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10. VALUE OF SEAFOOD SAFETY: SPECIFIC STUDIES

10.1 Data Collection and Estimation Techniques

Hacia 1480, Eustache de la Fosse llegó al puerto de La Mina1, en el golfo de Guinea, con la intención de negociar las mercancías que transportaba y conseguir el mejor precio por ellas, a ser posible en oro. Según el relato de aquel viaje, probablemente redactado entre 1481 y 1493 y conservado en una copia de 1548, por aquel entonces había «(…) deux ports a ladicte Minne d’Or, dont la premiere a en nom

Chama2 et l’aultre, quy est 6 lieues plus loing, se nomme Aldee duos partz (…)»3. Dos

años más tarde, un grupo de expedicionarios al servicio de Juan II de Portugal finalizó la construcción del fuerte-factoría de San Jorge de La Mina, erigido en el puerto de Aldea de las Dos Partes, a unos 30 kilómetros de Esiama. Desde que, en 1471, João de Santarém y Pedro Escobar llegaran a aquellas latitudes y, especialmente, desde que la corona portuguesa decidiera la construcción de San Jorge de La Mina, las puertas de las regiones auríferas del Níger medio habían quedado abiertas para Europa y sus navegantes4. Los nombres de la mayoría de aquellas gentes de mar quedaron olvidados en el anonimato, pero algunos otros fueron registrados en la memoria histórica colectiva ya fuese por los relatos que se escribieron o por las exploraciones que harían tiempo después5. Entre 1471 y 1475, las islas de Fernando Poo, Santo Tomé y Príncipe fueron

1 Elmina, Ghana.

2 Esiama, en la región occidental de Ghana, a unos tres kilómetros al norte de Axim, localidad esta última

donde los portugueses erigieron, en 1515, el fuerte de San Antonio.

3 EUSTACHE, p. 34; cf. ibídem, pp. 16-19, para la datación de la redacción original. 4 DIFFIE y WINIUS (1977), Foundations, p. 147; HEERS (2003), Les négriers, p. 75.

5 Entre 1482 y 1483, por ejemplo, Cristóbal Colón, quien probablemente llegó a Portugal hacia 1476 y se

casó, tres años más tarde, con Filipa Moniz, hija de Bartolomé de Perestrello, capitán de Porto Santo, visitó el fuerte-factoría de San Jorge –MORALES (1971), “Los descubrimientos”, p. 460–. Durante la

década de 1480, la unión de Colón con la familia Perestrello le introdujo en la navegación hacia el mar de Guinea, lo que probablemente facilitó que tomara contacto con la volta da Guiné, técnica que consistía en evitar las corrientes y los vientos contrarios de la costa africana describiendo un arco en el interior del

dibujadas en la cartografía europea y, poco después, los lusitanos llegaron hasta el reino de Benín, donde, desde 1486, establecieron un factor para asegurar un flujo estable y continuo de esclavos hacia La Mina, donde los mercaderes portugueses podrían intercambiarlos por oro a los comerciantes autóctonos6.

A miles de kilómetros de distancia de la costa centro-occidental africana, dos años más tarde de la fundación de San Jorge de La Mina, las tropas turcas daban por concluida la conquista de las ciudades de Kiliya y Cetatea Albâ7, en la costa septentrional del mar Negro. Aquella victoria militar consolidaba la expansión imperial otomana, vigorizada definitivamente durante las campañas balcánicas y tras las conquistas de Constantinopla (1453), Trebisonda (1461), Tana (1471) y Caffa (1475), pero también ponía fin al dominio latino en el Ponto Euxino. Desde entonces, las redes comerciales interregionales que habían conectado Oriente y Occidente se adaptaron al nuevo contexto geopolítico. Las exportaciones de esclavos balcánicos, eslavos y orientales hacia Europa occidental, pero no hacia los grandes mercados de Estambul y Alejandría8, se redujeron drásticamente9. Y, de un modo parecido, los puertos del Egeo, que durante siglos habían funcionado como nexos comerciales entre las ciudades occidentales y los espacios de reserva orientales, fueron desplazados hacia posiciones

océano Atlántico para facilitar el regreso de las embarcaciones a la península ibérica, y que acabó impulsando el desarrollo de la navegación astronómica para poder determinar la posición exacta de las naves en alta mar; cf. MORALES (1971), “Los descubrimientos”, p. 450, ADÃO (2004/1999), Dal

Mediterraneo, p. 71, y, especialmente, TARDIEU (2002), L’Afrique, pp. 27-40.

