• No results found

CHAPTER FOUR: METHODOLOGY

TABLE 4: RACE AND GENDER PROFILE OF HIGH SCHOOL AND MSDS FOCUS GROUPS

4.2.3 Data Collection

—Dímelo, Sandro, dímelo de una vez —mascullaba Benjamín con la cabeza entre las piernas, sus fornidos brazos sobre las rodillas y su musculoso culo encima de la escalera de metal que conducía al depósito de la tienda Mysteria—. ¿Ya no me amas?

—No es eso, no es eso, Benjamín, es sólo que estoy nervioso... —respondía Sandro con un evidente tono de indiferencia y frialdad mientras arreglaba los zarcillos en la vidriera y respiraba el chicloso aire acondicionado de la tienda—. Nos va muy mal, Benjamín, muy, muy mal, no hay dinero, ¿no entiendes? Estoy tenso, me tengo que ocupar de las cuentas, de la aduana, de la compra de dólares, de todo... Y el mamahuevo de Laudvan que no llega.

Laudvan estaba en el Metrobús. Ya casi era mediodía y sabía que iba tarde y que, de seguro, Sandro estaría molesto. Su mente se concentraba, sin embargo, en las ondas de bajo que había compuesto la noche anterior en casa de su amigo Carlos. Habían logrado una suerte de trance que, junto a cientos de tabacos de marihuana, rones y pases de perico, los había mantenido —a Laudvan con el bajo y a Carlos con la batería electrónica— bastante entretenidos, o, más bien, sumidos, hasta las diez de la mañana.

Laudvan intentaba sincronizar las líneas melódicas de su canción sobre las imágenes que transcurrían frente a él en la ventana del Metrobús. Compuso un rap y luego editó el video también. Era triste, oscuro, depresivo.

Recordó el sabor de los besos de Cecilia y sus intentos de ser un gran hombre. Un gran rockero: a principios de los noventa había dedicado tres años de su vida a un grupo llamado Metralla. Un gran filósofo: llegó hasta el cuarto año de Filosofía en la universidad y luego lo dejó. Y por ser un gran pintor. Todo lo que era, sin embargo, era vendedor de ropa hecha en Hong Kong.

Pero la pintura, pensaba, lo conducía a nuevos caminos, a horizontes más esperanzadores y

personales que con constancia y esfuerzo lo llevarían algún día a tener éxito y, como acto seguido, a escaparse definitivamente de la prisión de Plaza Las Américas.

No sabía si sus obras eran realmente buenas, pero estaba seguro de que provenían de un lugar único, por lo menos, aunque los dueños de las galerías opinaran lo contrario.

Recordó los besos de Cecilia una vez más y Astroboy, Mickey Mouse y Don Francisco comenzaron a bailar al ritmo de su canción por las calles de Chacaíto.

—Sí, ¿estás preocupado y eso te impidió ir a dormir a la casa por tres días seguidos? ¿No? Dime la verdad, Sandro, por lo menos eso me debes después de diez años: la verdad —Benjamín aparentaba ser un hombre fuerte, sus músculos, su corte de pelo militar y su ropa algo sobria daban esa lectura, pero la verdad es que era extremadamente débil.

—¿De qué hablas, Benjamín? —Sandro, al contrario, aparentaba ser la parte sumisa de la relación. Era flaco, tenía el pelo largo, usaba ropa chillona y ajustada, miles de zarcillos, y se expresaba de una forma más bien afeminada. Sin embargo, era tan determinado, frío y, a veces, cruel que hasta sus más cercanos amigos le llegaron a temer.

—Por Dios, Sandro, ¿crees además que soy idiota? No me trates como un imbécil. Dime, ¿quién es? —¿Quién es qué, chico? Diez años, diez años juntos, Benjamín. ¿Crees que siempre estoy de ánimo para verte, para amanecer a tu lado, para soportar tu tono de voz? A veces lo que quiero es irme y no ver a nadie, estar solo, perderme. ¿No puedes entender eso?

—Eres un maldito... Un coño de madre, mentiroso y traicionero, no sé cómo pude pasar tanto tiempo al lado de una persona como tú...

—¿Qué te pasa, Benjamín? Deja de llorar, ¿quieres? —intentó hacer un ademán de cariño y tocarle el pelo a su amante pero éste lo evitó con un rotundo y fuerte golpe. El problema ahora no era

Benjamín, en verdad. Ni siquiera la tasa de cambio, o las importaciones; al contrario, la tienda estaba llena. Sólo que las niñas de El Cafetal no compraban ni una falda desde julio. Ya no compraban nada.

—Te vieron en Tifanny’s agarradito de manos con Cero, bailando y cayéndote a latas en la pista con él —Benjamín temblaba—. Con Cero, Sandro, con Cero. ¿Por qué?

El rostro de Sandro se tornó gris y no dijo una sola palabra hasta que Laudvan atravesó la puerta de la tienda con su habitual sonrisa punzopenetrante.

P

ITUFOLANDIA

—Me despidieron, Luis, hace un mes. El marico de Sandro me despidió... —soltó Laudvan algo apenado—. Pero, ¿sabes qué? No me importa, pana, para mí Plaza Las Américas era una cárcel, un infierno, y tenía que escapar, tenía que irme de allí.

Ana sintió una tremenda angustia, y se dio cuenta de que el mundo le daba claustrofobia. No había sitio seguro. Los colores, los olores, las palabras tenían un matiz diferente, otra gravedad.

