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Cumulative probability plot for radiological progression stratified for induction therapy.

van der Lubbe PA, Gerards AH, van Schaeybroeck B, de Sonnaville PB, Krugten MV, Luime JJ, Weel AE

Appendix 3: Cumulative probability plot for radiological progression stratified for induction therapy.

Hacía frío, un viento helador corría por aquellas tierras norteñas. El cielo se cubrió de nubes anaranjadas. A lo lejos podían ver cómo en la meseta se formaba una tormenta y un velo de agua caía desde el cielo hacia la tierra rojiza. Un viento gélido movía sus ropajes. La tormenta se desplazaba hacia ellos y pronto la tuvieron encima. La lluvia les caló las túnicas y las armas. Llevaban horas galopando desde que habían salido del campamento en el Deva. Las montañas aún estaban lejos, pero se vislumbraban ya en la lejanía. Un arco iris completo cubrió el horizonte desde el este al oeste. Quizás aquel arco de luz era la puerta a las montañas, que les recibían de modo amigable.

Tres hombres de muy distinta complexión: Hermenegildo, delgado y alto; Recaredo, muy fuerte y musculoso; Lesso, un hombre de baja estatura y recia constitución, caminaban hacia Ongar. Debían cumplir una promesa, Hermenegildo cargaba en las alforjas con la copa. Lesso los guiaba. Los dos hermanos calzaban botas de pieles de animales, una túnica hasta las rodillas y se cubrían con la capa de los montañeses. Sobre todo Hermenegildo parecía uno de ellos.

El sol se metió entre las montañas y el arco de luz fue desvaneciéndose. El ocaso tiñó las montañas y la luminosidad del ambiente fue en decremento. Entonces, cuando ya era casi de noche y estaban ya cerca de los picos nevados de Vindión, Lesso desmontó y ordenó a los otros que también lo hiciesen. Condujeron a los caballos tirándoles de las riendas. Una luna más que mediada les iluminaba el camino. Las estrellas fueron saliendo una a una. Lesso les señaló la dirección a Ongar. Después, los guió a una cueva, donde pasarían allí la noche. Al alba se pondrían de nuevo en camino.

Soñaron con visiones diversas: Hermenegildo notaba la copa dentro de las alforjas que utilizaba como almohada, quizá por eso sus sueños se referían a la copa; Lesso vio a Aster y a su esposa, la hermosa dama de nombre olvidado; Recaredo soñó con una guerrera cántabra de cabellos oscuros.

Antes del primer rayo de luz, se despertaron. Emprendieron la marcha y los haces de un sol naciente les iluminaron el camino. En los tejos y hayas, el rocío matutino formó diamantes y joyas sobre las hojas. Todo brillaba por la humedad.

Dejaron los caballos cerca de la cueva y junto a un arroyo de montaña, atados con una larga cuerda que les permitiría comer pasto y beber en el río.

En lo alto de un bosque, cubierto de pinos, se iniciaba una senda; más allá, multitud de montañas que con sus picos rozaban el cielo, ornadas de un blanco níveo, refulgente en el sol de la mañana. La senda en un principio era ancha y con signos de que por allí circulaban carros, después torcía hacia el Occidente, pero Lesso dejó el camino frente a un talud algo escarpado; bajaron por él. Al avanzar resbalaban y las piedras se deslizaban rodando hacia la hondonada. En un momento

dado, para no caerse, Hermenegildo debió apoyarse en su espada, utilizándola como un bastón. En lo profundo del precipicio circulaba un río de mediano caudal, que se despeñaba desde las alturas entre las piedras. Saltando entre una y otra, lo cruzaron, y se encontraron frente a una gran pradera con vacas, no se veía señal del pastor. Siguieron el cauce del río, más allá se encontraron con unas casas de piedra semiderruidas, posiblemente los restos de un castro de los tiempos antiguos. Ahora, después de las guerras con los godos, no había castros. Las poblaciones se habían dispersado en las montañas, protegidas por los ejércitos de uno y otro señor. Aquel lugar estaba deshabitado, pero Lesso extremó las precauciones para que nadie les siguiese. El rumor del arroyo serenaba el alma de Hermenegildo; después de los días pasados de batallas y dificultades, le parecía que se entretenían con algún juego de niños, o bien que se entrenaban en las escuelas palatinas con sus compañeros de armas.

La luz se colaba entre las hojas de los árboles que sombreaban el río y reborbotaba en sus aguas. A lo largo de la cañada muchos otros arroyos con aguas del deshielo desembocaban en el caudal principal. Siguiendo el cauce de uno de ellos, ascendiendo por un repecho con robles y hayas, en un campo atravesaron un camino que nadie nunca había hollado. Al llegar a la parte más alta, Lesso se separó de ellos y les pidió que no lo siguiesen. Cruzó el pequeño regato y trepó hasta unas rocas peladas. Ascendiendo sobre ellas, miró el horizonte, recordó los tiempos de su infancia y juventud. Al oeste estaba Ongar; más allá de Ongar, en las aguas del mar cántabro la hundida ciudad de Albión, y entre medias los restos del castro de Arán donde había vivido de niño.

Desde aquella altura divisó las aguas del río precipitándose en una cascada y los bosques centenarios que cubrían espacios inmensos, entre ellos prados con pasto y algún animal. El ruido de la catarata era ensordecedor. Al ver desde lo alto las tierras que le rodeaban, Lesso se orientó. Después bajó donde le esperaban los dos hermanos. No se habían movido; algo fatigados por la subida de la cuesta, observaban el espectáculo del río, despeñándose entre las rocas.

Recaredo intentó formarse un mapa en su cabeza. De algún modo se dio cuenta de que no estaban tan lejos de donde él había visto unos meses atrás a las montañesas; quizás Ongar estaría más arriba, en la cuenca de uno de los afluentes que desembocaban en el río; pero le costaba organizar en su mente los lugares; todas aquellas montañas le parecían un enorme laberinto. Sólo los hombres de Ongar, como Lesso, las conocían bien. Le vieron acercarse y en la cara del montañés se adivinó una sonrisa:

—Al atardecer llegaremos a la parte más alta de la montaña; después comenzaremos a bajar. Entraremos en Ongar de noche y nos acercaremos sin hacer ruido al lugar de los monjes. Debéis permanecer en silencio. Nadie debe conocer que dos godos han llegado a Ongar. Moriríamos todos, vosotros y yo. Revelar el secreto de Ongar está penado con la muerte. Todo extranjero que penetra sin haber sido llamado será ajusticiado según las leyes del senado cántabro.

Ellos asintieron. Ninguno de los dos hermanos experimentó el miedo porque el afán de aventura y el deber de cumplir lo prometido a su madre los animaba. Recaredo y Hermenegildo se miraron el uno al otro sonrientes; quizá la inconsciencia de sus años mozos les impedía intuir el peligro al que se iban acercando.