QUANTITATIVE RESEARCH
4.5.4 Data Analysis Procedures
La pasión de Sigmund Freud por la mitología y la evocación constante a la que recurre durante la construcción del Psicoanálisis atraviesan toda su obra. Ese encuentro entre Psicoanálisis y mitología será nuestro objeto de estudio para comenzar. Un rico cruce que nos permite abordarlo desde la utilización que hace del mito griego hasta sus íntimos hilos filiatorios cuando miramos hacia los mitos hebreos.
La recurrencia de Freud a la mitología es efecto de sus lecturas eruditas de la niñez y la adolescencia. Pero existe una razón intrínseca ligada al corazón del Psicoanálisis, una necesidad estructural de la presencia del mito en la conformación del relato sobre la historia de la humanidad y sobre la constitución del sujeto psíquico.
El mito es el portador de una verdad que debe presentarse con las mascaradas de un relato, de una ficción.
Encontramos verdaderos hitos en la historia de Freud que nos muestran su afinidad para con la mitología y la literatura, y donde podemos comprender la génesis de ese recurso que tuvo su lugar fundante en la constitución del Psicoanálisis. En su niñez, Sigmund Freud fue el mimado de la casa:
Sólo Sigismund usaba el “escritorio”, “aposento largo y estrecho, con una ventana que daba a la calle”. El cuarto estaba abarrotado de libros, su único lujo. Ahí dormía, estudiaba y muchas veces comía solo, sin dejar de leer. Sigismund reveló ser un estudiante de primera magnitud, brillante y tenaz, con un admirable poder de asimilación41.
41Emilio Rodrigué, Sigmund Freud, El Siglo del Psicoanálisis, Buenos Aires,
Sudamericana, 1996, II tomos, (citado de A. Bernays, My brother Sigmund Freud, Amer. Mercury, 1940, pp. 235-42), p. 81.
Cuando tenía alrededor de 15 años Freud fundó con su amigo Eduard Silberstein una especie de logia llamada “Spanische Sprache Schule”, luego “Academia Española”, para la cual crearon un anillo y una clave secreta.
Fue ideada para el estudio del español a través de la lectura del Quijote de Cervantes. Para esto llevaron adelante una correspondencia tupida, y graciosa hasta el límite del absurdo, donde se hablaba de mujeres. En su mitología personal y privada, Sigmund era llamado Cipión, y Eduard, Berganza. Dos perros en andanzas42.
Según Emilio Rodrigué, las referencias literarias que han sido rastreadas en el acerbo epistolario nombran a: Schiller, Goethe, Heine, Shakespeare, Lichtenberg, los Ensayos de Macauley y se presume que conocían la
Teogoníay la Esencia del cristianismo de Feuerbach. Sarah Kofman es más precisa al respecto. Dice:
Los autores más frecuentemente citados (por Freud) son Shakespeare, Goethe, Sófocles, Ibsen, Flaubert, Rabelais, Zola, Diderot, Bocaccio, Oscar Wilde, Bernand Shaw, Dostoievski, Moliere, Swift, Homero, Horacio, Tasso, Hosffman, Schiller, Mark Twain, Aristófanes, Thomas Mann, Stefan Zweig, Hebbel, Galsworthy, Cervantes, Hesíodo, Macaulay, sin mencionar a los escritores de menor renombre: su conocimiento de los cuentos, las leyendas y el folklore es también notable.
En una “contestación a una encuesta sobre la lectura”, Freud “distingue
entre los libros más magníficos los de Homero, Sófocles, el Fausto de Goethe, Hamlet y Macbeth de Shakespeare; como los más significativos los de Copérnico,
Johann Weier y Darwin; como sus libros favoritosEl paraíso perdido de Milton y
elLazarus de Heine”43.
Desde ese sino de lecturas puede autorizarse a estar insatisfecho con los mitos de la tradición clásica: Sigmund inventa su mitología privada, que por privada no deja de ser universal.
