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La Revolución mexicana es la franja más sangrienta de la literatura mexicana, sin contar con la nueva literatura del narco o narcoliteratura en la que se prolongan y sintetizan las muertes y prácticas sádicas cuyas modalidades abarcan un gran espectro que raya en lo grotesco, inhumano y abominable. La religión es una contención y un marco en el que la muerte se puede llevar a cabo: por una parte, uno de los mandamientos del catolicismo dice “no matarás”, y por otra, el dios de la religión católica perdona los pecados bajo previa contrición. En la novela José Trigo, Fernando del Paso trata la cruzada religiosa o Cristiada477 después de la Revolución. La historia se

475 José Herrera Peña lo plasma así: “El miércoles 30 de julio, el generalísimo Miguel Hidalgo y Costilla

es ejecutado y su cuerpo decapitado. Edad: 58 años, dos meses y 22 días; a los 10 meses y 14 días de iniciar la insurrección, de los cuales 3 meses y 7 días los pasa en prisión. En cumplimiento de las órdenes recibidas, las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, son conducidas a Guanajuato y al mediar octubre de 1811 aparecen colgadas de los cuatro ángulos de la Alhóndiga de Granaditas dentro de jaulas de hierro, suspendidas éstas de garfios del mismo metal, al vuelo. Allí permanecerán diez años”.

De Los procesos militar e inquisitorial del Padre Hidalgo y de otros caudillos insurgentes,

introducción y suplementos de Luis González Obregón, Ediciones Fuente Cultural, México, 1953, pp. 18-

19. (Citamos por Peña Herrera, José, Hidalgo a la luz de sus escritos. Estudio preliminar, cuerpo

documental y bibliografía, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Secretaría de Difusión

Cultural y Extensión Universitaria, Morelia, Michoacán, México, 2003, pp. 158-159).

476 Parafraseando el título del cuento La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés.

477 También conocida como la Guerra de los Cristeros y Guerra Cristera, cuyos laicos, presbíteros y

religiosos católicos se oponían a las legislaciones del Estado que restringía la autonomía de la Iglesia católica. Dicho conflicto se extendió desde 1826 a 1828, hubo 250 mil muertes entre civiles, cristeros y

desarrolla en los alrededores de las faldas del Volcán de Colima y narra la lucha de los cristeros contra las imposiciones del gobierno. En la novela aparece la muerte sádica padecida en este caso por los animales:

“El pueblo entero había sido tragado por el espeso bosque de laureles que en aquel entonces crecía en la falda. Dicen que al coronel del gobierno le dio tal acceso de furia que entró en la iglesia con el machete desenvainado y empezó a dar tajos a diestra y siniestra degollando gatos, ovejas y gansos. Las gallinas revolotearon, se pararon en las cabezas de los santos, y las llenaron de cagarrutas; el sagrado recinto se pobló de ululaciones, balidos, graznidos, roznidos, cloqueos y bramidos.

No conforme con esto, dispuso que sus soldados bajaran a los santos de las hornacinas y les cortaran lascabezas. Y ordenó después que se fusilara a un burro que vestía levita y sombrero de copa, a un mono vestido de monacillo y a un perro con polainas y kepí, por considerarlos representantes simbólicos del clero y la

aristocracia”.478

En Fernando del Paso hay una apropiación del cuerpo antes de la muerte, un afán de aprehender el momento póstumo, el eco de la desaparición: al animal se le humaniza vistiéndolo de levita y sombrero de copa, polainas y kepí, lo cual lleva a prolongar la vida del ejecutado cuando el lector se ve obligado a quedarse con la imagen de burro disfrazado de persona y así prolongar el fin de la escena, también a reflexionar sobre el aniquilamiento de una relación entre el hombre y el animal. Este acto de pensar en aquello que ya sucedió lleva a prolongar la vida más allá de la muerte de la materia. Cuando el coronel degüella a los animales, aún quedan las gallinas que vuelan y cagan en los santos; el burro, el mono y el perro son fusilados, pero ahí permanecen sus cuerpos vestidos con ropas que representan al clero y a la aristocracia en un acto de sadismo, sarcasmo y burla. El acto gallináceo de pararse sobre la imagen humana, y la imagen de los animales muertos vestidos con ropas de personas, postergan la muerte, la demoran; no solo han muerto aquellos que el coronel rechaza, aún quedan los animales que recuerdan a aquellos hombres indeseables, pues no es lo mismo un hombre ya muerto que un animal disfrazado de hombre o un animal parado sobre la cabeza de un

ejército mexicano. Véase la obra de Jean Meyer, La Cristiada, I La guerra de los cristeros, Siglo XXI Editores, México, 1994.

santo prolongando con su cloqueo el barullo previo y el murmullo posterior a la muerte de sus compañeros.