6 MORALES (1971), “Los descubrimientos”, p. 457; VOGT (1973), “The Early”, p. 453; DIFFIE y WINIUS

(1977), Foundations, p. 147.

7 Bilhorod-Dnistrovskyi, Ucrania.

8 BRATIANU (1969), La mer Noire, p. 247; para la conquista otomana de Caffa, cf. ibídem, pp. 320 y ss. 9 Es preciso señalar que la distorsión del tráfico interregional de esclavos provocada por la expansión

otomana había comenzado bastante antes de que los turcos aseguraran su control sobre las aguas del mar Negro, y no precisamente en el espacio póntico. En 1416, las autoridades de Ragusa habían prohibido el comercio de esclavos y su venta en la ciudad, a no ser que se tratara de individuos destinados al trabajo local. Bajo el pretexto de ser una práctica abominable y vergonzosa que vendía como animales a seres creados a imagen y semejanza de Dios, lo que verdaderamente pretendía Ragusa obstaculizando la exportación de esclavos era atender las quejas de los señores de los territorios vecinos que veían como sus súbditos, por muy paganos que fueran, eran esclavizados y exportados mientras avanzaban los ejércitos otomanos –PINELLI (2008), “From Dubrovnik”, pp. 62-63–. De hecho, desde la década de 1360, la expansión turco-otomana en Macedonia, Tracia, el norte de Grecia, Albania y Bulgaria había puesto en movimiento una considerable cantidad de prisioneros búlgaros, albaneses, griegos, bosnios y serbios que alimentaba los mercados levantinos, como los de Candía o Famagusta, como bien señalaba, hacia 1432, Bertrand de la Broquière al asegurar haberse cruzado, cerca de Adrianópolis, con «environ quinze

hommes avec de grosses chaînes attachées à leur cou et bien dix femmes qui avaient été capturés récemment au royaume de Bosnie lors d’une razzia turque» –cap. 2, p. 181, n. 56–. Y por mucho que los

turcos avanzaran hacia territorio balcánico, o que las autoridades de Ragusa pretendieran, al menos de

iure, erradicar la exportación de hombres y mujeres, el comercio de esclavos continuaba siendo una

lucrativa actividad que atraía a comerciantes de geografías diversas. Tras las conquistas otomanas de Serbia, en 1459, y Bosnia, en 1463, muchos de los desplazados que habían buscado refugio en la república de Ragusa acabaron siendo vendidos en los mercados italianos; PINELLI (2008), “From

cada vez más marginales ante el importante cambio de contexto provocado por la expansión otomana y la irrupción del tráfico atlántico en las redes interregionales de intercambio comercial10, un factor este último que acabaría siendo mucho más decisivo para el desarrollo de la esclavitud en Europa occidental y en el continente americano.

Pero para que el primer tráfico atlántico acabara siendo un elemento estratégico en el desarrollo de los intercambios comerciales a fines del siglo XV y durante toda la

centuria siguiente, antes Europa debió consolidar un proceso de expansión y colonización sin precedentes, un proceso en el que el Mediterráneo Atlántico11 poco a poco dejaría de ser un mar desconocido habitado por seres fantásticos y realidades imposibles para convertirse en un océano marcado por nuevas facetas de la economía europea que anunciaban la llegada de un incipiente capitalismo.

EL REDESCUBRIMIENTO MEDIEVAL DEL MAR OCÉANO

En 1341, una expedición patrocinada por Alfonso IV de Portugal partió de Lisboa hacia Canarias. El florentino Angiolino del Teggia dei Corbizzi y el genovés Niccoloso da Recco capitaneaban una tripulación formada por marinos portugueses, castellanos, italianos y catalanes. Desde que en 1317 Emmanuele Pessagno, de Génova, fuese nombrado almirante del reino por Dionisio I de Portugal con la misión de reorganizar la armada lusitana, cargo que sus descendientes ocuparon hasta 1383, la política marítima portuguesa se sirvió del conocimiento de marinos y maestros cartógrafos experimentados en la navegación mediterránea12. La expedición de Corbizzi y Recco ocurría años después de que el genovés Lanceloto Malocello, en una fecha que no está clara y que debe situarse en 1312 o 1336, hubiera llegado a la isla del archipiélago canario que llevaría su nombre. Es probable que Malocello buscara continuar la empresa de los hermanos Ugolino y Vadino Vivaldi, también genoveses, quienes, según relata Jacobo Doria en los Annali di Genova, en mayo de 1291 zarparon

10 BALARD (1978),

La Romanie,pp. 301-310; IDEM (1996), “Esclavage en Crimée”, pp. 80-82.

