• No results found

5.3 Model specification, Data and Methodology

5.3.2 Data and Choices of Variables

La física y la metafísica de Campanella no son fin en sí mismas. Constituyen la base de una reforma religiosa que, según las esperanzas de Campanella, habría de reunir a todo el género humano en una sola comunidad política. Por temperamento y vocación Campanella es un profeta religioso que quiso realizar en la vida y el pensamiento su ideal de un Estado teológico universal. Una vez trazado en la Ciudad del sol el ideal perfecto que su mente acariciaba, se dedicó a buscar los medios por los cuales pudiera realizarlo. Encarcelado por la monarquía española identificó justamente en la monarquía de España el brazo secular que debía conducir al mundo a la unificación religiosa. Puesto en libertad y desilusionado de España se dirigió a Francia esperando de la monarquía francesa la realización de su ideal. Aceptaba por anticipado las transacciones que esa puesta en práctica le costaría en términos de la pureza de su ideal, justo porque se sentía más legislador y profeta que filósofo.

Sin embargo, a despecho de las oscilaciones de su pensamiento respecto al brazo secular que hubiera debido actuarlo, se mantuvo fiel toda la vida a su ideal religioso-político.

Reconocía en el catolicismo la religión auténtica, la que mejor expresa la religión natural, es decir, conforme a la razón y por lo tanto apta para todos los pueblos de la tierra. En la Ciudad del

sol expone esta religión natural y traza la estructura de un Estado perfecto, gobernado por un príncipe —sacerdote con el título de Sol o Metafísico, asistido por tres príncipes colaterales Pon, Sin y Mor, es decir, potestad, sabiduría y amor, las tres primalidades de la metafísica.

El Estado, en el que todo está regulado minuciosamente por hombres de ciencia, se caracteriza por la comunidad de los bienes y las mujeres (según el modelo de Platón) y por la religión natural. La religión de los solares se ciñe a los dictados de la pura razón y se identifica con la metafísica campanelliana.

Campanella afirma que el cristianismo ―nada añade a la ley natural, sino los sacramentos‖ y que, por lo tanto, ―la verdadera ley es la cristiana y que, eliminados los abusos, será señora del mundo‖. Esta religión natural es innata (indita) en todos los hombres y es el fundamento de todas las religiones positivas que, respecto a aquélla, son adquiridas o sobrepuestas (religio addita) y pueden ser imperfectas e incluso falsas mientras que la innata es siempre verdadera. Sin embargo, la religión innata no puede prescindir de la adquirida. La religión innata es propia de todos los seres naturales que, teniendo como origen a Dios tienden a retornar a Él; la religión adquirida es propia únicamente de los hombres y, en consecuencia, es la única que implica mérito y valor moral. La religión indita es la norma con que se mide el valor de las diversas religiones positivas. Pero en cuanto norma no tiene valor si no es en relación con lo que norma; de esa forma la religión indita no vale sino en relación con la addita, de la que es fundamento.

Por consiguiente, Campanella debía indicar en la religión indita el fundamento y la norma de todas las religiones positivas a fin de promover el retorno del género humano, dividido en diferentes sectas religiosas, a la única religión verdadera; pero, al mismo tiempo, tenía que reconocer esta religión verdadera en una de las religiones positivas, precisamente en aquella que mejor se ajustara a la religión natural. De conformidad con esto, demostraba que el catolicismo es la religión que más se aproxima a la religión indita y abogaba por una reforma que lo acercara aún más a la religión natural.

Desde muchos puntos de vista, la Ciudad del sol parece una reedición, en clave naturalista, del viejo milenarismo cristiano que siglos antes había tenido su mayor expresión, precisamente en Calabria, con Gioacchino da Fiore. Por lo que se refiere al tono y a la profundidad del análisis nos hallamos muy lejos de la Utopía de Moro; no se trata de un ―experimento mental‖ como el del ilustre inglés, sino de un manifiesto de propaganda en pro de una efectiva revolución que habría de intentarse de inmediato sin reparar en los medios.

Sin embargo, no faltan intuiciones felices, las más interesantes de las cuales son de carácter social y pedagógico.

A diferencia de Platón, Campanella no admite ninguna división en clases o diferencias de dignidad entre artes liberales y ―mecánicas‖. Como en Moro, todos deben trabajar ―repartiéndose todas las artes y fatigas, nadie se fatigará más de cuatro horas diarias; de forma que todo el resto será aprender jugando, disputando, leyendo, enseñando, caminando y siempre con gozo‖.

Para demostrar que la jornada de cuatro horas no es demasiado corta, Campanella analiza la situación del Nápoles en su tiempo, donde en una población de setenta mil personas sólo quince mil trabajan, o, por mejor decir, se matan de trabajo para sostenerlos a todos ―mientras los restantes se abandonan al ocio, o son presa de la estupidez, la avaricia, las enfermedades, la voluptuosidad y la sed de placeres‖. Muy diferente sería la situación si todos trabajaran, porque entonces el tiempo libre podría utilizarse sabiamente, como antes se ha dicho, prolongando y enriqueciendo incluso en la edad adulta una formación educativa basada en el principio del aprender jugando. Es esto precisamente lo que hacen los solares, que desde su infancia reciben una educación libre y gozosa orientada hacia fines enciclopédicos que recuerdan los de Rabelais.

El método predominante es el que hoy denominaríamos ―intuitivo‖: las siete murallas que circundan a la ciudad están labradas de modo que son como una enciclopedia visual que abarca todas las ciencias y artes, y los niños aprenden ahí el alfabeto y muchas otras cosas a medida que pasean en fila guiados por los maestros. De esa forma ―sin fastidio, jugando, antes de llegar a los diez años conocen ya históricamente todas las ciencias‖.

Asimismo, los maestros ―les hacen jugar y correr para robustecerlos, y van siempre descalzos y despeinados hasta los siete años, y los conducen a los talleres de las artes para descubrir su inclinación‖.

Tampoco se descuidan las actividades agrícolas y se incita a los individuos para que practiquen todas las artes y ciencias que sean capaces de hacer bien, pues ―más nobleza se adquiere mientras más artes se aprenden y mejor se las ejecuta. Por lo que se ríen de nosotros porque a los artífices calificamos de innobles, mientras llamamos nobles a quienes ningún arte aprenden y están ociosos y mantienen en ocio y lascivia tantos sirvientes con ruina de la república‖.

Campanella tira violentos flechazos contra la pedantería gramatical y logicizante del aristotelismo, que en sus tiempos volvían a conquistar predominio en las escuelas, y, en general, contra los métodos empleados por culpa de los cuales ―el niño no contempla las cosas, sino los libros y se envilece el alma en aquellas cosas muertas, ni tampoco sabe cómo sostiene Dios a las cosas ni los usos de la naturaleza ni de las naciones‖.

Estudios y ocupaciones son comunes a varones y hembras, salvo las diferencias impuestas por el diverso grado de robustez, y se les enseña pintura y música en condiciones de absoluta igualdad.

Campanella abriga la seguridad plena de que con tales métodos los jóvenes pueden aprender muchísimo en un tiempo relativamente breve; por lo demás, como se ha visto, no fija un término al proceso de formación de los individuos. Los mejores se convertirán en filósofos-sacerdotes en bien de todos, sin envidias ni sospechas, dado que el régimen comunitario es una garantía contra la génesis de gran parte de los vicios humanos.