Part II: Data Driven Approaches for Explicit Model Predictive Control
Chapter 8: Conclusions and future directions
8.2 Future Directions
8.2.2 Data-driven explicit control
Las imágenes fotográficas en el plano de las investigaciones etnográficas se han utilizado tradicionalmente para ofrecer un testimonio de la vida de los otros, objeto de estudio clásico de la antropología social, surgida de la aplicación de la teoría sociológica en contextos etnográficos, desde sus inicios a finales del siglo XIX y principios del XX. Esto ha implicado, por el carácter fragmentario y parcial de la imagen fotográfica, la definición de índices testimoniales, de momentos o circunstancias de registro, sin las cuales no se tenía claridad respecto de lo vivido en campo y lo analizado en estudio. Estas fotografías son pues evidencias, en principio de una pregunta de investigación antropológica, y seguido, de una puesta en escena de los acontecimientos en la representación de la alteridad: un contexto otro, la cultura material del otro y la construcción de una corporalidad otraque define unos sujetos culturales(Krotz, 1994: 20). Este testimonio implica básicamente la presencia de un observador-etnógrafo privilegiado, una mirada que registra a través del lente de la cámara una secuencia dinámica de acontecimientos; en segundo lugar la pretensión de ser testimonio y reflejo fiel de la realidad presenciada. En suma, la fotografía etnográfica exige estar allí y registrar sistemáticamente lo vivido.
La fotografía, para el caso de la antropología, ha sido desde mediados del siglo XIX y principios del XX, una importante herramienta de registro en las investigaciones en campo:
De hecho, en sus respectivos orígenes ya estuvieron entrelazadas. Por un lado, el surgimiento de ambas fue casi simultáneo: a los dos años de la primera exposición fotográfica con la que Daguerre divulgó su invención de imágenes positivas fijas, se fundó la Sociedad para la Protección de los Aborígenes (1841), precedente del Real Instituto Antropológico de Londres. Y escasos años después ya se utilizaba el nuevo invento para fotografiar tanto a los nativos chinos (Itier en 1843) y a los indios de Estados Unidos (1847) como a los esclavos negros de Carolina del Sur (Zealy en 1850, para demostrar la inferioridad de la raza negra) […] Poco después, en pleno
(BAAS) publicó, en 1854, unManual para informes etnológicos, donde se imparten una serie de instrucciones para cónsules, políticos, residentes y viajeros, en las que se indica cómo deben recopilar la información de manera estandarizada sobre los diferentes tipos raciales, usos y costumbres, recomendando la obtención de retratos individuales de estas gentes, mediante procedimientos fotográficos. (Brisset, Martin, 1999: 3)
La imagen fotográfica además de ser testimonio era sinónimo de objetividad científica y prontamente desplazaría los dibujos en campo, puestos en cuestión por su “pictorialismo”, subjetivismo y su carga de autor (Brisset Martin, 1999: 3; Goyeneche Gómez, 2009: 32). La sospecha sobre la exactitud de la imagen etnográfica bajo el dispositivo fotográfico está fundada, para la antropología visual contemporánea (Naranjo, 2006: 20), en la naturaleza inagotable del formato orientada por la intencionalidad del autor en la velocidad del registro, así como en la expansión interpretativa de la foto para el espectador. Partamos de entender que en su especificidad disciplinar el etnógrafo en campo se enfrenta ante el problema de registrar con fines científicos una secuencia dinámica de acontecimientos, una práctica cultural que por definición es simultánea y convergente, en unas escenas estáticas que den cuenta claramente de los sucesos –lo que implica una renuncia a la hora de obturar–, por lo que la fragmentación de la realidad por los límites del formato se hace necesaria y la
focalización –visual e investigativa- imponderable. Es allí donde el registro se torna representación, lamirada testimonio, y la fotografía discurso: retórica de la imagen etnográfica.