En La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán hay una escena en la que Axkaná González, político civil y gran amigo de Aguirre, le advierte que no seduzca a Rosario, pues la va a “echar al lodo”. En la novela no se lleva a cabo el acto sádico per

se, sino que se insinúa su magnitud y alcance, es un ejercicio sádico en el que el lector

es espectador de la conquista, y lo lleva a construir la idea de cómo sería la destrucción de Rosario si Aguirre la sedujera.

La modernidad a la que alude Todorov y que explica lo que él considera como comportamiento sádico de los españoles en Nueva España, encuentra su sitio en la narrativa de Francisco Hinojosa quien con sus títulos como La peor señora del mundo o

Negros, héticos, hueros, desdobla las más refinadas formas de sadismo. En el cuento Novelista en verano incluido en Negros, héticos, hueros, el personaje principal, sin

nombre, está de vacaciones, despierta en su hotel con el cadáver de una mujer, decide no llamar a la administración e irse. Hinojosa procede a abordar el sadismo como sigue:

“Mas cual no sería la sorpresa del muchacho al despertar cuando a su lado, en la cama, se encontró con la muchacha a quien había besado en la noche mexicana, esa linda muchacha que gustaba de pasear sus pechos y que era una admiradora de sus novelas. Pero lo que más lo alarmó no fue encontrarla a su lado sin saber cómo había llegado allí y lo que habían hecho durante la noche, sino que ella estaba muerta”.479

Como primer rasgo encontramos la mordacidad con la que se refiere al cuerpo de la mujer y a continuación la ironía en la admiración por obra del muchacho:

“Iba a llamar a la administración para quejarse, pero reconoció que era una locura: creerían que él la había asesinado. Y como no estaba del todo seguro, prefirió guardar la compostura y pensar las cosas con frialdad antes de actuar”.480

De nuevo hay una causticidad que brilla en el texto; el muchacho no estaba seguro de ser el asesino, así es que guarda la supuesta compostura, y espera, pero esa espera no es tal, pues “sin embargo, al parecer no pudo echarle hielo a su cabeza (la de

479Francisco Hinojosa, Negros, héticos, hueros, Juan Pablos (ed.), Ediciones sin nombre, México, 1999, p.

284.

la chica),481 ya que hizo apresuradamente sus maletas, liquidó en la administración su deuda con el hotel y se fue al aeropuerto”.482

Hinojosa juega con el sadismo, presenta al sádico moderno en acción, con frialdad, sin retrocesos ni emociones: “en la sala de espera se dio cuenta de que había olvidado su cepillo de dientes en el baño”; las preocupaciones recaen en la materia, no en lo humano. Finalmente, instaura su propia poética de la muerte:

“Al llegar a su casa abrió las maletas y le mostró a su mamá el cadáver de la muchacha. […] Y la verdad al muchacho no le preocupaba gran cosa la nueva situación (la hermosa chica en la maleta y su occiso tío). Tampoco por los Stloterdijk, sus vecinos (muertos)483, pues desde el día en que los conoció sabía que iban a morir tarde o temprano”.484

En Francisco Hinojosa se encuentra la muerte sádica moderna, aunque habría que revisar el nuevo género de documentales y sus guiones en los que los sicarios hablan a la cámara, y se convierten en personajes y actores de sus propias obras; en dichos actos resalta el valor de lo testimonial contemplado como ficción, en la mezcla de ficción y realidad que es la nota fundamental.485

481 El paréntesis es mío.

482 Francisco Hinojosa, Negros, héticos, hueros, Juan Pablos (ed.), Ediciones sin nombre, México, 1999,

p. 284.

483 El paréntesis es mío. 484 Ídem, p. 285.

485 La Virgen de los sicarios, novela cuyo autor es el colombiano afincado y nacionalizado mexicano

Fernando Vallejo, se anticipa a la muerte sádica moderna mexicana. En ella se denuncia la corrupción, el manejo del poder, la violencia y el narcotráfico que desembocan en muerte violenta y sádica.