Hypothesis 8: EU membership of both acquirer and target countries moderates the effect of cultural distance on time to complete a CBM&A deal.
4.1. Data and Sample
4.2.4. Control Variables
Es muy posible que los niños de todas las edades fueran una constante de la vida en el antiguo Egipto. Las risas y juegos de los más pequeños se escucharían por todo el poblado, pero en cuanto tenían fuerzas para ello, como ha sucedido siempre en las sociedades preindustriales, sus momentos de asueto disminuían notablemente, pasando a dedicar su tiempo a ayudar en casa. Unos colaborando con sus padres mientras aprendían el oficio, otros yendo por agua o prestando pequeños servicios que los socializaban y convertían en parte productiva de la sociedad... al menos mientras sobrevivían, porque la tasa de mortalidad era muy elevada entre ellos. Esta inefable presencia infantil queda reflejada también en la decoración de las tumbas, donde los niños son visibles en todo tipo de escenas. Para los egipcios, tener muchos hijos no era cuestión de seguir las órdenes de un libro sagrado, sino de maat. Los textos sapienciales de todas las épocas se esfuerzan en dejar clara cuál es la postura socialmente aceptable: «Toma una mujer mientras eres joven, que tenga un hijo para ti; ella te dará hijos mientras eres joven. Enséñale a ser un hombre. Feliz es el hombre cuyas gentes son muchas, es saludado en función de su progenie».[1]
En cualquier caso, lo cierto es que los niños estaban ahí y que los egipcios conocían qué papel representaba en su gestación el esperma del hombre y su introducción en el cuerpo de una mujer, y el tiempo que eso tardaba en tener consecuencias, por supuesto: «Se acostó con su mujer aquella noche y esta quedó encinta y completó los meses del parto. Entonces nació un hijo varón...», leemos en el cuento de El príncipe predestinado.[2] En otros casos, la gestación tenía un carácter más chusco, como cuando la diosa Isis regó con esperma de su hijo Horus las lechugas que desayunaba Seth, el cual quedó así embarazado y marcado de forma ignominiosa.
Si bien el embarazo podía tener lugar sin ninguna complicación, no solía suceder lo mismo con los partos. Traer un bebé al mundo era una tarea peligrosa, tanto para la criatura como para su madre, sobre todo si las egipcias solían ser, como parece demostrar un estudio, mujeres de caderas estrechas. Tal condición dificulta el parto y, sin duda, este podía alargarse muchas horas. Cuando ello sucedía el marido podía dejar de trabajar para poder acompañar a su esposa, como sabemos ocurría entre los trabajadores de Deir al-Medina, algunos de cuyos registro oficiales conservamos:
Segundo mes de la inundación, día 23. Aquellos que se encontraban con el escriba Pashed trabajando para el visir: Ipuy, Nakhte-em-Mut.
Aquellos que estaban con el trabajador jefe Khay: Khamu, Sa-wadyt; y Qa-Ha estaba enfermo.
Aquellos que estaban con el trabajador jefe Paneb: Ka-sa, su esposa estaba de parto y tuvo tres días libres. Y Ka-sa, hijo de Ra-mose estaba enfermo, y Ra-wen estaba enfermo.[3]
Mientras él rondaba nervioso por la casa, su mujer estaba en una habitación acompañada por varias mujeres que la ayudaban a parir (fig. 12.1). Para parir la mujer ponía cada pie sobre un ladrillo de parto —conocido como ladrillo meskhenet— y se acuclillaba mientras una mujer la agarraba para mantener el equilibrio, otra realizaba rituales de protección y la partera se ocupaba de todo lo demás. Así describe el nacimiento de uno de los primeros soberanos de la V dinastía el papiro Westcar:
Entonces Isis se colocó delante de ella, Neftis detrás de ella y Heket aceleró el parto. Isis dijo: «¡No seas potente (user) en su vientre, de acuerdo con tu nombre de Userkaf!». El niño se deslizó sobre sus manos: era un niño de un codo de altura, sus huesos eran sólidos, el aspecto (?) de sus miembros era como el del oro, sus cabellos (?) eran como de lapislázuli perfecto. Ellas lo lavaron, después de que fue cortado su cordón umbilical y que fue colocado sobre un cuadrado de adobes.[4]
No obstante, traer al mundo a la criatura no bastaba para asegurar su supervivencia, de modo que los egipcios recurrían a la ayuda extra de la magia. En un canino de hipopótamo cortado longitudinalmente se tallaban figuras de dioses protectores, las cuales acompañaban a diversos textos profilácticos. Entre estos dioses sobresalían Tauret (una hembra de hipopótamo embarazada con grandes pechos de mamífero que sujeta un cuchillo y tiene cola de cocodrilo y patas de león) y Bes (un enano mofletudo que saca la lengua y lleva un cuchillo en cada mano). Los marfiles mágicos se colocaban cerca de la madre durante el parto: «Hemos venido para proteger a la señora de la casa N»[5] y luego en la habitación que compartían madre y recién nacido, pero esta vez salvaguardando a ambos: «Corta la cabeza del enemigo macho y del enemigo hembra que penetre en la habitación de los niños nacidos de N».[6]
Toda ayuda era poca, porque la infancia de los egipcios era ominosa, por decir poco. Un estudio de restos infantiles y juveniles hallados en el cementerio del Reino Medio de Abydos nos muestra un panorama bastante desolador, con constantes carencias alimentarias durante su desarrollo y anemia por falta de hierro. La monótona dieta vegetal que llevaban y que todo el país anduviera infectado por el parásito de la esquistosomiasis, la cual suele generar pérdidas de sangre con la orina, explica el fenómeno. Resulta interesante comprobar que ni siquiera los hijos de familias acomodadas se libraban de la enfermedad, y eso que ellos se supone que comían carnes rojas en cierta abundancia.
