3 Methodology
3.3 Data Collection Process
Entre las llamadas epístolas católicas se cuentan la primera y la se- gunda de Pedro, la primera, segunda y tercera de Juan, la de Santiago y la de Judas. Todavía en el siglo iv, en la época del Padre de la Iglesia Euse- bio, aunque se las leía en la mayoría de las iglesias, se consideraban au- ténticas de modo unánime sólo dos: la primera de Juan y la primera de Pedro. No es hasta finales del siglo iv cuando se consideran canónicas en Occidente todas las «epístolas católicas». La situación es ahora distinta y a todas ellas se las designa como «escritos anónimos o seudoepigráfi- cos», por mucho que la Iglesia antigua las introdujera con el nombre de un autor (Baíz). Salvo en el caso de las epístolas de Juan, también la for- ma de todo el grupo es ficticia.185
Bajo el nombre de Pedro, un cristiano ortodoxo falsificó también dos epístolas.
Esto es cierto con toda seguridad para el escrito más tardío del Nue- vo Testamento, la segunda epístola de Pedro, algo que incluso los erudi- tos católicos no ponen ya en duda. Sin embargo, esta carta que, sospe- chosamente, es casi copia literal en muchos pasajes de la de Judas, gozó de poca confianza en la antigua Iglesia. Durante todo el siglo n ni se la cita. El primero en afirmar su indiscutibilidad fue Orígenes, pero toda-- vía en el siglo iv, el obispo Eusebio, el historiador de la Iglesia, afirma que no es auténtica, y Dídimo el Ciego, un famoso erudito alejandrino entre cuyos discípulos se contaban Rufino y san Jerónimo, dice que está falsificada.
«Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucrito», así comienza el falsifi- cador y afirma para legitimizarse como testigo ocular y auricular, haber; «visto él mismo» la magnificencia de Jesús y también haber oído la lla- mada de Dios «desde el cielo» en su bautizo; no sólo advierte a los fieles que Dios les encuentre «sin mancha ni dignos de castigo», sino que arre- mete contra los «falsos profetas», los «falsos maestros», y aconseja cap- , turarlos y matarlos «como animales irracionales».
La segunda epístola de Pedro, que se pretende tomar como el testa- mento del apóstol, se escribió bastante tiempo después de su muerte, qui- zá tres generaciones más tarde, y se le atribuyó con objeto de contrarres- tar las dudas en la parusia. El escrito rebosa de polémica contra los «he- rejes» en todos sus sentidos, atacando especialmente a los blasfemadores «que pasan por la vida a su antojo y dicen: ¿dónde está su prometido re- greso? Desde que murieron los padres, todo permanece tal como fue al comienzo de la creación». El osado falsificador, que pretende la misma autoridad apostólica que Pablo, simula desde el prescrito, desde los co- mienzos de la epístola hasta el final y de un modo consecuente y expreso,
la ficción de Un origen petrino. Lo apoya en sus propios testimonios vis- tos y oídos, y apelando a «los profundos sentimientos de sus amados» reivindica para sí también la primera epístola de Pedro, a pesar de que las grandes diferencias entre ambas cartas excluyen la posibilidad de que procedan de un mismo autor.186
Pero es notorio que también está falsificada la primera epístola de Pe- dro, que en 1523 es para Lutero «uno de los libros más nobles del Nuevo Testamento y el auténtico Evangelio». Y es precisamente el evidente pa- rentesco con las epístolas paulinas, confirmado por la exégesis moderna y que tanto entusiasmaba a Lutero, lo que ya de principio hace que resul- te poco probable la autoría de Pedro. Más aún, el lugar donde se redacta es al parecer Roma, pues al final el autor saluda expresamente «desde Babilonia», un nombre secreto frecuente en la apocalíptica para la capital del Imperio, donde debió de estar Pedro y sufrir martirio en el año 64. Sin embargo, el nombre de Babilonia para designar a Roma aparece con toda probabilidad a causa de la impresión provocada por la destrucción de Jerusalén, y esto sucedió en el año 70 d.C, es decir, varios años des- pués de la muerte de Pedro. Resulta también sumamente extraño que el famoso índice canónico de la Iglesia romana, el canon Muratori (hacia el 200) no cite la epístola de Pedro, la carta de su presunto fundador. Pa- saremos por alto otros criterios, también formales, que hacen cada vez menos probable un origen petrino.
