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5.4 The quantitative approach: Vector Auto-Regression (VAR) Model

5.4.1 Data definition and sources

Por su parte, John Clarke, Stuart Hall, Tony Jefferson y Brian Roberts (Clarke et. al. 2014), pertenecientes a la escuela de Birmingham, fueron pioneros en el abordaje de la llamada Cultura juvenil que emergió en Inglaterra durante los años de la posguerra (específicamente desde los años cincuenta hasta mediados de los setenta del siglo pasado). Dicha cultura fue publicitada como interclasista y homogénea, ya que pretendía establecer la edad y la generación como factores sustitutivos de la noción de clase, con la intención de enmascarar las diferencias estructurales entre los distintos estratos sociales a los cuales pertenecían los sujetos que integraban el sector juvenil.

Estos autores inician su indagación a partir de reconocer en principio la presencia de diferentes culturas, variables en dimensiones e importancia, así como en pertenencia; es decir, existen aquellas que son propias de las sociedades y grupos, y otras que devienen de distintas clases sociales, por ejemplo. No obstante, en ambos casos, la noción de Cultura utilizada por Clarke, Hall, Jefferson y Roberts, hace referencia a los modos de vida particulares y distintivos de esas colectividades, en los que se condensan significados, valores e ideas, y que son encarnados por sus sistemas de relaciones sociales, de creencias y la constitución de sus instituciones. En este sentido, para Clarke (et. al. 2014) la "cultura es la manera en que las relaciones sociales de un grupo son estructuradas y modeladas, pero también en la que esas formaciones son experimentadas, entendidas e interpretadas" (p.63).

Sin embargo, estos autores reconocieron que toda vida cultural es proclive al conflicto, sobre todo cuando interactúan dos o más culturas dentro de una misma sociedad, como es el caso de las contemporáneas. De tal modo que:

Los grupos que coexisten dentro de una misma sociedad y comparten algunos de los mismos materiales y condiciones históricas sin duda también entienden y, hasta cierto punto, comparten la «cultura» de los otros. Pero, en tanto los diferentes grupos y clases están categorizados de forma desigual en relación unos de otros, en términos de sus relaciones productivas, de riqueza y de poder, así también a las culturas se les asignan categorías diferentes y se ubican en oposición unas de otras, en relaciones de dominación y subordinación, a lo largo de la escala del «poder cultural». Las definiciones del mundo, los «mapas de significado» que expresan la posición vital de aquellos grupos

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que mantienen el monopolio del poder en la sociedad, tienen un mayor peso e influencia, pero niegan esta mayor legitimidad. El mundo tiende a ser clasificado y ordenado en términos y a través de estructuras que expresan directamente el mando, la posición, la hegemonía, de los intereses más poderosos de esa sociedad. (Clarke et. al. 2014, p.64)

Así, Clarke, Hall, Jefferson y Roberts (Clarke et. al. 2014) plantean que en una sociedad como en la que vivimos siempre existirá una tendencia a desarrollar las ideas de los grupos dominantes de formas más efectivas. No obstante, los demás grupos o clases que no ocupan posiciones de poder, buscarán en sus esquemas culturales elementos para lograr dar cuenta de sus experiencias como grupos que se encuentran subordinados. De esta idea surge el reconocimiento tanto de la Cultura dominante, como de la Cultura subordinada:

La cultura dominante se representa a sí misma como la cultura. Trata de definir y contener todas las demás culturas dentro de su rango inclusivo. Su visión del mundo, a menos que sea desafiada, permanecerá como la cultura más natural, universal, omniabarcante. Otras configuraciones culturales no solo estarán subordinadas a este orden dominante: entrarán en lucha, buscando modificar, negociar, resistir o incluso derrocar su reinado — su hegemonía. De este modo, la lucha entre clases sobre la vida material y social siempre asume las formas de una lucha continua sobre la distribución del «poder cultural». (Clarke et. al. 2014, p.65)

Cabe señalar que desde este enfoque la cultura dominante de una sociedad compleja nunca podrá ser una estructura homogénea, ya que contiene en ella misma diferentes intereses que operan simultáneamente. Lo anterior queda de manifiesto si se considera que ésta integra elementos tanto del pasado como del presente, además de luchas de poder en su interior, luchas por la hegemonía, etc. En cuanto a las culturas subordinadas, hay que decir que el conflicto que éstas tienen con la cultura dominante no es constante, sino que se presenta de formas irregulares, en las que puede haber procesos de coexistencia, negociación y de confrontación total.

