El discurso ético de Hume tiene una característica particular que lo distingue del mundo moderno marcadamente racionalista. Hume se presenta no solo como un filósofo racionalista autocrítico sino que se asume en su obra Investigación sobre los Principios de la Moral, que desarrollaremos en esta parte, como un filósofo de la simpatía, negando la posibilidad de una fundamentación racional de la ética.
La aproximación de Hume a los problemas morales es fundamentalmente empírica. En lugar de decir cómo debería de operar la moral, expone cómo realizamos los juicios morales. Tras proporcionar varios ejemplos llega a la conclusión de que la mayoría (si no todas) de las conductas que aprobamos lo hacemos para incrementar la utilidad pública (p. 82). Sin embargo, al contrario del también empirista Hobbes, Hume sostiene que no sólo realizamos juicios morales teniendo en cuenta nuestro propio interés, sino también el de nuestros conciudadanos. Hume defiende esta teoría de la moral al asegurar que nunca podemos realizar juicios morales basándonos
únicamente en la razón. Nuestra razón trata con hechos y extrae conclusiones a partir de ellos, pero no nos puede llevar a elegir una opción sobre otra; sólo los sentimientos pueden hacerlo (p.93).
En el referido libro desarrolla la denominada moral de la simpatía46, dicha obra tiene tres partes:
1. de la virtud y el vicio en general: que tiene un carácter metodológico. 2. de la justicia e injusticia: de enorme trascendencia en su pensamiento; 3. sobre el estudio específico, de las otras virtudes y vicios.
La primera parte del libro pondera la importancia de la vida moral, lo que para Hume es algo decisivo en todo orden de quehaceres humanos. Según el autor, los hechos de la conciencia se dividen en dos grupos: impresiones e ideas. La moral está arraigada en el primer grupo a manera de sentimientos (impresiones sentimentales). A la pregunta sobre cuál es la fuente de la moral, Hume constata que la moral suscita pasiones y promueve o impide acciones: lo cual, la razón no está en condiciones de realizar. Por ello, es:
Imposible que la razón pueda establecer la distinción entre bien y mal moral, en la medida en que tal distinción ejerza sobre nuestras acciones un influjo del que la razón es por completo incapaz (p. 47).
Para Hume, virtud y vicio no son determinados por la razón; pero existen. La moralidad es propiamente sentida. Esto constituye un argumento contra el racionalismo ético. Con ello, Hume quiere decir que existe un sentido moral connatural en la persona. Hume negó que la razón humana pueda mover a la voluntad, es decir, que la razón pueda servir de fundamento a la vida moral. Por tanto, la moral proviene de algo distinto a la razón. Para Hume el sentimiento es el fundamento de la moral, ella es más objeto de sentimiento que de razón. ¿Cuál es entonces, este sentimiento que sirve de base a la moral? Para Hume, se trata de un sentimiento particular de placer y de
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Pablo Quintanilla señala que la reflexión filosófica sistemática sobre la simpatía se le adjudica a Hume; sin embargo, ya Aristóteles había acuñado el término de catarsis, que literalmente significa purificación, limpieza interior o liberación. Tanto los individuos como las sociedades hacen catarsis. Estas últimas deben recordar colectivamente sus experiencias traumáticas para elaborarlas y comprenderlas, solo así podrán liberarse de sus fantasmas y miedos (Diario El Comercio).
dolor47, de modo que, si logramos dar razón de dicho placer y dolor, también explicaremos el vicio y la virtud. Así sostiene:
Tener el sentido de la virtud equivale a sentir una satisfacción de un tipo particular, al contemplar determinada cualidad. No inferimos que una cualidad sea virtuosa porque nos guste: pero al sentir que nos complace en un modo particular, sentimos que es virtuosa en sus efectos. Lo mismo ocurre en nuestros juicios acerca de cualquier género de belleza, gustos y sensaciones. Nuestra aprobación es implícita, mediante el placer inmediato que nos dan todas estas cosas (p. 86).
