5.2 Contributions and limitations
5.2.1 Contributions
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Cualquiera fuese el origen de los Protocolos, quienes los adoptaron, los conservaron y al final los lanzaron al mundo fueron los pogromshchiki, los instigadores profesionales de pogroms. Pues los centenares de matanzas locales de judíos que ocurrieron en Rusia entre 1881 y 1920 no fueron en absoluto estallidos espontáneos de furia popular: exigían una planificación a largo plazo, una organización cuidadosa y, sobre todo, una agitación intensiva. A veces esta labor la llevaba a cabo la policía, pero a veces intervenían particulares, sobre todo periodistas sin escrúpulos. Esa fue la gente que hizo suyos los Protocolos.
La primera persona en publicar los Protocolos, Pavolachi Krushevan, era un pogromshchik típico. Justo cuatro meses antes de que publicara los Protocolos en su periódico de San Petersburgo Znamya, su otro periódico, Besarabets, logró provocar un pogrom en su provincia natal de Besarabia, y de hecho en la capital provincial, Kishinev, en la que se editaba el periódico. Unos viajeros irlandeses y norteamericanos que visitaron la ciudad justo después de la matanza describieron cómo lo había logrado[1]. Se encontraron con un país fértil y próspero en el que tradicionalmente las relaciones entre la masa de la población y la gran minoría judía habían sido muy buenas, tan buenas en realidad que en 1881-1883, cuando por todo el sur de Rusia se perpetraban pogroms, los campesinos de Besarabia se negaron a participar en ellos: «Si el Zar quiere que maten a judíos —decían— ya tiene su ejército. Pero nosotros no vamos a atacar a los judíos». La situación no cambió hasta 1898, cuando Krushevan empezó a publicar su periódico local y a lanzar ataques fanáticos contra los judíos. Se formó un grupo de periodistas, funcionarios y otros profesionales que, orientados por Krushevan desde San Petersburgo, empezaron deliberadamente a preparar el camino a la matanza. En 1902, en Semana Santa —que siempre era la época favorita para los pogroms—, Krushevan anunció que un muchacho cristiano hallado muerto en un pozo era víctima de un asesinato ritual judío. Aquella vez no tuvo éxito, pues en seguida se encontró al verdadero asesino; pero, al año siguiente, el asesinato de un muchacho en Dubossary le permitió repetir la acusación, esta vez con éxito. También lanzó la noticia de que se había promulgado un ukase imperial por el cual se autorizaba a los cristianos a «ejecutar la justicia de sangre en los judíos durante los tres días de Pascua». Pero no fue eso todo. En la preparación de la matanza, los hombres de Krushevan también utilizaron la fantasía, más moderna, de la conspiración mundial judía.
Distribuyeron ejemplares del Discurso del rabino y se dedicaron a explicarlo. Las falsedades que esparcían se advierten claramente por las expresiones del agitador Pronin, que era el principal representante de Krushevan en Kishinev. En la farsa de juicio que se celebró —en gran medida debido a la presión del extranjero— unos meses después de la matanza, aquel individuo dijo al prestar declaración que justo antes de la Pascua se había celebrado en la sinagoga de Kishinev una reunión de judíos de todos los países. En la reunión se había decidido organizar una revuelta contra el Gobierno, en vista de lo cual los judíos habían atacado a la población cristiana, que se había limitado a defenderse. Además, Pronin publicó en Znamya un artículo en el cual elogió a los atacantes como auténticos patriotas a los que sólo les interesaba defender al Zar y a la Santa Rusia contra una terrible conspiración internacional. Todo eso cuando en Kishinev no había habido ni un cristiano herido, pero habían muerto 45 judíos y centenares habían quedado heridos —casi todos ellos artesanos, miserablemente pobres y totalmente indefensos—, y unos 10.000 habían quedado privados de todo. Ese fue el clima en el que iniciaron su carrera pública los Protocolos.
