Si entendemos el concepto de conversión como decisión individual entre dos opciones existenciales (cf. Nock 1933, supra), hemos de preguntarnos, cuáles son las opciones presentadas en el Lazarillo y qué decisión final se plantea.
La orientación hacia lo 'profundo' y hacia la 'superficie' que el prólogo plantea como opciones de lectura se realizan en el relato mediante los conceptos del caso y de la cumbre, que abren y cierran la narración respectivamente.
En la crítica del Lazarillo, el 'caso' suele identificarse con el presunto ménage à trois que Lázaro vive con su mujer y el Arcipreste de San Salvador y que, como apunta el propio relato, forma el pretexto para la narración. Rico (1987) elevó el 'caso' a núcleo de la obra y a garante de su unidad.55 Para Ynduráin (2007), el 'caso' distancia el yo autobiográfico del yo confesional de San Agustín, ya que trata de un asunto conocido por el narratario y no de pecados desconocidos que el yo pretendería exponer como novedad56. Spadaccini y Talens (1988: 13) apoyan esta tesis al subrayar que «Lázaro’s autobiography is by no means a religious confession».
A nivel de contenido, el 'caso' queda ampliamente indeterminado. Puede ser que Lázaro viva efectivamente en un ménage à trois y puede ser también que éste sea el asunto de su carta, que, a la vez, es el pretexto para la 'entera noticia' de su 'persona'. La indeterminación semántica del 'caso' es parte de su función dentro del
55 «El núcleo del Lazarillo, a mi modo de ver, está en su final: a 'el caso' (acaecido en último lugar y
motivo de la redacción de la obra) han ido agregándose los restantes elementos –preludios e ilustraciones- hasta formar el todo de la novela; y la percepción de tal circunstancia me parece decisiva para un correcto entendimiento de la unidad y de la estructura del libro» (Rico 1987: 15).
56 «Creo que en las cartas, memoriales o relaciones autobiográficas, lo mismo que en la mayoría de
los diálogos, el texto está destinado a convencer a alguien de algo, sirve para obtener un resultado. Nada de esto ocurre en el Lazarillo, la historia del protagonista sólo sirve para explicar un caso ya conocido de antemano y, parcialmente, para conocer la personalidad del autor» (Ynduráin 2007: 15- 16).
58 relato. Lázaro explicita en el prólogo: «Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, […]» (10) y subraya en el último tractado: «Hasta el día de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso» (134). El 'caso' está, así, presente al principio y al final de la narración autobiográfica sin mencionarse ni una sola vez a lo largo de los capítulos restantes. Más que un Leitmotiv, el 'caso' parece ser un principio estructural que funciona de manera parecida a los capítulos del relato: Se levanta una expectativa al principio, que, al final de cada tractado se ve defraudada. De la misma manera, el prólogo de la carta crea la expectativa de narrar el 'caso', dejándolo, sin embargo, innombrado a lo largo del relato, y mencionándolo al final del mismo a modo de remate estructural. El 'caso' no es, pues, tanto un tema superpuesto, al cual se subordinan los demás episodios, sino más bien un paréntesis abierto en el prólogo y cerrado en el tratado séptimo, que alberga la narración de episodios aislados, dispuestos de forma horizontal hasta el tractado cuarto y vertical desde el tractado quinto hasta el séptimo, como apuntábamos en el cap. 2.7.
Vista la indeterminación semántica del 'caso' dentro de la narración, cabe echar mano de las significaciones del vocablo como tal. Se ha señalado la ambigüedad del término como designación para el asunto de una carta, pero también como alusión a un 'caso' judicial. Cabe también pensar el 'caso' en el sentido de un acontecimiento inaudito tal y como definimos la peripecia trágica para el presente trabajo. El 'caso', en este último sentido, bien podría identificarse con la vida del propio Lázaro, inaudita, por cierto, dentro de la historia de la literatura hasta el momento.