Su investigación empírica permite a Hume distinguir cuatro cualidades virtuosas:
a) cualidades que son útiles para la comunidad: benevolencia y justicia. b) cualidades útiles para nosotros: fuerza de voluntad, diligencia, frugalidad, vigor corporal, inteligencia y otros dones del espíritu.
c) cualidades inmediatamente agradables a nosotros mismos: alegría, grandeza de alma, dignidad de carácter, valor, sosiego y bondad.
d) cualidades inmediatamente agradables a los otros: modestia, buena conducta, cortesía, ingenio (p. 97).
Para Hume la moral es de una notable relevancia el sentimiento de la simpatía. La simpatía es la compasión con el otro. Al conceder un gran valor a dicho sentimiento, Hume se coloca en una clara antítesis con la visión de Hobbes:
No existe una cualidad más notable en la naturaleza humana, tanto en sí misma y por sí misma, como por sus consecuencias, que nuestra propensión a experimentar simpatía por los demás, y a recibir mediante comunicación las inclinaciones y sentimientos de los otros (p. 54).
Con lo dicho se puede llamar a la moral de Hume, moral de la simpatía, y esta no es un principio psicológico sino una cualidad inalienable, original de la naturaleza del ser humano. La conducta moral tiene su origen en el sentimiento y los afectos. Así lo señala:
El bien y el mal no se dan en sí, sino que toda la diferencia entre los dos depende de los afectos y pasiones humanas. El fin de toda actividad humana y, por consiguiente, también de la moral, es la felicidad (p. 57).
En esta parte la propuesta humeana es similar a la aristotélica que también tenía a la felicidad como el fin de toda la vida humana; sin embargo, Hume agrega que:
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Hume profundiza la diferencia entre los placeres, así considera que, ante la virtud de una persona, experimentamos un placer peculiar que nos impulsa a alabarla, del mismo modo que ante el vicio experimentamos un disgusto que nos impulsa a criticarlo. Se trata, según Hume, de un placer (o dolor) desinteresado. Justamente en eso consiste el rasgo específico del sentimiento moral: en ser desinteresado.
Alcanzar la felicidad es el gran fin de toda industria humana. Por ella se inventaron las artes, se cultivaron las ciencias, se promulgaron las leyes, se modelaron las ciencias, se modelaron las sociedades, a través de la más profunda sabiduría de patriotas, legisladores. En el mundo todo se compra con trabajo; y nuestras pasiones son las únicas causas de ésta (p. 271).
La simpatía no es simple inclinación; sino que descansa en la proximidad de los otros, de experimentar su placer y su pena, de convivir sus valoraciones. Por este medio el hombre se habitúa a comprender sentimentalmente las acciones de los demás y a juzgarlos moralmente. La simpatía se constituye en un concepto clave en las relaciones humanas.
Con el objeto de explicar la ética, Hume también apeló a la dimensión utilitarista y sigue el método empírico, va a lo concreto, al estilo aristotélico. Hume observa, pone a prueba las cosas, si sirven o no y a quiénes sirve. Lo útil provoca nuestro asentimiento. Pero lo útil en el terreno de la ética, no es nuestro útil particular, sino lo útil que más allá de nosotros se extiende también a los demás, lo útil público, que es lo útil para la felicidad de todos:
Si la utilidad es una fuente del sentimiento moral y si no siempre se considera esta utilidad con respecto al yo individual, de ello se sigue que insta directamente a nuestra aprobación y nuestra buena voluntad todo lo que contribuya a la felicidad de la sociedad. Este principio da razón, en gran medida, al origen de la moralidad (p. 66).
A diferencia de Rosseau que sostiene que el hombre nace bueno y es la sociedad quien lo corrompe, para Hume la sociedad es por naturaleza beneficiosa para el hombre. El hombre solo no podría satisfacer sus necesidades que les son propias sino que requiere de los demás. El interés propio empuja a los hombres a constituirse en sociedad. El hombre vive en sociedad y la utilidad que fundamenta la valoración moral de las cualidades personales ha de ser utilidad para la vida social: “Utilidad pública es el único origen de la justicia” (p.102). El hombre no puede permanecer indiferente ante sus semejantes, sencillamente porque tiene que desarrollar su vida entre ellos.