Clarke, Hall, Jefferson y Roberts (Clarke et. al. 2014) afirman que la lucha por la cultura dentro de las sociedades no puede ser reducida a una simple oposición entre dos bandos, ya que intervienen muchos más elementos en tal afrenta. Esto lleva a los autores a reemplazar la noción de Cultura, por la de culturas, con la intenciónde otorgarle una mayor concreción e historicidad, para desplazar el foco de atención hacia las relaciones de dominación y subordinación, específicas y particulares, así como los procesos de incorporación y resistencia de las culturas subordinadas frente a las instituciones que socializan y reproducen la cultura dominante.

Los autores plantean que en las sociedades contemporáneas los grupos que juegan un papel crucial en los enfrentamientos culturales son las clases sociales, y por ende las configuraciones culturales más importantes son aquellas que podríamos llamar culturas de clase. A partir del

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razonamiento anterior, Clarke, Hall, Jefferson y Roberts (Clarke et. al. 2014) tuvieron la necesidad de desarrollar un concepto más para clarificar tales fenómenos. El concepto fue el de subculturas, que es definido de la siguiente manera:

Debemos, en primer lugar, ver las subculturas en términos de su relación con las redes de cultura de clase más amplias de la que forman una parte distintiva. Cuando examinamos la relación entre una subcultura y la «cultura» de la que es parte, llamamos a esta última cultura «parental». Esto no se debe confundir con la relación particular entre los «jóvenes» y sus «padres» [...] Lo que queremos decir es que una subcultura, a pesar de diferir de importantes modos (en sus «asuntos centrales», sus formas y actividades peculiares) de la cultura de la cual deriva, también compartirá algunas cosas con esa cultura «parental». (Clarke et. al. 2014, p.66)18

Por lo tanto, las subculturas deben ser vinculadas en primer lugar con las culturas parentales (familia, clase), ya que las primeras son en un sentido amplio subconjuntos pertenecientes a éstas últimas. Dicho lo anterior, la importancia, diferencia e incidencia de estos subconjuntos en las realidades sociales de las que participan, emergen a partir de las relaciones que éstos mantienen con la cultura dominante (trabajo, escuela) y con las demás formas culturales de la sociedad (Clarke et. al. 2014). De modo que:

Las subculturas deben exhibir una forma y una estructura suficientemente distintiva para hacerlas claramente diferentes de su cultura «parental». Deben estar enfocadas alrededor de ciertas actividades, valores, ciertos usos de artefactos materiales, espacios territoriales, etc., que las diferencien significativamente de la cultura más general. Pero, en tanto son subconjuntos, debe haber también elementos significantes que las liguen y articulen con la cultura parental» [...] Las subculturas, por lo tanto, toman forma en torno a actividades distintivas e «inquietudes focales» de ciertos grupos. Pueden estar muy volcadas sobre sí mismas o abiertas a otros grupos. Algunas subculturas son simplemente prolongaciones o milieux vagamente definidos dentro de la cultura parental: no poseen un «mundo distintivo» propio. Otras desarrollan una identidad y una estructura clara y coherente [...] Cuando estos grupos con características muy definidas se distinguen también por edad y generación, las denominamos «subculturas juveniles». (Clarke et. al. 2014, pp. 67-68)19

En este sentido, la propuesta de Clarke, Hall, Jefferson y Roberts (Clarke et. al. 2014) es indagar dentro de las relaciones que se establecen entre la llamada Cultura juvenil (dominante en este caso), las culturas parentales de las clases sociales, ysus subculturas, enfocándose siempre en aquellas a las que pertenecen los jóvenes. De lo que se trata es de dar cuenta de una amplia gama de interacciones cotidianas entre ellos y sus pares, sus familias, sus contextos y escenarios más inmediatos.

18 Los corchetes son míos. 19 Los corchetes son míos

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La importancia de la indagación sobre las subculturas juveniles está vinculada con la incidencia que éstas tienen en las realidades de las que participan, ya que se ponen en marcha múltiples estrategias de socialización mediante las cuales los jóvenes aprenden, negocian y generan rasgos culturales. De ahí la relevancia de las respuestas subculturales, ya que a través de éstas se logran llevar a cabo re-significaciones y subversiones que permiten -a los jóvenes- expresar y experimentar su posición dentro de la cultura dominante. Sin embargo, los autores aclaran que:

Los individuos pueden, en sus trayectos de vida personal, entrar y salir de una o, también, de varias subculturas. Su relación con las subculturas existentes puede ser efímera o permanente, marginal o central. Las subculturas son importantes porque allí la respuesta de la juventud toma una forma peculiarmente tangible. Pero, en la historia de postguerra de las clases, esto puede ser menos significativo que lo que la mayoría de los jóvenes hace la mayor parte del tiempo. La relación entre la «vida cotidiana» y la «vida subcultural» de diferentes sectores de la juventud es una cuestión importante en sus propios términos, y no debe ser subsumida en las cuestiones más limitadas. (Clarke et. al. 2014, pp. 70-71)