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CHAPTER THREE: RESEARCH METHODOLOGY

3.2 Data collection

El conflicto con él homosexualismo

En un inteligente Ensayo sobre Chesterton, Gustavo Corcao ha distinguido entre combate y conflicto. El primero corresponde a los admirables tiempos medievales y es propio de los caballeros, que bregan por la defensa armada de la Verdad desarmada. No

necesariamente con unas armas corpóreas o metálicas -siempre

bienvenidas en la justiciera lid- pero sí necesariamente con un arsenal viril, de hombres antes dispuestos a batirse que a rendirse. El

conflicto en cambio, es lo propio del sujeto moderno. Se alimenta de negociaciones, debates, dudas, retrocesos, discrepancias y

blasón del combate es la sangre martirial trasegada en desigual torneo.

Así las diferencias, era lógico que los obispos tuviesen conflictos con el homosexualismo desatado, y en particular con el abyecto propósito kirchnerista de legalizar los apareamientos contranatura,

considerándolos "matrimonios". Conflictos propios de espíritus

pacifistas, racionales, discutidores; permeables al diálogo y abiertos a las disidencias. ¡Que a nadie se le ocurra andar pidiendo la pena de muerte para los sodomitas, Levitico en ristre, como osó hacerlo el Rabino Samuel Levin! ¡Qué a nadie se le ocurra asimismo solicitar el castigo fatal para los gomorritas, como se aplica aún hoy en

Afganistán, Irán, Mauritania o Yemen, países mahometanos! ¡Que a nadie se le ocurra tampoco andar mentando los textos del

fundamentalista Pablo de Tarso, según los cuales, es el infierno lo que les aguarda a los promotores y ejecutores del festín horrendo contra el Orden Natural!

Conflictos sí; combates no: tal la consigna de los pastores y de su arrebañada grey.

Por distintas fuentes nunca desmentidas -y por una de la que hemos tenido directa constatación- se supo que en este conflicto Monseñor Bergoglio propuso una salida a la altura de sus antecedentes.

Consistía la misma en acordar la legalización de la llamada "unión civil", como supuesto mal menor preferible al mal mayor del

"matrimonio igualitario". Para eso contaba con la opusdeísta Liliana Negre de Alonso, y con otras figuras mamarrachescas del catolicismo oficial -altos pretes incluidos- políticamente correctos y tributarios del pensamiento único. Pacifistas como son, a tales "católicos" y a su Cardenal Primado, la batalla sin cuartel y acaso cruenta les parecía una desmesura. Lo razonable era amortizar el conflicto con algún paliativo que no dejara vencedores ni derrotados. Las "uniones civiles" -tan comprensivas, tan sin máculas de antañonas

discriminaciones- eran un encantador remedio.

No analizaremos ahora la falacia del llamado mal menor en política1, ni creemos pertinente aclarar que tanto clama al cielo que dos

invertidos se acoplen

Lo hemos hecho profusamente en Antonio Caponnetto: La per-versión democrática, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 1998, p. 228-265. bajo una ley que los declare civilmente unidos, o bajo otra que, por vía de cruel sarcasmo, denomine al acople con el título de matrimonio. Ambas realidades son ultrajantes y vejatorias, y en mejores tiempos,

por ofensa a Dios muchísimo menor que ésta, los pastores fieles hubiesen calzado clámide, moharra y gorguera. Bajo cualquier

denominación o instituto, legalizar la mancebía promiscua de un par de seres depravados, es un pecado enorme y escandaloso.

Sin embargo, sea por la furia maloliente de los Kirchner contra todo lo que lleve el signo de la Iglesia; sea por el grueso equívoco mediático de suponerlo al Cardenal en la primera línea de fuego contra el

Gobierno; sea por las nutridas movilizaciones provinciales en pro de la familia, o por la presión de varias declaraciones episcopales, más en consonancia con el rechazo vigoroso de Benedicto XVI a la cultura de la muerte, lo cierto es que Monseñor Bergoglio abandonó

