ESTRÉS PSICOLÓGICO DEFICIENCIA NUTRICIONAL SOBRECARGA DE ALÉRGENOS CONTAMINANTES AMBIENTALES AGOTAMIENTO FÍSICO
VARIACIONES EXTREMAS DE TEMPERATURA CONTAMINACIÓN MICROBIOLOGÍA EFECTOS SECUNDARIOS DE FÁRMACOS
RADIACIONES DE BAJO NIVEL CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA
ESTRÉS GEOPÁTICO ENERGÍAS MENTALES NEGATIVAS ma inmunitario y de otros mecanismos reguladores,
quedando el cuerpo más susceptible al ataque de una gran variedad de peligros internos y externos. Las diferencias de perspectiva entre los terapeutas holís- ticos y los tradicional i stas aparece también aquí, en relación con la importancia que los unos y los otros atribuyen a cada uno de los estresantes de esa lista por su posible contribución a las dolencias corrientes. Vamos a pasarles revista, desde los más comúnmente admitidos y «físicos» hasta los más sutiles y peor conocidos, y examinaremos cómo cada uno de estos estresantes puede considerarse como un peligro latente para nuestra salud y nuestro bienestar. Estrés psicológico
Hemos comentado ya los efectos del estrés emo- cional. Se sabe que la depresión emocional y otros estados cognitivos negativos pueden cursar acom- pañados de una inmunosupresión relativa quedando el cuerpo indefenso ante diversos tipos de enferme- dades. Por otra parte, ciertos tipos específicos de de- sequilibrio emocional guardan relación con deter- minados chakras corporales (como hemos visto en el capítulo 10), y más adelante pueden expresarse en diversas manifestaciones patológicas, que dependerán del nivel de bloqueo energético alcanzado.
Las condiciones climáticas y laborales
Los estresantes puramente físicos, como la fatiga causada por las jornadas laborales demasiado largas y la falta de sueño, son una fuente muy común
de desequilibrios emocionales y físicos, quedando el individuo en estado de susceptibilidad a las enfer- medades. También la alteración frecuente de los ho- rarios de trabajo, por ejemplo alternando entre los turnos de noche y los de día, suponen fin estrés inu- sual para los mecanismos corporales de adaptación, con análogas consecuencias de fatiga, merma de la vitalidad y fragilidad ante las enfermedades. Existen otros muchos factores físicos de estrés ya reconocidos como agentes patógenos; por ejemplo las grandes variaciones de temperatura, que desequilibran el organismo. Los antiguos chinos habían identificado ya las condiciones de gran humedad o trío como factores ambientales peligrosos. Un asmático puede sufrir un ataque agudo, por ejemplo, si pasa con fre- cuencia de un ambiente de bochorno veraniego ex- terior al frío de los locales con aire acondicionado. Las drogas como estresantes
Entre otras fuentes de estrés fisiológico destacan los efectos secundarios de las muchas drogas que to- mamos, bien se trate de fármacos de receta, o de libre disposición, o de las numerosas drogas recre- acionales ilícitas hoy disponibles, cocaína, heroína, LSD, anfetaminas, marihuana y un largo etcétera causante de muchas dolencias y aflicciones para sus consumidores crónicos. Estas sustancias producen además efectos a largo plazo sobre el sistema nervioso físico y los cuerpos sutiles, en su mayoría no reconocidos aún por la medicina moderna. Las afecciones emocionales y psiquiátricas asociadas con el uso de muchos de estos psicotrópicos nos dan la
pista en cuanto a la potencia de sus efectos negativos sobre el sistema energético sutil humano. Pero también los fármacos que prescribe el médico tienen muchos efectos secundarios cuya peligrosidad latente puede originar dolencias insidiosas o decla- radas. Aunque son perfectamente conocidos por los terapeutas tradicional i stas, no por ello dejan de de- sempeñar un papel notable como estresantes, en esta sociedad cada vez más dependiente de los medica- mentos y habituada al consumo de toda clase de drogas.
