4.3 Flight Path and Test Fields
4.3.3 Data Collection Procedure
En Egipto la situación era muy diferente. Allí iban manifiestamente como extranjeros, y con una finalidad temporal. El hecho de ser pastores, y como tales «una abominación para los egipcios», les mantenía separados, tanto política como religiosa y socialmente, del resto de la gente, y, sin lugar a dudas, les obligaba a estar en una región para ellos solos.
Así, «la tierra de Gosén» era la mejor para aumentar sus posesiones de rebaños y ganados. Los animales podían ser tenidos como la razón exterior de su desplazamiento a Egipto; el significado espiritual más elevado ya ha sido expuesto.
Jacob recibió la seguridad que necesitaba para sentirse tranquilo al llegar a Beerseba, la frontera sur de la tierra prometida. Allí el patriarca ofreció «sacrificios al Dios de su padre Isaac», y allí el Señor fiel le habló «en visiones de noche».
Sus palabras confirieron a Jacob una seguridad cuádruple, que Dios era el Dios del pacto, y que Jacob no debía tener temor de descender a Egipto; que Dios haría allí una gran nación de él, en otras palabras, que la transformación de familia a nación se daría en Egipto; que Dios descendería con él; y finalmente, que él mismo le devolvería de nuevo a su lugar. Y cada una de estas afirmaciones fue introducida con un Yo enfático, para indicar la fuente personal y directa de todas estas bendiciones. Fortalecido de este modo, Israel continuó su camino con espíritu confiado.
Como suele suceder en la Escritura, con relación a esto se nos ofrece una lección muy importante, pero que por su presentación puede escapar a la observación superficial.
Se ha hecho notar varias veces que la Biblia no ofrece la historia de las personas en sí, sino que nos da la historia del reino de Dios. Esto se ve claramente en la lista que se introduce aquí de «los nombres de los hijos de Israel, que entraron en Egipto». Evidentemente, no debe tomarse literalmente como una enumeración de los que acompañaron a Jacob en su viaje a Egipto. Porque algunos de ellos, como el mismo José, y sus hijos Efraím y Manasés, y los hijos de ellos, si tenían alguno en aquel tiempo, ya se hallaban en Egipto. Luego, algunos de los
nietos de los biznietos de Jacob, mencionados en esta lista, debieron nacer después de que los hijos de Jacob entraran en Egipto; mientras que, por otro lado, debía haber otros no mencionados, porque es imposible pensar que todas las familias de aquellos cuyos descendientes no son enumerados se extinguieran. Pero si tenemos en cuenta el principio que sólo se registra lo que se refiere al reino de Dios, entonces todo se entiende.
Ahora lo miramos no como una lista biográfica, sino como una tabla genealógica, trazada en base a un objetivo específico. Dicho objetivo es de enumerar en primer lugar los primeros antepasados de las tribus de Israel, y luego sus descendientes que formaron una «familia» distinta en cada tribu. En consecuencia, esta tabla genealógica contiene, además de los nombres de los descendientes de Jacob que fueron literalmente con él a Egipto, también los que llegaron a ser «cabezas de familias». Esto se ve claro al comparar con Números 26, donde las «familias» de Israel son específicamente enumeradas. Entre sus fundadores no aparece un solo nombre que haya sido dado en la tabla previa.
Algunos nombres, no obstante, desaparecen en la segunda tabla, es decir, el nombre de un hijo de Simeón, uno de Aser y los de tres hijos de Benjamín; sin duda alguna, porque se extinguieron o porque fueron sacados de su lugar en juicio.
Tampoco resulta extraño hallar nombres de los futuros cabezas de familias enumerados de antemano en esta lista. ¿Acaso no leemos que en Abraham las generaciones de Leví que no habían nacido dieron diezmos a Melquisedec? Evidentemente la Escritura se expresa de este modo constantemente. Así leemos que Dios dijo a Abraham, a Isaac, y a Jacob: «te daré la tierra», cuando sólo eran extranjeros y peregrinos en la misma; y, muchos siglos antes de que se realizara tal acontecimiento: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra»; y a Jacob Dios le dijo: «yo te haré volver», de Egipto. Porque con Dios nada es, en su sentido real, futuro. «Él ve el final desde el principio».
Pero cuando el texto sagrado resume la tabla genealógica con la afirmación que «todas las persona» eran «setenta», pensamos en la implicación del número, siete veces diez, siendo el siete el número sagrado del pacto, y diez el de la perfección.2
En su viaje Jacob envió a Judá por delante, para que comunicara a José su llegada. Él se apresuró para recibir a su padre en la tierra fronteriza de Gosén. Su encuentro, después de una separación tan larga, fue tierno y conmovedor. La expresión hebrea traducida en castellano como: «José… se manifestó a él», implica un aspecto esplendoroso. Y ante su padre hebreo, el gran egipcio era de nuevo simplemente el joven José. «Se echó sobre su cuello, y lloró sobre su cuello largamente.» Entonces era la obligación de José notificar a Faraón la llegada real de su familia a Egipto, para obtener al mismo tiempo un nuevo recibimiento, y una concesión temporal de la tierra de Gosén para sus colonos. Con este fin fue José solo, en primer lugar, y luego presentó a cinco de sus hermanos. Tanto él como ellos hicieron notar particularmente el hecho que la familia eran pastores. Esto les aseguraría su estancia en Gosén, porque era la mejor región para pacer los animales y, al mismo tiempo, el más alejado y aislado de gran parte del pueblo. Porque los monumentos egipcios muestran que los pastores eran considerados como la clase o casta más baja, probablemente debido a que sus costumbres nómadas eran tan opuestas a la civilización tan sedentaria del país. Otro detalle que iba a ser mencionado especialmente ante Faraón por los hijos de Jacob era que habían venido sólo a «residir por una temporada», no para establecerse en la tierra, de modo que, puesto que inicialmente llegaron bajo expresa invitación del rey, podrían partir en cualquier momento que fuese necesario. Es importante notar esto en relación con el error posterior cuando sus descendientes fueron retenidos a la fuerza. Sucedió tal como José esperaba. Faraón les asignó un lugar para morar «en lo mejor de la tierra», es decir, en la parte más adecuada, en lo que era casi la única región adecuada para el pasto; en la tierra fronteriza entre Canaán y Egipto, la tierra de Gosén, o de Ramsés, como se llama a veces por el nombre de la ciudad. Un erudito3 cuidadoso y capacitado se expresó así sobre este tema: «La tierra
de Gosén estaba entre la parte oriental del anciano Delta, y el límite occidental de Palestina; casi no era una tierra propiamente egipcia, era habitada por otros extranjeros además de los israelitas, y por sus nombres
22 La versión griega de los 70 da el número setenta y cinco, y San Esteban lo cita por ser el más conocido por los judíos de esa época (Hch. 7:14). Este número evidentemente es el resultado de una disposición de la tabla ligeramente diferente. El texto hebreo nombra de Lea: seis hijos, veinticinco nietos, y dos biznietos, además de Dina; de Zilpá: dos hijos, once nietos, dos biznietos, y una hija; de Raquel: dos hijos, y doce nietos; y de Bilhá: dos hijos y cinco nietos. Las «dos hijas» se incluyen por razones especiales.
geográficos era más semítica que egipcia; era una tierra de pastos, especialmente apropiada para los pueblos de pastores, y suficiente para los israelitas, los cuales prosperaron allí, y estaban separados de la mayor parte de egipcios».4