Objective of this study
4. Correlation of preference and relationship: The preferential manner by which individuals were selected to interact with compared to others available was
Las tesis centrales de Proudhon sobre la mujer, el amor eró- tico y el matrimonio se encuentran desarrolladas en los capí- tulos 10 y 11 de su extensa obra De la justice en la révolution et l’église6. Estas tesis están orientadas a polemizar contra los
apologistas del amor libre y la emancipación de la mujer. Y el lenguaje proudhoniano resulta bastante chocante para la con- ciencia actual de igualdad de géneros (como también resultó enojoso para los anarquistas posteriores a Proudhon).
Proudhon comienza refutando la pretendida igualdad de la mujer y el hombre. Es cierto –dice– que ningún defensor de la igualdad de sexos afi rma la igualdad de fuerza entre ambos gé- neros; simplemente defi enden la igualdad intelectual y moral, y de ellas deducen la igualdad de derechos en la sociedad. Proud- hon contraargumenta diciendo que la separación total de alma y cuerpo en que se funda aquel argumento es un prejuicio metafí- sico (teológico y cartesiano, clerical y burgués). Para Proudhon, precisamente la superioridad física masculina determina tam- bién la superioridad intelectual y moral del hombre. El hombre posee una “potencia generatriz seminal” que implicaría, no sólo su capacidad biológica de fecundar en la mujer (ser pasivo, re- ceptivo, en la consideración fi losófi ca de Proudhon), sino tam- bién su capacidad intelectual de fecundar ideas generales y de actuar acorde con justicia (esto es, sin “preferencias” arbitrarias y subjetivas). De la fuerza masculina se derivaría la superioridad
productiva del hombre: en cada uno de esos tres ámbitos (fuerza física, intelecto y moralidad) el hombre es a la mujer como 3 es a 2; así el aporte total de cada uno a la sociedad resulta desigual (3x3x3=27, para el hombre y 2x2x2=8, para la mujer). Ergo: la mujer no puede pretender una igualdad de derechos en la socie- dad cuando su aporte productivo total a ella es muy inferior al del hombre; ello violaría el principio de reciprocidad mutualista en que debería fundarse una sociedad igualitaria.
Por su parte, la mujer resulta superior al hombre en otros aspectos (aspectos que nada tienen que ver con la producción social, según Proudhon). Así como el hombre es la fuerza, la mujer es la hermosura; y de la hermosura deriva su superioridad para la divulgación (no la producción) de ideas y la temperan- cia para la aplicación de normas morales. Según Proudhon, la fuerza seminal generatriz, que el hombre deposita en el vientre femenino para fecundarla, es la misma fuerza que engendra el conocimiento y la moral y la deposita en la mente y en el cora- zón de la mujer. Ella siempre es pasiva7. Si se la deja librada a sí
misma siempre será sensual, casuística o intuitiva (sin capacidad de ideas generales) y movida por preferencias amorosas perso- nales. En otras palabras, la mujer es por sí misma aristocrática y monárquica, no puede acceder por sí misma a la noción de Justicia (igualdad, equilibrio)8.
Sin embargo, Proudhon aclara que estas enojosas y antipá- ticas conclusiones se deducen sólo al considerar al hombre y a la mujer aislados, separados, como seres independientes uno del otro. Y las consecuencias sociales reales de la emancipación femenina y el amor libre serían el divorcio efectivo (ya bastante avanzado, de hecho) de la facultad generadora del hombre y la capacidad de concebir de la mujer; del conocimiento y su divulgación; de la justicia abstracta (mera noción intelectual) y su aplicación efectiva y humana. El verdadero ser humano no es el hombre ni la mujer separados uno del otro, sino el andrógino que surge del matrimonio. El matrimonio viene, por un lado, a domesticar la sensualidad erótica de la mujer, y por otro lado, a atemperar la dureza del carácter masculino y a motivarlo con la belleza de la mujer. Ambos, el mero macho y la mera hembra, se hacen humanos en el matrimonio.
De esta forma, hombre y mujer resultan complementarios uno del otro: fuerza y belleza, conocimiento y divulgación, justicia y tem- perancia (así como humanidad y naturaleza, idea y materia). Como puede verse, la dialéctica proudhoniana reaparece en la constitución misma de la familia, aunque pueda llamar la atención que la fuerza
física aparezca acá como propia del primer par de opuestos. Pero una vez más, Proudhon no quiere deducir de aquí la igualdad de derechos en el seno de la sociedad: los bienes que representa la mujer y los que representa el hombre no son conmensurables; no puede haber intercambio en el sentido económico entre ellos, no hay “mu- tualismo”. El matrimonio no es un contrato sinalagmático (inter- cambio de bienes equivalentes). Por ello, la familia no es el ámbito de la igualdad sino de la jerarquía y el comunismo. La sociedad nace donde termina la familia, y viceversa; del mismo modo que la igual- dad nace donde termina la autoridad, y viceversa.
El matrimonio, así presentado, es la domesticación del amor, éste siempre egoísta y encarnado principalmente en el carácter femenino. Y la familia surgida de aquél es la base de la sociedad igualitaria, sin confundirse con ella; o mejor dicho: precisamen- te por ser distinta de ella, su opuesto necesario e irreductible. Pero, como condición de la sociedad justa la familia es, nada más ni nada menos, que el “órgano” de la justicia social, así como la nariz es el órgano del olfato y los ojos los de la vista. Los “órganos” son condición para la justicia, el olfato, la vista, etc., pero no son la justicia, el olfato, la vista, etc. Y es la familia el ámbito donde se inician otros seres (los hijos) en el aprendi- zaje de la justicia en la sociedad por medio de la prohibición del incesto, base de toda sociabilidad9.