Estrés nutricional debido a deficiencias o sensibilidades específicas
Los estados de deficiencia nutricional son tam- bién estresantes porque el organismo se ve obligado a funcionar sin disponer de todos los ingredientes que necesita para hacerlo óptimamente. En nuestra sociedad habituada a las comidas rápidas hay más carencias nutricionales relativas de lo que parecería a primera vista. Las personas ancianas parcial o to- talmente incapacitadas por artritis o apoplejías, que no pueden cocinar sus propios alimentos, son fre- cuentes víctimas de estados de deficiencia vitamínica; ciertos fármacos de consumo habitual determinan también avitaminosis específicas.
A medida que la medicina ortodoxa ha ido mejo- rando la sensibilidad de sus pruebas de laboratorio, los médicos tradicionalistas se ven obligados a ampliar cada vez más la lista de las sustancias que, como las vitaminas, son imprescindibles para la con- servación de la salud, incluyendo los más diversos minerales y oligoelementos. Pero les faltan todavía en esa relación muchos elementos esenciales. Cuando se disponga de instrumentos vibracionales de medida, la ciencia confirmará que las trazas de otras sustancias, como el oro, son también necesarias para la salud óptima; probablemente, muchos de estos oligoelementos más esotéricos actúan en realidad sobre los sistemas vibracionales y bioelectróni-eos, a través de los órganos corporales y el sistema nervioso central. En sus lecturas Edgar Cayce mencionó a menudo la deficiencia del oro como im- portante factor etiológico en la esclerosis múltiple. El déñcit de dicho elemento se relacionaba con un defecto de la asimilación o del sistema digestivo, causante de un desequilibrio glandular más adelante reflejado en la disfunción del sistema nervioso. Es así que los estados de deficiencia nutricional no sólo incluyen la falta de vitaminas y de minerales, sino también la de trazas de metales y otros elementos
como el oro, la plata, el silicio, el carbono y muchos más cuya necesidad para la salud óptima ni siquiera se sospecha todavía.
Aparte las vitaminas y los oligoelementos que puedan faltar en nuestra dieta, está la presencia natural de otras sustancias que podrían considerarse como fuentes añadidas de estrés fisiológico. Por alergias o sensibilidades cerebrales desapercibidas ante los derivados fenólicos que contiene la alimen- tación corriente puede producirse toda una serie de síntomas disfuncionales. Estas reacciones de hiper- sensibilidad pueden ser debidas a anomalías del sistema inmunitario, entre otras vías de expresión menos bien estudiadas. Del reconocimiento de estas sensi- bilidades sutiles a ciertos componentes de la alimen- tación y del medio ambiente ha resultado la reciente disciplina de la ecología clínica. Por lo general los terapeutas ortodoxos no consideran la posibilidad de alergias alimentarias en sus pacientes. Si descar- tamos las erupciones, la urticaria o los ataques de asma, muchos médicos no creen que las alergias ali- mentarias, o la sensibilidad cerebral a determinados alimentos, puedan originar cambios de humor, de- presiones emocionales, fatiga extrema¿*dolores mus- culares y otras algias y síntomas diversos. Algunos ni siquiera querrán admitir que las afecciones por sensibilidad cerebral existan, principalmente porque no entienden cómo podrían producirse tales reaccio- nes, si no pasan por las vías inmunológicas conven- cionalmente reconocidas.
El diagnóstico de las alergias alimentarias plan- . tea otra dificultad y es que los mismos pacientes no suelen darse cuenta de ella y apenas sirve para nada la típica prueba de la reacción cutánea. Además los síntomas que aquejan a los pacientes no son puestos en relación por ellos mismos con la ingesta de tales o cuales alimentos. Como este dominio de la ecología clínica lo desconocen prácticamente los médicos de la escuela tradicionalista, el diagnóstico de alergia alimentaria casi nunca será contemplado. En consecuencia, los pacientes que se presentan con tales síntomas pasan la ordalía de los análisis y pruebas convencionales; cuando se recibe el dictamen negativo de todos éstos, inician la habitual rueda de los especialistas, o son directamente enviados al psiquiatra. Cuesta creer que los alimentos que come- mos puedan causarnos un estrés fisiológico, y sin embargo es una idea que empieza a abrirse paso.
