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Customizing for the City’s ‘Paras’: Looking outwards for Appropriate Models Kolkata serves as a representative example of an Indian city that has been slow and

CHAPTER 1 GROUND REALITIES:

B. Allowing transferable development rights (TDR): The KMC has collaborated with city-based conservation architects, in the last two years, been studying various models of the

4.4 Customizing for the City’s ‘Paras’: Looking outwards for Appropriate Models Kolkata serves as a representative example of an Indian city that has been slow and

En 1981, el sacerdote de la Compañia de Jesús John Coleman escribió en el periódico jesuíta América:

Toda profesión en la que se verifiquen estas condiciones (disminución de la cantidad total de sus miembros a pesar del crecimiento de la población en general, significativas dimisiones, reducción de las reservas de nuevos aspirantes y una población en edad avanzada) puede considerarse en estado de crisis profunda de identidad, independientemente del ánimo interno del grupo.'

Aun así, el Vaticano sigue negando que exista un gran problema con la captación o retención de sacerdotes, del mismo modo que niegan que las monjas estén desapareciendo, aunque ya casi no haya. En 1965, cuando terminó el Concilio Vaticano II, había casi 50.000 seminaristas preparándose para el sacerdocio en Estados Unidos. En 1997, la matrícula alcanzaba apenas el 10 %.2 Dos años más tarde, quedaba la mitad, lo que representa una caída del 70 % en una década.3 Hay menos ordenaciones sacerdotales,'y los que han sido ordenados siguen abandonando, cuanto más jóvenes más rápidamente, elevando la edad promedio del menguado grupo restante. Una de cada diez parroquias carece de sacerdote residente.4 La jerarquía intenta ocultar la crisis, incluso a sus propios ojos. El arzobispo de Omaha asegura que la crisis es «artificial e inventada», hinchada por los católicos «desleales a las doctrinas del Papa».5 El Directorio Católico Nacional subestima los cambios y —181—

utiliza nuevos métodos para contabilizar los sacerdotes en Estados Unidos, como incluir en la cuenta interna a los misioneros que están en el extranjero.6 Gran Bretaña no suministra los números de las dimisiones.7 Cuando se les presentan las cantidades y datos de las dimisiones, los miembros de la jerarquía responden como el obispo de Ontario, G. M. Cárter: «No tomamos decisiones morales en función de las encuestas.»8

El déficit es tan marcado que las diócesis han tenido que admitir en el sacerdocio a aspirantes que en el pasado habrían considerado no elegibles: hombres mayores, que no podrán ejercer durante mucho tiempo, viudos y divorciados, sacerdotes episco-palistas conversos.9 Otros obispos tienen la esperanza de que la Iglesia norteamericana recupere la costumbre de importar sacerdotes, como cuando la Iglesia en sí tenía estatus de inmigrante. Ahora quieren traer sacerdotes de Nigeria, pues los seminarios africanos tienen índices altos de aspirantes (principalmente en las zonas rurales, aunque todo el continente vive un acelerado proceso de urbanización). Sin embargo, eso mermaría las reservas de un continente que ya de por sí carece de sacerdotes, sobre todo porque no se reemplaza los misioneros coloniales que se han jubilado o han muerto. En los años setenta, el 70 % de los sacerdotes de

África eran misioneros, y en el campo todavía hay 38.138 misiones sin párroco.10

Así que las esperanzas estadounidenses de reponer su sacerdocio desde el exterior son ilusorias. La mitad de los centros misioneros del Tercer Mundo no tienen sacerdote residente." El mundo desarrollado padece los mismos problemas que Estados Unidos. El coeficiente de reemplazos refleja la situación. Por cada 100 sacerdotes que mueren o se jubilan, Italia sólo tiene 50 para ocupar su lugar, España 35, Alemania 34, Francia 17 y Portugal 10.12 En 1999, la edad promedio de los sacerdotes diocesanos en Estados Unidos era de cincuenta y ocho años, y aproximadamente el 25 % del total estaba por encima de los setenta.13 El sacerdocio va por el mismo camino que los conventos, donde la mayoría de las monjas tiene alrededor de setenta años, y toda joven lo bastante temeraria para unirse a una congregación pasaría la mayor parte del tiempo atendiendo a sus hermanas jubiladas, enfermas o moribundas.

