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7.6 Analysing Topics in US Election 2016

8.1.1 Contributions

Los periodos de reconstrucción que siguieron a las dos guerras mundiales del siglo XX mostrarán la dialéctica atracción-rechazo, fuente de la estigmatización de los extranjeros en general y de los sin papeles en particular. Francia ha fomentado en dos ocasiones la llegada masiva de inmigrantes: durante los años veinte y durante el periodo denominado «los treinta gloriosos», que va de 1945 a 1974. El objetivo anunciado, tanto por los poderes públicos como por la patronal, era el de responder simultáneamente a la despoblación y a la falta de brazos que sufría la industria.

Los años veinte: de la reconstrucción a la crisis…

Después de la Gran Guerra, en la que murieron 1,4 millones de franceses, las exigencias de repoblación y de reactivación de la agricultura impiden cualquier nuevo reclutamiento sobre la población del campo, principalmente femenina. El crecimiento industrial se apoya así masivamente en la aportación de los trabajadores extranjeros. Entre 1921 y 1931 serán introducidos en Francia más de un millón de obreros extranjeros, sin contar con una considerable inmigración clandestina de la que poco hablan los estudios históricos. Su peso en la economía será primordial, ya que todos los sectores de fuerte crecimiento serán también sectores de fuerte absorción de mano de obra extranjera: los inmigrantes constituyen en 1931 un 38 % de los efectivos de la metalurgia pesada, un 42 % de la minería (incluso casi la totalidad de los mineros de las minas de hierro de la Lorena), más de un 50 % en la industria del automóvil de Vénissieux, etc. (Noiriel, 1986.)

En esta fase de expansión del capitalismo, el Estado deja a los industriales la dirección de esta política de inmigración y se contenta con asumir las tareas de vigilancia administrativa. En 1924, la patronal crea la Société Générale

d’Immigration[Sociedad General de Inmigración] (SGI), encargada de poner

orden en una importación de brazos demasiado anárquica. Oficialmente, la SGI tiene como objetivo encargarse de la contratación, el envío y la colocación de extranjeros: el utilitarismo migratorio se manifiesta en la ilusoria intención de regular los flujos migratorios —una vieja preocupación que reencontraremos tres cuartos de siglo más tarde en los objetivos de la Unión Europea (UE), cuando Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, declara en septiembre de 2000 que a partir de ese momento los inmigrantes deberán ser «elegidos, controlados, colocados» (scelti, controllati, collocati) en función de las necesidades de los países miembros (Morice, 2000). Precisemos que la mano de obra extranjera se completó por contrataciones forzosas en los países del imperio colonial.

En esa época, los trabajadores importados están casi completamente privados de derechos: por ejemplo, el obrero extranjero debe declarar a las autoridades prefectorales todo cambio de empleador y de residencia. La vigilancia sobre esta población se ejerce estrechamente, para que no participe en actividades políticas y sindicales al lado de la clase obrera francesa. El control de los movimientos del inmigrante tiene como función, si no como

objetivo, recordarle constantemente que está en una situación condicionada y que únicamente se tolera su presencia si sabe no sólo renunciar a los atributos de la ciudadanía (votar, sindicarse, asociarse, etc.), sino también adoptar un comportamiento conforme a su inferioridad estatutaria: sin tener en cuenta esta dimensión simbólica, no se podría comprender lo que hoy constituye la especificidad de la condición del sin papeles.

Con la crisis de 1929, Francia sufrirá a su vez los efectos de la recesión industrial. Según otra ley general del utilitarismo migratorio, los extranjeros serán los primeros en sufrir los efectos de esta crisis: contratados los primeros para atender el boom de la industria pesada en los años veinte, son los primeros excluidos y, en muchos casos, reenviados a su país o a las colonias francesas de principios de los años treinta. En mayo de 1938, tras muchos años de limitación drástica de las entradas, un decreto-ley sobre el control policial de

los extranjerosconstituye una primera tentativa para edificar una legislación

sobre los extranjeros, tal y como se concretará con la llegada de la Liberación en 1945.2Pero el estatuto de extranjero esbozado aquí es esencialmente un

conjunto de limitaciones a los derechos de la persona en función de su origen nacional distinto del francés.

