3. The first high-resolution unbiased spatial conformation model of the
3.3. A normalised contact frequency map of the Igh locus
3.3.4. CTCF-binding elements might mediate Igh looping
Aquel que quiere tener razón y busca su razón, quiere modificar el mundo según su imagen. ¿Qué ocurre entonces en su entorno? Se defiende ante él. Tal vez siga el mismo propósito interno. También quiere tener su razón y buscar su razón. Cuando hay dos que quieren cambiar el mundo según sus conceptos, es decir, cuando ambos quieren la razón, se hace inevitable que surja un conflicto entre ellos.
Si uno de ellos al final obtiene la razón y se queda con ella, ¿dónde termina? ¿Ganó algo o perdió algo? Con seguridad al otro, al que ha perdido el litigio, sea en el nivel que sea, lo ha perdido como amigo. Si este realmente hubiera perdido, se lo habría quitado de encima. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Se ha ganado un enemigo que piensa en vengarse. Es decir, reflexiona cómo más adelante él podría obtener la razón y el otro perderla. Entonces, ¿también él se lo ha quitado de encima? Lo ha transformado en su enemigo, y el mismo juego vuelve a comenzar.
Ese es un modelo de relaciones con consecuencias devastadoras, en el cual ambos pierden continuamente. La mayoría de los conflictos y
casi todas las guerras al final se reducen a esas reglas de juego y a esas jugadas. ¿A través de ese “querer tener razón” puede haber una injusticia más grande de la cual son víctimas millones de inocentes?
La pregunta es: ¿pueden aquellos que quieren tener razón abandonar su razón? ¿Tienen la fuerza para dejar atrás su idea de tener razón? ¿Quiénes son en realidad aquellos que insisten tanto en su razón? ¿Quieren su razón para sí mismos o la quieren para otros? En caso afirmativo, ¿para quién la quieren tener? ¿Qué edad tienen en su sentimiento cuando insisten en esa razón? ¿Para quién la procuran?
En los grandes conflictos siempre para alguien más grande que ya estuvo antes que ellos, en cuyo lugar ellos se colocan y, al mismo tiempo, por encima del cual se elevan. Esta es la madera de la cual están tallados los héroes que para esa razón ponen en juego lo último de ellos, incluso su vida.
¿Son adultos esos héroes? ¿O siguen siendo niños? ¿Actúan responsablemente o ciegamente, con un fervor ciego? ¿De qué les sirve ese fervor? A alguien a quien aman le muestran: “Por ti hago todo. Expío la injusticia que otros te han hecho. Para ti consigo la razón con posterioridad”.
Aquellos para quienes buscan conseguir la razón, generalmente ya están muertos hace mucho tiempo. También están muertos aquellos que en su opinión les han ocasionado una injusticia grave, que incluso fueron culpables de su muerte. Como muertos yacen pacíficamente uno al lado de otro, iguales entre sí en todo sentido, ambos sin razón ulterior.
¿Qué les podrían significar, entonces, esas razones? ¿Pueden esas razones hacerles resucitar de los muertos, o a muchos inocentes les seguirá significando la muerte? En algunas estatuas se representa a la razón como una mujer con los ojos vendados indicando que quiere no tomar partido. A la inversa de esa razón, aquellos que quieren tener razón son ciegos de otra manera. Están ciegos ante el amor. Es cierto que actúan desde su sentimiento de amor. Pero por amor hacia uno de los lados. No se dan cuenta de que ese amor a aquellos para quienes quieren obtener la razón con su amor, les roban la paz eterna, la paz con todos quienes junto a ellos están muertos. ¿Puede alguien ser más ciego?
Esta ceguera va aún más lejos. Así como a sí mismos, estas personas que quieren tener razón se imaginan a su Dios, un Dios celoso, que de cualquier manera busca tener razón. Por ese motivo imponen la razón de ellos al mismo tiempo en nombre de Él. Por ejemplo, en el cierre del cinturón de los soldados alemanes en ambas
guerras mundiales aparecía la frase: “Dios con nosotros”.
¿Qué significa exactamente esta frase si la completamos? “Dios con nosotros y contra los otros.” En las cabezas de todos los beligerantes de ambos lados esa frase aún hoy sigue merodeando. ¡Cuánta injusticia que ellos cometen a otros es adjudicada a su así llamado Dios justo y es justificada a través de Él!
Podría parecer que aquí yo me haya enfervorizado. ¿Caí en el mismo riel de los otros, aquellos que quieren tener razón? ¿Puede en algún momento terminarse eso de querer tener la razón? ¿Cómo podemos dejarlo atrás y evitar esa justa razón que continuamente da a luz injusticias? ¿Podemos lograrlo dado que bajo la influencia de nuestra conciencia continuamente hacemos la diferencia entre bien y mal y entre justicia e injusticia? ¿No es acaso nuestra conciencia tranquila la que más quebranta la justicia, la que continuamente viola la justicia de los otros?
Evitamos el querer tener razón en la medida en la que nos alejamos del radio de atracción de nuestra conciencia y nos ponemos al servicio de otro Dios. ¿De qué Dios? Del Dios creador, que a todo tal como es le dio la existencia de igual manera y que en todo momento lo mantiene en existencia y dirigido hacia él.
Este Dios, únicamente él, nos lleva a la reconciliación. Esa reconciliación reconoce: ante él, todos son igualmente amados; ante él, todos por igual tienen el mismo derecho; él quiere que sean tal como son, ante él están al mismo servicio. ¿También los violadores de la justicia, aquellos que buscan tener la razón? ¿Es posible imaginarse otra cosa sin que a ese Dios lo volvamos a hacer el Dios de nuestra justicia y razón según nuestra imagen, según la imagen de nuestra conciencia?
¿Cómo escapamos de esa imagen? Mediante un actuar diferente. Estamos al servicio de la vida, de nuestra vida y de la vida de otros. Estamos al servicio de toda vida, sin razones, humildes con amor, también hacia aquellos que frente a nosotros buscan tener razón y frente a quienes nosotros insistimos todavía en nuestra razón. Estamos al servicio nuestro y de ellos de manera creativa, en sintonía con esa fuerza creadora. Confiamos en que al final ella reconcilie a todo de manera creativa porque ama a todo por igual. Que lo reconcilie con clemencia, sin razones, con amor.