Para la cohesión del relato, la vía etimológica parece, sin embargo, la más indicada a seguir. Corominas (1954) señala en su Diccionario crítico etimológico que el vocablo caso proviene del verbo caer y que, en tanto que participio, significa 'caído'. En este sentido, es significativo que el 'caso' se mencione precisamente junto a la «cumbre de toda buena fortuna» en el último tractado; ésta última parece ser la premisa ineludible para formular el discurso sobre la 'caída', entiéndase el 'caso'. El alcance de un 'bienestar' anímico forma la conditio sine qua non para la creación del discurso sobre las propias miserias. La exposición de la propia 'caída' funciona como autoafirmación del individuo ante el poder institucional, representado en la narración por «Vuestra Merced». A diferencia del Guzmán, en el Lazarillo el concepto de 'caída' –el 'caso'- está libre de una significación moral; más bien, el 'caso', entendido como término contrapuesto a la 'cumbre', evoca la idea de una 'caída' pensada en el
59 sentido del término alemán Versenkung, es decir 'ensimismamiento' –un adentrarse en la propia interioridad, tal y como, a nivel de la historia, se materializa en los pensamientos de Lázaro y en el relato pormenorizado de cómo elaboraba sus burlas.
El vínculo entre 'caída' e 'interiorización' se ve, por ejemplo, en los espacios narrativos tal y como se presentan en los capítulos tercero y cuarto del Lazarillo. Se observa aquí una continuidad entre los espacios exteriores y la interioridad del protagonista. Tras haber recibido un garrotazo de su amo, Lázaro tarda el tiempo simbólico de tres días en recobrar el conocimiento, o, en sus propias palabras: en 'tornar en sí'. La voz narradora traslada el protagonista, de hecho, al espacio simbólico-bíblico del vientre de la ballena y explicita, al mismo tiempo, que Lázaro se encuentra en una dimensión cognoscitiva propia:
De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve en el vientre de la ballena, mas de cómo esto que he contado oí, después que en mí torné, decir a mi amo, el cual a cuantos allí venían lo contaba por extenso (69). El garrotazo y los demás golpes que Lázaro recibe, no solo abren, pues, su cuerpo, sino que abren también nuevas esferas cognoscitivas, que provocan su retiro de lo exterior hacia una esfera de mayor interioridad. Tras el vientre de la ballena, la siguiente estancia de Lázaro más inmediata es «la fuera puerta» (70), a saber la calle. Acto seguido, la casa del escudero se revelará como espacio particularmente lúgubre, cuyo grado de escisión supera las despensas y cámaras de amos previos, hacia las cuales Lázaro había yendo labrando su camino.
Cuerpo y casa mantienen una relación alegórica ya en el Nuevo Testamento, siendo el cuerpo alegoría para el templo donde habita la divinidad, una vez recibida ésta a través del bautizo. Previamente a su entrada en la casa del escudero, Lázaro observa que la herida del garrotazo se ha cerrado.57 El cierre del cuerpo sienta las bases para su renovada apertura –mediante potenciales heridas causadas por los malos tratos- la cual es a la vez un proceso de ensimismamiento:
La cual tenía la entrada obscura y lóbrega de tal manera, que paresce que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras (74).
57 «Desta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco, con ayuda de las buenas
gentes, di comigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde, con la merced de Dios, dende a quince días se me cerró la herida» (71).
60 La trayectoria de Lázaro está, así, marcada por una interrelación entre apertura hacia el público –véase su vida en la calle- y su retiro hacia las cámaras más recónditas en los hogares de sus amos. Esta interrelación se subraya mediante los golpes de los amos, que, provocando una apertura del cuerpo y su 'caída' física conllevan también a una 'caída' del héroe en su propia interioridad. El capítulo cuarto que meramente anuncia las «cosillas» que no dice, se presenta, en este sentido, como cumbre de la interioridad alcanzada por el héroe. Lázaro guarda sus novedades enteramente para sí; el público queda excluido de ellas. El cuarto tractado se caracteriza, sin embargo, también por su corta duración, tanto a nivel de la historia como a nivel del discurso. La voz narradora explica su salida de junto al fraile de la Merced en pocas líneas y hace, además, hincapié en la corta duración de su estancia con él. El máximo grado de interioridad en el curso de la narración se caracteriza, así, tanto en la historia como en el discurso, por su corta duración:
Este [el fraile de la Merced] me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida; mas no me duraron ocho días, no yo pude con su trote durar más. Y por esto y por otras cosillas que no digo, salí dél (111).
En el tractado quinto, Lázaro pondrá en práctica esta actitud pobre en comentarios y palabras propias asistiendo al engaño de la bula como mero observador; la voz narradora presenta este episodio con una técnica narrativa que tiende hacia la focalización externa –el mayor grado de objetivación dentro de los mecanismos narratológicos.