…y a la renovación de la ideología racista

Bajo su forma moderna, la ideología racista que se ha desarrollado en Francia es indisociable de la expansión colonial que comenzó en el siglo XIX con la conquista de vastos territorios en África y en Asia. Se definirá aquí como el postulado de la superioridad histórica de ciertos grupos humanos sobre otros, bautizados como «razas» en función de su supuesta inferioridad. Se trata así de una relación de dominación en la que el grupo dominante define un campo en el que puede ejercer sus derechos y pretender privilegios sobre el grupo dominado. Al mismo tiempo, se trata de una asignación, es decir, de un límite en el que se decide si hacer entrar a los individuos según su pertenencia: el concepto de racismo designa así «toda conducta de rechazo revestida del signo de la permanencia».3En esta ideología, el extranjero, o el inmigrante, o el sin

papeles, pertenece a grupos a los que se atribuyen a priori características propias, la mayor parte de las veces negativas. En concreto, se genera así el temor de que las personas venidas del exterior puedan corromper la armonía nacional importando al país de acogida sus costumbres (riesgo de contaminación) o incluso amenazar las posiciones económicas, políticas, culturales, etc., de la población (riesgo de competencia o de invasión). Tales fantasmas comenzaron a estar muy presentes en los debates públicos de entreguerras, especialmente a partir de la cuestión de la «asimilación».

En la década de 1880 se tomaron las primeras medidas para una «protección del empleo nacional», con el fin de canalizar a los migrantes hacia sectores abandonados por los franceses. Por las mismas razones,

2 Véase el número especial Cinquante ans de législation sur les étrangers de Plein Droit (la revista del GISTI), 1995.

medio siglo después, pasada la euforia salvaje de los años del boom

industrial, 1930 será el nuevo inicio de un conjunto de medidas xenófobas destinadas a «proteger la mano de obra nacional», así como de un clima propicio para una notable renovación de las teorías racistas. En 1932, el geógrafo Georges Mauco publica una tesis sobre los extranjeros en Francia (Mauco, 1932) —reencontraremos a Mauco, más adelante, en 1945 en circunstancias sorprendentes. El trabajo de Mauco anuncia una intensa reflexión en la que tomarán parte reconocidos eruditos como el demógrafo Alfred Sauvy, sobre la «assimilabilité»4 de los extranjeros según su

nacionalidad o su «raza», paralelamente a una serie de debates sobre la jerarquía que debería establecerse entre los refugiados según su origen. En 1937, Mauco publicará (bajo los auspicios de la Sociedad de Naciones) una

Mémoire sur l’assimilation des étrangers en France [Memoria sobre la

asimilación de los extranjeros en Francia]: en esta memoria, resultado de una «investigación» efectuada en una empresa fabricante de automóviles, se clasifican los obreros de cada nacionalidad según la opinión de sus jefes en relación con el aspecto físico, la regularidad en el trabajo, la mentalidad, la producción (por pieza, diaria), etc. De esto deduce valores generales del extranjero comprendidos entre estas dos notas extremas: 9/10 para los belgas y 2,9/10 para los árabes.5 En la misma época, Mauco propondrá una

clasificación racista de los contingentes de extranjeros deseables en suelo francés: 50 % de «nórdicos» (¡entre los cuales se encuentran los suizos!), 30 % de «mediterráneos próximos» (pero excluyendo a los italianos del mezzogiorno) y 20 % de «eslavos» (Viet, 1995 y Weil, 1991). Para concluir nuestra explicación sobre el papel de este periodo en la génesis de la situación actual, remarquemos lo siguiente: la enorme mayoría de los extranjeros (belgas, polacos, italianos) que eran considerados preferentes por Mauco serían, en las fronteras actuales, ciudadanos de la UE y, como tales, tendrían posibilidad de circular, trabajar e instalarse en suelo francés.