Entre tanto, el combate por modernizar y liberalizar el régimen político ruso iba alcanzando una nueva intensidad. En especial en 1904-1905, en el contexto de la desastrosa guerra con el Japón, existía una presión abrumadora favorable a la introducción de reformas fundamentales, y sobre todo al establecimiento de una asamblea nacional representativa, de la libertad de expresión y de garantías de la libertad individual. Una huelga general a escala nacional, realizada en septiembre de 1905, obligó al Gobierno a ceder, y en octubre el Zar promulgó de mala gana un manifiesto en el que prometía una constitución basada en los principios del liberalismo moderno. Pero, huelga decirlo, esta evolución de las cosas no se produjo sin oposición. El propio Zar estaba rodeado de influencias reaccionarias, en especial las de su madre, algunos de los grandes duques, Pobedonostsev, procurador del Santo Sínodo, y Trepov, gobernador general de San Petersburgo, por no mencionar a la Unión del Pueblo Ruso, más conocida popularmente como las Centurias Negras[2].
Una de las libertades reconocidas por el manifiesto de octubre del Zar era la libertad de asociación, y quienes más velozmente la aprovecharon fueron los extremistas de derecha. El 4 de noviembre de 1905 fundaron la Unión del Pueblo Ruso de San Petersburgo un médico, A. Dubrovin, y un político, V. M. Purishkevich, que era la fuerza impulsora de la organización. Al igual que otros miembros de las Centurias Negras, como Krushevan y Butmi, Purishkevich procedía de Besarabia — de hecho, había realizado sus estudios en Kishinev— y su objetivo político era precisamente el mismo: combatir la liberalización de Rusia al presentarla como si fuera una conspiración judía, y organizar matanzas de judíos para demostrar cuán auténtica era esa conspiración. Empezaron a aparecer por pueblos y aldeas unas proclamas de las cuales es buen ejemplo el texto de la siguiente:
Los esfuerzos por sustituir la autocracia del zar por derecho divino por una constitución y un parlamento están inspirados por esos chupasangres que son los judíos, los armenios y los polacos. ¡Cuidado con los judíos! Todos los males y todas las desgracias de este país tienen su origen en los judíos. ¡Abajo los traidores, abajo la constitución![3].
Y cuando nació la asamblea nacional —la Duma del Imperio—, la propaganda de las Centurias Negras se concentró en desacreditarla como nos de los judíos. Las elecciones de 1906 a la primera Duma, y las de 1907 a la segunda y la tercera Dumas, se vieron acompañadas de una lluvia de panfletos en los que se decía que la mayor parte de los candidatos eran judíos, que los partidos liberales estaban financiados por los judíos, que los judíos estaban esclavizando a Rusia por medio de la Duma. Entre los panfletos publicados por las Centurias Negras para las elecciones hallaba su lugar adecuado la versión de Butmi de los Protocolos, Los enemigos de la raza humana, con cuatro ediciones en 1906-1907[4].