Los conservadores mantienen que este escrito procede de alguno de los secretarios del apóstol; al final dice: «A través de Silvanus, hermano fiel -como creo- os he escrito unas pocas palabras [...]». Pero prescin- diendo de que «a través de» también puede referirse al escriba que lo toma al dictado o simplemente al mensajero de la carta, la «hipótesis de los secretarios» fracasa sobre todo por el carácter fuertemente paulino de la teología de esta epístola, «un argumento de peso contra Pedro como autor» (Schrage). También de esta primera epístola de Pedro, cuya pri- mera palabra «Pedro» lleva la coletilla de «un apóstol de Jesucristo», re- cientemente afirma Norbert Brox, en su libro Faische Verfasserangaben, que por su contenido, carácter y circunstancias históricas no muestra «ninguna relación con la figura del Pedro histórico [...] que nada en esta epístola hace creíble este nombre». Hoy se la considera «por completo [...] una seudoepigrafía» (Marxsen), «sin ninguna duda un escrito seudó- nimo» (Kümmel), en suma, una falsificación más del Nuevo Testamento, urdida, como se supone, entre los años 90 y 95, en la que el engañador no se recata en invocar a Cristo, exigir ser «santos en todo vuestro paso por la vida», «rechazar toda maldad y falsedad», no decir «mentiras», «exi- gir siempre leche espiritual pura».187
Según la doctrina eclesiástica, tres cartas bíblicas proceden del apóstol Juan. Sin embargo, en ninguna de ellas quien lo escribe cita su nombre.
La primera epístola de Juan se cita como muy pronto hacia mediados del siglo ii y ya entonces es objeto de críticas. El canon Muratori reseña, alrededor del año 200, sólo dos epístolas de Juan, la primera y una de las dos llamadas pequeñas epístolas. No es hasta comienzos del siglo ffl cuando Clemente Alejandrino da fe de las tres. Sin embargo, las segunda y la tercera no se consideraron canónicas en todos sitios hasta bien entra- do el siglo iv. «No se las reconoce unánimemente -escribe el obispo Éusebio-, se adscriben al evangelista o a otro Juan.»188
La primera epístola de Juan se parece tanto en su estilo, vocabulario e ideario al Evangelio de Juan que la mayoría de los investigadores de la Biblia atribuyen ambos escritos al mismo autor, como desde siempre es la tradición. Pero ya que este último no procede del apóstol Juan, tam- poco la primera epístola de Juan podrá ser de él. Y puesto que la segun- da epístola es por así decirlo una edición abreviada (13 versos) de la pri- mera y de modo casi unánime se atribuyen ambas al mismo autor, tam- poco esa segunda epístola puede ser del apóstol Juan. Y que escribiera la tercera es algo que ya la Iglesia antigua puso en tela de juicio y que, entre otros motivos, excluye la autodenominación de «presbítero». (Di- cho sea de paso: mientras que la segunda combate a los «herejes», di- ciendo que no se les debe acoger en casa ni saludarles, en la tercera sos- tienen una controversia dos «altos dignatarios» eclesiásticos, el autor ataca a Diotrefes, que quiere «ser venerado»: «habla con malas palabras en contra nuestra y no se da por ello por satisfecho, sino que se niega a admitir a los hermanos y lo prohibe a quienes quieren hacerlo, expulsán- dolos de la comunidad». La religión del amor, ¡y ya en el Nuevo Testa- mento!)189
Incluso los bibliólogos conservadores admiten hoy que el autor de las tres epístolas de Juan no es el apóstol como ha venido enseñando la Igle- sia durante dos milenios, sino que fue uno de sus discípulos y que la «tra- dición juanística» lo transmitió. Acerca de la epístola principal, la prime- ra, la que desde el principio no fue objeto de discusiones, Horst Baíz dice ahora: «Tal como no puede considerarse al apóstol Juan, hijo de Zebe- deo y hermano de Santiago, autor del Evangelio homónimo, tanto menos puede estar detrás de la primera epístola de Juan».190