Sin poder adivinarlo todavía, Mauco y todos los racistas que aplaudieron sus trabajos acababan de crear a contrario una categoría de sin papeles vinculada a las nociones de negación de derechos y de exclusión —caeteris

paribus, encontraremos una forma contemporánea de esta categorización

discriminatoria en la teoría suiza de los «tres círculos» (Caloz-Tschopp, 1999) o en la generalización del ítem «extranjeros no comunitarios» en las estadísticas de la UE. Mientras tanto, como se puede imaginar, durante la ocupación alemana se aplicaron reflexiones similares en diversas direcciones, principalmente la pérdida de la nacionalidad por el criterio de «raza» y la instauración de un estatuto del extranjero: sobre esta nueva preocupación vamos a detenernos ahora, antes de ver a qué «política migratoria» respondía en la postguerra inmediata y qué contradicciones implicaba.

4 Término sin correspondencia en español. Podría traducirse por «posibilidad o capacidad de ser asimilado» [N. del E.].

5 En la estadística de Mauco, los árabes merecen un 1,2/10 por su producción diaria, frente alrededor de 2,5 veces más (3,2/10) si son pagados por pieza, lo que confirma la reputación de perezosos y de pícaros que los racistas atribuyen a este grupo. Pero entonces, podemos preguntarnos por qué esos árabes representan 1730 de los 5074 obreros de la empresa, es decir, ¡un 34 % del efectivo total!

El giro de 1945: la nueva legislación sobre los extranjeros

Después de 1945, como después de 1918, hay que incentivar una fecundidad insuficiente y conseguir «que Francia se ponga de nuevo a trabajar». En marzo de 1945, Charles de Gaulle, presidente del gobierno provisional procedente de la resistencia al ocupante alemán, resume bien este doble objetivo, que califica de «vital y sagrado». Declara ante la Assemblée consultative provisoire [Asamblea Consultiva Provisional]: «Hay que llamar a la vida a los doce millones de retoños que hacen falta en Francia en diez años y […] introducir en el curso de los próximos años, con método e inteligencia, buenos elementos de inmigración en la colectividad». Se aprecia que el vocabulario utilizado apenas dista de la fraseología de Mauco, que ejercerá una importante influencia en el jefe del gobierno provisional, principalmente en el sentido de una política selectiva de naturalizaciones, en la que se impone el objetivo de «limitar el flujo de mediterráneos y orientales» (Noiriel, 1988). En abril del mismo año, crea el Haut

comité consultatif de la population et de la famille[Alto Comité Consultivo de la

Población y de la Familia], directamente vinculado a la presidencia, a la espera de la creación, en noviembre, de un organismo de control de la inmigración.

A partir de ese momento parece necesario un texto legislativo sobre el estatuto de los extranjeros, en un clima político en el que se desarrolla un intenso trabajo de restauración de las prerrogativas del Estado: los poderes públicos ya no desean, como en tiempos de la SGI, confiar a la patronal la gestión de los flujos migratorios. Sin embargo, se desarrollan debates sobre la orientación que se debe dar a la futura ley. La ideología racista, que había podido extenderse durante la ocupación bajo el régimen de colaboración con los nazis, está lejos de haber desaparecido, y una cierta renovación nacionalista toma formas en ocasiones delirantes. Además de Mauco y Sauvy, universitarios eminentes como el profesor de ciencias políticas Louis Chevalier, preconizan una selección racial de los extranjeros: así, este último, después de la votación del texto en 1946 continuará enseñando a sus estudiantes la necesidad de seleccionar a los inmigrantes en función de su origen étnico y racial, para asegurar que sean «asimilables» por Francia: según él, se debe dar prioridad a los belgas o, en su defecto, a los italianos.6También en 1946, Sauvy publicará, con el médico ultra natalista Robert

