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Recuerdo que un día, al aproximarme a mi casa, vi a varias personas entrando en ella, otras se paraban a mirar con curio- sidad. No tuve dudas de que algo terrible estaba sucediendo; me puse tan nerviosa que no sabía si avanzar o retroceder. Pero seguí caminando lentamente hasta asomarme con espanto al portal y ver en él a mi madre mostrándoles mis libros y revistas a desconocidos, que pagaban, los adquirían y pasaban frente a mí llevándoselos.

Ese fue solo el comienzo de las pérdidas. En menos de quince días, mi pequeña biblioteca desapareció, y mi madre comenzó entonces a comprar para revender. Ponerse a hacer comercio quien toda su vida había sido compradora fue un asunto harto espinoso.

Era el año de 1995. Los tres —mi madre, mi hijo y yo— nos habíamos transformado: en la imagen exterior aparecíamos delgados y mustios, en la interior estábamos desesperados. Las largas horas de sol que ella pasaba en el portal vendiendo libros nos afectaban a todos, y, además, no surtían el efecto económico deseado. Vendimos también todos los objetos que no eran impres- cindibles. Creo que a partir de esa época tengo una noción exacta de ciertas palabras, entre ellas sobresale indispensabilidad. Mi hijo no entendía muy bien lo que pasaba, pero al menos supo que sería inútil preguntarnos, porque nosotras, las personas mayores, no le íbamos a poder contestar.

Cada noche yo especulaba; tenía que encontrar alguna téc- nica alquímica que nos sacara del túnel en el que mi casa se convertía. Y se me ocurrieron muchas cosas: tumbar los cocos del árbol emblemático para, después de un proceso fatigante, crear jabones con su manteca; cambiar una bombonera por un puerco: Marco Aurelio, al que até al lavamanos que arrancó una triste madrugada; alquilar una de las habitaciones a un pintor

delirante que nunca dormía; vender dos puertas; jugar con un anciano generoso; participar en rifas inventadas en el barrio para, con suerte, ganarme un jabón por un peso. En esos años que van desde 1993 hasta 1995, jamás me di el lujo de pensar en la literatura, creo que hasta me parecía una enajenación innecesaria para un espíritu acosado como el mío.

Una tarde de finales de 1995, un escritor que había sido mi compañero, llegó a mi casa-túnel con una propuesta: «Vamos a hacer una paladar,1 tú pones la casa y la fuerza de trabajo, y yo

pongo el capital». Me quedé un rato en silencio, no porque estu- viera pensando, sino porque no podía pensar. ¿Una paladar?, ¿en mi casa? Pero a la media hora ya yo sabía que esa era la solución, y me di a la ardua tarea de convencer a mi madre, que después de ofrecer media hora más de resistencia, dijo: «Está bien». Claro, ella no sabía aún cuánto iba a trabajar en ese proyecto que aquella tarde solo se trazaba.

Lo inauguramos el día 5 de diciembre de 1995. Se llamó Paradi- so. Nosotras éramos sus esclavas. Cada día de cada mes de cada año comenzábamos a trabajar a las 6 AM y terminábamos a las 6 AM. No recuerdo haber dormido más de dos horas, y siempre alternas, si una dormía era porque la otra estaba despierta.

En Paradiso conocí a prostitutas, hombres que se vendían al mejor postor, proxenetas, vividores, rentadores, guapos, borra- chos, vendedores, ladrones, mercachifles, extranjeros, locos, toda una casta non casta. Aunque de vez en cuando tenía clientes agradables que solo discutían por la música. Seguí todo ese largo tiempo editando libros, pues no tenía ninguna seguridad en el futuro del restaurante. La vida me dio la razón, y me alegro, porque aquel trabajo llevado por dos o tres personas era casi inhumano, sobre todo teniendo en cuenta que nosotras jamás habíamos pensado ser gastronómicas. Pero comimos. Y eso era entonces lo necesario. Comer para sobrevivir, comer para resistir, comer y dejar de saquear la casa.

En octubre de 1996, durante dieciséis días, me coloqué los audífonos de una walkman que reproducía la música «Equi- noccio» de Jarré, y mientras preguntaba e informaba: «¿Qué 1 Paladar: Restaurantes privados, llamados así por una popular te-

desea comer? Hay bisté de cerdo, congrí…», escribí Papeles de un naufragio. Un homenaje a la abnegación de mi madre, a mi tesón, a la vida, que me había permitido alcanzar una técnica alquímica que nos impidió seguir vendiendo nuestra herencia materna: la casa.

Mantuvimos Paradiso hasta junio de 1998, y cerramos no por voluntad propia; pero cuando escuchamos una de las músicas que allí se oían, o cuando algo nos devuelve a ese tiempo, nuestros corazones laten desordenadamente y sentimos una profunda aversión. Fue un sacrificio que el paso de los años convierte en un recuerdo difícil.

Si tuviera que confesar públicamente qué ganamos en este naufragio, diría que un libro, y el hoy. Añadiría que pagamos por ambos un precio muy alto, tanto, que ya no podríamos volverlos a obtener. Esta noche en que escribo unas líneas para un amigo, miro las paredes humedecidas, las ventanas despintadas, el por- tal de mi niñez, los altos muros que nos separan de los vecinos, las puertas que aún se abren, y siento una extraña sensación de apego por todo lo que salvamos del naufragio.

Mi madre se mece frente al televisor. Mi hijo ve 21 gramos. Ha tornado la calma. Por ahora no será necesario que me inquiete buscando una nueva forma de estar en la vida.

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