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COUPLING AND COHESION

S YSTEM D ESIGN

5.4 COUPLING AND COHESION

Echados sobre la hierba, jinete y animal descansan después de una jornada que se tragó la llanura entera. Habían comenzado a cabalgar a primera hora del día y habían dejado de hacerlo al ocaso, sin detenerse una vez, sin que ni la sed ni la fatiga pesaran sobre su propósito de llegar lo más lejos posible. Todavía al animal lo recorría un estremecimiento y de su boca hinchada salía espuma, a pesar de que el hombre lo había soltado para que bebiera en la acequia, la primera y última que encontrarían en mucho tiempo. Por su parte, después de sacar agua con un cazo, el jinete había encendido una hoguera y había preparado café amargo y había caminado un poco para estirar las piernas. Encima, alumbrado por el orín de un millar de estrellas, había ahora un cielo amigo que se doblegaba a su extensión, más amplia aún que cualquiera otra, y que ofrecía una esperanza a tantos jinetes y cabalgaduras diseminados por el mundo, que hacen de la distancia un asunto de vida.

Mientras sea así, mientras el cielo sea más inmenso que la tierra, hay pues la posibilidad para jinetes y caballos de que un día, no importa cuál, agotados todos los caminos, su incesante cabalgar tenga un límite. En ese trance, saboreadas las mieles del triunfo, pagados los servicios, halarán las riendas y darán vuelta atrás, cada uno hacia su lugar de origen.

Esto es lo que ese cielo amigo le susurra al jinete que duerme, echada una pierna sobre la montura. Nada distinto, la verdad, desde que en los albores de su vida, provisto apenas de lo necesario, se abalanzó a todo correr sobre el horizonte.

Noche a noche, cuando la llanura se pierde en la oscuridad del cielo, no es otro el mensaje que el sueño le entrega, y de esto hace lustros. Saber que cientos de jinetes, desperdigados por el orbe, cabalgan sin cesar, viviendo su misma situación, a punto siempre de reventar y de morir, no deja de producirle orgullo, un orgullo que la misma rudeza de la jornada enseguida enmienda.

Además, así no se diga, pertenece a un país y a una raza que sólo comparte su suerte con los caballos y la tundra, y cuya fortaleza, probada por los siglos, es leyenda. De hecho es de allí, de esas regiones

inabarcables, de donde salen los mejores y más rudos jinetes que se conocen, y son ellos los que ahora, sin tocar aún los confines del mundo, poca duda dejan de un seguro regreso.

Y otra vez, al despuntar el día, hombre y animal se aprestan a continuar la jornada, y otra vez así no lo sepan, cuenta ese segundo antes en que a los ojos de ambos, grandes y soberbios, los enturbia una pizca de locura.

CABALLO

A diferencia de la infancia, hoy no hay caballos en el lugar donde vivo. Cierto que esto no es el campo y que una bestia desentonaría en un sitio tan lleno de obstáculos, recodos y tantas puertas que abrir y cerrar. Aquí, sin tener dónde ir, dónde mostrar la velocidad de sus cascos, pronto sería un estorbo y, por hermosa que fuera su figura, se improvisaría el verdugo que la acabara. Además está el asunto del tamaño; entre tantas, no hay aquí una estancia a la medida de su cuerpo y menos quien se ocupe de limpiar el piso y preparar la alimentación, quién le ofrezca los cuidados que necesita. Ningún oficio más escarnecido que éste, ninguno más vilipendiado, en un lugar donde el trato con animales se da de antemano por descontado.

Está, también, no por trivial menos importante, el aspecto de su olor. Para nadie es un secreto que los caballos huelen, no digo que bien o mal, y que esto produce alergia a muchos, sus enemigos declarados. Para ellos, su aroma es una calamidad tan grande como lo es la escarlatina o la gripe, molestias difíciles de sobrellevar y que irritan hasta al más paciente de los hombres.

Nadie piensa tampoco, en que, cualquier día, sobre el mundo, un relincho amoroso se levante y reclame apremiante, horas enteras, una solución. Qué se haría, entonces, si aquí no hay caballos y, menos, congéneres suyos prestos a satisfacer tales menesteres? Su sola posibilidad constituye ya de por sí un serio, insoluble, problema.

Insisto que este es un lugar sin caballerizas, veterinarios o peones que menudeen en un oficio que no da para vivir y que se considera tan anticuado como el de volatinero. Nombres famosos como Bucéfalo o Palomo, Pegaso o Rocinante no dicen nada a nadie ni alarma que así sea.

Una suerte es que la palabra caballo, sonora y bella, no haya corrido igual destino y se conserve en un vocabulario tan limitado como el nuestro. Una esperanza, se dirá, aunque remota, de que en un lugar civilizado como éste, - tan lleno de recovecos y callejones, con una población que crece sin medida -,alguna vez las cosas vuelvan a su origen Habrá que ver.

Lejos, pues, está la época en que tener un caballo era asunto tan obvio como tener una esposa. Saltar sobre el mío, hincándole los talones, y echarme sobre la distancia, era un placer allá en la infancia; igual, que abrazarme al cuello palpitante, para atravesar el río torrentoso. Dios, en lo más íntimo, meditaba yo a ratos, si tiene una forma no puede ser otra distinta a ésta, a la del más grande, poderoso y veloz de los caballos. El caballo de los caballos, mejor dicho. Pero crecí y venirme acá, un poblado ciego a las verdaderas emociones, no fue una buena idea.

