A. PRINCIPLES
1. Current Group Decision Making Framework in an
Astudillo, Allariz, Cambados, Astudillo, Medina y Vigo Hogar (1960-1969)
Nota del editor: Recuperamos y adaptamos la crónica que Alfredo Roscales envió al grupo el 5 de julio de 2017 después del encuentro con otros antiguos compañeros en Cambados, que tuvo lugar a finales del mes anterior. Yo mismo comenté: “Un relator aparentemente imprevisto se ha acercado a las costas de nuestra memoria y lo hace con eficacia y con tino. Lo de imprevisto es porque nunca lo había hecho más que para hacer una breve pregunta o recordar puntualmente el cumpleaños de todos… Pero dado su arte en el decir, y por lo tanto en el contar, y su imaginación en la recreo de los hechos (sobre todo en la recreación de los acontecimientos), era previsible que relatara también muy bien. Y aquí ha irrumpido don Alfredo, con esas dos crónicas sugerentes que insinúan además de decir y que esconden mucho más de lo que desvelan.”
Desde la Toja, y después de 5 días de disfrutar de aquellos queridos y recordados parajes, nos dirigimos (mi señora y el que subscribe) directamente al pueblo de Velazán (Soria), donde hemos disfrutado de un muy merecido descanso después de tanta correría... Es por lo que mi crónica llega tan tarde pues en el pueblo no me fío de la cobertura. Aunque ya veremos lo que sale con lo buen cuentista que soy... ¡Jo, desde el 66 que conté el último... y no os lo pasasteis tan mal, creo yo!
Bueno, yo me metí en esa mamba negra que es la A 6 y con el primer cabreo a los 10 minutos de marcha en el cruce con la M 40, pues había un hermoso atasco ya a las 8 de la mañana, carretera y manta, que dice el dicho...
Siempre que paso por Medina dispongo de un pequeño recuerdo para el señor Alcalde, pues fue una de las buenas cosas que me sucedieron en mi vida: su presencia y su amistad...
Y a fuerza de acelerador, a las 11 nos presentamos en Villalpando a tomar un café y estirar un poco las piernas; luego continuamos disfrutando de esta mamba negra casi toda ella pintada con el cimbreante color amarillo de las retamas... Un hermoso descanso para la vista del cansado conductor...
Anda que te anda, pasamos Benavente (dejamos la mamba 6 y cogemos la 52) y entre hiniestas, retamas, robles y encinas llegamos a Sanabria; (y aquí un recuerdo triste para aquel campamento al lago durante 20 días que tuvisteis los del curso y que yo me perdí por mi mala cabeza, y que para otros tiene tan gratos recuerdos)... Un poco más allá Requejo, donde paramos a comer cuando nos llevaban a Astudillo para moldearnos un poco a imagen y semejanza del padre Lucas... (Por cierto, en el entierro de don Julián Romo, en Astudillo [25 de junio de 2017], me topé con don Rosendo Sendino, con el que hablé de aquella estupenda excursión y me lo comentó él: "Que había sido una muy buena experiencia"... Lo encontré muy bien conservado y muy joven para sus otaitantos)...
Pasamos el Padornelo y la Canda a través de sendos túneles y nos engulló Galicia, la verde parda, y, casi sin darnos cuenta, pasamos Verín y llegamos a Ginzo de Limia junto a la laguna de Antela. Y aquí el recuerdo es imparable; pues aún veo nítidamente a don Tomás [Díez] saliendo de aquel arroyo con la sotana atada a la cintura (yo creo que no se la ha quitado nunca); los pantalones remangados por encima de la rodilla y las piernas llenas de sanguijuelas que nosotros (no sé cómo) se las quitábamos, y vuelta otra vez al arroyo y a echar ranas fuera, que nosotros metíamos en recipientes, y que alguien se encargaba de cortarles las ancas… ¡y a la sartén!: plato exquisito donde los haya; y si no, preguntádselo al señor Astorga... Yo no recuerdo haber catado aquellas ancas de rana que todos pescábamos... Refréscame la memoria, Otero, pues tú andabas por aquellos entresijos de la despensa y la cocina, si tu memoria no es flaca ni interesada, que yo creo que no...