En todos los cuerpos estudiados, sin importar su posición social, se aprecian con claridad las líneas Harris: pequeñas marcas que quedan en los huesos al interrumpirse su crecimiento y luego reanudarse este, por lo general como resultado de una crisis alimentaria.
Los datos de Abydos sin duda es posible extrapolarlos al resto de la población egipcia, porque se han realizado cálculos que hablan de que aproximadamente la quinta parte de todos los embarazos terminaban en abortos espontáneos. Por si esto fuera poco, antes de que los niños hubieran cumplido el año se producía un 20 por ciento de muertes infantiles, que se convertía en un 30 para los niños antes de cumplir los cinco años de edad. De hecho, los estudios de niños de la Baja Época del cementerio de Abusir indican que la mortalidad era menor entre los niños con menos de cuatro años. Parece que el motivo del aumento de las muertes era pasar de la leche materna, rica en nutrientes y anticuerpos, a la monótona alimentación sólida de los egipcios. No es de extrañar que estos se mostraran resignados ante el final prematuro de la vida. Ya lo avisa Ani en sus enseñanzas: «No digas: “Soy joven para que se me lleven”, puesto que no conoces tu muerte. Cuando la muerte llega, roba al niño que está en brazos de su madre, exactamente igual que a aquel que ha alcanzado la edad adulta».[7]
La alta mortalidad infantil obligaba a tener varios, bastantes, hijos, para que al menos uno alcanzara la edad adulta. De ahí que en los textos se anime siempre a tener una numerosa descendencia y, en caso de no poder engendrarlos, a adoptarlos. Lo importante era contar con alguien que se encargara de ayudar a los ancianos al alcanzar estos una edad avanzada, como se les recordaba en los textos sapienciales: «Dobla la comida que tu madre te dio, apóyala como ella te apoyó; tuvo una pesada carga contigo, pero no te abandonó [...]. Cuando creciste y tus excrementos asqueaban ella no estaba asqueada diciendo: “¿Qué voy a hacer?”»;[8] pero también mantener su culto funerario, algo que era obligación de todo hijo bien nacido: «Haz libaciones para tu padre y para tu madre, que descansan en el valle; cuando los dioses sean testigos de tu acción dirán: “Aceptado”. No te olvides del que está fuera, tu hijo hará lo mismo para ti».[9] Asimismo, es posible que explique el hecho de que los niños fueran considerados parte de la sociedad desde muy temprano, justo en cuanto se les daba un nombre, que era prácticamente al nacer. Si el hijo o el embarazo eran muy deseados, podían terminar llamándose «El chico que quería» o «La niña preciosa se ha unido a nosotros», mientras que otros progenitores decidían colocar a sus hijos bajo la protección de un dios, como es el caso de «Khnum me protege» o rendir con ellos un homenaje al faraón «Larga vida a Khaefra». En los enterramientos no hay nada que identifique al niño como tal; en realidad siguen idéntico tratamiento que los adultos, la única diferencia con estos es que se invierten menos recursos en el ajuar funerario. Cuando hablamos de representaciones artísticas, la verdad es que no siempre resulta sencillo saber si nos encontramos ante un niño o no. Los egipcios los representaban con las mismas proporciones que un adulto, solo que mucho más pequeños; pero eso puede resultar equívoco, porque un adulto también puede tener un tamaño diminuto para mostrar su posición de inferioridad con respecto al protagonista de la escena. Otro rasgo propio de los niños es la desnudez, porque dado el valor de las telas no es de extrañar que sus padres no pudieran vestirlos, sobre todo cuando ellos mismos andaban trajinando de allá para acá en taparrabos. No obstante, tampoco se trata de un detalle muy útil por sí solo, pues al ser la ropa un marcador social, solo el dueño de la tumba solía aparecer lujosamente ataviado, mientras sus trabajadores iban desnudos. Un detalle iconográfico que