En el diagnóstico de las sensibilidades a factores ambientales la dificultad estriba en que los métodos de detección son laboriosos, complicados y lentos. Con el aparato de Voll, basado en principios de
de un sistema de diagnóstico rápido de los alérge- nos. Los valores que mide son más sensibles que los análisis de sangre o pruebas cutáneas convencionales, porque tiene interfaz directo con la red bioenergética del sistema de meridianos de acupuntura.
El aparato de Voll permite comprobar la sensibi- lidad del individuo o sus reacciones disfuncionales ante numerosas sustancias; los terapeutas que utilizan este sistema de diagnóstico electrodérmico logran comprobar una gran variedad de sensibilidades alérgicas en breve lapso de tiempo. Y lo que es más importante, el aparato sirve además para determinar la potencia exacta del remedio homeopático que neutralizará los síntomas alérgicos.
Como la máquina de Voll y otros instrumentos similares de diagnóstico electrodérmico miden di- rectamente sobre los meridianos de acupuntura, nos ponen en relación con el interfaz físico-etéreo, y eso significa que podemos apreciar disfunciones ener- géticas que tal vez no se hayan manifestado todavía como enfermedad crónica o aguda en el cuerpo físico.
En efecto la dificultad para la detección de mu- chas de estas alergias consiste en que apenas ningún test convencional tiene tanta sensibilidad como el aparato de Voll para detectar las reacciones anómalas; lo que mide este instrumento es, fundamentalmente, una respuesta energética anómala, no una reacción que a lo peor ni siquiera se manifestaría en un análisis de sangre o prueba cutánea. Esto es debido a que la reacción alérgica interviene en parte como trastorno energético, además del síndrome físico- químico que aflige al organismo. La medicina ortodoxa se resiste a admitir la realidad de los estre- santes cuya repercusión sobre el cuerpo/mente apenas consigue demostrar: las reacciones a veces son demasiado sutiles en relación con el relativo primiti- vismo de los procedimientos analíticos disponibles, al menos en su estado actual. Por desgracia muchos médicos tienden a pensar que cuando un problema no puede verificarse mediante algún tipo de análisis de laboratorio, radiografía o similar, ese problema seguramente reside en la imaginación del paciente.
En otras palabras, [osproblemas se definen como aquello que se mide por medio de las pruebas médicas ortodoxas. Si examinamos la lista de los estresantes contemporáneos, muchos médicos tendrían miedo de utilizar instrumentos más sensibles, como el aparato de Voll, porque los resultados les obligarían a admitir la moderna proliferación de los contaminantes ambientales. En cambio, mientras no dis-
malía fisiológica en el organismo del paciente, bien sea por medio de la exploración o acudiendo a las pruebas convencionales, según su mentalidad el problema no tiene realidad física. Esta falacia, na- turalmente, tiene serias consecuencias; tendremos ocasión de considerar una ilustración común de esa dificultad cuando pasemos a comentar el estrés de la contaminación ambiental.
Estrés ambiental, contaminación y enfermedades miasmáticas
Cada vez es más larga la relación de las sustancias que se añaden a la nómina de los contaminantes ambientales potencialmenle peligrosos. En casi todos estos casos, la definición como sustancia peligrosa resulta de haber administrado grandes cantidades de la misma a unos ratones de laboratorio, a los que luego se les practica la autopsia en busca de cánceres u otras anomalías. La prueba de Ames para la detección de posibles carcinógenos consiste en verificar si la sustancia química sospechosa produce mutaciones genéticas en un cultivé de bacterias. Y así, aunque las compañías tabaqueras y los representantes de los intereses tabaqueros aseguren todavía que no existe ninguna relación demostrable entre el consumo de cigarrillos y ciertas dolencias como las enfermedades cardíacas y el cáncer de pulmón, en la actualidad existe un consenso bastante amplio en el seno del establishment médico en cuanto a . la realidad de una fuerte correlación entre el tabaquismo y diversos tipos de cánceres. Últimamente los médicos han empezado a estudiar algunos de los efectos más sutiles del humo de los cigarrillos sobre los fumadores pasivos, o su incidencia en los abortos espontáneos y las malformaciones congénitas, pero nuestra cultura tiende a fijarse sólo en ios aspectos más espectaculares y obviamente negativos de las sustancias químicas contenidas en el humo del tabaco, es decir su capacidad cancerígena.
