Sólo recientemente los economistas han empezado a prestar atención a la familia como una organización económica. Además de su papel tradicional de cuidado de los niños, la familia desarrolla importantes actividades económicas. Como unidad productiva, la familia coordina el trabajo y la inversión en capital humano de sus miembros. Como unidad de consumo, ella decide acerca de la asignación de los recursos entre bienes públicos (compartidos) y bienes privados. Como unidad redistributiva, puede superar las crisis del mercado y compensar las políticas gubernamentales. Cualquier economista interesado en el tamaño y la calidad de la fuerza de trabajo y en la distribución del ingreso en la sociedad debe ir más allá del aislado “hombre económico” y examinar la familia. (Weiss 1993: 237)
Estas son las palabras con que el economista Yoram Weiss introducía hace más de una década un libro (Economics of the Family de A. Cigno, 1991) que presentaba los que este autor estimaba, hasta entonces, a inicios de los años noventa, que eran los recientes desarrollos de la economía de la familia115. Tras rescatar las virtudes del texto que reseña, Weiss reclama que, sin embargo, no existe aún un esquema analítico unificado y relativamente simple para dar cuenta de las diferentes facetas de la economía de la familia, un modelo de interpretación de los diferentes “movimientos conjuntos” [comovements] entre matrimonio, fertilidad, escolaridad, fuerza de trabajo y divorcio116.
115 Sin embargo, se trata de una versión poco precisa de la historia. Por no poner sino un ejemplo, quizás el texto más destacado dentro de lo que se conoció como la “Escuela de Chicago sobre economía de la familia” sea el libro Economics of Household Production (1934) de Margaret G. Reid, destacada alumna de Hazel Kyrek (a su vez autor de Economics Problems
of the Family de 1933); cf. Katz 1997: 40, n. 3. Pero aún antes, desde principios del siglo XIX,
fueron muchas las ediciones de libros en que se enseñaban las buenas formas de mantenimiento de la casa y del manejo de las finanzas del hogar (aunque se trataba de manuales que usualmente estaban dirigidos especialmente a las mujeres).
116 Es desde los años sesenta que la corriente dominante de la economía, la neoclásica, parece que pasa a ocuparse de temas que están más allá de la esfera del mercado propiamente dicho; entre los temas predilectos va a estar el de la familia (cf. Baron y Hannan 1994: 1112. 1121; Mirowski 2000: 926-927) y con autores de reconocido prestigio como Gary Becker y Jacob Mincer. Hoy nos encontraríamos ya en la tercera generación de la Nueva Economía de la Familia. El artículo de Baron y Hannan enfatiza cómo las influencias de la economía en la sociología se han dado prioritariamente en aquellos campos tradicionalmente ocupados por la sociología (p. e., la familia); las influencias inversas son menos evidentes (Baron y Hannan 1994: 1113). Eso no quiere decir que la sociología no haya intentado ocuparse de campos que, como el mercado, habrían sido objeto de la economía (por ejemplo, cf. Lie 1992 –sobre los “modos de intercambio”– y 1997 –sobre la “sociología de los mercados”, donde hace fuertes críticas a las aproximaciones neo-clásicas de la economía–; para resumenes de las principales tendencias de la “sociología económica” y de sus diferentes versiones, así como de sus temas de interés prioritario en contraposición con la economía, cf. Block 2000; Granovetter 1985; Swedberg y Granovetter 1992; Swedberg 2000), en lo que Baron y Hamman dan en considerar como “imperialismo sociológico”. En el caso de la sociología francesa de mediados de los años noventa, la aproximación a temas que eran tratados preponderantemente por otras disciplinas sociales era propugnada por los sectores más dominados de la disciplina (Lebaron 1997: 21).
Más de una década después, esta temática sigue siendo un centro de atención para los economistas, con la continua aparición de publicaciones de artículos sobre este tipo de temas en las principales revistas de economía, así como con el ofrecimiento de cursos en las universidades (Lam 2005).