—Verga, pana, lo siento, no sabía. ¿Cómo estás haciendo para pagar la casa? Allí ganabas un billete, ¿no?

—Tranquilo. Vendí mi primer cuadro hace dos semanas. Este pana Frank me conectó con una vieja y tal a la que le gustó una de mis pinturas y me la compró, 350.000 bolos, y con eso sobrevivo.

—¿Y por qué te botaron?

—No sé. Ese Sandro es senda cuaima, pana, descargó su arrechera conmigo, nada... Llegué tarde. Pasaron unos 22 segundos de silencio.

—¿El 36 qué coño significa, Laudvan? Acláralo de una vez.

—Nada, no significa nada, Luis. Pero luego le conté el sueño a Frank, tienes que conocerlo, y me dijo que había salido del mundo de las sombras y me había parado en la luz. Uno se para donde quiere. Si deseas que las cosas sean oscuras y que duelan, si necesitas que todo te salga mal, siempre dibujarás un universo trágico, ¿entiendes?, en el que eres la víctima. Mírate, cabezadegüevo, eres un perdedor porque en el fondo lo deseas...

—¿De qué hablas? Si yo tuviera la suerte o el dinero de otros no estaría aquí y ya, pana, deja esa cotorra chimba de intelectual, que lo que haces es enrollarme más...

—Mírate, gay, ahora eres un secuestrador y si no te pones pilas vas a terminar muerto o en la cárcel. Párate en la luz y prográmate, deja que la jeva se vaya, confía en ella, todo va a salir bien.

—Estoy confundido, Laudvan, muy confundido. No sé qué hacer. A veces yo...

—Me da arrechera, Luis, me da arrechera que te portes así, que seas tan imbécil, pana. Lo tienes bien fácil. Déjala ir.

—¿Sabes por qué coño estaba en La Sónica? —preguntó Luis alterado, la voz se le quebró—. Huía de la muerte, güevón, huía de la muerte. Le iba a pedir un trabajo al marico de Johnny Mega. Nada de luz y mariqueras de esas. Quería trabajar, ganar billete para pagar el alquiler de la casa y ayudar a mi vieja. Y voy de lo más buena nota a pedirle un trabajo al marico de Johnny Mega y tal, me encuentro con esta jeva y, pin, la secuestro. ¿Por qué, güevón? Yo no quería eso.

—No seas marico. ¿Para qué coño te compraste una pistola? Te lo voy a decir: también apuestas por la muerte. Estás lleno de odio, cabezadehuevo.

—Tengo mala suerte, eso es, pana. Tengo mala suerte, todo me sale mal, pana, todo. Estoy

condenado. Si dejo ir a esta jeva, me denuncia, pana, me denuncia, y voy preso, pana, seguro que voy preso —Luis golpeó el suelo y comenzó a sollozar—. ¿La muerte? Pana, yo no apuesto por la muerte, Laudvan, de verdad. Si fuera por mí, sería un héroe galáctico, güevón, y salvaría al mundo, y tendría una jeva y tal, pero no, marico, soy un bichito perdido...

—Eres un idiota, pana, eso es lo que eres. Haz el intento —continuó Laudvan, más bien agresivo—, imagina lo imposible con fe y se hará realidad, te lo prometo, Luis, sólo hazlo. Conviértete en un superhéroe o en lo que te dé la gana, deja que la jeva se vaya y ya, no seas mamahuevo, no la cagues más. Chamo, das lástima...

—Yo, pana, yo... ¿Sabes qué? No aguanto más.

Luis estalló en llanto, se acurrucó sobre sus rodillas y dejó escapar sonoros lamentos al tiempo que evitaba que sus interlocutores le vieran la cara. Estaba avergonzado, hundido y perdido. Daba

lástima, realmente daba lástima. Laudvan, incluso, quiso acercársele y darle un abrazo. Ana se sintió confundida al sintonizar el canal de la compasión y no el del odio.

Luis volteó la cabeza hacia el sofá y se sorprendió al encontrar a Ana Patricia con una sonrisa nerviosa. No supo qué hacer o decir. Un viento fuerte y sonoro entró sacudiendo las persianas y los dibujos del Pato Donald. Laudvan, preocupado, fue a la cocina a calentarle otro poco de café. Alzó sus ojos rojizos y fracturados en dirección a Ana, la miró detenidamente e hizo un intento por recomponerse y parar de llorar.

—Estoy loco, ¿no? —preguntó el secuestrador aspirando sus mocos y secándose las lágrimas. —Sí —contestó ella.

—Tranquilo, Luis. Cálmate, todo va a salir bien, no llores más, por favor. Todo va a salir bien... ¿Qué hora es? —soltó la chica con un tono algo dulzón.

—¿No estás molesta? —No lo sé.

—Son como las nueve. Silencio.

A

MOR

Eres como ir a 1.000 por hora, como inyectarse una nueva droga, como caer. Caer de un edificio, tus ojos son el pincho, la autopista, el abismo.

Caer. Quiero caer.

Eres como caminar en la cuerda floja, como para el cuello la soga, como estar a punto de morir. Morir en tus senos, beber tu veneno, yacer en tu falda, besar tu boca.

Morir. Quiero morir.

Ana, eres como el viento sobre las rocas, como la lluvia sobre las olas, como el silencio. El silencio, allí te observo, muero, caigo y exploto por dentro.