Con una definición tan limitada de lo que deba entenderse por toxicidad resulta muy difícil el deter- minar con precisión qué contaminantes ambientales vamos a juzgar peligrosos para la salud humana o no. La capacidad de la medicina convencional para valorar los efectos de los diversos contaminantes se halla limitada por la sensibilidad de las pruebas mé- dicas utilizadas en la actualidad. Es decir, que nos hallamos ante el mismo tipo de círculo vicioso que cuando intentábamos demostrar los electos negativos de los distintos alérgenos alimentarios. Para que
los médicos admitan la nocividad de una sustancia, es preciso que vean pruebas de los efectos perjudi- ciales que aquélla produce. De tal manera, que la ca- lidad de las pruebas que utilizan los científicos para sustanciar los efectos negativos de un compuesto depende, en esencia, de la sensibilidad de los métodos empleados en la valoración de las reacciones fi- siológicas anómalas. Lo que decimos aquí es que la mayoría de los ensayos corrientes de laboratorio son demasiado groseros como para poder apreciar las anomalías sutiles, como las producidas por los alér- genos alimenticios y otros agentes comúnmente pre- sentes en el medio. Por eso, entre otras razones, es tan importante que lleguen a perfeccionarse los mé- todos de la medicina vibracional y los sistemas de diagnóstico energético sutil. Si realmente queremos valorar qué consecuencias puede tener para la salud pública la introducción de todo un sistema de nuevos aditivos alimenticios, o de nuevos medicamentos, o de nuevos compuestos químicos industriales, tendremos que exigir sistemas de medida más sen- sibles.
Son muchos los influjos invisibles negativos para la salud humana que la metodología médica convencional no detecta, y numerosas las causas desconocidas de padecimiento humano. Se admite, por ejemplo, que el dióxido de azufre y el monóxido de carbono son contaminantes atmosféricos perjudiciales para la salud humana. Estos compuestos químicos determinan un estrés anómalo sobre la fisiología corporal y la manifestación de enfermedades en ciertos individuos susceptibles. La susceptibilidad a las enfermedades, como consecuencia de la exposición a los contaminantes ambientales, depende en parte del vigor de los mecanismos de defensa inmu-nitarios, fisiológicos y energéticos del organismo.
La aparición de enfermedades medioambientales no depende estricta y únicamente de la exposición a niveles de sustancia contaminante superiores a los límites de seguridad definidos por el organismo norteamericano Food and Drugs Administra-tion. En la determinado^ de los límites de seguridad convencionales no se han tenido en cuenta los efectos vibradonales sutiles de las sustancias tóxicas a que estamos expuestos. Por su incapacidad para entender los niveles vibracionales de toxicidad, el mundo científico ha definido con excesiva indul- gencia los niveles tolerables de numerosas sustancias perjudiciales. El hecho de que la analítica con- vencional actualmente empleada sea impropia para medir los influjos sutiles negativos sobre la fisiología humana impide que las autoridades puedan defi-
nir con una mínima exactitud qué sustancias son re- almente nocivas para el hombre, ni mucho menos decir qué concentraciones pueden tolerarse sin caer todavía en el riesgo de producir efectos tóxicos.