En general ha existido cierta dificultad en compaginar analíticamente el mundo de la economía con el de la vida familiar117 (para una reflexión sobre las dificultades en asumir esta combinación, cf. Zelizer 2005). La idea de que existe una dicotomía entre el egoísmo total del mercado y el altruismo total de la familia ya fue planteada por primera vez, si no antes, por Adam Smith en 1776 (cf. Folbre 1992: 109-112; Strassmann 2004: 89 n. 7)118. En buena medida esa idea se traslado al estudio de los pueblos no- 117 De acuerdo con Sue Llewellyn y Stephen P. Walter (2000), la contaduría, por ejemplo, no
considera el espacio privado de los hogares como un posible ámbito a ser investigado, aun cuando es interesante, según ellos, ver a la contabilidad como un elemento que hace de interfaz entre ámbitos de existencia diferentes, en este caso público y privado, como un intermediario que permite traducciones entre esferas distintas. Desgraciadamente, señalan tras estudiar los manuales de enseñanza de contabilidad doméstica, se asume que esa traducción sólo puede hacerse en dinero (y así lo asume la contabilidad también, influenciada por la economía). Además, se acepta que debe tenerse en cuenta el elemento de género: pues la contabilidad se plantea como una forma de moderar los defectos que las mujeres imponen a las contabilidades de los hogares, lo que se desprende del estudio de las cartillas y libros de capacitación para la administración del hogar: se asume que son ellas las que se deben encargar de la administración del hogar y que deben hacerlo desde determinadas perspectivas y técnicas (plan de gastos, balances de ingresos y gastos, etc.) similares a las usadas a las empresas, y las cuales les proporcionan los “hombres”, quienes sí saben administrar bien el dinero en su conjunto (aunque se admite que las mujeres saben manejar muy bien las “monedas”) y no como las mujeres, demasiado sentimentales, emocionales y manipulables (todo ello supone, además, que tienen sesgos evidentes sobe la dependencia económica de la mujer como un punto de partida del análisis). Los hombres se encargarían así de “controlar” a unas mujeres que deben acomodarse a la contabilidad traída de afuera (Llewellyn y Walter 2000: 464). Incluso en aquellos casos en que ella gana más y es la que soporta los gastos de la casa de forma dominante, ellos muestran que debe hacer sentir al hombre que él es quien está a cargo, por lo menos en última instancia, así no se llegue hasta esa última instancia. Por otra parte, se asume que el hogar es sólo consumidor, por lo que se pretende sólo capacitar para consumir adecuadamente, no para producir (lo que deja por fuera las actividades productivas de las mujeres o al trabajo doméstico); igualmente, parten de una concepción de los hogares como unidades discretas y con distribución equitativa en su seno. Finalmente, Llewellyn y Walter (2000: 470) muestran cómo, dado que sus actividades como manejadoras de dinero en el hogar no son visibles hacia el exterior, la mujer no puede sentirse realizada con una actividad que tiende a asociar a hombres y manejo de dinero; igualmente, sus habilidades como manejadora de dinero en la casa no pueden ser usados en el mercado laboral, pues su práctica cotidiana no les otorga un título, ni les da el más mínimo reconocimiento el hecho de que haya manejado y gestionado adecuadamente una casa.