Nota del editor: Transcribo también mi respuesta el 20 de julio de 2017: “Alfredo me citaba para ver qué hacíamos con las ancas de rana… Yo creo que algunas comimos, seguros de que eran exquisiteces de restaurantes caros. [Años mas tarde, pedimos en el Edelweis que está junto al Congreso en Madrid ancas de rana además del conocido codillo con sus aditamentos alemanes, pero las ancas no estaban muy buenas y don Ángel Téllez
no quiso saber nada de ellas]. A don Tomás por la laguna de Antela, ahora desecada y entonces inmensa, le recuerdo con la sotana levantada y a todos nosotros, con las
zapatillas en la mano, huyendo de las sanguijuelas. Al menos guardo en mi memoria cómo acechaban nuestro paso por pares y estaban dispuestas a lanzarse a la pierna ante el menor descuido… Los paseos primaverales eran sabrosos y cansados, pero muy
beneficiosos. Mucho. Después había que recorrer el alto del Penamá, entre rocas y toxos, que bien recuerdo por las formas de las primeras y los saltos que dábamos de unas a otras. De tanto andar molíamos los calcetines (al menos yo) con unos suculentos tomates, que después cosían la madres de los Quintana y otras mujeres. Creo que hasta nos compraron algunos pares…
Pasamos por delante de la torre de la Pena y la de Sandiás (de donde procedía Felisindo Sueiro) y entre tojos, escobas y retamas (curioso, todos amarillos) nos zambullimos en el valle del Arnoya a la sombra del monte Penamá; es la una. Y nos detenemos en Allariz, por donde casi todos hemos pasado y del que casi siempre pasamos a la hora de nuestros recuerdos...
Mi menda, siempre que ha realizado algún viaje a Galicia, procura que la hora de la comida coincida con mi paso por esta pétrea ciudad en la que el tiempo se detiene y me parece escuchar aún ese bello y extrañísimo (en aquel entonces) canto con el que nos despertaba aquel carro lleno de estiércol que subía por la carretera al que Antigua laguna de Antela, ahora desecada.
le chirriaban los ejes de madera de una manera escandalosa pero que, al parecer, allí era lo más corriente...
Vista panorámica actual de Allariz. La flecha señala el colegio.
Entramos en Allariz bajando por el tramo de carretera antigua (en la actualidad la autovía bordea el pueblo) que se corresponde con el alto de Allariz –también muy andado en aquellos tiempos– y aparcamos el vehículo en la plaza de las clarisas, amplia, sin asfaltar y con los mismos árboles que cuando don Tomás iba a celebrarles la Misa, y con esa hermosa torre que corona el pueblo...
Cogimos la primera calle que baja en dirección al río con un asfalto antiquísimo y muy duradero: losas enormes de granito tan grandes como anchas son las calles en las que se ven marcadas, en algunas, las roderas de los carros. La mayoría de las casas también, de piedra, están muy cuidadas y limpias; aún me parece ver los balcones llenos de gente en aquellas dos o tres procesiones que se hacían al año (las fiestas del pueblo, María Auxiliadora y Don Bosco), a las que asistía todo el colegio con sus niños cantores, que éramos casi todos...
Llegamos a la vera del rio y bajamos por su margen izquierda hasta el puente que atraviesa la carretera. Bajamos unas escaleras y nos acercamos al molino (ya existente en aquella época), hoy convertido en restaurante, y nos dispusimos al buen yantar... He de añadir que las márgenes del río están muy bien cuidadas y ajardinadas en toda la zona del pueblo; una delicia de río para pasear con el hermoso tiempo que hacía...
Mi primer plato y el favorito en Allariz es el caldo gallego en recuerdo de los plataos que nos metíamos para el cuerpo allí en el colegio; yo, hubo ocasiones que repetí hasta tres veces: me chiflaba aquel plato. ¿Alguien se acuerda de quién era el
cocinero? Mis más sinceros plácemes y felicitaciones para él... El de este día no estaba mal pero como aquellos... Si no invitan a repetir no son caldos gallegos... Allí, al lado del molino, existe un puente de madera de nueva construcción y peatonal, así que pasé al otro lado y me dispuse a rebajar la opípara comida por la margen derecha del río, más cuidada, dando un paseíllo hasta el Breñal, si es que era posible, y, sí fue posible, aunque solo a medias, pues toda aquella zona está vallada; así que me quedé agarrado a la valla viendo aquellas casetas de madera o lo que quiera que fuesen recordando aquellas meriendas cena que nos regalaba don Tomás en el verano y que eran esperadas (por lo menos yo) con verdaderas ganas... Me volví de allí un poco triste y maldiciendo, un poco en mi interior, eso que llamamos progreso y que todo lo cambia... Esperemos que para mejorar.
