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Correcting errors (in both)

4. Forks & Branches

4.4. Branching

4.4.5. Correcting errors (in both)

Pasemos a la indagación, partiendo desde el fenómeno de la conciencia. Si la acción consciente es un acto del animal, supone en consecuencia un conocimiento y un «estar presente» de lo conocido en el animal, y una presencia del animal en su acto de conocimiento. ¿Cómo puede esto ser posible?

Aproximémonos por vía de comparación. Comparémoslo con lo que ocurre con las acciones a las que accedemos por vía de sensación, que son las acciones de un cuerpo sobre otro cuerpo. Estrictamente, en la acción físico-corpórea no presenciamos la acción del cuerpo que actúa sino que aprehendemos los efectos en el cuerpo que padece la acción. Percibimos que el metal se calienta en contacto con el fuego, porque vemos un cambio en el metal, no en el fuego. La acción físico-corpórea es la acción de un cuerpo sobre otro cuerpo, un cuerpo agente sobre un cuerpo paciente. Pero la acción del agente se comprueba en el paciente. Es como si la acción «transitara» del agente al paciente. Lo claro es que, en el caso de la acción corpórea, ni el agente parece estar presente en su acción ni la acción estarle presente a su agente. El cuerpo agente está como ajeno a lo que ocurre con su acción. Su acción parece ocurrir, no en él, sino en otro. Tomemos un ejemplo imperfecto, como todo ejemplo, pero ilustrativo. El sol calienta a 150 millones de kilómetros de distancia de nuestro planeta, pero de eso el sol «ni se entera», por más que el sol que «está allá» esté actuando «acá».

Algo completamente distinto es lo que vemos en la acción cognoscitiva, en la que el agente está presente en su acción. La acción cognoscitiva consciente surge del agente y permanece o termina en él. Se conoce lo que está «allá afuera», pero se lo conoce «aquí», en la interioridad, estando además el agente presente con relación su acción. ¿Cómo puede ser esto posible? A diferencia de lo que ocurre en la acción física que transita del agente al paciente, la acción mental se da toda entera en ella misma. El que comienza a ver ya ha visto, no hay un acto del comenzar a ver y un acto del terminar de ver. Se ve o no se ve, se piensa o no se piensa. En la acción cognoscitiva misma, como ya vimos, no hay ni progresión ni tiempo. Es cierto que hay procesos lógicos, pero los componentes de los procesos lógicos no son actos procesuales. Esta es otra más entre las muchas razones que muestran que los procesos mentales no son procesos físico químicos, o electro-químicos, ni ningún otro tipo de fenómeno físico-corpóreo.

Está claro que los procesos neurobiológicos son condición de manifestación de los fenómenos de orden sensorial, pero estos procesos no pasan de ser su base material. Por lo pronto, insistamos en algo que para el ciudadano de a pie es de suyo obvio, que los procesos cognoscitivos no son actos de un órgano, sino actos de un viviente. Lo conocido le está presente al sujeto que conoce, no al encéfalo. Si fuese el encéfalo el que piensa se daría el absurdo que para conocer lo que el cerebro conoce tendríamos que nosotros conocer al cerebro conociendo, y no se ve con qué lo podríamos conocer.

Tendríamos que tener un segundo cerebro que conociese lo que el primero conoce y luego un tercero para que conociese lo que conoce el segundo, y así sucesivamente. Concebir un encéfalo pensante es como concebir a un homúnculo introducido en nuestra bóveda craneana, al cual habría que preguntarle lo que conoce. Pero esta hipótesis supone que ya conocemos sin el encéfalo, con lo que la hipótesis se destruye a sí misma. Ya Platón lo había visto con claridad, como lo expresa en el Teetetos: «No es con el ojo que vemos –decía—, sino por el ojo». Nuevamente no es el ojo el que ve sino el viviente que tiene ojos. Y lo que vale para el ojo vale para el encéfalo, que no es sino una prolongación del ojo, del oído, del gusto, del tacto y del olfato. Agreguemos a esto los elementos orgánicos que constituyen el sustrato material de la imaginación, de la memoria sensitiva y de los afectos sensibles y de las funciones asociativas, y ya tendremos una idea bastante aproximada de lo que es el encéfalo como órgano. El cerebro, en definitiva, no es sino la base material de la vida animal, por muy sofisticada que ella sea, como ocurre con la vida animal del viviente humano. El cerebro no es de ningún modo causa del conocimiento intelectual, ni siquiera en sentido material.

Por consiguiente, la facultad de la visión, de la imaginación, de la memoria y del instinto no radica en el encéfalo sino en el animal, como totalidad y como sujeto ontológico. Es el animal el que ve y el que imagina; por ello, la filosofía clásica distinguía entre órgano y facultad. La verdadera pregunta en definitiva no es acerca de las características del órgano, por más que no deje de ser útil y pertinente su estudio, sino que la verdadera pregunta es acerca de la real naturaleza de un sujeto que conoce y que apetece.

El sujeto cognoscente y apetente no es ajeno a la acción que en él surge, o que en él y desde él se desencadena. Además, el sujeto no es el mismo antes que después de conocer o de desear. La acción cognoscitiva o afectiva del sujeto lo transforma, no lo deja indiferente, no es ajena a él, como ocurre en la acción física, procesual o temporal. No puede haber diferencia más radical entre un tipo de accionar y otro.

Se entiende que estas constataciones, intelectualmente mal equilibradas, hayan dado lugar a todo tipo de separaciones extremosas. En efecto, la historia del pensamiento científico y filosófico se encuentra plagada de dualismos, o de monismos reduccionistas, sean estos materialistas o espiritualistas. Sobre todo, como hace notar Hans Jonas, después de la disolución del sujeto vivo operada por el maquinismo cartesiano (Jonas, 1966).

Entre uno y otro extremo, el materialismo maquinista y el espiritualismo de la conciencia pura, se sitúa la biología filosófica que aborda la vida mental como una función de un viviente. El equilibrio procede de reconocer la originalidad y la diversificación gradual y creciente de los seres vivos. De esa evidencia, de sentido común, confirmada y precisada por la filosofía, hay que sacar las consecuencias: que un ser vivo es «otra cosa», distinta que una máquina, o un mero conglomerado de realidades inorgánicas.

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