42Ibídem, pp 87-88. 43
Mitos hebreos. Discusiones acerca de la cultura judía en Freud
Para comenzar, podemos decir que el primer acercamiento a los mitos hebreos (así llamaremos a la mitología bíblica relatada en el Antiguo
Testamento) lo realiza de la mano de su padre, Kallamon Jacob Freud (1815- 1896). Conocido solamente como Jacob44, nacido en Tysmenitz, Galitzia
oriental, provincia polaca incorporada a Austria en 1772, pertenecía a una familia de comerciantes, principalmente de lana y textil. La familia se muda posteriormente, en 1848, a Freiberg (Moravia), donde nace nuestro autor en 1856.
Según Roudinesco y Plon, Jacob Freud fue “un judío de la Ilustración, que
adhirió a las ideas de la Haskalá45“ y “contrariamente a lo que diría a su hijo,
siguió apelando a los valores tradicionales del judaísmo y le transmitió a su prole una sólida cultura judía, haciéndoles leer laBiblia en la edición bilingüe ilustrada
(hebreo-alemán) de Ludwig Philippson”46. Yerushalmi señala que esta Biblia
“no era moderna en sentido herético”47. Rodrigué dice que esa Biblia era “la
favorita de los judíos en vías de asimilación, admiradores del Siglo de las Luces”48. En su primera hoja, Jacob anotará la fecha de la Revolución (1 de noviembre de 1848), la fecha de la muerte de su padre, Schlomo, y la del nacimiento de su hijo Sigmund.
Por otro lado, la madre de Sigmund, Amalia, tercera esposa de Jacob, hablaba de manera fluida el ídish49, por lo que podemos inferir que el niño,
lejos de no conocerlo, había escuchado este idioma desde pequeño.
44Su primer nombre, Kallamon, es suprimido por él en el momento del nacimiento de su hijo Sigismund.
45La comunidad judía experimentó un renacimiento cultural durante el siglo XIX conocido como Haskalá (Ilustración). Comenzó en Europa oriental, y una vez más los judíos
empezaron a escribir en hebreo, a estudiar la nueva ciencia de Darwin y de Thomas Huxley, e incluso a estudiar la Biblia, para poder dar una interpretación científica a la Sagrada Escritura. Se publicaron novelas, poesías e historia en hebreo, que volvió a ser una lengua viva. También se dignificó el uso del yidish entre los judíos de Europa oriental.
46Elizabeth Roudinesco, Michel Plon, Diccionario de Psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1998, pp. 361-363.
47Yoseph Hayim Yerushalmi, El Moisés de Freud, Judaísmo terminable e interminable, Buenos Aires, Nueva Visión, 1996 (1991), p. 140.
48Rodrigué, op. cit., p. 50. 49
Respecto del “nivel” de la cultura judía en Freud, existen importantes divergencias en los autores que trabajan el tema.
Históricamente, el libro más conocido (y uno de los primeros) acerca del estudio de la relación entre Freud y las religiones es del inglés Peter Gay,
Un judío sin Dios, en el cual plantea: “No era que hubiera reprimido su hebreo,
realmente nunca lo había conocido bien (...) no hay pruebas de que Freud siquiera tuviera un mínimo de instrucción religiosa en su hogar, o un Bar Mitzvah”50. Rodrigué expresa sus dudas en cuanto a ello: “La ceremonia se habría
realizado en 1869, uno de los años más mudos en la vida del joven Freud. No tenemos datos que confirmen o excluyan el episodio”51.Un detalle interesante es que en la fecha en que se habría celebrado ese ritual es cuando Sigismund pasó a llamarse Sigmund –la misma época de la “Academia Española”–.
Para Gay, la condición de judío en Freud no es un dato vinculante con la teoría psicoanalítica, que se adscribiría al más puro iluminismo racionalista:
“Para la táctica y la estrategia del movimiento psicoanalítico, entonces, que Freud fuera judío en una cultura antisemita es de verdadero interés. Los orígenes del Psicoanálisis, sin embargo, no se ven influidos por esta situación histórica”52. Personalmente, no considero que sea solamente “histórica” la situación.
Tampoco toma como “prueba” (al estilo positivista) los decires de Freud, a los cuales desestima permanentemente. Por ejemplo:
Freud podía insistir en la “clara conciencia” de su identidad judía, pero estas sensaciones nebulosas oscurecen más que clarifican. Él era bien consciente de que las mismas difícilmente constituyen un análisis racional. Sugeriría que esa sensación indefinida de su condición de judío representa un caso especial de su obstinada creencia en la herencia de características adquiridas.
