3. Data and the Construction of the Dependent Variable
3.1. The Data Base and Sample Selection
El concepto del hombre activo, productivo, que capta y abarca al mundo objetivo con sus propias facultades no puede ser plenamente comprendido sin el concepto de la
negación de la productividad: la enajenación. Para Marx, la historia de la humanidad
es una historia del desarrollo creciente del hombre y, al mismo tiempo, de su creciente enajenación. Su concepto del socialismo es la emancipación de la enajenación, la vuel- ta del hombre a sí mismo, su autorrealización.
La enajenación (o "extrañamiento") significa, para Marx, que el hombre no se ex- perimenta a sí mismo como el factor activo en su captación del mundo, sino que el mundo (la naturaleza, los demás y él mismo) permanece ajeno aél. Están por encima y en contra suya como objetos, aunque puedan ser objetos de su propia creación. La ena- jenación es, esencialmente, experimentar al mundo y a uno mismo pasiva, receptiva- mente, como sujeto separado del objeto.
Todo el concepto de la enajenación encontró su primera expresión en el pensa- miento occidental en el concepto de idolatría del Antiguo Testamento.1 La esencia de lo que los profetas llaman "idolatría" no es que el hombre adore a muchos dioses en vez de a uno solo. Es que los ídolos son obras de la mano del hombre, son cosas y el hombre se postra y adora a las cosas: adora lo que él mismo ha creado. Al hacerlo, se transforma en cosa. Transfiere a las cosas de su creación los atributos de su propia vida y en lugar de reconocerse a sí mismo como la persona creadora, está en contacto con- sigo mismo sólo a través del culto al ídolo. Se ha vuelto extraño a sus propias fuerzas vitales, a la riqueza de sus propias potencialidades y está en contacto consigo mismo sólo indirectamente, como sumisión a la vida congelada en los ídolos.2
La muerte y el vacío del ídolo se expresan en el Viejo Testamento: "Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen", etc. Cuanto más transfiere el hombre sus propias fa- cultades a los ídolos más pobre se vuelve y más dependiente de los ídolos, para que éstos le permitan recuperar una parte pequeña de lo que originalmente le correspondía. Los ídolos pueden ser una figura que represente a la divinidad, el Estado, la Iglesia, una persona, objetos poseídos. La idolatría varía sus objetos; no se encuentra de nin- guna manera, únicamente, en aquellas formas en las que el ídolo tiene un pretendido sentido religioso. La idolatría es siempre el culto de algo en lo que el hombre ha colo- cado sus propias facultades creadoras y a lo que después se somete, en vez de recono- cerse a sí mismo en su acto creador. Entre las diversas formas de enajenación, la más
1
1 La relación entre enajenación e idolatría ha sido subrayada también por Paul Tillich en Der Mensch im Christentum und im Marxismus, Dusseldorf, 1953, p. 14. Tillich señala también en otra conferencia, "Protestantische Vision", que el concepto de enajenación se encuentra también, sustancialmente, en el pensamiento agustiniano.
Lowrth ha advertido, por su parte, que lo que Marx combate no son los dioses, sino los ídolos (cf. Von Hegel zu Nietzsche, p. 378).
2
Ésta es también, por cierto, la psicología del fanático. Está vacío, muerto, deprimido pero para compen- sar el estado de depresión y muerte interior, escoge un ídolo, ya sea el Estado, un partido, una idea, la Iglesia o Dios. Convierte a este ídolo en lo absoluto y se somete a él totalmente. Al hacerlo, su vida cobra sentido y encuentra un estímulo en la sumisión al ídolo escogido. Su entusiasmo no surge, sin embargo, del goce en la relación productiva; es un entusiasmo intenso pero frío, construido sobre la muerte interior o, si se quiere expresarlo simbólicamente, es "hielo ardiente".