temporariamente su medianía en la materia, tuvo una misteriosa epojé en su ininterrumpida heterodoxia, y dio a luz una misiva "A las monjas carmelitas de Buenos Aires", fechada el 22 de junio de 2010. La carta no empardará a las Pónticas de Ovidio ni las Epístolas de Eustacio de Tesalónica, pero es redondamente buena, tanto de criterio como de contenido y de espíritu. Y dice cosas gratamente disonantes con el magisterio irenista de Su Eminencia. Dice, por ejemplo, que la iniciativa oficial del "matrimonio homosexual" es "la pretensión destructiva del Plan de Dios". Que "no se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento), sino de una 'movida' del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios". Que es una manifestación de "la envidia del Demonio", quien "arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer que reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra". Dice además, para nuestro inusitado regocijo, que "hoy, la patria", ante "el encantamiento de tantos sofismas con que se busca justificar este proyecto de ley" [del matrimonio homosexual], necesita el auxilio del "Espíritu de Verdad", del "Espíritu Santo, que ponga la luz en medio de las tinieblas del error". Al fin, y al modo de un encomiable corolario, la carta termina pidiendo el apoyo sobrenatural de la Sagrada Familia, para que sus miembros "nos socorran, defiendan y acompañen en esta guerra de Dios" y en "esta lucha por la Patria". Era demasiado. Demasiado por donde se lo mire, gíitar este manojo de verdades rotundas y dar un puñetazo en la infausta mesa del diálogo para hablar, siquiera una vez, el lenguaje inequívoco de las

definiciones tajantes. Era demasiado y el mundo no le perdonó al Cardenal que rompiera su alianza con él, aunque fuera

circunstancialmente y por fugaces momentos. En esta ocasión, incluso, el Centro de Estudios Sabiduría Cristiana, no sacó ninguna

solicitada apoyando "incondicionalmente la posición firme y clara de nuestro Arzobispo".

Llovieron las críticas feroces, a cual más indignas e ignorantes. Llovieron asimismo las justificaciones y las corteses reconvenciones de los católicos bien-pensantes, la una más inaudita que la otra; y no faltaron los intentos por exculpar al Cardenal de tan insólita

exaltación de ortodoxia, haciendo recaer "las culpas" del "exceso" a las presiones de cierta línea eclesial demasiado romanista.

El mismo Monseñor Antonio Marino -a quien tenemos por un hombre de bien, y que se prodigó en esfuerzos para que los senadores no votaran la ley del homosexualismo "conyugal"- interrogado por Sergio Rubín, en el Clarín del domingo 18 de julio de 2010, acerca de si no fue "contraproducente para la Iglesia que Bergoglio dijera que estaba el diablo tras la iniciativa" [del matrimonio homosexual], en vez de trompear al desubicado con palabras contundentes, dio la siguiente y desconcertante respuesta: "El Cardenal se dirigía a las monjas

contemplativas. No me parece que deba estar prohibido emplear el lenguaje de la Biblia, sobre todo para hablar con religiosas". Una traducción penosa pero no falaz de las palabras de Monseñor, podría ser la que sigue: "Caballeros, no sean duros con el Cardenal. Ustedes saben cómo son las monjas, creen en el demonio y todo eso. Además se trata del lenguaje de la Biblia, con sus simbolismos como el diablo, el infierno, etc. Sean comprensivos. Si no se hubiera dirigido a las monjitas, el Cardenal hubiera usado otras palabras".

Sin embargo, quien se llevó las palmas de la interpretación de la misiva bergogliana, fue la mismísima Cristina Kirchner. El 12 de julio, desde Pekín, le dijo a los medios: "Este discurso [el de Bergoglio] es agre¬sivo y descalificador. Sobre todo proveniente de aquellos que deberían instar a la paz, la tolerancia, la diversidad y el diálogo, o por lo menos eso es lo que siempre dijeron en sus documentos".

Director del DEPLAI, la principal institución oficial de la Iglesia que tomó bajo su responsabilidad la organización de aquel olvidable encuentro en el Congreso.

La carta está fechada el 5 de julio de 2010, y circuló masivamente por los medios, entre otras cosas, porque el destinatario de la misma vivió por esos días su propia novela de Wilde, sólo que la importancia era ahora la de llamarse Justo y resultar portavoz de La Iglesia Infiel Tres afirmaciones erróneas enhebra el Cardenal en su misiva.

-Dice la primera: "Sé, porque me lo has expresado, que no será un acto contra nadie, dado que no queremos juzgar a quienes piensan y sienten de un modo distinto [...] En una convivencia social es

necesaria la aceptación de las diferencias".