118 Según Nancy Folbre (1992), la economía política clásica no hizo del “sexo” una preocupación principal de sus debates, aunque tampoco dejó de estar presente en sus discusiones ya fuera desde una perspectiva moral conservadora (en Mandeville o Adam Smith, por ejemplo, para quienes la vida familiar debía estar alejada del cálculo racional egoísta y del libre mercado), como reformista y contra el orden patriarcal dominante (como en el caso de Francis Hutcheson, quien fuera maestro de Smith, o de Jeremy Bentham, James Mill, Francis Place y John Stuart Mill, quienes mantuvieron participaciones activas en los movimientos de mujeres de la época). Para un repaso sobre la forma en que los economistas clásicos tuvieron en cuenta o no el papel de las mujeres y del trabajo doméstico en la economía, y los debates que entre ellos se produjeron, cf. Dimand, Forget y Nyland (2004); para la reflexión específica sobre
occidentales y tiñó incluso perspectivas tan complejas sobre el origen y las peculiaridades específicas del capitalismo como la de Max Weber, como se puede ver en su Historia económica general (Weber 1997: 6-7, 40-59) o en Economía y sociedad (Weber 1977: 289-293, 306 y ss.), puesto que, aunque la comunidad doméstica en Occidente se va progresivamente reduciendo en tamaño hasta alcanzar la forma actual de la familia nuclear, sin embargo ella no se ve penetrada totalmente por la “calculabilidad” ni por la racionalidad pura, ni tan siquiera en el caso de las empresas familiares:
La autoridad y la comunidad domésticas representan, frente a las condiciones económicas dadas y a su innegable importancia, una formación
irracional –vista desde estos intereses económicos– independiente y que
influye en alto grado, en virtud de su estructura histórica dada, sobre las relaciones económicas (Weber 1977: 308, énfasis nuestro)119.
En términos analíticos, se ha tendido a plantear más bien la existencia de correlaciones entre uno y otro ámbito. Así, por poner un ejemplo, Marjorie B. McElroy (1985) muestra cómo la familia juega un fundamental papel de seguro ante la pérdida de empleo o descenso de los salarios recibidos por los hijos, quienes prolongan su residencia con los padres o regresan al hogar dependiendo de las circunstancias particulares del mercado de trabajo.
Sin embargo, la tendencia en la economía más establecida es, más bien, a plantear el estudio de la familia en primer lugar desde sus dinámicas internas y luego, en una segunda etapa, como una unidad que actúa al unísono respecto de las dimensiones externas.
Adam Smith y la improductividad del trabajo familiar, pero con matices sobre su tratamiento más fino del tema, así como del papel de las mujeres en la evolución de la economía, en algunos de los textos menos conocidos de este autor –como en sus Lectures on Jurisprudence, 1762- 1764)–, véanse las pp. 230-232 de este artículo.
119
Cf. Collins 1992. Según este autor (Collins 1992: 91-92), para Weber, “en virtualmente todas las sociedades premodernas hay dos conjuntos de creencias éticas y prácticas bien distintos. En el interior del grupo social, las transacciones económicas están estrictamente controladas por normas de justicia, estatus y tradición: en las sociedades tribales, por intercambios ritualizados prescritos por el parentesco; en India, por las reglas de las castas; en la Europa medieval, por las contribuciones requeridas por el señor o por la gran propiedad eclesiástica (…) En cuanto a los extranjeros, sin embargo, la ética económica está en el extremo opuesto: la estafa, el cálculo interesado de los precios y el préstamo con intereses exorbitantes son la regla. Ambas formas de ética son obstáculos para un capitalismo racional y a gran escala…” (para la distinción entre la “moral de grupo” y la “moral respecto de extranjeros”, cf. Weber 1997: 299). En todo caso, Weber “tendía a tratar la organización de la familia como un conjunto de variaciones sobre la propiedad de las relaciones sexuales y por las transacciones materiales y las apropiaciones con que estaban fundamentalmente asociadas…” (Collins 1992: 106-107, n. 16).
Un ejemplo primero de este planteamiento está a cargo de esa economista que, desde los años treinta del siglo XX, junto a su maestro Hazel Kyrek, investigó sobre la economía doméstica, es el que se refiere a la forma en que las familias ahorran (y que ellos consideraban un aspecto importante de la producción). En un texto de principios de los años setenta, Margaret R. Reid plantea que habría tres modelos básicos para pensar el ahorro en el seno de las familias:
(a) la hipótesis del ciclo de vida de Modigliani-Brumberg-Ando que concibe los
esfuerzos de los ahorradores como destinados a asegurar el patrón de consumo más deseable para toda la vida; (b) el modelo de Thore que “se deriva de la noción de que la unidad de consumo individual considera el conjunto de sus consumos en el marco racional de la asignación de sus recursos” (p. 2); y (c) un modelo de ajuste de las reservas en el que “la unidad de consumo es vista como tomando sus decisiones de ahorro en relación con algún nivel deseado de riqueza, estando este nivel de riqueza a su vez relacionado con algunas otras variables económicas como el ingreso (Reid, 1970: 378).
