3. Theory
3.3. The Effect of Welding on the Microstructure and Corrosion Properties of
3.3.4. The Corrosion Properties in the Weld Zone and the Effect of
He destacado como el medio en donde acaece la vida de un pueblo, influye de manera determinante en las particularidades de su propia concepción del mundo, en su panteón y por supuesto en la ideología médica. Se ha comentado como en las regiones nórdicas o muy australes, ahí donde el cielo se hace inmenso y el sol palidece en el horizonte, la deidad celestial ocupa un lugar prominente, y con frecuencia parece reducir a la deidad solar a un segundo plano; algo muy diferente ocurre con las culturas establecidas entre los trópicos o sobre la franja ecuatoriana, ahí no hay deidad que pueda opacar al sol. Si alguien ha estado alguna vez dentro de la selva tropical alta, ha podido darse cuenta que el follaje de los árboles reduce de manera extraordinaria la visión del cielo y del sol, y difícilmente se pueden observar las estrellas. La tierra y su vegetación lo invade todo, la vista del hombre se reduce en distancia, para percibir las cosas que hay y ocurren apenas dos o cinco metros de distancia. En un ambiente así, no es de extrañar que el culto a la tierra fuera de lo más importante, y con ella su espíritu guardián escondido detrás de la mirada misteriosa del jaguar. Hay muchos otros animales en la selva, todos dotados de un espíritu más o menos importante, sin embargo, fue el jaguar el que encarnó el espíritu de la tierra. Las rutinas cotidianas del jaguar, como animal territorial, resguardando siempre los linderos de su propiedad, debió de llamar la atención de los indígenas, además del misterioso sigilo de su mirada y de su sorpresivo ataque; en general, el hombre lo admiró hasta sentirlo como su poderoso nahual tutelar, y compartir con él, el mismo espacio, el mismo aliento, y el mismo espíritu de la tierra.
El alma de los olmecas se ligó a la del jaguar, basta observar las esculturas, las figurillas de barro, o las de jade finamente pulido, para constatar los jaguares humanizados, o los hombres con rasgos felinos. El concepto de las almas gemelas, entre el hombre y los animales, viene de más atrás que el preclásico, se remonta en las más antiguas tradiciones del chamán, o mejor dicho, del nahual. No vemos al hombre- coyote del altiplano mexicano, tampoco la figura del hombre- águila, mucho más frecuente entre los nómadas de la "chichimeca", o de los pueblos con cielos abiertos. Se puede ver, eso sí, como poco a poco los rasgos felinos se van transformando en serpentinos, luego las plumas, hasta el Quetzalcóatl de la época teotihuacana y xochicalca en adelante. No se estará lejos de la verdad al afirmar que el jaguar es el ancestro del dragón (Quetzalcóatl), ambas entidades filosóficas y divinidades al mismo tiempo, se establecen desde el Preclásico olmeca. De la misma forma en que la floresta eclipsaba las entidades del cielo, la filosofía y religión olmeca debió de priorizar el culto a la tierra, y a sus
representaciones felinas. Eso no excluye la existencia de un panteón más amplio, más plural. Las ciudades y poblados olmecas eran espacios claros arrancados a la selva, desde ahi se mejoraba de manera importante la visibilidad del mundo superior, lo de arriba, el cielo y las deidades que ahí tenian morada, como el sol, la luna y las estrellas. Es muy probable que tuvieran el culto al monte, la pirámide natural de la Prehistoria y de buena parte del Preclásico. En una región más o menos plana, a escasos metros sobre el nivel del mar, ordinariamente anegada y con muy escasos montículos o promontorios, estos fueron un espacio excepcional para sacar la mirada más allá del verde eterno, y comunicarse con el mundo celeste, la cúspide del monte sería un espacio eminentemente sacro.
Teotihuacan
La ciudad de Teotihuacan tiene una distribución urbana que refleja con claridad la presencia de una sociedad estratificada, hay numerosas áreas céntricas del dominio de la clase teocrática; hay espacios bien determinados para los conjuntos habitacionales en donde residían los altos dirigen- tes37; en los alrededores del magnífico centro ceremonial vivía la gente común.