Sin embargo, si bien Hume se adscribe a la teoría del sentido moral o sentimiento, no tiene la intención de negar que la razón juega un papel importante en la moralidad. Por ello afirma que:
La razón y el sentimiento concurren en casi todas las conclusiones y determinaciones morales (....) pero para preparar el camino para dicho sentimiento y facilitar el discernimiento idóneo de su objeto, es necesario a menudo que se recurra previamente a la razón, que se hagan distinciones muy finas, que se extraigan conclusiones justas (p. 87).
Por lo tanto, la moral del sentimiento no ha de apoyarse únicamente en éste, sino también en la razón, que tendrá que servir de árbitro en los conflictos que surgen en la vida moral. Es la razón utilizada en su capacidad lógica y de discernimiento. Es decir, desde los datos que proporcionan los sentimientos, la razón –en su rol lógico- nos ayuda a discernir.
Todos hacemos distinciones morales, y sabemos que la razón sirve para jerarquizar pero la actitud moral ha de fundarse en el sentimiento, a decir de Hume: la moral se siente, más que se juzga. Es más correcto decir que sentimos los valores que decir que las deducimos o llegamos al juicio moral por un proceso de razonamiento lógico a partir de principios abstractos. Es decir, la moral es de sentir y no de certidumbres. Hume es probablemente uno de los primeros escritores que realizó una distinción entre lo normativo (lo que debería ser) y lo positivo (lo que es).
Hume propuso que la razón de los principios morales puede encontrarse en la utilidad que se busca generar con ellos. Sin embargo, el proto-utilitarismo de Hume es peculiar, él era un sentimentalista moral y, como tal, pensaba que los principios morales no podían justificarse intelectualmente. Algunos principios simplemente nos parecen mejores que otros; y la razón de por qué los principios utilitarios nos parecen mejores es porque favorecen nuestros intereses y los de nuestros coetáneos, con los que simpatizamos. Puesto que como seres humanos estamos fuertemente predispuestos a aprobar normas que promuevan la utilidad pública de la sociedad.
Hume distingue, como hemos visto, entre virtudes naturales y artificiales, las primeras son causadas por pasiones y sentimientos. Las segundas originadas por las convenciones establecidas por los hombres para remediar las dificultades que se oponen al logro de mejores condiciones de vida y entre los cuales se encuentra la justicia. Hemos señalado que sobre la justicia nos dice que es un artificio que se deriva de la necesidad de superar los inconvenientes provocados por la intervención del egoísmo y de la limitada generosidad del hombre con la escasez de bienes frente a las necesidades y deseos humanos. Las reglas de la equidad o de la justicia dependen por completo del estado particular o condición en el que se encuentren los seres humanos y deben su origen y existencia a la utilidad que de su estricta y regular observancia deriva al público. El Estado y el
Derecho surgen para evitar violaciones de las normas de justicia que efectúan los hombres al perseguir lo útil inmediato en perjuicio de lo mayor pero más lejano.
En resumidas cuentas el objetivo de Hume es explicar el comportamiento humano mediante lo que él llamaba los sentimientos morales. Él pensaba que la tradición filosófica occidental está marcada por un excesivo racionalismo e intelectualismo, impidiéndole ver la realidad humana en su complejidad. Así la verdad no resulta una conquista solamente de la razón, sino de la vida humana en su totalidad. Hume nos enseñó que lo que nos conduce a actuar moralmente no es solo un dictado de la razón, sino principalmente la compasión por el otro. Un argumento jamás será una adecuada motivación para actuar si no existe un sentimiento de compasión que lo acompañe. Por ello, la formación moral no solo debe cultivar nuestro juicio sino también debe ser una educación sentimental: nos debe sensibilizar ante el dolor del otro, de modo que nos resulte intolerable la injusticia y el abuso. No aumenta nuestra calidad moral cuando nos refrenamos de causar un daño a otra persona, sino cuando no nos nace hacerlo y para ello resulta fundamental el afecto de la persona y su mundo interior a fin de que muera el personalismo para que emerja la persona en su dimensión más plena.
Acabada la modernidad, la época contemporánea replantea los discursos anteriores de modo creativo e innovador y uno de sus más completos y complejos representantes es el filósofo francés Paul Ricoeur, con quien nos iremos aproximando a una reflexión más coyuntural y contextualizado en nuestro medio.