11 Término con el que la documentación de los siglos XV y XVI define, en términos generales, el espacio

marítimo entre la costa atlántica ibérica y norteafricana y los archipiélagos de Azores, Madeira y Canarias.

12 ABULAFIA (2008), The Discovery, pp. 36-39, política que continuó, especialmente, durante la primera

mitad del siglo XV. En la década de 1420, por ejemplo, el infante Enrique el Navegante atrajo hacia su

proyecto atlántico al mallorquín Jaume Ribes, nombre converso adoptado por Jehuda Cresques, hijo del célebre cartógrafo judío Abraham Cresques, a quien nombró maestro cartógrafo de la Escuela de Navegación de Sagres, fundada en 1417; cf. SERRA (1941),“Los mallorquines”, pp. 197-199.

de las costas ligures con dos galeras y, tras atravesar el estrecho de Gibraltar y doblar el cabo Nun, ya en la costa occidental africana, se adentraron en las aguas del Atlántico sur tratando de encontrar una ruta «ad partes Indiae», de cuya expedición nada más se sabe13. Pero la expedición de 1341, a diferencia de las iniciativas precedentes, contaba con el patrocinio y el interés de la propia corona portuguesa y, aunque Corbizzi y Recco no fueran conscientes, adelantaba parte del escenario en el que, décadas después, se materializaría el enfrentamiento luso-castellano por el control del Atlántico medio: la amplitud oceánica que abarcaba los archipiélagos atlánticos y la costa occidental africana entre el cabo Chaunar, también llamado Nun, Não o Nant, y el cabo Palmas.

La noticia de la hazaña luso-italiana de 1341, recogida en el De Canaria de Giovanni Boccaccio14, debió correr rápidamente por el sur de Europa, como probablemente había también ocurrido con las expediciones de los Vivaldi y de Malocello. De hecho, tan solo un año después de que regresara la expedición luso- italiana, partieron de Mallorca cinco cocas auspiciadas por iniciativa privada. Su objetivo era claro: navegar hacia las islas recién descubiertas en las partes de Poniente y conquistar, en nombre de Jaime III de Mallorca, alguna de ellas junto a sus habitantes, poblados, fuertes y castillos15.

Al parecer, tras cinco meses y medio de travesía, los mallorquines regresaron en octubre de 1342 y, aunque no se tengan más noticias, la organización de una nueva expedición, en 1352, arroja un poco de luz sobre los resultados de la primera. Sin embargo, entre una y otra, el Atlas Catalán de Abraham Cresques (1375) había situado al sur del cabo Bojador, aproximadamente en la costa del actual Sahara Occidental –

13 MARTÍNEZ (2001), “Boccaccio”, pp. 99 y ss; ABULAFIA (2008), The Discovery, p. 36. También con

anterioridad al viaje de Corbizzi y Reco, el mapa portulano de Angelino Dulcert (1339) precisaba, con mayor o menor acierto, tres de las Islas Afortunadas –Lanzarote, dibujada con las armas de Génova, clara alusión a la expedición de Malocello, Fuerteventura y un islote anejo–, y situaba en el terreno de lo fantástico y lo mitológico en el que se movía aquel gran espacio atlántico el resto de las islas adyacentes, San Brandán, Primaria, Capraria y Canaria –SERRA (1941), “Los mallorquines”, p. 197; MORALES (1971),

“Los descubrimientos”, pp. 429, 431 y 433; AZNAR (2006), “Conquistar”, p. 65–. Al parecer, una de las

más antiguas referencias a las Islas Canarias se encuentra en el libro VI de la Naturalis Historia de Plinio el Viejo, transmitida, siglos más tarde, por Isidoro de Sevilla a la tradición medieval y recogida, también, por algunos autores musulmanes que señalaron la existencia de las Islas Afortunadas o al-Kalidat y destacaron la extrema dificultad de conducir una conquista exitosa debido a la resistencia de sus habitantes; ABULAFIA (2008), The Discovery, p. 34-35.

14 Texto de apenas dos páginas, redactado entre 1342 y 1344 e incorporado, tiempo después, al Zibaldibe

Magliabechiano, que puede ser considerado «el primer modelo descriptivo de todas las relaciones de

viajes y descubrimientos precolombinos y colombinos»; MARTÍNEZ (2001), “Boccaccio”, pp. 103-104.

15 «(…) adquirere sese capere aliquam ex dictis insulis vel aliquam villa, populationem seu fortalissium

aut castrum quolibet (…)»; citado en SEVILLANO (1972), “Mallorca”, pp. 128-130; cf., también, las pp.

