1.3 Methodology: Analytical Framework
1.3.1 Data Collection 38
F. Suárez, Disputaciones Metafísicas, I «Naturaleza de la Filosofía primera o Metafísica», secc. I, n. 26-30:
«26. Hay que decir, por tanto, que el ente, en cuanto es ente real, es el objeto adecuado de la metafísica [ens in quantum ens reale obiectum adaequatum huius scientiae]. Esta es la sentencia de Aristóteles en el libro IV de la Metafísica, casi al principio. […]
Además, ha sido ya probada esta aserción con lo afirmado hasta ahora contra las demás sentencias, pues se ha mostrado que el objeto adecuado de esta ciencia debe comprender a Dios y a las demás sustancias inmateriales, pero no sólo a éstas. Y así debe comprender no sólo a las sustancias, sino también a los accidentes reales, pero no a los entes de razón ni a los que sean totalmente per accidens, y como tal objeto no puede ser otro más que el ente como tal [ens ut sic]; luego éste es el objeto adecuado.
27. Solución de una dificultad contra esta afirmación. — Para explicar más esta afirmación, tenemos que salir al paso de una objeción que en seguida aparece: para que algo se constituya en objeto de una ciencia, es menester que tenga determinadas propiedades que puedan demostrarse acerca de él, y principios y causas por medio de los cuales pueda hacerse la demostración; ahora bien: el ente, en cuanto tal, no puede tener tales propiedades, principios y causas; luego… La mayor es clara, porque éste es el oficio [munus] de una ciencia, a saber: demostrar las propiedades de su objeto, las cuales debe demostrar por sus causas para que sea una ciencia perfecta, como consta en el libro I de los Anal. seg. La primera parte de la menor es también evidente, porque el ente, en cuanto ente, en este grado de abstracción, es algo que está incluido por sí y esencialmente en todo ente y en todo modo o propiedad de cualquier ente; luego, no puede tener una propiedad tan adecuada y propia, ya que el sujeto no puede pertenecer a la esencia de su propiedad. En cuanto a la segunda parte, se prueba porque el ente, en cuanto tal, incluye a Dios, que existe sin principios ni causa; luego, el ente, en cuanto tal, no puede tener principios ni causas, porque, de lo contrario, tales principios y causas deberían convenir a todo ente, pues lo que conviene a lo superior en cuanto tal, debe convenir a todo lo contenido en él. Se confirma esto porque la metafísica es la ciencia más noble; luego, ha de tener el objeto más noble; sin embargo, el ente en cuanto tal es el más imperfecto, porque es el más común y está incluido hasta en los seres ínfimos; en cambio, sería mucho más perfecto objeto la sustancia, o la sustancia espiritual, o Dios.
28. Qué propiedades demuestra acerca de su objeto. —A esto se responde negando la primera parte de la menor, pues ciertamente el ente tiene propiedades distintas de sí mismo, si no realmente [si no re], al menos conceptualmente [saltem ratione distinctas], como son la unidad, la verdad y la bondad, según mostraremos después, en la Disputación III. […]
29. Qué principios demuestra. —A la última parte de la menor se responde primero, que en una ciencia se requieren dos clases de principios: unos se llaman complejos o compuestos, como son los que sirven para establecer una demostración; otros son simples, y están representados por los términos que hacen el papel de medio en la demostración a priori. Los primeros se llaman principios del conocimiento; los otros, principios del ser.
En esta ciencia no faltan principios complejos; más aún, como veremos después, a ella le toca explicar y confirmar todos los principios y determinar el primer principio por medio del cual se demuestran todos los demás.
Los principios incomplejos, en cambio, pueden entenderse doblemente: primero, como verdaderas causas, realmente distintas de algún modo de los efectos o propiedades que por ellas demostramos, y tales principios o causas no son absolutamente necesarios para la razón de objeto, puesto que no son necesarios para establecer verdaderas demostraciones, como consta en el libro I de los Anal. seg. Dios, en efecto, es objeto de ciencia, y acerca de El se pueden demostrar atributos, no sólo a posteriori, partiendo de los efectos, sino también a priori, infiriendo unos de otros, como la inmortalidad de la inmaterialidad y el que sea agente libre de que sea inteligente. En otro sentido se llama principio o causa a aquello que es razón de otro en cuanto que son concebidos y se distinguen objetivamente, y esta clase de principio basta para que pueda servir de medio de la demostración, pues es suficiente para dar la razón formal por la que una determinada propiedad conviene a tal cosa.
Por tanto, aunque supongamos que el ente, en cuanto tal, no tiene causas tomadas propia y rigurosamente en el primer sentido, tiene, sin embargo, alguna razón de sus propiedades; y en este sentido pueden también hallarse tales razones en Dios, pues encontramos, por ejemplo, la causa de la perfección infinita de Dios en su unidad y, del mismo modo, en las demás. Por lo cual, también podemos retorcer esta parte del argumento, ya que el ente, en cuanto tal, es por sí mismo un objeto
cognoscible que tiene razón formal y principios suficientemente para demostrar sus propiedades; luego, de él puede ocuparse una ciencia, que no es otra que la metafísica.
Sobre este punto de si el ente, en cuanto tal, tiene de algún modo causas verdaderas y reales, trataremos después en la disputación de las causas.
30. Cómo hay que entender que la razón de ente sea más perfecta y más imperfecta respecto de sus inferiores. — A la confirmación se responde con Santo Tomás, I, qu. 4, a. 2, ad 2, que aunque el ente tomado en abstracto y como conceptualmente distinto sea menos perfecto que los grados inferiores que incluyen al mismo ente y a otras cosas; sin embargo, el ente absolutamente considerado, o el existir mismo, concebido como realizado con tanta perfección cuanta puede tener en el concepto de existencia, es algo perfectísimo. Por tanto, esta ciencia, aunque por una parte considera la razón de ente precisa y abstracta, no se detiene en ella, sino que considera todas las perfecciones de entidad que en la realidad misma puede tener el ente, al menos las que no piden la concreción en la materia sensible, y de este modo incluye a los entes más perfectos, de los cuales se deduce la perfección máxima de esta ciencia, si se considera ésta en relación con las cosas que investiga. Pero si tenemos también en cuenta el método de investigación y la sutileza y certeza de la ciencia, esto se deduce en gran parte de la abstracción de su objeto, gracias a la cual puede haber tal vez mayor perfección en la razón de cognoscible de cosas que no tienen tanta perfección en su misma entidad».
F. Suárez, Disputaciones Metafísicas, XII «Las causas del ente en general»,