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Chapter 4 Research Strategy and Methodology

4.3 Research Design and Methodology

4.3.3 Data Collection Methods

La cuestión del diálogo ocupa, en el arte de escribir, casi tanto lugar como la descripción. No es raro introducir en una narración personajes que hablan; el movimiento de una acción depende por completo de eso muchas veces. Hasta puede tratarse un asunto completamente en diálogo, sin escribir para el teatro.

El arte del diálogo merece, pues, algunas reflexiones generales a falta de un estudio profundo, que nos llevaría demasiado lejos y correspondería más bien al arte dramático.

No hay nada más difícil que el diálogo. El buen diálogo es lo último que se aprende. Es casi un don. Exige cualidades de movimiento, de rapidez, de elegancia concisa, que constituyen precisamente la vocación dramática.

Hay dos clases de diálogos: uno literario, construido, fraseado; el otro, que es la reproducción fotográfica de la palabra hablada, con sus giros imprevistos, juguetón, febril. Nada es más difícil que equilibrar esos dos extremos, pues los novelistas que han tenido buen éxito en el diálogo de sus libros, como Flaubert, Daudet, Goncourt, nunca lo tuvieron en el teatro, donde triunfaron Scribe, Feulliet, Sardou, Dumas, hijo, Augier. Hay en esto razones de ejecución que sería curioso estudiar en una obra especial. Nosotros no examinaremos, ahora, más que los medios para alcanzar la buena calidad del diálogo.

En general, el diálogo no puede tener la vivacidad, la vida, la ilusión de la verdad si está escrito en el mismo estilo de la narración. Hacen falta otras frases distintas de las de un libro o de un fragmento literario; frases concebidas de otro modo, más cortas, más cortadas. Es necesario que cada personaje diga pocas cosas a la vez, por la razón de que, en una conversación, cada uno quiere hablar y no escucha mucho tiempo a su interlocutor. Salvo parlamentos necesarios y preparados, la respuesta rápida es lo que forma el interés de un diálogo.

Aun concediendo muchas líneas a cada personaje, sigue siendo la calidad de las frases lo que producirá el movimiento y la diversión del diálogo. Nada más opuesto al verdadero diálogo que los pretendidos

Diálogos de los muertos de Fontenelle y de Fénelon. Aquello es retórica fría e

inexpresiva, una serie de frases literariamente escritas, puestas por fórmula en boca de algunos personajes convencionales. Entendido que es un género, una serie de fragmentos demostrativos que no tienen nada de común con la conversación hablada, una forma antigua de composición que permite desarrollar una tesis exponiendo razones en pro y en contra. Tales son los

Diálogos de Platón, el Tratado de los deberes de Cicerón.

Esas obras pueden ser comprendidas con el nombre general de diálogos filosóficos, imitación de los famosos Diálogos de Luciano, que entre otras cualidades, poseía la réplica endiablada y la impetuosidad continua.

En la fotografía pura y simple de la conversación hay que evitar un escollo: la tosquedad, la bajeza, la trivialidad.

No debe haber nada de construcciones de frases, nada de molde literario; despréndase la frase para dejarle la espontaneidad, la viveza, la sátira y lo imprevisto de la réplica; pero el diálogo debe ser manejado con tacto, con estilo; no el estilo narrado, expositivo y aplicado, sino un estilo discreto, con intención de elocuencia, y en el que se sientan las riendas sin ver la mano que las tiene.

Los diálogos de las novelas de Octavio Feulliet son modelos en este sentido, y deben leerse siempre.

Los autores realistas acusan al diálogo de teatro de ser ficticio y convencional. Algo de verdad hay en ese reproche; pero los diálogos de autores dramáticos como Sardou, Dumas, hijo, Augier, Pailleron, Halévy, tienen el movimiento, la vida, la rapidez cortada, precipitada y mordaz que causa ilusión.

Pero es mucha verdad que el diálogo de nuestros autores dramáticos contemporáneos no es, con frecuencia, más que un diálogo de teatro en el que solo se busca el efecto; en el que la respuesta se produce por la última palabra del interlocutor, y no por la verdad del personaje y la lógica de los sentimientos; es un diálogo que no reside más que en el esprit, que es lo único que se busca.

En Moliére es donde se encuentra el diálogo verdadero, humano, eterno, de todos los tiempos, sin palabras de autor. Ábrasele al azar. Moliére. He ahí el genio.

En resumen: para tener buen éxito en el diálogo, es necesario castigar lo más posible, buscar la concisión, variar los giros, preguntarse cómo se diría tal cosa en alta voz, colar las frases en el molde hablado.

Si no se tiene la vocación del diálogo, disposición para dar brillo a las respuestas y al espíritu escénico, que es lo que forma al autor dramático, es inútil escribir para el teatro. Pero con trabajo y medianas aptitudes, se puede aprender a dialogar lo suficiente para escribir novelas. Para eso hay que leer muchos diálogos de teatro y las obras de los buenos autores, sobre todo Labiche, que es maravilloso en rapidez y naturalidad.

En general, el deseo de brillar perjudica al diálogo; el autor no se decide a interrumpir a un personaje y mantenerlo dentro de la naturalidad, y el buen gusto es víctima del esprit.

LECCIÓN

VIGÉSIMA