Debré, una obra de título significativo: Français pour la France [Franceses para Francia]. Todo el debate que precedió la adopción de un texto final giraba en torno a la siguiente cuestión: ¿debía contener cláusulas excluyentes o limitativas para la admisión de ciertas categorías raciales (nacionales o «étnicas») de extranjeros, o tenía que ser un texto de derecho común en la tradición individualista, contentándose con dar un estatuto al inmigrante? Contra el punto de vista racista, el ministro de trabajo Alexandre Parodi y el director del gabinete del ministro del interior Pierre Tissier apoyan la orientación de derecho común. Uno de los argumentos a favor de una ley de inmigración que sea igual para todos los inmigrantes es que el texto en preparación concierne también a los refugiados, y que sería contrario al espíritu republicano de los Libertadores aplicar cualquier tipo de selección étnica entre ellos.

6 Citado en Lochak, 1985. El autor precisa con ironía que, para Chevalier, los belgas de Valonia pertenecen a la «etnia» francesa, mientras que los italianos son de otra «etnia» aunque de la misma «raza» que los franceses: ¡la «raza alpina»!

Finalmente, De Gaulle promueve un texto de derecho común sin criterios étnicos, será la Ordenanza de 2 de noviembre de 1945 «relativa a las condiciones de entrada y de estancia de los extranjeros y constitutiva de la

Office nacional de l’immigration [Oficina Nacional de Inmigración] (ONI)».7

Pero continuará reinando toda la ambigüedad de la situación, y el mismo Mauco es nombrado secretario general del Alto Comité de la Población y de la Familia, y lo seguirá siendo, independientemente del color político de los sucesivos gobiernos, hasta 1970, lo que delata un sorprendente consenso de la clase política en materia de orientación demográfica global.

De este modo, y también por razones ligadas a la incapacidad del capitalismo para planificar en cantidad y calidad sus necesidades de trabajadores, la introducción de inmigrantes no fue el éxito de «método» ni de «inteligencia» soñado por De Gaulle. Posteriormente, en la práctica la cuestión de la assimilabilité de los extranjeros seguirá pesando en las decisiones en materia de importación de extranjeros. Los agentes de la ONI, por los que en principio debe pasar toda introducción de trabajadores extranjeros, así como los agentes reclutadores de las industrias, no se privarán de practicar la selección étnica; además Francia establecerá a continuación, en 1963, acuerdos de mano de obra con países como Marruecos o Túnez. Las dificultades de asimilación de ciertos trabajadores inmigrantes se convertirán en un argumento para alimentar el mito de una inmigración de corta duración, mito muy consolidado, como veremos más adelante.

La Ordenanza de 1945 ha permanecido en vigor durante sesenta años, sufriendo más de treinta modificaciones, en su mayoría desfavorables a la inmigración del trabajo, sobre todo después de 1974.8El primero de marzo de

2005, esta Ordenanza es reemplazada por el Código de la Entrada y Estancia de los Extranjeros y del Derecho de Asilo (CESEDA). La Ordenanza de 1945 constituía un avance respecto a las simples disposiciones que hasta ese momento sometían la suerte del inmigrante a la arbitrariedad del poder ejecutivo. Pero este auténtico estatuto del extranjero, al poner fin a una situación de ausencia de derecho, tiene una cara opuesta negativa, si puede decirse así, la del sin papeles que se convertirá en una cuestión crucial de la inmigración a partir de los años setenta, como veremos.

1945-1972: inmigración «salvaje» y gestión oportunista de las regularizaciones

Bajo el régimen de la Ordenanza de 1945, la precariedad jurídica de los trabajadores inmigrantes se desprende principalmente de la disociación del permiso de trabajo y del permiso de residencia (que no se unirán en un documento único hasta 1984). Esta precariedad constituye la base de la dominación. No es anodino constatar que Francia se dotó de esta moderna legislación de derecho común en el momento que menos la necesitaba.