Más adelante expresa: “Las sensaciones nebulosas de Freud no logran
resolver el tema de cómo y en qué sentido su misteriosa herencia ‘racial’ había contribuido a la creación del Psicoanálisis”53.
50
Peter Gay, Un judío sin Dios, Freud, el ateísmo y la construcción del Psicoanálisis, Buenos Aires, Ada Korn Editora, 1993, p. 127.
51Rodrigué, op. cit., p. 83. 52Gay, op. cit., p. 140. 53Ibídem, p.134.
Podemos decir que Freud contribuyó a velar esta cuestión. Es en su enunciación, y sin reconocerlo, donde Gay señala las contradicciones por las que Freud está atravesando con relación a este tema y que lo llevan a conservar una marcada división entre el ámbito público y el privado. Sabemos que hay una clara diferencia entre estos planos, entre una tendencia “gentil”, sosegada, cautelosa y cosmopolita en lo público y una filiación profunda y visceral a lo judío en lo privado, a la cual accedemos mediante el epistolario. Gay se dirige con firmeza a disipar las ambigüedades que pueden existir en Freud, las paradojas, dichos y contradichos, y a erigirlo solamente como un científico iluminista, librepensador y ateo. Para este autor, como señalamos, el hecho de que Freud fuera judío no requiere una consideración especial. Esta separación artificial entre el hombre (el sujeto) y el científico no es aceptable desde la epistemología del Psicoanálisis, que no puede separarse en su fundación de la “epistemología freudiana”; son una y la misma cosa, y esto marca la ruptura con las otras ciencias. Es decir, Freud encuentra en sus pacientes los mismos conflictos (complejos) que ha encontrado en una indagación a sí mismo. En el libro en cuestión, se supone que, como Freud fundó el Psicoanálisis y su método, basado en una idea de sujeto en conflicto, dividido, entonces, carente él de un psicoanalista con el cual analizarse –ya que es el primer analista–, sería un sujeto cartesiano, sin ambigüedades. Su discurso podría ser leído como simples dichos que no estarían facetados por un tamiz inconsciente, no habría enunciación en sus enunciados. Freud no puede ser, por lo tanto, leído e interpretado con elementos psicoanalíticos (Gay señala como una picardía sin consecuencias esta práctica en los analistas). Él confía en que Freud “sí sabe lo que dice”, que sí puede decidir volitivamente que no dice más de lo que dice54. Él era un
perfecto científico iluminista y el autor se propone certificar esta idea. En otra vía divorciada de la anterior se sitúa el trabajo de Yoseph Hayim Yerushalmi. Este autor destaca en Freud:
(...) su obstinada insistencia a definirsevia negationis, mediante una serie
de reducciones.
54
No es judío por religión o en términos nacionales, o por la lengua (aunque existen pruebas, que todavía deben considerarse, de que lingüísticamente no era en modo alguno tan ignorante como lo pretendía) y, no obstante, en cierto sentido profundo sigue siéndolo55.
Por lo tanto, este historiador del Psicoanálisis piensa que “Freud recibió
sin duda una educación judía que estuvo lejos de ser trivial”56.Y luego:
Freud proyectó en su vida adulta tres imágenes que se convirtieron en y en gran medida siguieron siendo parte de su persona pública. Primero, que sólo había recibido la más magra educación religiosa judía. Segundo, que en el hogar de sus padres sólo había recibido una mínima y rutinaria observancia judía. Tercero, que no sabe, y por implicación, nunca supo verdaderamente hebreo o yiddish. Ahora bien, yo no trato de convertir a Freud, y ni siquiera a su padre, en judíos piadosos o eruditos, pero incluso a la luz de la fragmentaria información de que disponemos cada una de estas aseveraciones es problemática, para decir lo menos57.
Estamos tentados a señalar, después de leer este libro, que el autor sí tiende a exaltar a Freud como dueño de un plan implícito de convertir al Psicoanálisis en ciencia judía, plan del cual él, en una relación privilegiada y secreta con el “maestro”58, va iluminando sus hilos.
