CHAPTER 5 POVERTY AND MANUFACTURING EMPLOYMENT
5.3 Empirical Results
5.3.1 Cross-Section Analysis
Una vez que el caballo nos acepta en su entorno, viene a nosotros o por lo menos permite que nos acerquemos a él, debe aceptar nuestro contacto, sin huir, ya que nos acepta como líderes, por lo que, en la medida que nos permita palpar sus partes, nos tendrá confianza y nos aceptará cada vez más. Esta meta puede parecer poca cosa si pensamos en un caballo habituado a ser tocado, sin embargo, en el caso de caballos broncos las cosas no son tan fáciles, lo mismo que con animales resabiados que han aprendido a apartar a la gente de su lado, por no mencionar a los que son agresivos y se arrojan sobre el manejador tan pronto lo tienen cerca, con la intención de atropellarlo, morderlo o patearlo (Roberts, 1998., Miller, 1999).
Debemos tener claro que la mejor defensa es lograr que el animal no quiera agredirnos, que experimente sentimientos agradables hacia nosotros en lugar de temernos o incluso odiarnos, recordemos que es un animal absolutamente capaz de sentir afecto, temor, orgullo, agradecimiento, coraje, frustración, confusión, pánico, odio y por supuesto amor, entre otros sentimientos. Debemos ser consientes de algo que para nosotros es muy difícil de asumir: la responsabilidad de ser el origen de esos sentimientos (Parelli, 2003).
Su naturaleza lo impulsa a alejarse de todo lo que le parece amenazador, y para él, si casi cualquier cosa lo es, con sobrada razón lo es el hombre. Por ello, aparte de sus servicios y compañía, nos brinda a los humanos la inmejorable oportunidad de medir con él nuestra actitud en cuanto a agresividad se refiere. Si podemos pasar la prueba de ser aceptados en su entorno y después, de establecer contacto físico con él sin que se altere; si logramos palparlo por todo su cuerpo, acostarlo, ensillarlo, montarlo y moverlo por su propia voluntad, significa que nuestra actitud se encuentra aceptablemente desprovista de agresividad (Roberts, 1998., Miller, 1999).
El caballo es sumamente sensible al tacto en cualquier parte de su cuerpo, aunque algunas zonas lo son más que otras, así que es mejor acariciar su piel frotándola en lugar de palmearla, pues este acto le resulta desagradable y hasta doloroso. Si nuestra acción de sobar su piel puede seguir un patrón circular, mejor aún, pues se semeja a las caricias que los caballos se profesan mutuamente (Dorrance, 1978., Roberts, 1998., Miller, 1999., Parelli, 2003).
Los movimientos del caballo son tan rápidos, que si nos encontramos dentro de su alcance nos puede patear, morder o atropellar sin que podamos hacer algo por evitarlo, así que lo mejor es buscar la posición más apropiada y el procedimiento adecuado (Anderson et al., 2004).
Cualquier acción destinada al caballo debe realizarse con su pleno consentimiento, esto significa que debe ser manejado por una sola persona y sin tratar de sujetarlo para que la acepte, por eso debemos omitir de maneas, aciales, cajones, sogas, cadenas y cualquier otro medio empleado para impedir que el animal evite nuestro manejo. Por eso generalmente se debe usar una simple jáquima y el ronzal de 3 - 5 metros; en todo momento el animal debe estar suficientemente libre de moverse si lo desea, por lo que debemos mantener el ronzal en nuestra mano o sobre el brazo, sin tensión alguna, sobre todo si lo que hacemos es acariciarlo, ya que es absurdo que debamos tenerlo sujeto si lo estamos acariciando, por eso debemos de acercarnos, muy despacio con nuestra jáquima en la mano, y se la extendemos, a nivel de sus ollares, para que el potro identifique la jáquima, como una parte de nuestro cuerpo, que no lo dañará.
Éste al olerla, cuando se la acerquemos, se dará cuenta, que no es algo de lo cual deba de tener, por lo que poco, a poco empezamos a palpar a nuestro caballo, con sumo cuidado de no hacer movimientos bruscos y rápidos, para que no se asuste y en su defecto quiera huir, o arremeter contra nosotros con un manotazo, una patada o una mordida, en el caso de ser un caballo bronco que no conocemos, o un caballo resabiado; por lo que el lugar más seguro para colocarnos junto al caballo es su hombro. Generalmente elegimos el izquierdo, pues de esa manera empleamos más fácilmente la mano derecha; parados en ese sitio, es más difícil que pueda alcanzarnos si pretendiera agredirnos; por lo que debemos comenzar por acariciar su hombro y el área de la cruz, observando siempre su estado de ánimo, especialmente la posición de sus orejas. Si se pliegan hacia su nuca, significa que no le gusta lo que hacemos y puede decidirse a agredir, acompañado al aplastamiento de las orejas, generalmente notamos tensión en su cuerpo, elevación de la cabeza, apertura amplia de sus párpados, rigidez de sus labios, sacudimiento violento de la cola y golpeteo del suelo con cualquiera de sus extremidades (generalmente las posteriores). Estas señales, pueden presentarse juntas o aisladas y debemos considerarlas como una advertencia de inconformidad y disgusto.
Es posible observar dos actitudes más que serían la "segunda llamada": la emisión de un relincho corto parecido a un chillido y el desplazamiento de su cuerpo (generalmente el tren posterior) hacia el manejador empujándolo para apartarlo del sitio que ocupa o para amenazarlo con sus patas, es decir, comúnmente nos presenta las patas, para darnos una coz (www.jayojay.com, 2007). Debemos realizar el deslizamiento de la mano desde una zona donde el caballo no se inquieta, hacia el lugar en que mantiene ciertas reservas, siente cosquillas o dolor.
No debemos palpar directamente (por lo menos las primeras veces) áreas diferentes a los hombros, cuello, pecho, cruz o lomo. En el caso de la parte baja de las extremidades (abajo de las rodillas y de los corvejones), se recomienda que nunca lo hiciéramos, sino siempre deslizar la mano de zonas superiores hacia las inferiores sin perder contacto. Esta forma de proceder va alertando al caballo del avance de nuestra mano hacia zonas reservadas (Kevil, 2003).