También se falsificó la carta presuntamente de Santiago. Lo mismo que la mayoría de las «epístolas católicas», sólo imita la forma epistolar;
es un simple ropaje, ficción. Este texto (especialmente) difícil de fijar temporalmente contiene en proporción pocos rasgos cristianos. Va enri- quecido con numerosos elementos de la filosofía cínica y estoica y con todavía muchos más de los libros de la sabiduría del Antiguo Testamento judío, por lo que muchos autores lo consideran un escrito judío ligera- mente retocado. Aunque la epístola pretende haber sido escrita por San- tiago, hermano del Señor, muchas e importantes razones excluyen esta 87
posibilidad. Así por ejemplo, sólo dos veces cita el nombre de Jesucristo, su hermano divino. No pierde ni una sílaba de las leyes del ritual y el ce- remonial judíos, pero, a diferencia de la mayoría de los autores de cartas bíblicas, utiliza al comienzo los formulismos epistolares griegos. Escri- be en un griego desacostumbradamente bueno, en especial para un autor del Nuevo Testamento, sorprendiendo con su rico vocabulario y con sus múltiples formas literarias tales como paronomasia, homoioteleuron, etc. Esto y muchos otros datos ponen de manifiesto que esta epístola, que constantemente predica a los que apostrofa como «queridos herma- nos», la «fe en Jesucristo, nuestro Señor en la Gloria», es una «versión más trabajada de falsificación literaria» (Brox) que la primera epístola de Pedro.
Es curioso que la epístola de Santiago, canonizada en Occidente más tarde, esté ausente en el Canon Muratori, en Tertuliano, en Orígenes y que el obispo Eusebio informe sobre el poco reconocimiento de que goza y la puesta en duda de su canonicidad. También Lulero la tacha (debido a sus innegables contradicciones con el apóstol, con la sola gratia y sola 1 fide paulina) de «curiosa epístola carente de todo orden y método» y pro-
metió su bonete de doctor a quien pudiera «poner en consonancia» la p epístola de Santiago (que postula «el autor de la palabra») con las cartas
de Pablo. Lutero llega a amenazar con «arrojar al fuego aquella macana»^ y «expulsarla de la Biblia».191
Por último, también la breve carta de Judas, la última de las epístolas del Nuevo Testamento, que en el primer verso pretende haber sido escri- ta por «Judas, esclavo de Jesucristo, el hermano de Santiago», se inclu- ye dentro de las numerosas falsificaciones de las «Sagradas Escritu- ras», aunque queda excluido «que el dato corresponda a la realidad his- tórica». Esta epístola delata también «épocas claramente posteriores» (Marxsen).192
Es un hecho «que ya en los primeros tiempos se hicieron falsificacio- nes bajo el nombre de los apóstoles» (Speyer); que en ellas se atestigua la autenticidad, que los «apóstoles» dan sus nombres y que se escriben en primera persona. Es asimismo un hecho «que de todos los escritos del Nue- vo Testamento», como pone de relieve el teólogo Marxsen «sólo pode- mos dar con exactitud los nombre de dos autores: Pablo y Juan (el autor del Apocalipsis)». Y, finalmente, es también un hecho, y uno de los más dignos de atención, que más de la mitad de todos los libros del Nuevo Testamento no son auténticos, es decir, han sido falsificados o aparecen bajo un nombre falso.w
Se mostrará parspro toto que, además, en el «Libro de tos libros» hay toda una serie de falsificaciones en forma de adiciones.