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4.2 Processor Core Power Management

4.2.4 Core C-states

En cuanto a las características de la mujer y de su grupo familiar, según la experiencia de la violencia conyugal, ésta es mayor entre los estratos socioeconómicos menos favorecidos. Del mismo modo y correlacionado con lo

88 anterior, la incidencia de la violencia conyugal es mayor entre las mujeres con menor escolaridad, lo que es evidente si se considera la diferencia por estrato socioeconómico, una de cuyos factores es el nivel de educación. Ello dice relación con lo anterior, por lo estrecha que es la relación entre la educación y el nivel socioeconómico.

Las parejas que muestran una estabilidad mayor han sido menos afectas a la violencia conyugal, dado que ésta es mayor entre convivientes y entre mujeres anteriormente casadas o con pareja conviviente. La autonomía relativa que otorga a las mujeres el ganar dinero por cuenta propia, independientemente de la pareja, es una situación precursora de menor incidencia de la violencia conyugal. Evidentemente, ello no es extensivo a toda la vida social. Los datos disponibles no permiten afirmar que la participación en asociaciones voluntarias, sea por el hecho de pertenecer, por la cantidad en que se participa o por el tipo de organización a la que se pertenece signifique diferencias respecto de la ocurrencia de la violencia. Lo que si parece ser influyente es la relación que se mantenga con la familia. Específicamente, las mujeres que cuentan con apoyo familiar (genérico), presentan menores tasas de violencia conyugal.

La experiencia de la violencia a lo largo del ciclo de vida es persistente. La violencia conyugal se da en una mayor tasa entre las mujeres que vivieron experiencias de violencia antes de los 15 años. A su vez, se comprueba un componente de transmisión intergeneracional de la violencia conyugal: la experiencia de violencia conyugal también se da en mayor tasa entre las mujeres cuya madre fue golpeada o en que la madre de su esposo o pareja lo fue. Específicamente, de acuerdo a los resultados, puede sostenerse que la experiencia de violencia física de la madre tiene una incidencia relativa en la misma experiencia de las hijas, lo que sobrepasa los efectos sobre la violencia psicológica por sí sola. Los datos permiten suponer que una experiencia de violencia anterior o de la madre aparece relacionada con una mayor incidencia de la violencia del mismo tipo sufrido en la experiencia precursora.

La violencia conyugal tiene un efecto sobre la salud mental de las mujeres que la han experimentado. Ello se expresa en la presencia de los síntomas que caracterizan los problemas de salud mental, así como en la cantidad de ellos, especialmente si se trata de violencia física o sexual. Casi para cualquier indicador de trastornos en la salud mental se presenta con mayor frecuencia entre las mujeres con experiencias violentas en su vida conyugal. A su vez, la violencia conyugal está asociada negativamente con el uso de métodos anticonceptivos, lo cual no es correlativo con una disposición específica de la pareja al respecto. Por otra parte, pese a que las parejas violentas tienen una edad levemente mayor que las no violentas, el estudio de las diferencias entre hombre y mujer no permite probar que la violencia conyugal se asocie con la diferencia de edad. Específicamente, buscando establecer un perfil de las parejas violentas,

89 comparadas con las no violentas, lo que se constata es que su nivel de educación es menor. Pese a ello, no se encuentran diferencias respecto a la condición de actividad, a la composición por ocupación.

Pese a que el consumo de bebidas alcohólicas es mayor entre las parejas no- violentas que entre las parejas violentas, lo que hace la diferencia es la frecuencia de la embriaguez, no del consumo de alcohol por sí solo. Respecto al consumo de drogas, parece ser levemente más alto entre las parejas violentas que entre las no-violentas, aunque se mantiene en niveles bajos. Lo relevante respecto a las conductas precursoras de violencia entre los varones que la ejercen, es que está asociada a otras conductas violentas, como es participar en peleas físicas con otros hombres. Ello es coherente con un modelo patriarcal de masculinidad que asocia la virilidad a la fuerza física y la agresividad

La mitad de las mujeres, y una proporción un poco mayor entre los hombres, deseaba el embarazo del/la último/a hijo/a, quien pesó relativamente lo mismo, cualquiera sea la condición de violencia conyugal que corresponda a la mujer. Sin embargo, es diferente la situación que se aprecia al evaluar el impacto sobre el bienestar emocional de las/os hijas/os entre cinco y doce años. Este bienestar, medido utilizando algunos indicadores específicos de trastornos, es menor entre las mujeres que no han experimentado situaciones de violencia, aunque esto ocurra solo levemente. Con todo, la cantidad de trastornos presentados se ve afectada por la experiencia vivida. Aún así, la situación de violencia ha impactado en menor medida en la familia, desde este punto de vista, respecto a otras regiones del país.

3. Actitudes de los Agresores y Respuestas de las Mujeres

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