográfico e histórico y formación profesional. Y en este tenor, mu- chos atributos éticos son reconocidos y también exigi- dos como esenciales para funcionar como psicoterapeuta.

Así, los problemas ético-profesionales que enfrenta el psicoterapeuta tienen dos dimensiones; por una  parte la calidad moral y la condición ético-profesio- nal del psicoterapeuta en relación a la objetividad y  positividad de la ciencia que sustenta su quehacer. Y en segundo lugar, el trabajo con los problemas éticos que son parte de la etiología de sus pacientes sobre los cuales no sólo hace juicios clínicos, sino también, ine- vitablemente, juicios éticos (aunque no los manifieste al paciente, claro está) más allá de su perspectiva clí- nica, pues necesariamente está involucrado en su per- sonal “metapsicología”.

Para el primer asunto existen los códigos y las normatividades que sobre el derecho de los pacientes se cuestionan los alcances y límites del comportamien- to del psicoterapeuta. Aquí hacen presencia los tópi- cos sobre confidencialidad, consentimiento informado, valoración diagnóstica capaz, etcétera.

Pero en la segunda dimensión, debemos considerar a la conciencia moral del paciente como raíz probable de su conflicto, que puede poner al psicoterapeuta en la necesidad del juicio ético y lo fuerza a la orientación ética de la vida del paciente, pues la salud mental no es ajena al estado de moralidad, como en tantas ocasio- nes insistió Fromm (1985) en su Ética y psicoanálisis. Puestas así las cosas, en el trabajo psicoterapéutico existen valores que el terapeuta trata de fomentar en algunos pacientes y muchos de estos valores están estrechamente arraigados en la cosmovisión ética del terapeuta. Menninger (1958, p. 94) lo explicita:

[...] lo que cree el psicoanalista, aquello por lo que vive, lo que ama, lo que considera bueno y lo que con-

sidera malo, llega a ser conocido para el paciente, e influyen enormemente en él, no como sugestión sino como inspiración.

 No es posible entonces considerar el trabajo psico- terapéutico moderno en la neutralidad y al margen de los valores. Sin embargo hay quienes no piensan así y pretenden que al realizar el tratamiento, los psicote- rapeutas mantengan sus valores en reserva: “(refiriéndo- se a los psicoterapeutas) se concentrarán únicamente en la realización de una categoría de valores: los va- lores de la salud” (Hartmann, 1960, p. 55). Fromm- Reichmann (1950, p. 17) considera que el terapeuta “debe estar libre de cualquier meta evaluativa mien- tras trata con los pacientes”. Muchos otros autores consideran que los terapeutas no deben dar consejos a sus pacientes, ni compadecerlos, ni siquiera simpa- tizar con ellos o tomar decisiones por ellos o con ellos, no se debe intentar hacerles felices ni incluir ninguna actitud moral que pueda obstruir el tratamiento. En una palabra: la psicoterapia que proponen es tan anár- quica como nihilista y con ello tratan de quedar fuera de cualquier ideología, sin darse cuenta de que esta misma posición es ya tomar una ideología. Sin duda alguna lo extremos no son deseables.

Pero también, sin mayor dubitación, los valores de salud en el orden de la psique incluyen las tenden- cias al crecimiento y la maduración, el desarrollo y la realización personal, y en ello no pueden quedar indi- ferentes los valores personales, como los de la ética y de la religión, la filosofía y la política, por mencionar  sólo algunos. Spotnitz (1985, p. 131) considera que “la opinión de que el psicoterapeuta puede y debe mantener una actitud de verdadera neutralidad encuen- tra pocos partidarios en la actualidad”, pues si bien los  psicoterapeutas no adoctrinan en ética, sí dotan de una cosmovisión filosófica y moral a sus pacientes cuando les ayudan a adoptar nuevas actitudes hacia sí mismos y hacia los demás, y muchísimo más cuando les auxilian a ensayar y evaluar diversas estrategias  para este propósito.