Digamos pues que para la antropología visual contemporánea la imagen fotográfica además de ser entendida como herramienta de registro para atesorar el dato cultural en terreno, se ha estudiado también, según Juan Naranjo (2006), como documento histórico que expresa prácticas investigativas y una tipología de la mirada científica, expresión de sus campos de interés cultural, científico y estético; certidumbre además de paradigmas y modos de entender la realidad (la propia y la de los otrossegún Krotz, 1994: 17). Así mismo, por vía de la fotografía etnográfica como documento histórico, junto con los relatos etnográficos, los diarios de campo y los informes de investigación, el archivo permite un análisis que bien podríamos llamar metanarrativo para la comprensión de los marcos epistémicos y encuadres
políticos que admitían, según su temporalidad, la ciencia del hombre en su práctica investigativa; modos de ver que permitieron que “[…] en la década del 80 y 90 se asumiera la imagen como campo de estudio y no como simple dispositivo, fundamento de la antropología visual como rama de la antropología social y cultural” (Naranjo, 2006: 12)
La antropología visual, simplificándola, explora la imagen como soporte de la cultura, pero del mismo modo se permite la experimentación metodológica con la imagen en tanto forma de investigar u objeto de indagación, como sucede con el archivo, para finalmente estudiar los efectos de la imagen en la vida cultural contemporánea paralela a las indagaciones estéticas. El reto ahora para la antropología visual consiste en pasar de la generación de íconos y referencias visuales de valor objetivo y descriptivo (fotografía y testimonio) a construcciones narrativas visuales de valor científico, analítico, y que no se constituyan exclusivamente en un medio de apoyo a los procesos investigativos.
Así entonces, sea la fotografía etnográfica como dato científico—dato en sí— o documento histórico, soporte de un discurso o campo de estudio cultural —dato para sí—(Martin Nieto, 2005: 5), sus posibilidades interpretativas por vía de los estudios visuales se avecinan a la frontera con los Estudios Culturales. Concluyamos pues diciendo que la imagen fotográfica etnográfica,en nuestro caso, interesa en tanto documento histórico, pues expresa modelos de pensamiento y representación que se daban sobre la alteridad en Antioquia, en un momento en que se consolidaba la perspectiva científica e investigativa sobre la diversidad cultural del departamento. Quizás los modos de construcción de las imágenes etnográficas se pueden leer en el marco de una historia de las mentalidades, de los modos de representación de la diferencia cultural desde los constructos e imaginarios de la antropología científica y, evidentemente, de sus preguntas fundantes e intereses investigativos. En palabras de de la antropóloga norteamericana Joanna Cohan Scherer:
Reconstruyendo sus fines e intenciones, podemos categorizar y comprender sus fotos en los contextos en los que fueron creadas. Parece existir una correlación entre las intenciones explícitas del creador de imágenes, el proceso de selección y los estilos visuales resultantes […] Estas deben ser estudiadas a través del corpus completo del
sujetos fotográficos pueden ser determinadas, incluyendo la elección del punto de vista y momento, así como las técnicas para controlar la imagen a lo largo de la duración de la exposición. (Scherer, 1995: 204)
Esta indagación implicaentender la naturaleza de la imagen fotográfica en la etnografía como mecanismo de representación —¿qué papel cumple la imagen en el quehacer de la disciplina?—, donde podemos encontrarel uso de planos generales para testimoniar ambientes ecológicos y espacios culturales; primeros planos para detallar objetos o la elaboración de los mismos; planos frontales usados en el retrato para las mediciones antropométricas, todos ellos usados como marcadores culturales de “primitivismo”, tal vez como una forma de distanciamiento cultural (Brisset, Martin, 1999: 10). Incluso en el escenario de la recepción de las imágenes etnográficas se dan quizás dos tipos de intenciones: por un lado se encuentran las fotografías de registro, las cuales no circulaban en publicaciones o en montajes museográficos, y su valor residía en la capacidad descriptiva del detalle. La segunda intención se correlaciona con un carácter divulgativo y de exhibición de la imagen, ahora sí en montajes museográficos, presentaciones públicas o publicaciones (Palma Behnke, 2014: 73). El primer tipo de imágenes suelen definir detalles y no ofrecer mayor información visual del contexto, en este sentido sólo interesan al investigador, quien en el reverso de las fotografías generalmente detallaba información manuscrita de la imagen (lugares, nombre del personaje, edad, filiación parental, rasgos anatómicos, contexto de la toma, etc.).