¿Cuál es el estado de ánimo en el círculo, cada vez más cerrado, —182—

de los sacerdotes? ¿Cuál puede ser si el 80 % de los sacerdotes jóvenes piensa que el Papa se equivoca respecto a la contracepción, el 60 % opina que se equivoca en cuanto a la homosexualidad, y aun así el Vaticano mantiene la presión para que ellos se hagan eco de algo en lo que no creen?14 Una cosa es sacrificarse por una causa en la que uno crea de todo corazón, y otra muy diferente estar atrapado entre equívocos y evasivas en relación con las propias convicciones. Además, las exigencias en cuanto a tiempo, energía y compostura se intensifican a medida que el suministro de sacerdotes se reduce y la población católica continúa creciendo. Un estudio encargado por los obispos de Estados Unidos en 1985 reveló que el 40 % de los sacerdotes había sufrido «graves problemas personales, de conducta o mentales, en los doce meses anteriores».15 Cuando repararon en lo deprimentes que podían resultar las conclusiones, los obispos se desmarcaron de ellas, y algunos hasta pusieron en duda la validez de los resultados publicados.16

¿Quién va a ingresar en el seminario con esta perspectiva de vida sacerdotal? Un artículo de New York Times Magazine dio una posible respuesta sobre la «nueva raza» de seminaristas, hombres escogidos ante la insistencia de Roma por su subordinación al tipo de argumentos que hemos considerado productos del Vaticano respecto a la contracepción, el celibato y la mujer. Los sinceros idealistas descubiertos en el seminario de Mount Saint Mary, en Maryland, piensan que el único problema de la Iglesia es que no se está predicando su mensaje en su integridad, especialmente en asuntos como la masturbación. Tom Holloway, de veintinueve años, confirma su intención de predicar sobre un tema tan escabroso como éste. Brian Bashista lo expone de esta manera: «Somos la generación de Juan Pablo II.»17 Ciertamente lo demuestran de muchas formas. Varios de ellos se confesaron por haber leído el informe Starr sobre el pecado sexual del presidente Clinton. Otro dijo que tuvo que dejar de ver su programa de televisión favorito, Seinfeld, porque sospechaba que «Jerry utilizaba métodos anticonceptivos».'8 La gente seria bien puede vacilar antes de buscar estas compañías y someterse a la disciplina de Roma animados por colegas tan entusiastas como éstos. Mientras tanto, la cantidad de parroquias sin sacerdotes sigue aumentando.

Esta situación jamás se habría producido en los primeros siglos —183—

de la Iglesia. Entonces la comunidad no esperaba a que una autoridad superior le enviara un sacerdote desde los cielos jerárquicos, que de paso tuviera que aceptar le gustase o no. Las comunidades elegían a sus propios sacerdotes, quienes estaban comprometidos a quedarse con la comunidad que había votado por ellos. No había lista de candidatos remitida por Roma. Cualquiera podía salir electo, si la comunidad así lo deseaba. Ésa era la prueba de la vocación. De hecho ésa era la vocación, el llamamiento del cuerpo cristiano de Cristo a un líder de su propia elección. Cuando Ambrosio fue elegido obispo de Milán, ni siquiera estaba bautizado todavía.