125-126, donde se analizan las licencias otorgadas entre el 15 y el 26 de abril para la realización de las expediciones, lo que sugiere que las cinco cocas, por la proximidad de las fechas en las que los documentos fueron emitidos, debieron formar una sola escuadra.

región entonces conocida como el Río del Oro por las caravanas que transportaban el metal sudanés hacia la costa norteafricana– la expedición que, en 1346, había comandado un tal Jaume Ferrer16. Lamentablemente, poco más se sabe de aquel viaje, y no se puede afirmar o negar si la empresa logró su objetivo17. Pero su singularidad reside, precisamente, en ser la primera tentativa europea documentada que trataba de llegar al «Riu de l’Or», claro testimonio de que, a mediados del siglo XIV, los

navegantes europeos se encontraban en condiciones, si acaso no lo habían conseguido ya, de alcanzar el cabo Bojador18.

En 1352, se organizó una nueva expedición que debía partir de Mallorca hacia Canarias. En aquella ocasión, el objetivo que se declaraba no era ya descubrir nuevas tierras, sino evangelizar a las poblaciones autóctonas, como así aseguraban la bula expedida por la cancillería apostólica de Clemente VI, en mayo de 1351, y la licencia otorgada por Pedro IV, un mes después, para ir «apud insulas Fortunatas quas rurales

immo et brutales quodam modo inhabitant nulla quidem lege viventes sed bestialiter facere in omnibus»19. Sin embargo, pese a que los documentos regio y papal aseguraran

16 «Partich l’uxer d’en Jacme Ferrer per anar al Riu de l’Or al gorn de Sen Lorenç, qui és a ·X· d’agost,

qui fo en l’any ·M·CCCXLVI» –ATLAS, hoja 3, pp. 98-99–. Por otro lado, un documento de 1345 señala

la existencia de una nueva expedición hacia Canarias, que habría que situar en los primeros meses de 1344, en la que habría participado el mallorquín Pere Pujades, médico cirujano de origen barcelonés que ejercía sus artes en alta mar, quien aseguraba haberse enrolado en la nave de un tal Osset y su socio

Hissern, según la transcripción de Gabriel Llompart, y haber navegado «a les illes de Canària e de Gutzola be per VI meses», topónimo este último que el atlas de Abraham Cresques sitúa en la costa

africana, al lado de Safi (Gurzolla); cf. LLOMPART (1987), “Un guanche”, p. 329, doc. II.

17 El planisferio de Mecià de Viladestes, de 1413, reproduce, con algunas variaciones, el mismo texto y

dibujo del Atlas Catalán –cf. FALL (1982), L’Afrique, pp. 153-155–, como también lo hace un manuscrito

latino conservado en Génova, que completa la noticia de la expedición con un escueto comentario en el que se afirma que el catalán Jaume Ferrer partió de la ciudad de los mallorquines buscando el Río del Oro, sin que se supiera cuál había sido su suerte; RUMEU (1960), El obispado, pp. 35-36.

18 En el anónimo Libro del conosçimiento, relato de un viaje imaginario probablemente confeccionado

hacia 1380 a partir de la consulta de mapas y portulanos –LADERO (2006), “Jean”, p. 18–, se detallan las

escalas desde Fez hasta el Río del Oro, incluyendo Canarias –CONOSÇIMIENTO, pp. 46-54– y mencionando la llegada a Bojador: «Torneme al cabo de buyder donde sally e fuyme por la zaara con

unos moros que lleuauan oro al Rey de guinoa» –ibídem, p. 51; cf., también, AZNAR (2006),

“Conquistar”, pp. 64-65–. Por otro lado, en los mapas mallorquines de mediados del siglo XIV se

especulaba que el Río del Oro, situado al sur de Canarias y confundido, probablemente, con el río Níger, conectaba con el mercado de Tombuctú, lo que sugiere que el acceso al tráfico del oro africano era ya un objetivo –para un análisis de la representación de África en la cartografía mallorquina de los siglos XIV y XV, cf. FALL (1982),L’Afrique; cf., también, PUJADES (2007), Les cartes, donde se analizan la producción

y uso de las cartas náuticas durante la baja Edad Media–. De hecho, desde el siglo IX, algunos autores musulmanes conocían las zonas productoras de oro de África occidental –a mediados del siglo XII, por

ejemplo, al-Idrīsī elaboró un mapa para Rogelio II de Sicilia en el que dibujó las regiones auríferas sudanesas; THORNTON (1998/1992), Africa, p. 26 y n. 47–. Además, es probable que la presencia en

Mallorca de algunos mercaderes judíos y musulmanes con intereses en los principales mercados caravaneros del Sahara, hubiese puesto en conocimiento de los cristianos las rutas que transportaban oro en polvo desde Tombuctú y Gao hasta las costas mediterráneas; ABULAFIA (2008), The Discovery, p. 67.