caracteriza a los niños es la llamada «trenza de la juventud», que todos ellos llevaban a un lado de la cabeza, la cual en ocasiones podía estar afeitada por completo excepto por ese mechón de cabellos, que se podía llevar como una coleta (fig. 13.3). Claro, que en ocasiones esa coleta sirve para señalar que alguien es hijo de la figura central de la escena, a pesar de ser ya un adulto. En ocasiones es la relación que muestra con un adulto: estar en sus brazos, a su cuidado o abrazado a sus piernas, pero sobre todo llevarse el dedo índice a la boca, lo que permite identificar a una figura con un niño (ver fotografía n.º 16). Combinados, todos estos detalles suelen permitir diferenciar a un niño de un adulto que aparezca representado a menguada escala por cuestiones de «protocolo» ideológico. Por otra parte, dependiendo del tipo de escena que se trate, en las tumbas los niños aparecen con actitudes que les son propias. En las escenas relacionadas con el otro mundo, por ejemplo, aparecen como simples comparsas. Resulta lógico, porque toda la atención de la escena de caza o pesca con bumerán en las marismas se tiene que centrar en la persona cuya resurrección se busca, el difunto. Sus hijos y el resto de su familia parecen limitarse a darle apoyo moral y observarlo en acción; sin embargo, hay en ello más significado del que parece a primera vista. En egipcio, «arrojar el arpón» es un verbo con la misma estructura triconsonántica que el verbo «impregnar», mientras que «lanzar el bumerán» tiene la misma que «engendrar». Esto significa que los hijos y sus madres, a pesar de su inactividad, tienen en esta escena un significado simbólico relacionado con la resurrección del difunto, de la que son a la vez un recordatorio y un catalizador.
Son las llamadas escenas de «vida cotidiana» las que nos proporcionan algunos datos más sobre los modos y comportamientos de los niños en el antiguo Egipto, los cuales venían dictados por la sociedad agrícola donde vivían. Durante sus primeros años, los niños suponían una importante carga económica para sus familias; pues no eran productores y habían de ser alimentados con la producción láctea de la madre (fig. 12.2), además de recibir cuidados en todo momento. De modo que, en cuanto podían, los padres ponían a sus hijos a realizar pequeñas tareas que los convertían en unidades productoras. Por ejemplo, una escena que suele repetirse es la de un par de niñas que recorren los campos justo después de la siega de estos, para recoger los pocos granos o espigas que se hubieran escapado a los recolectores. A dos de ellas podemos verlas en la tumba de Pahery intentando ganarse la conmiseración de quienes realizaban la cosecha: «Dame un puñado, o nos obligarás a regresar esta tarde. No repitas hoy la mala actitud que tuviste ayer».[10] No se trataba de un trabajo sencillo, porque a veces la competencia por esos granos era importante, como vemos en una escena en la que dos niñas se pelean por los pocos granos que habían conseguido. Además, andar descalzo por un campo recién segado presenta sus riesgos, por muy curtidas que se tengan las plantas de los pies, de modo que hay una escena en la que podemos ver a una amiga quitándole una espina del pie a otra.
Afortunadamente para ellos, no todo era trabajar. Sabemos que los niños egipcios también dispusieron de juguetes con los que entretener sus ocios. Muchos son pequeñas figuritas de animales, entre las que encontramos cocodrilos y leones cuya mandíbula se puede mover tirando de una cuerdecita. También se conocen muñecas con brazos articulados, pero no se tiene completa seguridad de que sean juguetes en vez de figuritas de fertilidad para la resurrección del difunto adulto junto al cual se colocaban.
Se conocen también escenas de juegos en común donde participan varios niños o varias niñas, que aparecen siempre segregados por sexos, sin mezclarse. Es posible que se trate de un reflejo de la ideología de la tumba, más que de una representación objetiva de la realidad, porque en las pequeñas aldeas típicas del valle del Nilo resulta difícil que niños y niñas no se encontraran jugando o participando en todo tipo de actividades.
Las escenas con niñas parecen más pacíficas que las de los chicos, pues realizan bailes acrobáticos o se suben a caballito unas sobre otras y se lanzan pelotas de trapo o cuero. Los niños tienden a ser más físicos y en la tumba de Ptahhotep vemos un juego que se les ha ido de las manos y se ha convertido en una paliza (fig. 12.3). La víctima está con una rodilla en el suelo mientras cuatro de sus «amigos» lo rodean y, en vez de las palmadas en la espalda que hubieran sido lo preceptivo, le dan patadas. El texto que acompaña la escena no puede ser más explícito: «¡Cuidado, me estáis dando patadas! ¡Ay, mis costillas!», se queja el desdichado, mientras uno de sus torturadores se ensaña con cierto placer: «¡Toma, prueba un poco de esto!».