El hombre llamado al sacerdocio estaba obligado a atender este reclamo, en virtud de su sentido del deber para con la comunidad cristiana que era el cuerpo de Cristo. Cuando eligieron a Agustín, éste protestó alegando que acababa de convertirse, pero la comunidad de Hipona le convenció. Incluso podían obligar a cualquier visitante del pueblo a ocupar el cargo. La comunidad escogía también hombres casados si lo estimaba conveniente. En el capítulo anterior vimos que los monjes del desierto declinaban la invitación a hacerse obispos o sacerdotes: tal era la medida de su osada y nueva independencia. En contraste, Juan Crisóstomo tuvo que presentar una esmerada defensa de su primera resistencia al sacerdocio, una resistencia que ofreció cuando todavía aspiraba a ser un asceta.19 Ambrosio presentó como alegato que tenía una excusa válida para no servir: era un magistrado civil, y hasta entonces no se permitía el ingreso de quienes desempeñaban ese tipo de cargos. La comunidad no se la aceptó y pidió que se hiciera una excepción, no al Papa ni al Concilio, sino al emperador cristiano Valentiniano (residente en Milán).20

Una vez escogido el hombre, éste no era nombrado sacerdote como ente independiente. Era el sacerdote de la comunidad que lo había elegido. No podía irse de allí por su propia iniciativa. Incluso los diáconos estaban atados a su lugar. Una vez vieron a un diácono de la diócesis de Agustín lejos de su comunidad y le hicieron el siguiente reproche: «Estás atado a una esposa [la comunidad], no busques el divorcio.»21 Se podía expulsar a un sacerdote sólo si cometía algún pecado grave: en el año 335 el emperador Constantino desterró a Atanasio de su sede en Alejandría bajo sospecha de herejía,22 lo que puede identificarse como la semilla de la posterior

evolución que llevaría a Roma a hacerse con el monopolio de las ordenaciones sacerdotales. No se despojó de este poder al pueblo mismo sino a los gobernantes políticos, que poco a poco habían asumido mayor control del poder de designación y proclamación de las comunidades cristianas. El control político se estableció al principio como una medida pacificadora, cuando las comunidades estaban divididas por facciones, bien sea heréticas o cismáticas. Constantino marcó un precedente de usurpación cuando retiró a los obispos donatistas de sus cargos en el África romana. Siglos después, cuando surgió la polémica sobre la «investidura laica», el poder para ordenar no volvió a su origen, las gentes de cada comunidad: un papado agresivo y en expansión se lo arrebató a los gobernantes laicos.

Pero este monopolio fue una evolución tardía, pues las comunidades locales llevaban siglos escogiendo a sus sacerdotes por sí mismas o de común acuerdo con las autoridades políticas. Y una vez que lo hacían, el sacerdote era responsable de su sede o parroquia. Cuando Agustín necesitaba tomarse un tiempo libre de sus deberes episcopales para dedicarse a sus estudios y escritos, tenía que pedir permiso a la comunidad.23 Una vez trató de impedir que su congregación eligiese a un hombre reacio al cargo, pero hicieron caso omiso de sus deseos y persistieron en sus exigencias. Agustín tuvo que elaborar una solución de compromiso que le obligase al cargo aun sin ordenarse (cartas 125, 126). Estando ya enfermo, expresó su preferencia respecto a quién debía ser su sucesor, pero tuvo que someterlo a la votación de su congregación.24 Esta responsabilidad mutua era tan íntima en los primeros tiempos que nunca se oyó hablar de «curas miseros» —hombres ordenados para oficiar los sacramentos, sin ningún tipo de lazo con una comunidad en particular — hasta el siglo IV, cuando se les llamó «visitantes» para distinguirlos de los sacerdotes normales (permanentes).25

En aquellos días era impensable que una comunidad asentada no contase con un sacerdote. Si no lo tenían simplemente escogían a uno. Si el elegido era un laico, a partir de ese momento pasaba a ser sacerdote. Raymond Brown nos habla de la época del Nuevo Testamento en que se inició esta práctica:

Un sustituto más adecuado para la teoría de la cadena [de «sucesión apostólica»] es la tesis de que los «poderes» sacramentales formaban parte de la misión de la Iglesia y que había varias formas en que la Iglesia (o las comunidades) podían designar individuos para ejercer dichos poderes, siendo siempre el elemento esencial el consentimiento de la iglesia o de la comunidad (lo que viene a ser la ordenación, con independencia de que este consentimiento se simbolice en una ceremonia especial como la imposición de manos).26

