Chapter 4: Methodology and Research Methods
4.3 The research design
4.3.9 Data analysis
Christon I. Archer,
Universidad de Calgary1 Archer, 1989, pp. 63-84; Archer, 1992a, pp. 69-93. 2 Archer, 1992c, pp. 14-28.
Entre 1820 y 1821, con el pleno reconocimiento de la imposibilidad de continuar una guerra interminable con las fuerzas disponibles (los expedicionarios y el ejército de Nueva España), Agustín de Iturbide y sus asociados en ambos lados del conflicto desarrollaron el concepto del Plan de Iguala y el Ejército de las Tres Garantías. La idea de avanzar la causa de Religión, Inde- pendencia y Unión representó una solución brillante: la integración de las fuerzas enemigas al ejército trigarante, la derrota casi espontánea de los realistas, y la expulsión del país de los sobrevivientes de los regimientos expedicionarios fieles a España. Después de una década de guerra y a falta de mejor opción, muchos de los beligerantes de ambos lados aceptaron esta solución que terminaba el empate violento que durante una década había amenazado el futuro del país.
La naturaleza de la insurgencia mexicana
Para los observadores de la insurgencia en Nueva España, y en particular para los oficiales y comandantes realistas, la guerra de las gavillas de insurgentes se asemejaba a una forma de anarquía masiva o a un estado de caos casi interminable e inexplicable. En el caso de los movi- mientos de los jefes más importantes, Miguel Hidalgo o José María Morelos, los realistas podían identificar a los líderes sobresalientes y luego hacer planes estratégicos y tácticos para las cam- pañas ofensivas dirigidas al centro de su poder con el objetivo de cortar las líneas de comuni- cación y abasto. Con la excepción de la ciudad de Oaxaca, ocupada durante un periodo muy breve por las fuerzas de Morelos, la insurgencia tenía un carácter rural y muchas veces estaba situada en las regiones más escabrosas del país. En el Bajío, el sur de Nueva España, y particu- larmente en la provincia de Veracruz, las gavillas de insurgentes operaban desde montañas y barrancos escarpados, en un clima a menudo extremadamente difícil para los soldados con- trainsurgentes y particularmente para los expedicionarios españoles que sufrieron mucho como consecuencia del clima mortífero, las serranías “impracticables” y los innumerables insectos nocivos.3
Félix Calleja del Rey, un oficial realista con una carrera brillante en Nueva España y un extenso conocimiento de la geografía y posteriormente virrey guerreador (1813-1816), escribió mucho acerca de la naturaleza de la guerra.4Durante su campaña a Zitácuaro y Cuautla Amilpas con el
Ejército del Centro en busca del ejército de Morelos, explicó en detalle las dificultades insalva- bles para las fuerzas realistas de la infantería, los dragones y la caballería. En las afueras de las ciudades y en sus regiones inmediatas, Calleja estimaba que el ochenta por ciento de los habi- tantes de los pueblos y de los distritos rurales querían la victoria de la rebelión.5Cada columna
de las tropas del ejército realista en movimiento o en las operaciones de guerra se sentía rode- ada de enemigos y de una población extremadamente hostil. En un país de clima caluroso, y con soldados heridos o que sufrían de disentería, de fiebres o en muchos casos de enfermeda- des venéreas, los comandantes realistas expresaban el miedo a una derrota que los obligara a abandonar a sus hombres a las crueldades de los insurgentes. Además, Calleja advirtió a sus colegas que, en general, los comandantes realistas de los distritos no comprendían la situación militar estratégica fuera del territorio inmediato de su jurisdicción. Por esta razón, dichos oficia-
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3 Archer, 1997, pp. 123-176. 4 Archer, 1994b, pp. 33-56.