1 El vicio nefando hecho política de Estado, práctica impúdica y ariete político expreso contra el Catolicismo, no puede ser reducido

eufemísticamente a "un pensar y sentir de modo distinto". Debe ser juzgado moralmente, y condenado de modo enérgico y ejemplar todo aquel que lo practique con inverecundia, lo promueva con estulticia, lo difunda obscenamente y lo convierta en herramienta explícita para enfrentarse con la autoridad de la Iglesia. El acto, pues, debió ser planteado, y de un modo vigoroso, como una sacra batalla contra todos aquellos que, desde el Gobierno y la partidocracia, consumaron la profanación del matrimonio y legalizaron la contranatura. ¿Por qué no habría de ser "un acto contra nadie", si los enemigos que ocupan el poder desembozadamente nos persiguen y atacan, expresando de manera formal que buscan la destrucción del Orden Cristiano y la entronización de una nueva "construcción social y cultural", tal como lo enunció Cristina Kirchner? ¿Por qué ha de quedar anulado el agere contra ignaciano, si no sólo estamos ante nuestras propias tendencias pecaminosas, sino ante el intento homicida de hacer del pecado una ley para toda la sociedad? ¿Por qué es necesaria la aceptación de las diferencias, cuando las mismas no brotan de la naturaleza sino de la ideología del género, lanzada aviesamente al mercado de fórmulas gramscianas para destruir la ley natural? ¿Por qué se nos pide la renuncia a la confrontación, si los adversarios que tenemos a la vista, no lo son de nuestra persona privada sino de las personas públicas de la Iglesia y la Nación Argentina? ¿Qué inconmensurable taradez ha llevado a pensar que el Régimen torcería su rumbo desquiciado ante el chocarrero amontonamiento de adminículos color naranja?

-La segunda afirmación errónea dice: "la aprobación del proyecto de ley en ciernes significaría un real y grave retroceso antropológico [...] Distinguir no es discriminar sino respetar; diferenciar para discernir es valorar con propiedad, no discriminar. En un tiempo en que

ponemos énfasis en la riqueza del pluralismo y la diversidad cultural y social, resulta una contradicción minimizar las diferencias humanas fundamentales".

No debemos apelar a las categorías mendaces del mundo moderno, ni pagar tributo a la semántica amañada del enemigo. La ley del

matrimonio homosexual no es mala porque signifique "un retroceso antropológico". Podría significarlo y constituir un gran bien. Por

hombre, hecho a imagen y a semejanza del Creador, o la antigua y olvidada noción antropológica del horno transfigurationis que surge del mismo Evangelio (Jn.3, 1-21)

Tampoco debemos seguir aceptando la mentira de la discriminación como un acto intrínsecamente malvado, cuando miles de veces se ha aclarado -desde la lingüística, el derecho, la gnoseología, la

psicología, la lógica y la moral- que discriminar es un acto

perfectamente legitimo y necesario toda vez que significa distinguir, separar, discernir, examinar, diferenciar o vislumbrar con entera justicia y completa lucidez. Contrariamente a lo que dice Bergoglio -usando su neoparla de contemporización con el mundo- distinguir es discriminar, valorar con propiedad es discriminar, diferenciar para discernir es discriminar. Y esta triple discriminación es buena, justa, encomiable, aprobada por Dios y por los hombres de buena voluntad. "En un tiempo en que ponemos énfasis en la riqueza del pluralismo y la diversidad cultural y social", la contradicción de los homosexuales y sus padrinos no consiste, como cree Bergoglio, en "minimizar las diferencias humanas fundamentales"; sino -y ésta es la aberración de la cultura de la muerte- en otorgarle derechos y leyes a aquellas diferencias que brotan de la violación intencional de la ley natural y de la ley divina.

Además, siempre corresponderá preguntarse, como lo han hecho los últimos Pontífices con insistencia, cuál es la conveniencia de poner "énfasis en la riqueza del pluralismo y la diversidad", cuando a la vista de tal énfasis convertido en imposición coactiva, no es la Verdad la que ha salido gananciosa sino la que ha sido vilmente conculcada. El 21 de julio de 1974, en un Mensaje dirigido al Congreso Nacional de las Asociaciones de Padres de los Alumnos de la Enseñanza Libre Francesa, el Papa Paulo VI pedía proponer las enseñanzas de

Jesucristo, como una necesidad perentoria, "que se deja sentir hoy más que nunca en un mundo pluralista, a menudo secularizado, que duda sobre sus razones de vivir". Y en su Alocución del 24 de abril de 2004, Benedicto XVI, ante el evidente e insoslayable retrato de una sociedad diversa y plural, insistía en tener en cuenta que a todas las herencias culturales, por respetables que resulten, hay que

"purificarlas de aquellas prácticas que son contrarias al Evangelio". Pero Monseñor Bergoglio compra el paquete entero de la cultura moderna y revolucionaria: lo bueno es no volver al pasado, no

discriminar, promover el pluralismo, la diversidad y la convivencia de los opuestos. Los Kirchner ya pueden dormir sin sobresaltos. Otra vez

el Cardenal habla el lenguaje del siglo XXI. El paréntesis católico ha durado lo que un suspiro.