Para Arcila Vélez y la primera generación de autores de la ciencia del hombre en Antioquia5,
hacer antropología se correspondía con estudiar culturas no occidentales, en particular las indígenas (Piazzini, 2003: 24), con el propósito de entender sus particularidades a partir de aspectos científicos generales predefinidos (para nuestro caso por la etnología francesa) en los que era posible enmarcar en procesos analíticos más amplios y de mayor complejidad la singularidad nativa: “[…] la lengua, el cuerpo, la historia, el pensamiento mítico, las formas de organización social, los sistemas económicos, las costumbres, etc.” (Castillo, 1996: 2; Piazzini, 2003: 20; Pineda, 1989: 232). De este modo, el otro se reduce a su imagen predefinida por modelos que sujetan su intersubjetividad a esquemas interpretativos.
Paradigma y sujeto adquieren una relación indisoluble que se define en su interacción. Los modelos explicativos de la ciencia del hombre se vuelven transcripción del otro des- singularizado y vuelto imagen-imaginario. Así pues, las preguntas de investigación y los métodos científicos de campo (incluyendo la fotografía) básicamente se reproducían en el contexto antioqueño por Arcila Vélez, quien seguía un programa de estudios e investigaciones más amplias, de alcance nacional y continental. A esto se le suma que el tipo de registro fotográfico pretendía reproducir un protocolo de construcción de la imagen fotográfica para efectos de mediciones y análisis posteriores, evidente por ejemplo en la fotografía anatómica y bioantropológica la cual asume como referente la fotografía judicial decimonónica europea y norteamericana.
En el caso de América Latina el problema [de la fotografía y su relación con la antropología] se manifestó en la reproducción de un canon de fotografía antropológica que se difundió por la mayoría de países de la región y que posibilitó, en parte, la formación de importantes fotógrafos que se acercaron de otra manera a sus sociedades de origen. (Goyeneche Gómez, 2009: 45)
Este uso programático de la fotografía etnográfica y la estandarización de sus referentes es posible analizarlo para el caso colombiano en el catálogo publicado por el Banco de la República y coordinado por el ICAN (Instituto Colombiano de Antropología) como parte del programa Memoria Visual Nacional, a saber,Pioneros de la Antropología en Colombia, Memoria visual. 1936-1950(Pineda Camacho, 1994), el cual recopila algunas fotografías de antropólogos que ejercieron investigación etnográfica, arqueológica o bioantropológica en el país, como por ejemplo Gregorio Hernández de Alba, Luis Duque Gómez, Milciades Chávez y el célebre Gerardo Reichel-Dolmatoff. El catálogo presenta 69 fotografías resultantes de las primeras expediciones científicas (como se denominaba en la época las comisiones de investigación antropológica) desarrolladas en el país por científicos sociales nacionales y extranjeros, la mayoría de ellos formados en el Instituto Etnológico Nacional (1941) Estas expediciones fueron a la Guajira (1936, 1947), la Sierra Nevada de Santa Marta (1946), La Sierra del Perijá (1938, 1944), San Agustín (1938, 1943, 1946) Tierradentro y Cauca (1942, 1943), así como también al departamento del Guaviare (1938, 1940, 1943) y el departamento del Putumayo (1945, 1947). La presentación del catálogo fue hecha por el
la publicación de la colección fotográfica tiene solamente fines expositivos (Pineda Camacho, 1994: 2),en el mismo texto también enuncia que la mayoría de fotografías que componen la publicación