Incluso en el lamentable contexto de la vida política rusa, existía la opinión general de que las Centurias Negras eran inadmisibles. Witte, por lo menos, no tenía dudas:
Este partido es patriótico hasta lo más hondo de su alma… pero su patriotismo es primitivo, no se basa en la razón y la generosidad, sino en la pasión. Casi todos sus dirigentes son advenedizos políticos, gente con ideas y sentimientos impuros; no tienen una sola idea política viable, y concentran todos sus esfuerzos en desencadenar los impulsos más bajos posibles en las masas salvajes e incultas. Al abrigo del águila de dos cabezas, este partido sabe instigar los pogroms y las convulsiones más horribles, pero es incapaz de nada positivo. Representa un patriotismo salvaje y nihilista que se alimenta de la calumnia y el engaño, es un partido de una desesperación salvaje y cobarde, pero no deja margen para el pensamiento creador y penetrante. La mayor parte de sus miembros procede de las masas salvajes e ignorantes, sus dirigentes son unos villanos políticos, tiene simpatizantes secretos en los círculos de la corte y entre nobles con títulos de todo género, gente que busca la salvación en la ilegalidad y cuyo lema es: «Nada de nosotros por el pueblo, sino el pueblo por el bien de nuestros estómagos»… Y el zar sueña con restablecer la grandeza de Rusia con la ayuda de este partido. Pobre zar…[5]. Aquellos hombres eran, de hecho, verdaderos precursores de los nazis. Hay términos como el de «protofascista» de los que se ha hecho un abuso tan monstruoso que titubea uno antes de usarlos, pero no se puede negar que las Centurias Negras señalan una fase importante en la transición de la política reaccionaria, tal como se
entendía en el siglo XIX, al totalitarismo de derecha de los nazis. En su lealtad al trono
y el altar, pertenecían al pasado; pero como aventureros políticos consagrados a sabotear el desarrollo liberal mediante la agitación y el terrorismo antisemitas, y como reaccionarios románticos que también sabían utilizar el idioma de la demagogia radical, no cabe duda de que eran una prefiguración de Hitler y sus colegas. Igual que los nazis, pretendían que los judíos formaban una conspiración capitalista- revolucionaria, y que a fin de impedir que ese órgano conspirador estableciera una tiranía monstruosa, los obreros y los campesinos debían erguirse firmemente al lado de la clase gobernante «autóctona». Y también se adelantaron a los nazis en sus ideas acerca de lo que debía hacerse con los judíos. Aunque algunos pretendían deportarlos a la región de Kolyma en el Ártico, o al otro lado de las montañas de Altai, en el sur de Siberia, otros contemplaban su aniquilación física. Uno de sus miembros importantes, «Markov II», a quien en el decenio de 1930 darían empleo los nazis como experto en los Protocolos y en la conspiración judeomasónica, ya profetizaba en 1911, en un discurso en la Duma, que «mataremos a todos los yids[*], hasta que no quede uno»[6].
Se sabía perfectamente que las Centurias Negras empleaban a criminales para que realizaran asesinatos y dirigieran los pogroms, y a los políticos de las Centurias Negras no se les recibía en la buena sociedad, lo cual no impedía que la organización recibiera abundante apoyo de la Iglesia y el Estado. Uno de sus dirigentes era un obispo, los monasterios publicaban octavillas para apoyarles, sus emblemas y banderas se exhibían en las iglesias, los sacerdotes exhortaban a sus congregaciones a que rezaran por su éxito y a que participaran en sus actividades. El Gobierno, por su parte, les daba todo género de asistencia. Se calcula que en un solo año, la Unión del Pueblo Ruso recibió 2.500.000 rublos[7] en subvenciones del Gobierno. Recibió el derecho de solicitar la amnistía para cualquiera de sus miembros detenido por participar en pogroms. Sobre todo, gozaba de la plena aprobación del Zar, que la elogiaba como un ejemplo brillante de la justicia y del orden y que con mucho gusto portaba su insignia en el uniforme. Durante el juicio de Beiliss por asesinato ritual, incluso envió un telegrama a sus dirigentes para felicitarlos por su tentativa de lograr una sentencia condenatoria.
Además, existe la historia del Memorando Lansdorf para demostrar cómo incluso la política exterior podía verse afectada por las ideas de las Centurias Negras. Ante el avance del liberalismo en Rusia, el conde Lansdorf, ministro de Relaciones Exteriores, preparó en 1906 un memorando secreto en el que recomendaba que Rusia, Alemania y el Vaticano adoptaran medidas conjuntas contra la Alliance Israélite Universelle y su supuesto instrumento, Francia. Explicaba que la campaña de ampliación del derecho de voto y liberalización del régimen no era más que un truco para modernizar a Rusia, que en su condición de «Estado de campesinos, ortodoxo y monárquico» seguía constituyendo un obstáculo a la dominación del mundo por los judeomasones controlados desde París. Es cierto que Isvolsky, el sucesor de
Lansdorf, enterró enseguida el memorando (no se publicó hasta 1918, cuando lo hicieron los bolcheviques), pero merece la pena señalar que el Zar escribió al margen: «Hay que iniciar las negociaciones inmediatamente. Comparto en su totalidad las opiniones aquí expresadas»[8].