Reid (1970: 379) reclama, evidentemente, tener en cuenta otras fuerzas externas, como los programas de seguridad social, los planes de retiro individuales o la economía relativa de acuerdo al estatuto de ocupación, etc., pero en una segunda etapa.
Otro ejemplo, más reciente: de acuerdo con la propuesta de Marilyn Manser y Murray Brown (1980), habría tres grandes formas de estudiar la dinámica de las tomas de decisiones en el seno de la familia (uno de los ámbitos predilectos para la discusión de este tipo de temas):
1) Como resultado de la constitución de un fondo común con los ingresos y donde se maximiza una utilidad neoclásica en términos de función de utilidad única para la familia, sujeta a los constreñimientos totales y a los constreñimientos de tiempo. Se trata de un modelo dictatorial, el de Gary S. Becker, donde uno sólo (el proveedor principal, el padre usualmente) es quien toma las decisiones por todos, y tiene claro y sabe con detalle, qué debe hacerse para maximizar esa función y lo que conviene a la familia (de esta forma se desconoce la distribución desigual del poder entre los miembros de la familia, cf. Strassmann 2004: 89-91). Trata a la familia, tanto hacia adentro como hacia fuera, como un agente individual, o como una unidad susceptible de ser sometida a economías de escala120.
120 Cf. también Seaton (2001). Por ejemplo, esta perspectiva tiene ampliaciones y derivaciones (sobre estas tres modalidades puede verse el texto de Elizabeth Katz [1997]: allí se ofrece un preciso resumen y muestra las principales críticas y limitaciones que cada una de ellas tiene, en especial la tendencia a olvidarse de las dimensiones históricas y psicológicas). Por ejemplo, Buss (1992), quien sugiere tomar en cuenta las economías de escala –es decir, el tamaño del hogar– a la hora de evaluar si han aumentado o disminuido el porcentaje de familias ubicadas en el segmento medio de la economía (la “clase media”) norteamericana. Buss concluye que, si se toman en cuenta dichas economías de escala, en Estados Unidos entre 1980 y 1986, se incrementan los ingresos de la clase media y la alta, y disminuyen los de la baja: “Estos efectos de escala permiten a las personas que viven en hogares más grandes disfrutar de niveles de bienestar mayores de lo que es sugerido por el ingreso per capita de dicho hogar” (Buss 1992: 313). En general, no sólo en la economía se tiende a tratar a la familia como a una unidad, sino también diferentes enfoques de la antropología y la sociología (cf. Bourdieu 1997b: 49, quien insinúa la posibilidad de tratarla como un “campo”).
2) Como resultado de la creación de un fondo común pero en el que se llega a acuerdos mediante negociaciones o regateos [bargaining] sobre lo que se debe hacer, de acuerdo a las funciones de utilidad de cada uno de los miembros presentes en la familia. El modelo usado por los economistas es el de un juego de suma cero entre dos personas, juego cooperativo (factible en el matrimonio, pues los esposos pueden saber lo que su cónyuge quiere y desea obtener) y que implicaría cierta simetría en el poder de negociación de que dispondría cada uno (modelos de Nash y de Kalei-Smorodinsky).
3) Muy similar al anterior, sin embargo supondría tener en cuenta la existencia de funciones de utilidad interdependientes en cada uno de los integrantes de la familia.
Ahora bien, Manser y Brown señalan la importancia de tener también en cuenta la existencia del efecto producido por variables exógenas (en la forma de salarios, por ejemplo)121.
