• No results found

The curious incident of the blue galaxy that crossed splashback

Se pregunta si la falsedad está en las cosas. Y PARECE QUE la falsedad no esté en las cosas.

1. Dice San Agustín, en el libro de Los Soliloquios15: “Si ver-

dadero es aquello que es, se podría concluir, sin que nadie se opu- siera, que lo falso no se encuentra en ninguna parte”.

2. Además, falso viene del latín fallere, que significa engañar. Pero, como dice San Agustín en el libro Sobre la verdadera Reli-

gión16, “las cosas no engañan, pues no manifiestan si no su propia

especie”. Luego lo falso no está en las cosas.

3. Además, lo verdadero se dice de las cosas en cuanto se com- paran con el intelecto divino, como se dijo antes. Pero cada cosa,

14 En realidad la cita parece referirse a A

RISTÓTELES, Metaphysica, lib. VI, cap. 4 (Bk

1027 b 26-28).

15 Lib. II, cap. 8 (ML 31, 892). 16 Cap. 36 (ML 34, 152).

en tanto que existe, imita a Dios. Luego cada cosa es verdadera sin falsedad. Luego ninguna cosa es falsa.

MAS, POR EL CONTRARIO, dice San Agustín, en su libro So-

bre la verdadera Religión17 que “todo cuerpo es verdadero cuerpo

y falsa unidad”; porque imita a la unidad y no es unidad. Pero toda cosa imita la bondad divina y está lejos de ella. Luego en todas las cosas hay falsedad.

RESPUESTA. Puesto que lo verdadero y lo falso se oponen, y los opuestos se refieren a lo mismo, es necesario que busquemos la falsedad allí mismo donde, de un modo primordial, se encuentra la verdad, es decir, en el intelecto. En efecto, en las cosas no se en- cuentra la verdad ni la falsedad si no es en orden al intelecto. Y como en cualquier cosa el nombre apropiado se le aplica cuando se atiende a lo que le es esencial, mientras que el nombre menos apropiado se le asigna cuando se atiende a lo que le es accidental, a una cosa se le llamará propiamente falsa cuanto se la compare con el intelecto del cual depende, y se denominará falsa con menos propiedad cuando se la compare al intelecto del cual no depende.

Pues bien, las cosas naturales dependen del intelecto divino, mientras que las cosas artificiales dependen del intelecto humano. Por tanto, se les llama propiamente falsas a las cosas artificiales cuando se apartan de la norma del arte, y así se dice que algún artífice hace una cosa propiamente falsa, cuando no respeta las normas del arte. En cambio, las cosas que dependen de Dios, no pueden llamarse falsas por comparación al intelecto divino, ya que todo lo que acontece en tales cosas procede de la ordenación del divino intelecto. Solamente hay una excepción a esto y es en los agentes libres, en cuyo poder está el apartarse voluntariamente de las ordenaciones del divino intelecto, en lo cual consiste el mal de culpa; y así los pecados son llamados en la Escritura “falsedades” y “mentiras”, según se lee en el Salmo 4, 3: “¿Por qué habéis ama- do la vanidad y habéis buscado la mentira?”. Por el contrario la operación virtuosa se llama “verdad de la vida”, en cuanto se so- mete al orden del divino intelecto; y así dice San Juan 3, 21: “Quien hace la verdad viene a la luz”.

Sin embargo, por su ordenación a nuestro intelecto, al cual se comparan accidentalmente, las cosas naturales pueden decirse falsas, no propiamente, sino impropiamente. Y esto de dos mane- ras: según la razón de lo significado, como cuando decimos que hay falsedad en las cosas porque las significamos o representamos con palabras o conceptos falsos. Y así cualquier cosa puede decirse que es falsa respecto de aquello que la cosa no tiene, y así dijo Aristóteles que “el diámetro es un falso mensurable”18, y San

Agustín, que “el actor trágico es un falso Héctor”19; así como, por

el contrario, se llaman verdaderas a cualesquiera cosas por lo que realmente tienen. Y de una segunda manera por modo de causali- dad, y así se llama cosa falsa a la que se presta a que se forme de ella una opinión falsa. Y como nosotros estamos naturalmente inclinados a juzgar de las cosas por sus apariencias exteriores, ya que nuestro conocimiento toma su origen en los datos de los senti- dos que directamente y de modo inmediato perciben los accidentes exteriores; por eso, a las cosas que se parecen a otras en sus acci- dentes externos, les llamamos falsas respecto de esas otras, y así a la hiel le llamamos falsa miel, y al estaño, falsa plata.

En conformidad con esto dice San Agustín en su libro de Los

Soliloquios20, que “llamamos falsas a las cosas que tienen una gran

similitud con las verdaderas”, y asimismo dice Aristóteles, en su

Metafísica21, que “se llama falso a todo aquello que tiene la dispo-

sición de parecer lo que no es o como no es”. Y en el mismo senti- do también llamamos falso a un hombre aficionado a mantener opiniones o locuciones falsas; pero no al que, en algún caso, dice o mantiene alguna falsedad, porque entonces habría que llamar falsos a todos los sabios y científicos, como señala el propio Aristóteles en su Metafísica22.

A lo primero se ha de decir que la cosa comparada al intelecto, según lo que es, se dice verdadera, y según lo que no es, se dice falsa. De donde “el verdadero actor es un falso Héctor”, como se

18 Metaphysica, Lib. IV, cap. 29 (Bk 1024 b 19). 19 Soliloquia, Lib. II, cap. 10 (ML 32, 893). 20 Lib. II, cap. 6 (ML 32, 889).

21 Lib.IV, cap. 29 (Bk 1024 b 21). 22 Lib. IV, cap. 29 (Bk 1025 a 2).

dice en Los Soliloquios23. Mas como en aquellas cosas que son,

también se encuentra un cierto no ser, por eso se halla en ellas alguna razón de falsedad.

A lo segundo hay que decir que las cosas por sí mismas no en- gañan, sino sólo accidentalmente. Pues dan ocasión de falsedad, aparentando, por su semejanza con otras cosas, que son lo que no son.

A lo tercero se debe decir que por comparación al intelecto di- vino no se dice falsas a las cosas, pues ello sería decir que eran falsas absolutamente; pero sí por respecto a nuestro intelecto, ya que esto es decir que son falsas sólo accidentalmente.

A lo cuarto se contesta. Respecto de la objeción que se opone a las anteriores hay que decir que la semejanza o la representación deficiente no llevan a la razón de falsedad, a no ser que den oca- sión de formar un juicio falso. Luego no solamente porque una cosa tenga semejanza con otra, se dice ya que esa cosa es falsa, sino porque la semejanza es tal que da ocasión a que se forme un juicio falso; y no algunos pocos, sino la mayoría.