Aquél fue el clima en que primero se pusieron de moda los Protocolos. Hasta qué punto los tomaban en serio determinados sectores, y hasta qué punto creían ciegamente en ellos, lo revela una carta inédita que escribió a Burtsev un antiguo periodista conservador ruso, I. Kolyshko, también llamado «Bayan», en la época del juicio de Berna, cuando ambos eran refugiados en Francia:
7 de septiembre de 1934 Estimadísimo Vladimir Lvovich:
Me preguntas si como antiguo periodista… sé algo de los llamados Protocolos de los Sabios de Sión…
Para ayudarte a evaluar mis recuerdos, creo necesario decirte que en aquella época mis simpatías me llevaban hacia los círculos derechistas de Rusia… a gente que tendía a ser antisemita… y como resultado prestaba la mayor atención a lo que me llegaba del campo antisemita. No puedo negar que cuando se editaron por primera vez estos Protocolos crearon una impresión verdaderamente abrumadora en esos círculos, y en mí personalmente. Como sabes, uno se cree lo que se quiere creer. La gente entre la que me movía yo empezó por creer absolutamente en la autenticidad de aquel documento. Después, gradualmente, los esfuerzos de la izquierda empezaron a minar esa fe y el edificio… empezó a derrumbarse bajo los efectos corrosivos de la crítica (y de los hechos); al principio, lentamente; después cada vez con más rapidez. Que yo recuerde… acabó de derrumbarse al principio de la guerra. Durante la Gran Guerra no volví a oír hablar de los Protocolos en Rusia hasta después de 1917…
Dentro de Rusia, la controversia llegó a su fin. A mí no me interesaba cómo ni cuándo salió al Occidente: a Francia, Inglaterra y Alemania. Porque consideraba que el asunto estaba resuelto de una vez para siempre… No parecía existir ninguna posibilidad de que jamás volvieran a resucitar los Protocolos para inquietar a la humanidad…
Con la mayor estima y afecto, I. Kolyshko (Bayan)[9].
De hecho, el éxito de los Protocolos antes de la guerra fue limitado. Zhevajov dice que en 1913 se le quejaba Nilus: «No logro que el público trate los Protocolos con seriedad, con la atención que merecen. Se leen, se critican, a veces se burlan de ellos, pero hay muy pocos que les den importancia y que vean en ellos una amenaza
real para el cristianismo, un programa para la destrucción del orden cristiano y para la conquista del mundo por los judíos. Eso no hay quien se lo crea…»[10]. Años después «Markov II», en una carta conservada en la Biblioteca Wiener, lamentaba que la Unión del Pueblo Ruso, al no haber utilizado los Protocolos más que a medias, no hubiera logrado impedir la Revolución Rusa.