5 Archivo General de la Nación de México (en adelante AGN), Operaciones de Guerra (en adelante OG), t. 190, Félix Calleja del Rey al virrey Francisco Javier Venegas, cerca de Zitácuaro, 1 de agosto de 1811.
les casi siempre utilizaban su autoridad para efectuar la requisición de los pertrechos, los víve- res, las armas, y aun de los soldados realistas que por ventura transitaban por sus territorios. Como resultado, las unidades militares se desorganizaron, la disciplina diminuyó y el nivel de deserción aumentó.6
Esta situación no había cambiado en 1818 cuando un secretario español de los rebeldes, Antonio Basilio Vallejo, sufrió la mala suerte de ser capturado en la provincia de Guanajuato por las fuerzas realistas. Durante su interrogación, Vallejo describió una insurgencia de nume- rosas gavillas pequeñas muy activas que operaban sin contactos regulares o mediante la comu- nicación directa con las otras gavillas de su región. Informó que la captura de o el indulto realista dado a un cabecilla insurgente pocas veces cambiaría la opinión de la gente porque aún los sujetos fieles “son insurgentes de corazón”. Para mantener la paz en todos los distritos el lado realista tenía que establecer guarniciones y amenazar con el uso de la fuerza a la pobla- ción civil de los pueblos.7
Prácticamente en todas las regiones de Nueva España en donde la insurgencia se arraigaba era posible identificar las ciudades y los distritos circundantes como territorios realistas. Los insurgentes gobernaban los distritos rurales, la tierra de los lagos y marismas, y los vastos espacios casi vacíos ocupados por las selvas, las montañas y los desiertos. En estas áreas los cabecillas construían sus “nidos” fortalecidos que servían de centros a sus pequeños imperios. Si los realistas querían entrar en estos territorios tenían que organizar una verdadera expedi- ción armada con infantería, dragones, caballería y artillería de campaña. Confrontadas por una fuerza realista muy bien armada, en general las gavillas simplemente evitaban el combate contra las tropas mejor armadas y disciplinadas del rey.8 En otras ocasiones, los insurgentes
construían una fortaleza en el pico de una montaña inaccesible o en una isla como la Isla de Mezcala en el Lago de Chapala, que forzaba a las autoridades realistas a organizar bloqueos y sitios muy costosos y destructivos.9Aunque el liderazgo de algunas de las gavillas expresó las
ideas de la época sobre la autonomía y representación en unas Cortes o Congreso, muchas veces los combatientes tenían raíces en su suelo natal y su énfasis mayor se centraba en la pro- piedad de la tierra, el derecho al agua, y el deseo de evitar la mano dura de los administrado- res arbitrarios que representaban el régimen de la ciudad de México, de la provincia, o de los grandes hacendados.10
La primera expedición de los cuerpos españoles de línea
De 1812 hasta la caída definitiva de la provincia de Nueva España en 1821, los regimientos expedicionarios de la metrópoli jugaron un papel muy importante en las operaciones contrain- surgentes. Los despachos del virrey Francisco Javier Venegas durante los primeros dos años de la insurrección reflejaban el enojo y las espantosas pesadillas de los comandantes realistas. Félix Calleja, comandante del Ejército del Centro, describió el conflicto como “una guerra de
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6 AGN, OG, t. 190, Félix Calleja del Rey al virrey Francisco Javier Venegas, cerca de Zitácuaro, 1 de agosto de 1811.
7 AGN, Indiferente de Guerra (en adelante IG), vol. 153, declaración tomada al secretario de los rebeldes, Antonio Basilio Vallejo por el señor coronel Juan Josef Racacho, 24 de enero de 1818. Después de la interrogación, Vallejo fue pasado por las armas por sus crímenes.
8 Archer, 2002a, pp. 423-438; Archer, 2002b, pp. 335-360.
9 Ortiz Escamilla, 1997, pp. 130-137; Archer, 1992b, pp. 537-548; Archer, 1998, pp. 84-128. 10 Archer, 1998, pp. 63-92; Archer, 1994a, pp. 63-98.