[…] provienen del archivo personal de Gregorio Hernández de Alba, primer antropólogo colombiano profesional,testigo y protagonista excepcional del proceso de institucionalización de la antropología enColombia alrededor del Servicio Arqueológico Nacional y del Instituto Etnológico Nacional (hoyInstituto Colombiano de Antropología). […] Otro grupo de fotografías forman parte del Instituto Colombiano de Antropología, y fueron tomadas en el decenio de los años cuarenta por pioneros de la disciplina en el país. (Pineda Camacho, 1994: 2)
Respecto a este catálogo Goyeneche Gómez menciona la relación existente entre la fotografía la ciencia del hombre y el contexto político que la produce, expresando de esta manera para el caso colombiano posibles imbricaciones entre disciplinas científicas, narrativas visuales y perspectivas políticas
En este documento se puede observar la relación entre antropología y fotografía en el contexto de un importante cambio político y social que se produjo a partir del comienzo del periodo conocido como laRepública Liberal. En el catálogo es posible analizar el uso que los antropólogos hicieron, en un periodo histórico específico, de la fotografía. (Goyeneche Gómez, 2009: 45)
Frente a esta apreciación es claro que Goyeneche Gómezencuentra en el catálogo un gran potencial de investigación interdisciplinariapues plantea la relación entre fotografía y antropología en el marco del contexto político de las décadas de 1930 y 1940 en Colombia, pero finalmente, entre los propósitos mismos de la publicación no se encuentra el de asumir dicha reflexión, sino solamente divulgar los registros fotográficos bajo coordenadas cronológicas y geográficas, y, como se dijo, sólo con fines expositivos.
En el país se pueden citar algunos catálogos que comparten el interés por recuperar material fotográfico de la temprana antropología colombiana. Trabajos como los Pineda Camacho
(1994) al recuperar la memoria visual de los pioneros de la antropología en Colombia entre 1936 y 1950, son acompañados por trabajos como el delantropólogo bogotano Carlos Andrés Barragán quien organiza para la Biblioteca Luis Ángel Arango y el Banco de la República de Colombia, en el 2003, el archivo fotográfico del antropólogo caucano Gregorio Hernández de Alba (1904-1973). Barragán construye en una hoja de cálculo digital bajo la plataforma Excel un índice fotográfico en el cual enlista 3268 fotografías que componen el archivo. Este inventario privilegia la seriación y numeración de las fotografías por orden cronológico, pero además aplica variables de búsqueda archivísticas (descriptores de ubicación de cada registro en el archivo), un descriptor espacial del lugar dónde fue tomada originalmente la fotografía, una relación de las fotografías publicadas y una casilla de observaciones. Este índice aún no se ha publicado y sólo funciona para la consulta interna en la Biblioteca Luis Ángel Arango. La también antropóloga bogotana Jimena Perry publica en 2006 el libroCaminos de la antropología en Colombia: Gregorio Hernández de Alba, en el cual ofrece un marco ideológico, político y científico para pensar la labor etnológica y arqueológica del investigador caucano. Cabe anotarse que el libro, aun siguiendo una cronológica evolutiva sobre la vida del autor, no se corresponde con una biografía en sentido estricto, pues se concentra evidenciar sistemáticamente el aparato científico sobre el que operó Hernández de Alba y su compromiso político con el indigenismo colombiano de la segunda mitad de la década del 30. Finalmente llama la atención que en un volumen de 114 páginas que compone la obra, y entendiendo que el archivo fotográfico de Hernández de Alba tiene 3268 registros clasificados, sólo se presenten 5 fotografías del mencionado acervo en la publicación, asunto que expresa el interés de la autora por abordar los textos y relatos científicos y políticos de este antropólogo y no propiamente las imágenes fotográficas resultado de sus investigaciones como posibles evidencias de su mirada.