frecuente es la enajenación en el lenguaje. Si expreso un sentimiento con una palabra, si digo, por ejemplo, "Te amo", la palabra indica la realidad que existe dentro de mí, la fuerza de mi amor. La palabra "amo" es un símbolo del hecho amor, pero tan pronto como se pronuncia tiende a asumir una vida propia, se convierte en realidad. Me hago la ilusión de que el pronunciar la palabra equivale a la experiencia y pronto digo la palabra y no siento nada, salvo la idea de amor que la palabra expresa. La enajenación del lenguaje demuestra la gran complejidad de la enajenación. El lenguaje es una de las más preciosas realizaciones humanas: evitar la enajenación dejando de hablar sería tonto y, sin embargo, hay que tener en cuenta siempre el peligro de la palabra hablada, que amenaza con sustituir a la experiencia vivida. Lo mismo es válido para todas las demás realizaciones del hombre; las ideas, el arte, cualquier clase de objetos fabricados por el hombre. Son creaciones del hombre; son auxiliares valiosos para la vida y, no obstante, cada uno de ellos constituye también una trampa, una tentación de confundir la vida con las cosas, la experiencia con los artefactos, el sentimiento con la renuncia y la sumisión. Los pensadores de los siglos XVIII y XIX criticaban a su época por su creciente rigidez, vacío y muerte. En el pensamiento de Goethe fue piedra angular el mismo concepto de la productividad que es central en Spinoza, lo mismo que en Hegel y Marx. "Lo divino —dice— es efectivo en lo que está vivo, pero no en lo que está muerto. Es lo que está en movimiento y en desarrollo, pero no lo que está concluido y rígido. Por eso la razón, en su tendencia hacia lo divino, se ocupa sólo de lo que se mueve, de lo que está vivo, mientras que el intelecto se ocupa de lo que está concluido y rígido, para utilizarlo."1
Encontramos críticas semejantes en Schiller y Fichte y en Hegel y Marx, quien hace una crítica general de que, en su época, "la verdad carezca de pasión y la pasión de verdad".2
Esencialmente, toda la filosofía existencialista desde Kierkegaard es, como dice Paul Tillich, "un movimiento de rebelión con más de cien años de vida contra la des- humanización del hombre en la sociedad industrial". En realidad, el concepto de enaje- nación es, en lenguaje no teísta lo que, en términos teístas, podría llamarse "pecado": la cesión que hace el hombre de sí mismo, de Dios dentro de sí mismo.
El pensador que acuñó el concepto de enajenación fue Hegel. Para él, la historia del hombre era, al mismo tiempo, la historia de la enajenación del hombre (Entfrem-
dung). "Lo que busca realmente el espíritu —escribió en la Filosofía de la Historia—,
es la realización de su idea; pero, al hacerlo, esconde ese fin a su propia visión y siente orgullo y satisfacción en esta enajenación de su propia esencia."3 Para Marx, como para Hegel, el concepto de enajenación se basa en la distinción entre existencia y esen- cia, en el hecho de que la existencia del hombre está enajenada de su esencia; que, en realidad, no es lo que potencialmcnte es o, para decirlo de otra manera, que no es lo
que debiera ser y debe ser lo que podría ser.
Para Marx, el proceso de la enajenación se expresa en el trabajo y en la división
del trabajo. El trabajo es, para él, la relación activa del hombre con la naturaleza, la creación de un mundo nuevo, incluyendo la creación del hombre mismo. (La actividad
1
Conversación de Eckermann con Goethe, 18 de febrero de 1829, publicada en Leipzig, 1894, p. 47. (Traducción de E. F.)
2
El 18 Brumario de Luis Bonaparte.
3
intelectual es siempre por supuesto, para Marx, trabajo, lo mismo que la actividad ma- nual o artística.)
Pero, a medida que la propiedad privada y la división del trabajo se desarrollan, el trabajo pierde su carácter de expresión de las facultades del hombre; el trabajo y sus productos asumen una existencia separada del hombre, "su voluntad y su planeación. "El objeto producido por el trabajo, su producto, se opone ahora a él como un ser aje-
no, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es trabajo en-
carnado en un objeto y convertido en cosa física; este producto es una objetivación del trabajo."1 El trabajo está enajenado porque ha dejado de ser parte de la naturaleza del trabajador y "en consecuencia, no se realiza en su trabajo sino que se niega, experi- menta una sensación de malestar más que de bienestar, no desarrolla libremente sus energías mentales y físicas, sino que se encuentra físicamente exhausto y mentalmente abatido. El trabajador sólo se siente a sus anchas, pues, en sus horas de ocio, mientras que en el trabajo se siente incómodo".2 Así, en el acto de la producción la relación del trabajador con su propia actividad se experimenta "como algo ajeno y que no le perte- nece, la actividad como sufrimiento (pasividad), la fuerza como debilidad, la creación como castración".3 Mientras que el hombre se enajena así de sí mismo, el producto del trabajo se convierte en un “objeto ajeno que lo domina. Esta relación es, al mismo tiempo, la relación con el mundo sensorial externo, con los objetos naturales, como mundo ajeno y hostil.”4 Marx subraya dos puntos: 1) en el proceso del trabajo, y espe- cialmente del trabajo en las condiciones del capitalismo, el hombre se enajena de sus propias facultades creadoras y 2) los objetos de su trabajo se convierten en seres ajenos y llegan a dominarlo, se convierten en fuerzas independientes del productor. "El obrero existe para el proceso de producción y no éste para el obrero."5
En este punto está muy difundida una mala interpretación de Marx, aun entre los socialistas. Se cree que Marx hablaba sobre todo de la explotación económica del tra- bajador y del hecho de que su participación en el producto no fuera tan grande como debiera o de que el producto debía pertenecerle, en vez de al capitalista. Pero, como ya lo he demostrado, el Estado como capitalista, como en la Unión Soviética, no habría sido mejor acogido por Marx que el capitalista privado. Lo que le preocupa esencial- mente no es la igualación del ingreso. Le preocupa la liberación del hombre de un tipo de trabajo que destruye su individualidad, que lo transforma en cosa y que lo convierte en esclavo de las cosas. Como Kierkegaard, se preocupaba por la salvación del indivi- duo y su crítica de la sociedad capitalista se dirige no a su método de distribución del ingreso, sino a su modo de producción, su destrucción de la individualidad y su escla- vización del hombre, no por el capitalista, sino la esclavización del hombre — trabajador y capitalista— por las cosas y las circunstancias de su propia creación.