19 Citado en SEVILLANO (1972), “Mallorca”, p. 135; cf., también, MORALES (1971), “Los

el carácter evangelizador de la expedición de 1352, el verdadero objetivo era la colonización. La bula papal autorizaba al carmelita fray Bernat, nombrado a la ocasión obispo de la Fortuna-Telde, a construir una iglesia en una de las islas, erigirla en catedral, distinguir el lugar escogido con el título de ciudad y fundar, siempre y cuando fuera viable, otras parroquias y cementerios. La licencia regia era igualmente clara, y afirmaba que «ipsas insulas vel aliquam earum per vos adeptas tenebitis in feudum dicti

domini regis Aragonum»20. Lo que interesa retener, no obstante, es que junto a los

marinos mallorquines, el carmelita Bernat y otros fieles devotos enviados a predicar el Evangelio, debieron viajar, también, «certi alii commorantes in insula Maioricensis de

dictis aliis insulis oriundi, qui regenerati unda baptismatis ac eorum propria et in cathalanica lingua instructi ad dictas infidelium insulas una tecum parati sunt pro huiusmodi negotio fideliter laborare»21. Al parecer, la primera expedición había traído

consigo no menos de una docena de esclavos indígenas, probablemente de Gran Canaria22, que, una vez convertidos al cristianismo e instruidos en la lengua catalana23, habían sido comprados y posteriormente liberados por dos de los capitanes de la segunda expedición, Joan Doria y Jaume Segarra, con un claro objetivo: actuar como intérpretes lingüísticos y mediadores culturales para facilitar, así, el establecimiento de relaciones entre sus correligionarios y los cristianos24.

Durante la segunda década del siglo XIV, Canarias pasó a ser el territorio natural

para la primera expansión ibérica hacia el Atlántico. Los avances en la exploración fueron rápidos, como bien demuestran las cartas Pizzigani de 1367, que representaban todas las islas del archipiélago25. En tierras catalanoaragonesas, el éxito de aquellas empresas animó a monarquía y papado a fijar como legítimos objetivos el control y la evangelización de unas islas que lindaban con los territorios infieles de Berbería de

20 Citado en SERRA (1941),“Los mallorquines”, p. 203. 21 Ibídem, p. 202.

22 RUMEU (1960), El obispado, pp. 33-34. En diciembre de 1343, por ejemplo, se sabe que Francesc

Desportell, a su regreso de Canarias, vendió a Pedro el Ceremonioso una esclava guanche –cf. LLOMPART

(1987), “Un guanche”, pp. 325-326–. Dos años más tarde, en 1345, un documento mallorquín menciona, con absoluta naturalidad, a un esclavo canario trabajando en unos viñedos –cf. ABULAFIA (2008), The

Discovery, p. 66–. Ambas noticias parecen sugerir la posibilidad de que, además de los 12 intérpretes a

los que se alude en 1352, otros canarios hubiesen sido capturados en las expediciones de 1342 y 1344.

23 «(…) quasdam personas de insulis antedictis dudum regeneratas fonte baptismatis et sunptibu vestris

de captivitate redemptas ac in eadem fide instructas et cathalanorum idiomate informatas»; citado en

SEVILLANO (1972), “Mallorca”, p. 134.

24 SARMIENTO (2008), Cautivos, p. 52. 25 AZNAR (2006), “Conquistar”, pp. 63-64.

Poniente26. Y, en 1370, Fernando I de Portugal concedió a Lanzarote de França, almirante del reino, el derecho de conquista y ocupación sobre Lanzarote y La Gomera, aunque se desconoce si la expedición llegó a realizarse27.

Desde entonces, los viajes debieron multiplicarse, y la captura de esclavos debió convertirse en un inmejorable incentivo para unas expediciones probablemente animadas por el espíritu predador y por unas posibilidades de negocio que trascendían las fronteras de la cristiandad28.

Durante el transcurso de las dos últimas décadas del siglo XIV, un nuevo actor se

sumó a la carrera hacia el Atlántico medio. Es probable que, en 1377, una expedición capitaneada por Martín Ruiz de Avendaño llegara hasta Lanzarote, pero fue en 1382

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