Otros economistas han matizado la anterior clasificación, como Robert A. Pollak (1994), quien coincide con estos dos autores en el primero (modelo altruista, aunque señala que este tiende a despreciar las negociaciones internas en la familia, ubicándolas más bien al momento inicial de constitución de la pareja), pero distingue luego de forma radical dos modalidades distintas, aunque basadas ambas en la teoría de juegos, al diferenciar entre modelos de cooperación en el seno de la familia (ejemplificados en las propuestas de Sen, Manser, Brown, McElroy, Horney, Lundberg y de él mismo) y modelos no-cooperativos (basado en los modelos de juego de ofertas alternativas de Rubinstein, con autores como Kanbur, Haddad, Lundberg y él mismo)122.
121 Por otra parte, y haciendo énfasis en las relaciones matrimoniales, Man Yee Kan y Anthony
Heath (2006: 71-73) identifican cuatro modelos básicos para interpretar las relaciones entre esposos: la que lo trata como una unidad que se organiza para maximizar ingresos y reducir gastos (a la Becker en economía, o Downs en política) y que supone especialización en su seno; la teoría de los recursos, en la que cada uno de los cónyuges espera obtener el máximo beneficio o utilidad personal de la familia (con autores como Blood y Wolfe); la que establece que en las anteriores se olvida el sesgo que introduce el género, que es un valor no neutral: por ejemplo, cuando la mujer gana más que el marido, ella sin embargo trata de “compensar” su situación privilegiada para acogerse a los valores y estereotipos de género (minimizando sus aportes, asumiendo también el trabajo en la casa y los roles tradicionales…, todo lo que se llama “hacer género”) (con autoras como Brines, Bittman, England, Folbre…); y, finalmente, la teoría de la preferencia (Hakim) que establece la existencia de diferencias entre las mismas mujeres en términos de preferencias (por la casa, el trabajo, o simplemente ambigüedad acerca de lo que se quiere) y la forma en que se adaptan mutuamente las parejas.
122 Este artículo de Pollak es una feroz crítica a los intentos de despreciar –por parte del feminismo y el marxismo– las interpretaciones económicas de la familia que son acusadas de omitir o descuidar algunas variables, como las relaciones de poder. Aunque, acepta Pollak (1994: 151-152), algunas de esas críticas tienen razón y han obligado a refinar los modelos económicos –introduciendo, si no directamente el término “poder” (que debe ser tomado en serio), sí otros conceptos como los de “institución” y “prácticas, o “preferencias” y “valores” a la hora de entablar regateos en el seno del hogar a partir de las socializaciones diferenciadas (por ejemplo, en términos de género, estando las mujeres menos predispuestas a mantener posiciones duras en la negociación) y de las interacciones producidas en el matrimonio, como
La primera habría sido la dominante hasta mediados de los años noventa; las otras, las basadas en la teoría de juego, pese a recurrir a los elementos de la teoría económica convencional (optimización individual), han sido tratadas sin embargo como periféricas y no se habrían incorporado a la teoría económica general (Strassmann 2004: 89 n. 8)123. Quizás uno de los autores que más ha estudiado el tema de las interacciones y los intercambios en la familia, desmarcándose de las aproximaciones neo-clásicas, sea Kenneth E. Boulding, desde lo que se conoce como “economía evolutiva” –en la tradición inspirada por Thorstein Veblen (2005)–, a partir de la que se preocupa por el papel que las relaciones económicas (y en especial las donaciones, la transferencia unidireccional) juegan en la integración social y donde habla de la “trampa del sacrificio” y del papel que juega en ella la benevolencia (por intermedio del “amor”) que supone obtener satisfacción en el bienestar del otro, así sea a costa del sacrificio de uno (Boulding 1976: 10; 1980: 28-29): las tareas domésticas de la mujer, la producción doméstica no mercantil, entran en una categoría difícil de estimar y evaluar y se presentan también dificultades en evaluar la satisfacción mutua en los intercambios que