Marx va aún más lejos. En el trabajo no enajenado, el hombre no sólo se realiza como individuo sino también como especie. Para Marx, como para Hegel y otros mu- chos pensadores de la Ilustración, cada individuo representaba a la especie, es decir, a
1 Véase Apéndice I, p. 105. 2 Véase Apéndice I, p. 108. 3 Véase Apéndice I, p. 109. 4 o Véase Apéndice I, p. 109. 5 10 El capital, t. I, p. 410.
la humanidad como un todo, la universalidad del hombre; el desarrollo del hombre conduce al desenvolvimiento de toda su humanidad. En el proceso del trabajo "no se reproduce ya sólo intelectualmente, como en la conciencia, sino activamente y en un sentido real, y contempla su propio reflejo en un mundo que él ha construido. Al mis- mo tiempo que el trabajo enajenado arrebata al hombre el objeto de su producción, también le arrebata su vida como especie, su objetividad real como especie y transfor- ma su ventaja sobre los animales en una desventaja, en tanto que su cuerpo inorgánico, la naturaleza, le es arrebatada. Así como el trabajo enajenado transforma la actividad libre y autodirigida en un medio, transforma la vida del hombre como especie en un medio de la existencia física. La conciencia, que el hombre tiene de su especie, se transforma mediante la enajenación de modo que la vida de la especie se convierte en sólo un medio para él."1
Como antes indiqué, Marx suponía que la enajenación del trabajo, aunque existen- te a lo largo de toda la historia, alcanza su cima en la sociedad capitalista y que la clase trabajadora es la más enajenada. Este supuesto se basaba en la idea de que el trabaja- dor, al no participar en la dirección del trabajo, al ser "empleado" como parte de las máquinas a las que sirve, se transforma en una cosa por su dependencia del capital. De ahí que, según Marx, "la emancipación de la sociedad de la propiedad privada, de la servidumbre, tome la forma política de la emancipación de los trabajadores; no en el sentido de que sólo se trate de la emancipación de éstos, sino porque esta emancipa- ción incluye la emancipación de la humanidad entera. Porque toda la servidumbre humana está implícita en la relación del trabajador con la producción y todos los tipos de servidumbre sólo son modificaciones o consecuencias de esta relación".2
Hay que subrayar, además, que el fin de Marx no se limita a la emancipación de la clase trabajadora, sino que tiende a la emancipación del ser humano a través de la resti- tución de la actividad enajenada, es decir, de la actividad libre de todos los hombres y a una sociedad en la que el hombre, y no la producción de cosas, sea el fin, en la que el hombre deje de ser "un monstruo paralítico para convertirse en un ser humano plena- mente desarrollado". El concepto de Marx del producto enajenado del trabajo se expre- sa en uno de los temas más fundamentales desarrollados en El capital, en lo que él llama "el fetichismo de la mercancía". La producción capitalista transforma las rela- ciones de los individuos en cualidades de las cosas mismas y esta transformación cons- tituye la naturaleza de la mercancía en la producción capitalista. "Y forzosamente tiene que ser así, en un régimen de producción en que el obrero existe para las necesidades de explotación de los valores ya creados, en vez de existir la riqueza material para las necesidades del desarrollo del obrero. Así como en las religiones vemos al hombre esclavizado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista le ve- mos esclavizado por los productos de su propio brazo."3 "La maquinaria se adapta a la debilidad del ser humano, para convertir al débil ser humano en una máquina."4
La enajenación del trabajo en la producción del hombre es mucho mayor que cuando la producción era artesanal y de manufactura. "En la manufactura y en la in- dustria manual, el obrero se sirve de la herramienta: en la fábrica, sirve a la máquina.