-La tercera afirmación errónea de Bergoglio dice: "Te encargo que, de parte de Ustedes, tanto en el lenguaje como en el corazón, no haya muestras de agresividad ni de violencia hacia ningún hermano. Los cristianos actuamos como servidores de una verdad y no como sus dueños. Ruego al Señor que, con su mansedumbre, esa mansedumbre que nos pide a todos nosotros, los acompañe en el acto".

Hemos escrito un libro entero para refutar esta desmovilizante

zoncera; y si el lector tuvo la paciencia de acompañarnos hasta aquí, sabrá que se trata de "El deber cristiano de la lucha", y que contó en su momento con una encendida felicitación del mismo Monseñor Bergoglio2.

Repasemos apenas un par de líneas básicas del asunto: a) Ni la agresividad ni la violencia son malas per se; b) El prójimo es mi

hermano en tanto reconozca a Dios como Padre; c) Nosotros no somos los dueños de la Verdad, pero somos los hijos del Dueño, y por lo tanto, nada inconveniente hay en actuar como un hijo celoso que custodia un bien del que se es propietario por legítima herencia; d) Los mansos que resultarán bienaventurados, con la promesa de poseer la tierra; esto es, la vida eterna, no son los pacifistas que responden los misiles con flores, y la inmundicia sodomítica con

arrumacos pietistas, sino los soldados probados, veteranos y diestros en la guerra de Dios y en la lucha por la Patria. Contiendas ambas a cuya participación instaba el mismo Cardenal en su carta a las Carmelitas.

Acaso sea el momento de que Monseñor Bergoglio repase la arrumbada Parábola de las Minas -parábola parusíaca de la

creatividad, la llamó Castellani-en la cual dice tajantemente el Señor: "En cuanto a mis enemigos, los que no han querido que yo reinase sobre ellos, tráedlos aquí y degolladlos en mi presencia" (Le. 19, 27). Explicando la durísima sentencia, afirma el Crisóstomo que "es

evidente que el Padre y el Hijo hacen una misma cosa; porque el Padre envía

un ejército a su viña, y el Hijo hace matar en su presencia a los enemigos" (cfr. Santo Tomás, Catena Áurea, Lc.XIX, 11-27).

No le pedimos a Su Eminencia ninguna exégesis comprometedora de las temibles perícopas, pero al menos podía dejarse de desparramar ternezas y mansedumbres a granel.

Y si no es mucho pedir, podía dejar de sostener -como lo ha hecho in fine en la carta a Carbajales-que "los únicos privilegiados son los niños". Porque la frase, amén de su discutible validez conceptual y endeblez política, no corresponde al Salterio, claro, después del Laúdate pueri Dominum, sino a un hombre cuyas contribuciones a la moral sexual en la sociedad no se cuentan precisamente entre las más edificantes.

Por lo pronto, su segunda esposa no ocultó jamás su amistad

acrisolada con el sodomita Paco Jamandreu. Y si es cierto que a Pavón Pereyra, Perón le manifestó su desagrado porque en Inglaterra "el homosexualismo es una cosa legal", no es menos cierto que el

empresario Mario Rotundo sostiene ante quien quiera escucharlo que, en las conversaciones que tuviera con Juan Domingo en el exilio, a principios de la década del '70, para escribir sus propias Memorias, el General "estaba a favor del matrimonio de personas del mismo sexo, por una cuestión de respeto al ser humano e igualdad ante la ley" (http://www.laarena.com.ar/el_paissolo_se_vota ra

por_matrimonio_homosexual-50021-l 13.html). Asimismo, y que sepamos, las autoridades del Partido Peronista no han impedido que exista y que actúe pública y activamente la Agrupación Nacional Putos Peronistas (cfr.http://putosperonistas.blogspot.com/) -con perdón de las palabras- cuyos miembros reivindican expresamente el ideario del líder justicialista.

Escatologías históricas al margen, quede registrada esta nueva y desoladora deserción del Cardenal Primado. Con el agravante de haber dicho la verdad -sabrá Dios si por convicción o por

conveniencia- y de haberla contradicho a las pocas horas, mientras se oía en lontananza, entrecortado y lúgubre, el canto de algo que

semejaba un gallo neotestamentario.

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