Podemos concluir que la relación entre Freud y las religiones, y con el judaísmo en particular, no goza de simpleza; es un camino espinoso, repleto de sombras y paradojas, que él mismo ayuda a mantener en la oscuridad.
No obstante, Yerushalmi, que se dirige directamente a Freud en un “monólogo”, realiza una interesante diferencia que puede hechar luz sobre la especial posición respecto de su filiación judía:
55Yerushalmi, op. cit., pp. 50-51. 56Ibídem, p. 140
57Ibídem, p. 140. 58
(...) si un “carácter nacional” (éstas son sus palabras) puede en verdad transmitirse “independientemente de la comunicación directa y de la educación por el ejemplo”, eso significa entonces que la “judeidad” puede transmitirse independientemente del “judaísmo”, que la primera es interminable aun cuando el segundo se termine. Y así parecería resolverse el rompecabezas acerca de su propia identidad judía que tanto lo atormentó59. Ya veremos que Freud mismo hace ese trabajo de desjudeizar a Moisés, al mismo tiempo que le asigna judeidad, comprendida como esencia y pertenencia, una posición de eternidad. Elizabeth Roudinesco y Michel Plon señalan60que ese sentimiento en virtud del cual un judío sigue siendo
judío en su subjetividad, aunque sea incrédulo, es una experiencia personal del propio Freud, y él no vaciló en asemejarlo a una herencia filogenética.
Las marcas “talmúdicas” del Psicoanálisis
Gerard Haddad61, psicoanalista argelino formado en Francia con Jaques
Lacan, realiza un estudio sobre las fuentes talmúdicas del Psicoanálisis en Freud. Su hipótesis es: Freud, como judío, conserva filogenéticamente los elementos fundamentales constitutivos del Talmud –aunque no lo haya leído– y esto deja sus marcas en el texto psicoanalítico:
Este carácter hermético (el hecho de que el Talmud no es sistemáticamente
leído por los judíos), no ha impedido al Talmud constituir el espacio
psíquico de los judíos, estructurando el menor acto de la vida y el pensamiento más simple. Cada uno está ligado al libro por mil canales, cuya existencia no sospecha a no ser que se convierta él mismo en talmudista62.
Podemos destacar que los autores Peter Gay y Gerard Haddad parten en su reflexión de la misma frase que enuncia Freud: “Soy un judío ateo”, y le
59
Yerushalmi, op. cit., p. 181.
60Roudinesco, Plon, op. cit., pp. 713-714.
61Gerard Haddad, El hijo ilegítimo, Fuentes talmúdicas del Psicoanálisis, Buenos Aires, De la flor, 1996 (edición revisada y aumentada), pp. 28-29.
62
dan una lectura diferente, aunque enfaticen el “judío” o el “ateo” de la frase.
Asimismo, Haddad dice que, con referencia a la cuestión de la filiación al judaísmo, “Freud quiso dejar esta relación en la sombra”63. Y, además, que
“era necesario que fuese un judío el que inventase el Psicoanálisis, con la segunda condición de no adherir a las creencias religiosas del judaísmo”64. Este autor encamina su trabajo de modo de argumentar la intensa influencia del
Talmuden la invención del Psicoanálisis, y se dedica a seguir sus marcas en la obra freudiana. Para Haddad, el ser “judío ateo” es una “condición necesaria”, y un efecto de estructura: “(...) el inconsciente de un judío recibe su
marca talmúdica desde las primeras palabras que su madre le dirige. Un sujeto perteneciente a una cultura dada no necesita conocer explícitamente la estructura para sufrir sus efectos”65.
La sugerente idea con ecos filogenéticos de este autor le permitirá establecer conexiones entre el Talmud y el Psicoanálisis y colocar a Freud en la tradición de los clásicos talmudistas, como discípulo virtual del rabí Iojanán Ben Zacai (se conoce la afición de Freud por este último)66, al
mismo tiempo que lo erige (a Freud) como aquel que desacralizó el judaísmo, sexualizándolo.