Cierto es que, tal como sostienen Fritz Lobinger y otros, nadie debería tener autoridad para negarle a una iglesia su derecho a tener líderes.27 Ese derecho es más importante que el que tuvo después Roma, de enviar a las iglesias sólo a personas aprobadas, lo que equivale a privar a muchas iglesias del liderazgo que es el símbolo de su unidad, que las convierte en el cuerpo de Cristo. Roma conculca este derecho al decir que sólo pueden oficiar los sacramentos aquellos a quienes Roma apruebe, y luego mantiene una disciplina y una serie de doctrinas que limitan la cantidad de sacerdotes que puedan calificarse de aptos. Roma sitúa sus requisitos por encima de los de las comunidades por y para las que se supone que existen los sacerdotes. La mayoría de los clérigos piensa hoy que Roma abusó de su autoridad cuando, en la Edad Media o el Renacimiento, impuso a comunidades enteras y países un interdicto (suspensión de todos los sacramentos) para castigar a los gobernantes reñidos con el Vaticano. Ahora la Iglesia vuelve a imponer una especie de interdicto silencioso y progresivo al dejar poco a poco a las comunidades sin sacerdotes. El eminente teólogo moral Bernard Háring ha destacado que el catecismo católico considera pecado grave no comulgar los días de fiesta, pero considera que el pecado grave lo cometen las autoridades que han imposibilitado la comunión para tantos católicos.28

¿Cómo justifica la Roma moderna su control sobre el suministro de sacerdotes? Afirmando que sólo la sucesión apostólica puede dar a los hombres el poder de consagrar la Eucaristía. Pero Ray-mond Brown cuenta el comentario que le hizo un colega erudito de las escrituras cristianas cuando le dijo que saltaba a la vista que a los sabios católicos no se les prestó atención cuando el Concilio

Vaticano II declaró a los obispos sucesores de los apóstoles.29 Para ser más específicos. Pablo VI les llamó descendientes de los Doce, quienes sólo confirieron las órdenes sagradas a hombres. Si ya hemos visto que en el Nuevo Testamento no había sacerdotes, tampoco pudo haber ordenaciones. De hecho, como lo señala Markus Barth, la idea de un «laicado» separado de la autoridad de la Iglesia es ajena al Nuevo Testamento (cita una parte de su comentario sobre Efesios 4-6 «The Church Without Laymen and Príest's» [La iglesia sin laicado ni clero]).30 Entonces, ¿de dónde sacó Roma la idea de que los apóstoles ordenaran sacerdotes? El texto que normalmente se invoca es esa parte de los Hechos de los Apóstoles donde la congregación entera escoge a los diáconos (pas ho pléthos, 6:5) por imposición de manos de los Doce. Incluso la idea de elegir a las personas para estos cargos nació del cuerpo entero, de la comunidad. Además, en Hechos 6:3-4 se nos dice expresamente que estos diáconos son elegidos para dar alimentos a los necesitados y no para enseñar la palabra; por lo tanto, tampoco son sacerdotes en sentido alguno. Como dice Raymond Brown:

La teoría del traspaso de poderes por la ordenación choca con el serio escollo de que el Nuevo Testamento no muestra a los Doce haciendo imposiciones de manos sobre obispos ni como sucesores ni como auxiliares para oficiar los sacramentos. Una posible excepción parcial es la imposición de manos sobre los líderes helenistas en Hechos 6:6, pero incluso en ese caso no está claro si quien impone las manos son los Doce o la comunidad como un todo. Y si nos ceñimos a la idea de la sucesión, todavía podemos mantener que de acuerdo con el ideario del Nuevo Testamento no puede haber sucesores de los Doce como tales. [...] El simbolismo de los Doce se asocia con la idea de que el movimiento cristiano representa la renovación de Israel. Entonces, así como Israel se fundó sobre doce tribus descendientes de los doce hijos de Jacob-Israel, Jesús para su renovación se basa en sus Doce discípulos para proclamar la buena nueva de lo que ha sucedido. De acuerdo con este simbolismo los Doce son únicos. Cuando Judas traiciona a Jesús y reduce el número a once, tienen que elegir a alguien para reemplazarlo. Pero a medida que los miembros van muriendo, no