Población de Teotihuacan
El siguiente cuadro concentra los datos de población y extensión territorial de Teotihuacan según los diferentes períodos culturales38. Peπodo Patlachique Tzacualli Miccaotli Tlamimilolpa Xolalpan Metepec Años 100a.C.-1d.C. 1-150 d.C. 150-250 d.C. 250-450 d.C. 450-650 d.C. 650-750 d.C. Población 5,000 30,000 45,000 65,000 85,000 70,000 km* 8.0 17.0 22.5 22.0 20.5 20.0
Inframundo teotihuacano
Se ha comentado el origen prehistórico de la concepción del inframundo, aquello que está debajo de la superficie de la tierra y el mar, el reino de la oscuridad, ahi donde el sol pasa la noche fecundando de calor el vientre de la tierra. La filosofía y cosmovisión alcanza su madurez y esplendor en la cultura teotíhuacana; la ciudad es un libro que reproduce el
37 Matos Moctezuma, Eduardo. Teotihuacan. México Desconocido. México, Noviembre, 2002, p. 19.
38 Matos Moctezuma, Eduardo. Teotihuacan. Op. c/í., p. 23.
orden del universo, el equilibrio de las fuerzas del cielo, la tierra, y el inframundo. Las cosas del cielo y de la tierra (superficie) se pueden ver, calcular, e incluso predecir sus comportamientos, hay un ritmo cíclico en el movimiento de los astros, cierto caos en el viento y las nubes que mueve, la tierra parece estática, sin embargo hay estaciones de lluvia y flores, de polvo y aridez, de frío y calor, todos eso forma parte del mundo más o menos tangible.
Algo diferente ocurre con el inframundo, únicamente se le puede imaginar, suponer como está conformado, se entra únicamente con el poder del pensamiento y de la ideas. Es el mundo del conocimiento oculto, un universo casi exclusivo para los sabios, los filósofos, y los sacerdotes. Para conocer algo del mundo de la oscuridad, había que tener dotes chamánicos, visitar primero nuestro propio mundo interior (subconsciente e inconsciente) para transformarse en nahual, y conocer esa alma profunda que nos hermana con los animales; y así, en ese estado de compenetración con nuestro yo interior, poder comunicarse con los seres representativos del reino de las tinieblas, serpiente, alacrán, topo, araña, entre otros; y poder ver con sus ojos, escuchar con sus oídos, y sentir con sus manos y patas, todo aquello que esta oculto dentro de la tierra. El mejor símbolo de las entrañas de nuestra madre tierra lo era sin duda la cueva, la vagina por donde la tierra, después de ser fecundada por el sol, había parido la vida y la humanidad entera. De ahí habían salido los teotihuacanos, los nahuas, purhepechas, y propiamente todos los pueblos mesoamericanos. Ese origen mítico tiene dos conceptos fundamentales muy concretos, ambos perfectamente compatibles con la ciencia: en el primero, la vida para que exista requiere invariablemente de la copulación de la tierra con el sol, la tierra aporta la materia prima, el sol su energía, ¿alguien podría refutar esto?; en el segundo, el hogar del hombre de la prehistoria fue casi invariablemente una cueva, los ancestros de todos los pueblos mesoamericanos conservaron en el más remoto de sus recuerdos ancestrales, cómo la generación de las familias, clanes, bandas, y tribus, tuvo su origen en la cueva.
Ahi donde los mitos afirman que los dioses crearon al hombre, donde también los dioses se reunieron para crear el Quinto Sol, ahí, en Teotihuacan mismo, la Pirámide del Sol sería construida sobre la cueva ritual de cuatro pétalos. Pocos lugares podrían haber sido tan sagrados en la Mesoamérica del Clásico y Posclásico, como la cueva que está debajo de la Pirámide del Sol, fue un recinto ceremonial sagradísimo para los teotihuacanos, toltecas, y mexícas, y quien sabe para cuantos más. Las evidencias sugieren que antes de la construcción de Teotihuacan, existían en el lugar tres cuevas muy cercanas entre si; los arquitectos teotihua- canos escogieron una de ellas, aquella que se entraba por el
Poniente en dirección al Oriente, y que al fondo de su trayecto terminaba en una forma de flor de cuatro pétalos; sobre la misma construyeron la más grande de las estructuras de la ciudad, la Pirámide del Sol, dejando la entrada original, justamente al Poniente, por la parte frontal de la pirámide.