1 Véase Apéndice 1, p. 112. 2 Véase Apéndice I, pp. 116-7. 3 El capital, t. I, p. 254. 4 Véase Apéndice I, p. 151.
Allí, los movimientos del instrumento de trabajo parten de él; aquí, es él quien tiene que seguir sus movimientos. En la manufactura, los obreros son otros tantos miembros de un mecanismo vivo. En la fábrica existe por encima de ellos un mecanismo muerto, al que se les incorpora como apéndices vivos".1 Es de la mayor importancia para la comprensión de Marx advertir cómo el concepto de la enajenación era y siguió siendo el punto central del pensamiento del joven Marx, que escribió los Manuscritos econó-
micofilosóficos, y del "viejo" Marx que escribió El capital. Aparte de los ejemplos que
ya hemos dado, los siguientes pasajes, uno de los Manuscritos y otro de El capital, manifiestan claramente esta continuidad:
"Este hecho supone simplemente que el objeto producido por el trabajo, su produc- to, se opone ahora a él como un ser ajeno, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es trabajo encarnado en un objeto y convertido en cosa física; este producto es una objetivación del trabajo. La realización del trabajo es, al mismo tiempo, su objetivación. La realización del trabajo aparece en la esfera de la economía política como una invalidación del trabajador, la objetivación como una pérdida y co- mo servidumbre al objeto y la apropiación como enajenación.”2
Esto es lo que escribió Marx en El capital: "Dentro del sistema capitalista, todos los métodos encaminados a intensificar la pieza productiva social se realizan a expen- sas del obrero individual; todos los medios enderezados al desarrollo de la producción se truecan en medios de explotación y esclavizamiento del productor, mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre fragmentario, lo rebajan a la categoría de apéndice de la máquina, con la tortura de su trabajo destruyen el contenido de éste, le enajenan las potencias espirituales del proceso del trabajo en la medida en que a éste se incorpora la ciencia como potencia independiente."3
El papel de la propiedad privada (no, por supuesto, como propiedad de los objetos de uso, sino como capital que alquila trabajo) ya había sido claramente percibido por el joven Marx en su función, enajenante: "La propiedad privada —escribió— es, pues, el producto, el resultado necesario, del trabajo enajenado, de la relación externa del tra- bajador con la naturaleza y consigo mismo. La propiedad privada se deriva, así, del análisis del concepto del trabajo enajenado; es decir, el hombre enajenado, el trabajo enajenado, la vida enajenada y el hombre separado."4
No es sólo que el mundo de las cosas domine al hombre sino también que las cir-
cunstancias sociales y políticas que éste crea se adueñan de él. ".. .esta consolidación
de nuestros propios productos en un poder material erigido sobre nosotros, sustraído a nuestro control, que levanta una barrera ante nuestra expectativa y destruye nuestros cálculos, es uno de los momentos fundamentales que se destacan en todo el desarrollo histórico anterior."5 El hombre enajenado que cree haberse convertido en amo de la naturaleza, se ha convertido en esclavo de las cosas y las circunstancias, en apéndice impotente de un mundo que es, al mismo tiempo, la expresión congelada de sus pro- pias facultades. 1 El capital, t. I, p. 349. 2 Véase Apéndice I, p. 105. 3 El capital, t. 1, p. 547. 4 18 Véase Apéndice I, p. 115. 5 19 La ideología alemana, p. 33.
Para Marx, la enajenación en el proceso del trabajo, del producto del trabajo y de las circunstancias, está inseparablemente relacionada con la enajenación de uno mis- mo, de nuestros semejantes y de la naturaleza. "Una consecuencia directa de la enaje- nación del hombre del producto de su trabajo, de su actividad vital y de su vida como especie es que el hombre se enajena de los demás hombres. Cuando el hombre se con- fronta a sí mismo, también confronta a otros hombres. Lo que es cierto de la relación del hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo también lo es de su relación con los demás hombres, con el trabajo de éstos y con los objetos de su trabajo. En general, la afirmación de que el hombre se enajena de su vida como es- pecie significa que cada hombre está enajenado en relación con los otros y que cada uno de los otros está, a su vez, enajenado de la vida humana."1 El hombre enajenado