De esto charlo a menudo con los amigos, en quienes advierto el mismo tipo de sentimiento.

Y de inmediato, casi sin darnos cuenta, sobre muros y tejados, volvemos una mirada que rápido vuela añorante hacia al país de la infancia.

SUERTE

De mi familia fui el único que subió a un caballo y se vino a estas planicies donde no hay descanso. Cabalgar, aquí, es asunto diario, fustigar la vida en un ir y venir eterno, tan semejante al rotar de cielos y astros que se diría que se está hecho de igual desesperanza. Sin embargo, de ser así, de mi boca no saldrá una queja ni una blasfemia osaré decir al cielo, ni mucho menos renegaré de lo que hago.

Por años y años, atravesar la llanura en todas direcciones, entregando mensajes a uno y otro, sin preguntarme nunca si esto tiene sentido y sin el aliciente siquiera de que algún día tal cometido termine, constituye mi suerte.

De tarde en tarde, en medio de la vastedad, el animal muere y rápidamente es reemplazado por otro, en cuyos ojos grandes y sumisos advierto también la orden de continuar adelante.

Y no hay tiempo de secar una lágrima por aquel que, diezmado por la infinitud de la aventura, revienta a medio camino y pronto será presa de buitres y chacales, brotados de no se sabe qué paraje de salvación y olvido.

Y, en mi premura, vuelvo la cabeza para decir adiós al compañero muerto y, otra vez, a todo galope, planicie adentro, apergaminado y enjuto, retomo el oficio, el orden mismo, que trae y lleva también, día a día, al cielo y los astros (bella y extraordinaria visión),y a cuya ley no escapa ni siquiera la muerte.

PROVINCIA

Somos, se dice, como la provincia que nos vio nacer. Hasta allá, convirtiéndonos en gente bien particular, nos ha moldeado la sinrazón de tanto paisaje abierto y el juego de nunca acabar con jerarquías e instancias que sólo aspiran a ser tan intrincadas como simple y claro es el cielo. Este carácter, trabajado durante siglos y siglos, explica además por qué de cualquier asunto local y sin importancia somos capaces de obtener, insuperable en ingenio y astucia, el más complejo tramado verbal, y por qué, cosa que es también un legado, nuestra devoción por las escrituras, la interpretación y la exégesis, es algo que llena a bien nuestro corazón.

Desde niños, por qué ocultarlo, se nos reúne en la penumbra de aulas melancólicas y se nos ofrece un entrenamiento férreo, que sólo afloja cuando la edad de la razón sonríe para todos y la hora de una nueva instrucción llega. De este modo iniciamos un camino, que no es más que una instancia entre las tantas que hay, y que si opacan la vida (a decir de algunos), facilitan también motivos para que ésta se mantenga y persevere. De paso, quizás sea esta la razón de por qué el número de suicidas, por alarmante que sea, nunca ha constituido una amenaza para la solidez del sistema

Incidentes, episodios, minucias, son la materia diaria de aquello sobre lo cual una y otra vez volvemos, y de lo cual hay que hacer relación en folios y papeles que abarrotan el espacio público, creándose la ocasión de que cualquiera los tome y se reinicie allí mismo otra discusión, otra exégesis que continuar. Sé que puede parecer locura la vacuidad de esta empresa, que eleva a categoría infinita cualquier incidente, pero esta es nuestra vida y que nadie venga a llamarla absurda.

De otro lado, es la extensión de nuestra provincia la que convierten en verdadera aventura este afán por la interpretación y el detalle. Atiborrar su superficie de archivos y folios (las calles y plazas sepultadas bajo legajos y expedientes cuentan ya cientos), asunto imposible por lo demás, permitirá discutirlo todo, revisarlo todo, la vida entera si se quiere, pasando por cada uno de sus habitantes y cada uno de sus pensamientos, necesítese el tiempo que se necesite.

Pero,¿ todo?. Es apenas un decir, que tiene que ver más con la prodigalidad ilímite de unos espacios, que vuelve enseguida materia de lo eterno nuestro oficio de la vida. De ser nuestra provincia distinta, menos vasta y humana, otros seguramente serían los propósitos, otra la salud de nuestros sueños, otro nuestro agobio. Eso lo sabe hasta el más pequeño cuyos ojos apenas se abrieron ayer a la perplejidad de un paisaje imposible.

Ahora bien, aprovecharse de este asunto sin salida, quizá haya sido nuestro gran mérito: por qué no convertir el peor de los tedios en antesala y camino de salvación fue la cuestión que reunió y dio nacionalidad a nuestras gentes; algo de lo que, por cierto, nos sentimos muy orgullosos.

Pese, pues, a lo que pueda pensarse, somos una provincia que, sin llamarse feliz, acepta sin rencores ni odios lo que la vida le dio. Si el mundo es como es, reza un viejo adagio, a nosotros tocó elevar a categoría el difícil arte del argumento y la minucia, un privilegio en todo caso.

De ahí que, desde muy antiguo, pese a la labor agobiante, de una estancia a otra, de las miles que dan vuelta a la patria, los niños actúen y no muestren rencor ni ira a sus padres, quienes al fin y al cabo han tomado y resuelto de este modo el delicado problema de su existencia.