Las otras dos cuevas, la del Nororiente de la Pirámide del Sol tiene muestras de haber sido ocupada en la época prehispánica, y la otra al Oriente de la misma pirámide, tuvo usos astronómicos pero no se ha determinado suficiente- mente si tuvo algún origen natural o si fue excavada por el hombre. Se han encontrado cuevas en diversos centros arqueológicos y ceremoniales de la época prehispánica, en muchos otros en donde no hay hallazgos físicos, son comunes los mitos y leyendas sobre la existencia de cuevas debajo de las pirámides, e incluso debajo de los tempos cristianos, muchos de ellos construidos sobre los basamentos de los teocallis. He insistido en el hecho de que primero es la idea y después la acción, se piensa primero antes de crear cualquier cosa, el caso de ia cueva de la Pirámide del Sol en Teotihuacan, demuestra que los fundadores de esa ciudad tenían ya una cosmovisión muy elaborada antes de levantar su espléndida ciudad; no puedo encontrar un dato más contundente en apoyo de la hipótesis de que la concepción del mundo y de la vida se elaboró básicamente en la prehistoria, brota en el Preclásico olmeca, florece en el Clásico y se mantiene con ciertos cambios en el Posclásico.
Quienes habitaron la región de Teotihuacan, antes de que esta se fundara, en la Prehistoria, pero sobre todo en el Preclásico, tenían una cosmovisión con tres divisiones del universo vertical (cielo, tierra e inframundo), y cuatro del horizontal (Norte-Sur y Este-Oeste), antes de construir su ciudad, he sugerido incluso que el mismo concepto existiría en África al momento de la emigración mundial del Homo sapiens. Algunos podrían contradecir afirmando que una cosmovísión como tal, únicamente estaría presente en Mesoamérica con la aparición de las grandes aldeas del Preclásico olmeca, o mejor en el apogeo urbano de la cultura teotihuacana. Los mejores testimonios resultan de interpre- tación de los vestigios arquitectónicos, las expresiones de cerámica, pintura, escultura y bajorrelieves, pero eso no significa que un pueblo tenga que llegar a ese grado de expresión urbana, para tener una cosmovisión tan completa. Hay suficientes testimonios que comprueban como los pueblos nómadas y ágrafos disponían de concepciones filosóficas profundas, muy agudas y complejas, baste dar por ejemplo, la ideología de los pueblos itinerantes de América del Norte, o de la chichimeca mexicana.
Veamos un poco más sobre la filosofía fundadora de la cultura Mesoamericana. Los primeros trazos se manifiestan en el Preclásico olmeca, hace unos 2,000 años, en la costa tabasqueña (Vertiente del Golfo); sin menospreciar en nada las culturas de Tlatilco, Arbolito, y Zacatenco, en el Altiplano Central, en todas ellas se observan los alineamientos de las construcciones, orientadas con el eje Norte-Sur, línea perpen- dicular al movimiento solar. Ese ordenamiento tendría - e n mi opinión- dos relaciones solares particulares: la primera, la más antigua, tenía que ver con el trayecto del sol considerando a la tierra como un disco plano; la otra, sería producto del registro tradicional del pasado migratorio de los pueblos. Será mejor profundizar en ambas hipótesis.
La antiquísima orientación basada en el trayecto solar, ha sido comentada en el capítulo prehistórico, trataré resumidamente sobre aquellos aspectos complementarios y/o continuadores de la concepción espacial del mundo mesoamericano. El sol joven sale por el Este, y se oculta por el Oeste, ese nacer y morir diariamente intrigó sobre manera a los pueblos autóctonos: ¿el sol que nacía hoy sería el mismo que nacía al día siguiente?, fue una de las primeras cuestiones; ¿en dónde se metía, en qué lugar detrás de las montañas, o del horizonte marino?; ¿qué hacía el supremo astro en la noche?; ¿cómo es que se mete por el Oeste del plano terrestre, y sale por el Este?. Es muy posible que la respuesta fuera algo como lo siguientes: el sol naciente sale de una enorme cueva situada en el Este del plano terrestre, en algún lugar más allá del océano; en su trayecto matutino calienta la tierra y al final, fenece introduciéndose en la gran cueva del Oeste; el sol debería pasar por el vientre de la madre tierra, y transitaba por algún túnel de Oeste a Este durante la noche, hasta salir nuevamente por la cueva del Este. La hipótesis del tránsito subterráneo del sol, en dirección Oeste-Este despeja muchas incógnitas sobre la cosmovisión mesoamericana.