El mismo Carlos Andrés Barragán aplica un tratamiento archivístico semejante al del 2003, ahora en el 2015,a las fotografías del antropólogo austriaco Gerardo Reichel Dolmatoff (1912-1994),cuando elabora un índice fotográfico también para la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Este índice fue construido bajo la plataforma Excel y recoge 19409 registros descritos con variables semejantes a las utilizadas en el archivo de Gregorio Hernández de Alba. Sobre el archivo fotográfico de Gerardo Reichel Dolmatoff sólo se
conoce una conferencia dictada el 28 de septiembre del año 2011 en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá por el antropólogo bogotano Héctor García Botero. Según la reseña del evento la presentación hizo énfasis en presentar cronológicamente las evidencias fotográficas de las investigaciones del antropólogo austriaco en territorio colombiano6. Por
demás no se conoce ninguna publicación del material de este archivo fotográfico, o al menos una mirada sistemática del mismo. Es importante mencionar finalmente que Barragán también publica en el 2002 un texto llamadoBibliografía antropológica y arqueológica de Luis Duque Gómez 1916-2000, en el cual hace una reseña general de la vida y obra publicada del antropólogo antioqueño. En este texto se menciona ligeramente la existencia de material fotográfico producto de sus investigaciones, pero no se conoce mayores detalles y desarrollos respecto a la catalogación y análisis de dicho material. El texto fue publicado a modo de homenaje póstumo (Barragán, 2002 a).
Ahora, en Medellín, llaman la atención dos publicaciones que atienden el tema de los archivos fotográficos antropológicos. La primera publicación, hecha en el 2012, tiene por título Álbum fotográfico. Expedición Bolinder-Góez, 1935. Este texto publicado por el Fondo Editorial de la Universidad EAFIT tiene la autoría del filósofo Nicolás Naranjo y las antropólogas Carolina Maldonado y Sandra Turbay. Naranjo desarrolla el prólogo del libro donde presenta el contexto de la expedición colombo-sueca desarrollada por el etnólogo Gustaff Bolinder (1888-1957) por los ríos Meta, Guaviare y Vichada en el año de 1935. Este prólogo permite entender que la expedición del profesor Bolinder arrojó mayores resultados foto-etnográfico publicados a su vez en distintas tribunas científicas, pero que las fotografías que se presentaban en esta publicación se correspondía con el “álbum de recuerdos” del geógrafo y profesor antioqueño Ramón Carlos Góez (Naranjo, Maldonado, Turbay, 2012: 3) quien acompaño la expedición en calidad de agregado. En este sentido el material fotográfico que presenta el libro es bastante espacial pues no sólo se asume como resultado de una mirada científica de las poblaciones indígenas Guayaberos, Piapocos, Guahibos y Sálivas, sino que además se corresponde con una mirada personal, íntima si se quiere, de un viajero etnógrafo. Luego del prólogo de Nicolás Naranjo, se presentan 105 fotografías en el
6Ver detalles del evento en: http://www.banrepcultural.org/correos/biblioteca/2011/0928_conferencia_reichel-
orden cronológico que estableció el recorrido de la expedición. Cada fotografía es acompañada por dos tipos de texto, a saber, la transcripción del título y las observaciones manuscritas hechas por el profesor Goéz en la misma fotografía impresa, y los apuntes etnográficos y bibliográficos contemporáneos disponibles sobre las comunidades indígenas y los contextos referenciados en las fotografías antiguas. De este modo se podría entender el libro como una recreación fotográfica del recorrido seguido por la expedición Bolinder- Góez(1935) complementada con la contextualización científica de las antropólogas coautoras del libro. En este documento, si bien se detallan acontecimientos, anécdotas y datos etnográficos recuperados en la expedición y disponibles en la literatura científica contemporánea, no se abordan con detenimiento construcciones narrativas de la imagen etnográfica y las representaciones que sobre lo indígena se tenían para la época. Así pues, el libro no estudia en detalle la potencia narrativa de la imagen fotográfica resultado de esta expedición, y se limita a presenta un particular álbum fotográfico comentado.