ladrones”.11José de la Cruz, un oficial español con mucha experiencia en el combate contra los
franceses en España, llegó a Nueva España en 1810 durante los primeros meses de la rebelión y respondió a las órdenes urgentes de Venegas para ofrecer ayuda inmediata a la organización de las fuerzas contrainsurgentes. Desde el puerto de Veracruz, a pesar de los caminos bloquea- dos, Cruz obtuvo un caballo y galopó a toda prisa hacia la capital para comenzar su carrera en defensa del régimen. Dominado por un espíritu vengativo que dirigió contra los rebeldes, en junio de 1811 Cruz respondió a una carta de Félix Calleja desde León: “Ya estoy haciendo hace dos meses la guerra a muerte y entre los pueblos diezmados y rebeldes aprehendidos por las divisiones me parece que pasan [de] 600 los que existen colgados”.12Con su fuerza de opera-
ciones, Cruz atacó las gavillas desorganizadas describiéndolas como gavillas de ladrones y apoyó el uso de las divisiones volantes del ejército “[...] para aniquilar la chusma reunida en diversos y distantes puntos. La experiencia me ha hecho ver —aseguraba Cruz— que cualquier cabecilla que reúne 600 hombres, si no se ponen tropas en marcha inmediatamente para des- truirlo crece en el término de un mes hasta seis mil hombres”. Cruz continuó el desarrollo de esta línea de pensamiento, e informó a Calleja que, en su opinión, “La Rebelión renace y crece como la hierba”, concluyendo que “Todo el Sur de esta provincia (Nueva Galicia) y casi todo el Oeste están dados al diablo”.13
El 11 de enero de 1811 el ejército de Calleja derrotó completamente a la enorme fuerza del padre Miguel Hidalgo en la batalla del Puente de Calderón cerca de Guadalajara, con la pérdida en el lado insurgente de un número estimado por los realistas de seis a siete mil muertos. A pesar de su éxito en el campo de batalla, los comandantes realistas carecían de confianza para publi- car la proclamación de una victoria total en la guerra. Por su parte, después de la batalla de Cal- derón, Calleja concluyó: “[…] no puedo menos de manifestarle que estas tropas (los realistas) se componen en general de gente bisoña poco o nada imbuida en los principios del honor y entusiasmo militar”.14Calleja informó al virrey Venegas: “Este vasto Reino pesa demasiado sobre
una Metrópoli cuya subsistencia vacila: sus naturales y aún los Europeos están convencidos de las ventajas que resultarían de un gobierno independiente, y si la insurrección absurda de Hidalgo se hubiera apoyado sobre esta base, me parece según observo, que hubiera sufrido bien poca oposición”.15
Para subrayar la atmósfera de destrucción por los daños sufridos, los comandantes realistas se sintieron sumergidos en una insurgencia extremamente fragmentada y bajo la amenaza de una revolución social en la que el pueblo llano pudiera destruir totalmente el reino. Como se puede imaginar, las autoridades del gobierno metropolitano en Cádiz recibieron las noticias de los terribles eventos con mucha inquietud. Aun después de la derrota de la rebelión del padre Hidalgo en el campo de batalla, era muy obvio que las fuerzas invocadas por la insurgencia se habían extendido ya a otras partes del país, y que un movimiento rural de los pueblos y cam- pesinos podía transformarse para perseguir sus oscuros objetivos. Los observadores realistas describieron el crecimiento de la rebelión como una epidemia terrible, una plaga, una fuerza eléctrica, y utilizando la historia lo compararon con las invasiones de las tribus bárbaras de Asia que habían atacado Europa, particularmente la de los Tártaros.16Aun en las provincias del Bajío, 200 R E V I S I Ó N H I S T Ó R I C A D E L A G U E R R A D E I N D E P E N D E N C I A E N V E R A C R U Z
11 AGN, OG, t. 145, Félix Calleja a José de la Cruz, 10 de julio de 1811. 12 AGN, OG, t. 145, José de la Cruz a Calleja, León, 9 de julio de 1811. 13 AGN, OG, t. 145, Cruz a Calleja, 2 de septiembre de 1811.
14 AGN, OG, t. 171, Calleja a Venegas, Campo de Zapotlanejo, 18 de enero de 1811. 15 AGN, OG, t. 171, Calleja a Venegas, Reservado, Guadalajara, 27 de enero de 1811.