Volví para el pueblo; cogí la carretera y, subiendo hacia el aparcamiento pasé por delante del colegio... La misma fachada coronada por el Sagrado Corazón sin cambio alguno... Hoy es un IES y a esas horas estaba cerrado; así que seguí adelante...
Otro de mis deseos era intentar conectar con un tal Julio Camba, que siempre estaba jugando al fútbol entre todos nosotros en nuestros recreos largos; pregunté a la gente por allí pero nadie supo darme razón de él, cosa que me extrañó sobre manera pues en aquel entonces era muy conocido allí e incluso creo que llegó a ser jugador del equipo del pueblo... Bueno, por este lado, mi gozo en un pozo...
Llegué a la plaza de las clarisas y como es la parte más alta del pueblo me quedé mirando la estupenda panorámica que desde allí se divisa: Allariz todo rodeado de montañas, aunque pequeñas, pero montañas para aquellos chavales que, capitaneados por don Anselmo (de quien guardo un extraordinario recuerdo y al que siempre profesé un gran respeto y un profundo cariño), las recorríamos, las subíamos y bajábamos a todo correr por veredas, senderos, arroyos y caminos Vista aérea actual del colegio de Allariz y de la iglesia adjunta. Donde está el pabellón había una huerta...
llenos de agua que atravesábamos sobre las piedras que salían un poco del agua (y el que resbalaba..., al agua de morros), saltábamos las vallas e íbamos campo a través entre tojos que nos superaban en altura y enormes castañares... Y con pantalones cortos, las piernas sangrando... ¡Qué tiempos aquellos!
Ahora recuerdo que una vez en el patio me dio la venada de ponerme de portero en un recreo y paré penaltis a punta pala. Don Eloy me dijo:
–Pues entonces, en vez de jugar de extremo, ponte de portero. Y no lo hice mal durante dos o tres meses pero un día, en un partido contra un equipo del pueblo, me pilló de baja y me metieron todos los goles que les dieron la gana don Eloy me sacó de portero y no me volvió a poner nunca más. El primer día que llegué a Cambados llegué medio muerto de sueño. Iba molido: no sabía si iba o venía. A las 10 de la mañana llegamos a Redondela y cogimos el otro tren hasta Villagarcía de Arosa… Llegamos todos como carboneros, como los mineros de mi pueblo cuando salían de la mina. Nosotros llegamos negros, llenos de carbonilla de asomarnos a la ventanilla en los túneles y en otras partes. Fuimos a lavarnos y a la cama hasta la hora de comer.
De Cambados, en general me gustaba todo; era el no va más.
En 5º no subimos a las clases del primer piso. Tuvimos las clases siempre al lado del pórtico, abajo. En 5º estuvimos al lado de la cocina. Jesús Simón se enfadaba mucho con los humos que salían.
Desde segundo curso hasta que me fui siempre tuve el mismo cargo: peluquero. Me enseñó a cortar el pelo Vicente Ruiz, de Alar del Rey. La primera coronilla que hice fue a don Manuel Izquierdo, de Allariz. Se atrevió a ponerse en mis manos. El corte de pelo se lo hice perfecto –él siempre lo llevaba muy arreglado– pero la coronilla salió hecha un huevo. Se cabreo un poco. Y en Allariz no hice ninguna más… En Cambados nunca tuve problemas para hacer la coronillas. Recuerdo a don Martín y a todos los demás…
Estuve ocho años cortando el pelo, el último en la mili, y no quise seguir cortando el pelo más. Solamente se lo cortaba a mi padre y a algunos de mis hermanos. Y se lo corto hasta a mi mujer…
Alfredo Roscales Olea
Madrid, Velamazán (Soria), 5 de julio de 2017 Madrid, 7 de octubre de 2020
Alfredo Roscales de portero (de pie, primero a la izquierda) en el equipo de Allariz.