Se adiestra en las instituciones a los psicoterapeutas como si su ejercicio profesional, por definición, no tu- viera nada que considerar respecto a la ética y el nivel de calidad moral de sus pacientes. Se aconseja, cuando no se exige, a quien se está formando en los programas  para psicoterapeuta, que no intervenga en las creen- cias éticas, políticas, filosóficas o religiosas del pacien- te, que sólo se le ubique en algunas de estas categorías  para completar la historia clínica, que se le tenga en cuenta para no marginarle y que toda intervención se

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reduzca a curar el sufrimiento. No aparece más la ética en la psicoterapia que como un elemento de certifica- ción social que garantiza la psicoterapia competente y eventualmente exitosa.

Existen en esta postura de pretendida “neutralidad científica” de parte de los psicoterapeutas psicoanalí- ticamente orientados, dos actos de reduccionismo: el  primero consiste en reducir la ética y la vida moral del  paciente a una de las instancias etiológicas del con- flicto psíquico, sin dar oportunidad a que las orienta- ciones de credo religioso, ético, político, etc., puedan ser un elemento de estrategia y plenitud para la salud mental. Y la otra reducción consiste en considerar a la psicoterapia como una mera instrumentalización  para alcanzar la cura psíquica sin mayor asociación a las dimensiones morales de la psique que pueden con- formar tanto su salud como su patología, pues como lo dice Rilke en uno de sus versos: ahí dónde está lo que mata, también se encuentra lo que cura.

Si salvamos ambas reducciones comprenderemos que no hay forma de evadirse de la responsabilidad ética en el ejercicio profesional de la psicoterapia. El ejercicio profesional, entonces, exige un ejercicio ético: el juzgar en forma racional, lógica y rigurosa, a los valores y hechos de moralidad que presenta la vida clínica del paciente; el intervenir en ellos y también con ellos para buscar la cura, y el reconocer que dada la complejidad asimétrica entre psicoterapeuta y pa- ciente —no sólo en el orden profesional, de salud men- tal y de posición moral y cosmovisión ética—, se trata de ir más allá de la aplicación de los cánones y nor- mas de cualquier código. Todo exige que los problemas sean tratados con una reflexión filosófica de alto nivel que no sólo cuestionan la moralidad y la patología del  paciente, sino la tradición y los principios sobre los cua-

les operó en el último siglo la psicoterapia. El psicotera-  peuta requiere una sólida formación filosófica para

ejercer con irreprochable eticidad su profesión. Drane (1985) propone varios niveles para analizar  y aprovechar la necesidad de la incursión de la ética en la psicoterapia. En un nivel básico, el existencial, donde se dan los valores contextualizados, se reconoce que la ética está implicada en el diagnóstico, la pato- logía, pero sobre todo en la transferencia y en las metas del tratamiento. Nosotros debemos añadir que tam-  bién en la contratransferencia. Drane (1985, p. 40) lo

reconoce implícitamente cuando afirma:

Los conceptos y las categorías mismos por los cuales se distingue la salud de la enfermedad y la normali- dad de la anormalidad son éticos en el sentido de que

se elige entre ellos y en el sentido de que el propio modelo de diagnóstico lleva en sí mismo un sistema de evaluación. Un modelo valora la adaptación, otro la productividad, un tercero el máximo incremento de la satisfacción personal.

Aunque en esto Drane sigue a Macklin (1973), nosotros notamos que esta intervención evalúa a la  psicoterapia, y en general a la psicología, como una ideología. Braunstein (1970), en un texto que se con- virtió en clásico dentro de algunos círculos latinoa- mericanos, denunció, con todo rigor y acierto, que la  psicología ha sido manejada como una ideología y que en ello y por ello, agregamos nosotros, es imprescin- dible su vinculación con la ética más allá de su operati- vidad de eficiencia. Pero también añadiremos que la

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