En el capítulo 2 comentábamos cómo los remedios homeopáticos se elaboran preparando diluciones progresivas hasta obtener una concentración in- finitesimal de una sustancia activa, con objeto de extraer la esencia energética de esa sustancia para la aplicación terapéutica. Por un razonamiento análogo, una cantidad infinitesimalmente pequeña de un contaminante puede ejercer efectos sutiles que desde luego no serán apreciados por nuestro inadecuado instrumental convencional. Un caso interesante, en este sentido, es el que plantea el aluminio y la posible toxicidad de ese metal. Debido a la buena maleabilidad del material y a su relativa baratura, los enseres de cocina hechos de aluminio se han in- troducido en todos los hogares. Cuando frotamos estos enseres para limpiarlos, o removemos el cocido que está haciéndose en ellos, se desprenden canti- dades infinitesimalmente pequeñas de aluminio, que permanecen en suspensión y son luego ingeridas. Según estudios recientes, la cantidad de aluminio que se desprende durante la manipulación de estos enseres aumenta cuando se cocina con aguas i fluoradas.
Pues bien, algunas investigaciones sobre la en- fermedad de Alzheimer, causa cada vez más fre- cuente de la demencia senil en la población de la ter- cera edad, han revelado que una proporción signifi- cativa de los pacientes presentaba una acumulación de aluminio relativamente elevada en los tejidos ce- rebrales. Aunque esto no demuestra necesariamente que los enseres de aluminio sean la causa directa de la enfermedad de Alzhcimer, es posible que dicho metal participe de algún modo en la expresión del proceso patógeno. La posible relación entre la to- xicidad del aluminio y la demencia de Alzheimer plantea la cuestión de si es seguro o no el uso del aluminio en los útiles empleados en la alimentación humana.
Este tipo de toxicidad sutil del aluminio puede ser función de la capacidad subjetiva para absorber o expulsar el metal a través del tracto gastrointestinal. En estudios sobre la enfermedad de Parkinson realizados en el Bob Hope Parkinson Research Cen- ter, por ejemplo, utilizando el sistema AMI de diag- nóstico por acupuntura debido a Motoyama, los in- vestigadores hallaron desequilibrios energéticos en los meridianos intestinales de numerosos pacientes del mal de Parkinson. Es posible que los desequili-
entre los afectados por el parkinsonismo, sean debidos a una relación anómala entre el intestino y el cerebro; tal relación podría ser indirecta, en el sentido de que la dolencia sea resultante de la exposición a un tercer factor que actuase sobre debilidades fisio- lógicas preexistentes. Las anomalías en las funciones normales de absorción y excreción parparte del intestino pueden tener como consecuencia la acu- mulación de ciertos elementos tóxicos en el sistema nervioso. Y una excesiva acumulación de agentes tóxicos en el cerrebro podría conducir a disfunciones neurológicas del tipo del Parkinson. Este vínculo entre el funcionamiento deficiente del tracto digestivo y las dolencias neurológicas había sido señalado asimismo en muchas de las lecciones de Edgar Cayce. Y si la hipótesis es correcta, entonces ciertas toxicidades, como la del aluminio y las de los metales pesados, pueden afectar más gravemente a determinados individuos susceptibles (como los pa- cientes del mal de Alzheimer) en los que se diagnostica el desequilibrio de los meridianos intestinales.
Seguramente las técnicas convencionales del aná- lisis médico carecen de sensibilidad para suministrar informaciones que permitan aceptar o rechazar la hipótesis propuesta. Es necesario seguir profundizando en el estudio del mal de Alzheimer, del Parkinson y de otros desórdenes neurológicos hoy por hoy mal comprendidos todavía. El instrumental energético sutil, como el aparato de Voll y el sistema AMI, podría utilizarse para ampliar datos, y una vez dispongamos de un caudal suficiente de información quizás descubriremos modalidades terapéuticas viables que marcarán una diferencia en estos y otros casos de afecciones «incurables» por el estilo.
Aparte las sustancias obviamente peligrosas como el amianto, los hidrocarburos fluorados y clorados, las dioxinas y el formaldehido, tenemos en nuestro medio ambiente otras muchas cuya toxicidad o cuya capacidad estresante apenas empiezan a ser recono-