propensa a utilizar métodos contundentes. El objetivo era inculcar a los niños desde muy temprano que debían obedecer a sus padres y a sus superiores jerárquicos, respetando el orden establecido y la maat, lo que viene a ser lo mismo. El deseo de los padres era: «¡El aliento que da Amón, una buena esposa, hijos obedientes, muchos bienes!», como dice Sementawy en su estela.[11] El objetivo básico era hacerlos entrar en vereda y quebrar su testarudez. Como tratado pedagógico, Las enseñanzas de Ani no tienen precio: El toro de pelea que mata en el establo, olvida y abandona el ruedo; conquista su naturaleza, recuerda lo que ha aprendido y se convierte en algo parecido a un buey cebado. El salvaje león abandona su cólera y llega a asemejarse a un tímido burrito. El caballo se desliza bajo sus arneses, obediente va afuera. El perro obedece a la palabra y marcha detrás de su amo. El mono lleva el bastón, aunque su madre no lo lleva a él. El ganso regresa desde el estanque cuando uno chilla en el patio [...]. Di: «Haré como todos los animales», escucha y aprende lo que hacen.[12]
De modo que los niños debieron de llevarse más de una regañina de algún adulto poco amante de su presencia, como podemos ver en la tumba de Neferhotep, donde un portero chilla airado y amenaza con su bastón a unos niños que van acompañados por su nodriza, mientras esta bebe despreocupada de una jarra (fig. 12.4). Por supuesto, esto no significa que fuera una sociedad donde todos los adultos trataran a los niños a patadas, porque conocemos algún ejemplo en el que uno de ellos juega con dos niños a los que lleva a caballito a la espalda (fig. 12.5). Eso sí, al ser el elemento más débil de la sociedad y existir muchas probabilidades de quedar huérfano, para muchos no debió de ser una etapa sencilla y algún resto paleopatológico nos queda de ello. En el cementerio del Reino Medio de Abydos se encontró el esqueleto de un joven de diecisiete o dieciocho años de edad que presentaba en el hueso frontal una hendidura producida por un objeto contundente y romo durante su infancia, que sin duda no fue fácil.
No da la impresión de que el paso de niño a adulto requiriera de ningún ritual concreto para ninguno de los sexos. La circuncisión parece haberse realizado de forma habitual, en ocasiones de forma grupal; pero como solo se conoce una representación de ella (en la tumba de Ankhmahor, de la VI dinastía) (fig. 27.3) y apenas es mencionada en los textos, quizá no fuera una ceremonia de paso, pues habría aparecido en más ocasiones. Lo mismo sucede con las mujeres, para las que hay menos referencias. En este caso, es la propia naturaleza la que se encarga de manifestar cuándo tiene lugar el cambio, con la menarquia. La primera menstruación situaría a la niña en el grupo de las mujeres y la convertiría ipso facto en material casadero. Dadas las condiciones sociales prevalentes, no eran extraños los matrimonios desparejos en cuanto a edad, sobre todo de viudos con jovencitas (fig. 12.6). De todos modos, si Qenherkhepeshef se casó a los cincuenta y cuatro años de edad con una niña de doce llamada Nanakht, debió de ser porque esta ya era una adulta en el sentido de ser capaz de tener hijos. El caso era contar con un báculo para la vejez, con un heredero. Una exigencia que nadie comprendía mejor que el faraón. Puede que él no tuviera la posibilidad de adoptar a su sucesor en el trono, por aquello de mantener puro el linaje real; pero sus muchas esposas (principal y secundarias) se encargaban de que las posibilidades de contar con príncipe heredero que lo sucediera en el trono fueran bastante elevadas.
[1]M. Lichtheim, Ancient..., II, op. cit., p. 136. Se trata de una las máximas de Las enseñanzas de Ani (16, 1-3). [2]J. López, Cuentos..., op. cit., p. 119.
[3]A. G. McDOW ELL, Village..., op. cit., n.º 10, p. 35. Texto que encontramos en el ostracon El Cairo 25517. [4]J. López, Cuentos..., op. cit., p. 96. [5]Y. Koening, Magie et magiciens dans l’Égypte ancienne, 1994, p. 91. [6]Ibid. [7]M. Lichtheim, Ancient..., II, op. cit., p. 138. Las enseñanzas de Ani (17, 11-18, 4). [8]M. Lichtheim, Ancient..., II, op. cit., p. 141. Las enseñanzas de Ani (20, 17-21, 3). [9]Ibid., p. 137. Las enseñanzas de Ani (17, 4-6). [10]T. G. H. James, Pharaoh’s..., op. cit., p. 122. [11]P. Lacau, Stèles du Nouvel Empire, I, 1909, p. 72. [12]M. Lichtheim, Ancient..., op. cit., p. 144. Las enseñanzas de Ani (22, 17- 23,11).