Es siguiendo la letra de Lacan que Haddad puede enunciar estas conexiones. El primero dice:
Tal vez no sea concebible que el Psicoanálisis naciera fuera de esta tradición. Freud nació en ella, e insiste, como se lo he subrayado, en esto, que propiamente sólo confía, para hacer avanzar las cosas en el campo que ha descubierto, en esos judíos que saben leer desde hace bastante tiempo, y que viven –eso es elTalmud– de la referencia a un texto67.
63Ibídem, p. 18. 64Ibídem, p. 17. 65Ibídem, p. 29.
66La fundación de la escuela de Iavné por parte de Ben Zacai proviene directamente del pensamiento farisaico, que define el estudio como campo de acción esencial en este mundo, y dice: “Un hombre debe estudiar siempre, incluso si olvida aquello que lee, incluso si no
comprende (...)”. Podemos decir que Freud ha trabajado bajo este imperativo durante toda
su vida. Citado en Haddad, op. cit.
67Lacan, Seminario XVII, El reverso del Psicoanálisis [1969-70], Buenos Aires, Paidós, 1992, p. 144.
El “Midrash” es el ejercicio interpretativo que aparece en el Talmud, intercalado, como forma de relato, de hagadá. Son comentarios, suposiciones y a veces construcciones acerca de episodios que están esbozados en el Talmud pero no desarrollados. De ese ejercicio interpretativo surge toda la tradición mística y esotérica del judaísmo que más tarde dará origen a la Cábala.
El “Midrash” transmite un arte de leer que Haddad, sutil y perspicazmente, pone en relación con el método freudiano. En él están presentes las lecturas “a la letra”, las acrobacias anagramáticas, que “son
facilitadas por la escritura puramente consonántica del hebreo”68, y los cambios de sentido mediante un juego solamente con la puntuación del escrito talmúdico; también la inversión del sentido de los versículos y el establecimiento del lazo lógico de dos textos por relación de contigüidad, los cuales aparentemente son independientes.
En este sentido, Haddad sugiere que esas mujeres histéricas que fundaron el Psicoanálisis eran “mujeres inteligentes que hacían... Midrash sin
saberlo”69. En los textos esotéricos esta técnica se profundiza, por ejemplo en
“el notarikón, técnica anagramática que consiste en unir las iniciales de un enunciado para hacer con ellas una palabra sin relación aparente con el enunciado”70; o sacando provecho de la forma misma de las letras, “su dibujo
se convierte en algoritmo, mensaje, alegoría”71.Otra técnica es la guematría, “que
lleva hasta el paroxismo la importancia de la letra, ya que le otorga un valor numérico”72.
Por lo tanto, el Talmud, dominado por un “principio de libre asociación
soberano”y el “gusto por lo irrisorio” que provoca la “perplejidad del lector”73, al igual que los sueños y las demás formaciones del Inconsciente, invita al arte de leer, a jugar con las letras y las palabras. Teniendo en cuenta que “la
Torá se revela intransmisible”en su totalidad, como el Psicoanálisis, que “esta
enseñanza no pertenece al orden del saber”, sino más precisamente a un no- saber inconsciente, y que “el objeto al que apuntan los rabís es del orden del 68Haddad, op. cit., p. 74.
69Ibídem, p. 75. 70Ibídem, p. 78. 71Ibídem, p. 79. 72Ibídem, p. 79. 73Ibídem, pp. 104-105.
vacío, de la nada”74, falta de ser que constituye el nudo del sujeto. Además,
señala el autor que los rabís se centran en la palabra como constituyente de un ser de lenguaje y, sobre todo, en un “ideal del bien decir”, una ética de la palabra a la cual apunta el Psicoanálisis.
Freud sería el encargado de reflotar toda esta herencia dormida durante siglos, la de una lógica regida por la letra, de una función paterna olvidada, que representa la espina dorsal del judaísmo. Él sería aquel que encarna el retorno de lo reprimido de la herencia judía, suposición que lo acerca, curiosamente, a la figura de ese segundo Moisés, cercanía que él mismo alega.
Pero, ¿cuál sería entonces el aporte fundamental del judaísmo al Psicoanálisis? Sigamos esta cita:
Los lazos entre el Psicoanálisis y el judaísmo –ni mecánicos ni simple