son reemplazados; por el contrario, son inmortalizados como fundadores del nuevo Israel. Según Revelaciones 21:14, las doce fundaciones de la celestial ciudad de Jerusalén llevan «los doce nombres de los Doce apóstoles del Cordero». Es más, no pueden ser reemplazados porque, precisamente por tratarse de los Doce, tienen un papel escatológico que cumplir: en las escenas del Juicio han sido señalados para sentarse en doce tronos y juzgar a las doce tribus de Israel (Le. 22:30, Mt. 19:28).31

La imposición de manos es un gesto usado con muchos propósitos en las escrituras judeocristianas: bendiciones, curaciones, invocaciones de espíritus sobre víctimas propiciatorias, bautizos. No hay ningún rito específico de ordenación que incluya este gesto. Después de todo, los Doce afirmaron haber recibido la autoridad de Jesús, y en ninguna parte se menciona que él les hubiera hecho una imposición de manos en el momento de escogerlos. La adopción del gesto con las manos en los ritos cristianos aplicados a los sacerdotes probablemente procede de la práctica judía de imponer las manos sobre los rabinos cuando son nombrados, práctica ésta de la que no hay noticia sino hasta finales del siglo I y que no implica una «sucesión» rabínica.32 Lo mismo sucede con la fórmula primitiva de ordenación cristiana que aparece por primera vez después del período del Nuevo Testamento. El documento bautismal de finales del siglo 1, Didajé (15.1) dice que los obispos quedan electos cuando la comunidad local impone las manos sobre la persona elegida.

Nada sugiere que la comunidad creyera estar repitiendo un acto de los Doce. Por el contrario, Pablo y Bernabé, que no eran de los Doce ni habían sido nombrados por ellos, impusieron sus manos sobre los elegidos para ser mayores en Asia Menor (Ac. 14:21 -23). Brown se basa en esto para decir que «hay ciertos indicios de que Pablo nombrase presbíteros y obispos, pero nada indica que los Doce lo hicieran».33 De los Doce, sólo Pedro se fue de Jerusalén. Y el papel de los Doce en Jerusalén estaba tan fuera de este mundo que en los Hechos de los Apóstoles se presenta otra figura totalmente diferente como autoridad principal de la iglesia: Santiago, el hermano del Señor (que no es ni Santiago el hijo de Ze-

bedeo, ni Santiago el hijo de Alteo, que son los Santiagos de los Doce).34

Así pues, si Pedro fue el único de los Doce que salió de Jerusalén, ¿puede derivar de él la cadena de sucesión como obispo de Roma? Así lo afirman los defensores del papado.35 Sin embargo, Brown afirma que «Pedro nunca ofició como obispo ni diácono de iglesia alguna, incluidas Antioquía y Roma».36 Y cita este pasaje de D. W. 0'Connor con la aprobación del autor:

Es sumamente dudoso que Pedro haya fundado la Iglesia de Roma y que haya sido su primer obispo (tal como lo entendemos hoy) ni siquiera durante un año, y mucho menos los veinticinco años que se le adjudican. Es una tradición sin fundamento y cuyo origen no se puede rastrear más allá del siglo III. Las celebraciones litúrgicas relacionadas con la ascensión de Pedro al episcopado romano hacen su aparición apenas en el siglo iv. Además, no se menciona el episcopado romano de Pedro en el Nuevo Testamento, ni en Yo, Clemente-, la carta a la Iglesia de Corinto, atribuida al papa Clemente I, ni en las epístolas de Ignacio. La tradición se vislumbra apenas vagamente en Hegesipo y puede estar implícita en la carta que se sospecha de Dionisio de Corinto a los romanos (c.170). Ya para el siglo III la anterior suposición,