Ha de tenerse presente que en estas cuestiones todo dependía de la actitud del propio zar, y al final el zar, por idiotizado que estuviera con la conspiración judeomasónica, tuvo que reconocer que los Protocolos eran falsos. El general K. I. Globachev, ex-comandante de la división de San Petersburgo de la Ojrana, describió cómo ocurrió esto en una declaración que presentó Burtsev en el juicio de Berna. Globachev cuenta cómo, tras muchas tentativas fracasadas, por fin se señalaron a la atención del zar los Protocolos en el año revolucionario de 1905. «La lectura de los Protocolos», continúa, «causó una gran impresión a Nicolás II, que hizo de ellos su manual político. A ese respecto son típicas las notas que Nicolás II hizo al margen del ejemplar de los Protocolos que le habían dado: “¡Qué profundidad de ideas! — ¡Qué percepción! — ¡Qué exactitud en la realización del programa! — Nuestro año de 1905 ha transcurrido como si los Sabios lo hubieran organizado. — No puede caber duda de su autenticidad. — En todas partes se ve la mano rectora y destructora del judaísmo”. Y así sucesivamente. Nicolás II, muy interesado por el “descubrimiento” de los Protocolos, prestó gran atención a la sección extranjera de la policía secreta rusa y entregó muchas recompensas, condecoraciones y anualidades… Los dirigentes de la Unión del Pueblo Ruso, como Shmakov, Markov II, etc., pidieron al Ministro del Interior autorización para utilizar los Protocolos en gran escala en la lucha contra el judaísmo militante, así como subvenciones al efecto. Pero Stolypin, ministro del Interior… encargó a Martynov y Vassilyev, dos oficiales de la gendarmería[11], una investigación secreta sobre el origen de los Protocolos. La investigación reveló claramente el carácter falso de los Protocolos. Stolypin presentó los resultados de la investigación a Nicolás II, que se sintió absolutamente impresionado. Y lo que resolvió Nicolás II sobre el informe relativo al empleo de los Protocolos para realizar propaganda antisemita fue lo siguiente: “Dejemos los Protocolos. No se puede defender una causa pura con métodos sucios”»[12].
La situación cambió en 1917-1918, cuando cayeron primero el zar y después el Gobierno Provisional, los bolcheviques se hicieron con el poder y comenzó la Guerra Civil. De hecho, lo que inició la carrera de los Protocolos por todo el mundo fue sobre todo el asesinato de la familia imperial en Yekaterinburg (actual Sverdlovsk) el 17 de julio de 1918. Entonces desempeñó un papel extraordinario la casualidad. Unos meses antes de su muerte en Yekaterinburg, la emperatriz destronada había recibido de una amiga, Zinaida Sergeyevna Tolstaya, un ejemplar del libro de Nilus que contenía los Protocolos. Parece que no le dijera mucho, a juzgar por una carta que envió a su gran amiga Anna Vyrubova el 20 de marzo de 1918: «Zina me ha enviado un libro. Lo grande en lo pequeño, de Nilus. Lo estoy leyendo con interés»[13]. Este
breve comentario no sugiere mucho entusiasmo, y aunque la zarina era una mujer estúpida, supersticiosa e histérica, de hecho era mucho menos antisemita que su marido. En su correspondencia se hallan incluso reproches dirigidos al zar por la política antisemita de éste. Por eso resulta tan irónico que la muerte de la zarina fuera lo que, por encima de cualquier otro acontecimiento, dio fama mundial a una falsificación antisemita antigua y semiolvidada.
Por pura casualidad, la emperatriz se llevó el libro de Nilus a su última residencia, la casa de Ipatyev en Yekaterinburg. Una semana después del asesinato de la familia imperial, los bolcheviques evacuaron Yekaterinburg y los «blancos» la ocuparon; el 28 de julio se descubrieron los restos del zar, la zarina y sus hijos, desmembrados e incinerados, en el pozo de una mina abandonada en un bosque cercano. Entre tanto, el juez de instrucción Nametkin se ocupaba de levantar un inventario de los bienes hallados en casa de Ipatyev. Halló tres libros pertenecientes a la emperatriz: el primer volumen de La Guerra y la Paz, la Biblia en ruso y Lo grande en lo pequeño, de Nilus.
Se dio a conocer otra circunstancia curiosa: la zarina había dibujado una svástica en el marco de una ventana de la habitación que ocupaban ella y su marido. Se sabe que desde hacía mucho tiempo tenía una afición especial por ese antiguo símbolo[14], que llevaba una svástica de joyas y hacía grabar svásticas en los regalos que enviaba a sus amigos. También es sabido que para aquella mujer tan profundamente