7 Se trataba de legislar sin esperar la puesta en marcha de una asamblea definitiva. En adelante, la Ordenanza será modificada por las leyes, pero no reemplazada por una ley. 8 Para un listado de las modificaciones desde 1975, véase Fondation Copernic, 2001.

De hecho y en primer lugar, desde los inicios de los años cincuenta, los empleadores obtendrán una buena parte de su mano de obra de las colonias, principalmente de Argelia, departamento francés cuyos habitantes, desde 1947 hasta la independencia en 1962, son franceses: la ONI queda, así, fuera de juego. Ciertamente, eso no alegra ni a Sauvy ni a Mauco, que, en abril de 1945, habían criticado un proyecto de importación de 100.000 trabajadores argelinos porque según ellos representaban graves «riesgos sanitarios, sociales y morales».9

En segundo lugar, durante todo el periodo de crecimiento que precede a la crisis de los años setenta, la Ordenanza de 1945, especialmente en lo que se refiere a la entrada de extranjeros, se aplica con laxitud, en función de las necesidades de los empleadores: la demanda de mano de obra para la industria y la construcción es tal que las regularizaciones se obtienen la mayor parte de las veces in situ. El escenario clásico, con algunas variantes, cuyo desenlace es casi impensable hoy,10 es el siguiente: el candidato a la

inmigración entra en Francia con un visado de turista, después se instala como «clandestino»; o bien, si le es imposible utilizar simplemente un pasaporte, se introduce clandestinamente a través de un pasador y se presenta en un alojamiento colectivo en el que le espera un pariente que le llevará a su jefe; o incluso, son directamente los empleadores de la industria quienes lo van a buscar y le colocan. En todos los casos, una vez contratado, el inmigrante se regulariza a cambio del pago de un canon a la ONI, oficina que retiene una tasa sobre todas las entradas de trabajadores. «Incluso la entrada sin pasaporte puede regularizarse, mediante un canon que tiene valor de multa y ¡oh, paradoja! sirve para financiar la ONI, que vive así de las derogaciones de su propio monopolio», ironiza una socióloga refiriéndose a una época en la que la gran mayoría se hacían de forma «salvaje» (Tripier, 1990).

La ley funciona así como una espada de Damocles, y su función no es la de expulsar al inmigrante que ha entrado de forma clandestina, sino recordarle constantemente la precariedad de su situación, lo que se supone garantiza su sumisión al orden económico y social. La puesta en escena del paso organizado «clandestinamente» por vías evidentemente bien conocidas por la policía constituye una especie de prueba, un aprendizaje del consentimiento de la dominación:11la aplicación de la Ordenanza de 1945 durante este periodo se

resume en un conjunto de dificultades destinadas a anular los vanos deseos del extranjero de erigirse en ciudadano. Hasta aproximadamente 1972, el Estado se retira frente a la patronal y la función simbólica de la ley como amenaza desbanca al derecho: todos los observadores perciben ese desfase, y se estima que el 80 % de las entradas al territorio se producen sin pasar por la ONI.12Y si

todavía no se habla de «sin papeles» es porque la situación irregular es

9Cf. Weil, 1991.Ya utilizada a propósito de los refugiados de entreguerras, la noción de «riesgo» anuncia la expresión actual «riesgo migratorio» que, cerrando un círculo de más de dos siglos, recuerda a la «patria en peligro» de la joven República fruto de la Revolución de 1789. 10 No obstante, se cita todavía hoy el caso de empleados domésticos regularizados por la intervención de personalidades políticas.

11Cf.Cordeiro, 1981. El autor ilustra sobre las prácticas abusivas de los «pasadores», que ponen todo su interés en hacer creer que el pasaje entraña un gran peligro.

12 Sobre esta época, cf. principalmente, además de Tripier, 1990; Granotier, 1970; Cordeiro, 1984; Abdallahet al., 2000.

transitoria:13el carácter excluyente de la ley con respecto a los clandestinos no