La relación entre la idea del 'caso' con un movimiento hacia la interioridad se evoca en el tractado séptimo, en el cual se da a entender que es el amo de Lázaro quien, consciente de los rumores que molestan a Lázaro, aborda las entradas y salidas de la mujer en su casa («Que él me habló un día muy largo delante della y me dijo: […]» (132)). Una vez clarificado el asunto, Lázaro subraya que «hasta hoy» nadie les había oído sobre el caso; sus palabras son meras respuestas a quienes le abordan; lo que caracteriza al protagonista es, entonces, su silencio marcado por la preservación de su interioridad, cuya cumbre episódica se encuentra en el tractado cuarto. La noción central que acompaña el 'caso' es, así, la interioridad del protagonista, el espacio, en el cual adentrarse para acceder a las «cosas nunca oídas ni vistas», que, a primera vista, pretenden narrarse en el relato; mientras la trayectoria lazarillesca se había caracterizado por entradas y salidas de espacios más o menos cerrados, la cumbre de su caída (valga la paradoja) coincide con su
61 asentamiento geográfico con el Arcipreste. Lázaro ha alcanzado el grado máximo de su caída hacia dentro de él mismo en el momento presente de la escritura, al cual se acerca el tractado séptimo.
El particular vínculo entre el concepto del 'caso' entendido como 'caída' y una progresiva interiorización ha sido, a nuestro entender, advertido y radicalizado por la continuación anónima de 1555. Aquí asistimos al hundimiento de Lázaro mientras se encuentra en un barco, antes de alcanzar el fondo marino y transformarse en atún. A Lázaro le sobreviene una inmensa sed, que decide calmar con grandes cantidades de vino, no queriendo beber del agua marina, a la cual se arrojan los demás náufragos y en la cual navegan los barcos que salvan los clérigos del hundimiento. La prisa, con la que Lázaro «engulle» el vino contrasta con la desaceleración del ritmo narrativo, una vez que el protagonista bebió hasta «no quedar en mi triste cuerpo rincón ni cosa que de vino no quedase llena» (109). Con esta 'plenitud interior' empieza el 'descenso' de Lázaro, espada en mano, «por mi mar abajo» (110). Este descenso es a la vez una experiencia de unión, pues Lázaro siente que «todo fue uno», de modo que el mar 'exterior', en el que se encuentra sumergido, coincide, en este experiencia de 'unidad' con el 'mar' de su interior lleno del 'excelentísimo' vino. El descenso se presenta, así, como movimiento ambiguo, que tanto podría atañer el cuerpo de Lázaro en la 'mal sabrosa agua' del mar como también un descenso imaginativo, en el 'mar interior' del vino engullido. En esta escena se entrecruzan el 'hundimiento' con el 'ensimismamiento' en la imagen del vino engullido, al igual que el movimiento de descenso en el Lazarillo de 1554 se produce mediante las heridas físicas y tiene asimismo una connotación física y otra espiritual, imaginativa. En ambas versiones del Lazarillo se realiza, así, el concepto alemán Versenkung en cuanto relación entre los movimiento de 'caída' e interiorización.
El relato autobiográfico parece moverse, desde el punto de vista de las isotopías evocadas, entre descenso y ascenso –o bien, prefiriendo la terminología ética: entre degradación y conversión, como propuso Brancaforte (1982) para el Guzmán de Alfarache58. La «cumbre de toda buena fortuna», cuya mención clausura el relato lazarillesco, coincide, en su posición final, con el silencio definitivo de la voz narradora. 'Cumbre' y 'caso' se presentan ante un vínculo de particular intensidad.
62 Pues la 'cumbre de toda buena fortuna' parece ser el silencio y la paz explicativa, de la cual el yo se ha liberado al final de su relato. Lázaro señala esta cumbre evocando la sabiduría de su narratario («como Vuestra Merced habrá oído») y liberándose, así, de la necesidad explicativa, que daría continuidad a su discurso. La 'cumbre' sería, entonces, el grado máximo de interioridad, o, en otras palabras, del 'caso':
Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna (135).
El 'caso', entendido como descenso de Lázaro hacia su propia interioridad se perfila como transformación del héroe en las dos conversiones, que, a nuestro entender, orientan el relato hacia su dimensión existencial, conforme a la lectura 'profunda' que se anuncia en el prólogo.
3. Aspectos escogidos de las dos conversiones