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Data and Methodology

2. Competition and Incentive to reveal Information in Financial Markets

2.3. Data and Methodology

Como puede verse, en primera instancia, existe un consenso general, en las organizaciones psicosociales entrevistas para la presente investigación, que ha sido motor para la exigibilidad de la implementación de la medida de rehabilitación como parte de la reparación integral, tendiente a comprender el daño psíquico de las víctimas de la violencia sociopolítica, más allá del individuo, partiendo las causas que lo generaron y trascendiendo el modelo biomédico y salutógeno de la salud mental, entendido este último como aquel que se centra únicamente en las manifestaciones individuales de síndromes y síntomas.

Si bien dicho tema ha sido ampliamente transitado desde hace aproximadamente dos décadas en Colombia, se pudo situar en la presente investigación los distintos abordajes que tienen las organizaciones psicosociales en torno al daño, los impactos y las afectaciones, abordajes que sin embargo no desdicen la relevancia casi inequívoca de comprender el daño como una ruptura profunda en la vida de la persona-víctima. Esto tiene implicaciones, a mi modo de ver, en la manera como se puede presentar la narrativa del Estado en cuanto a lo que quiere reconocer como victimización y lo que proporcionalmente estaría dispuesto éste a reparar.

Por otra parte, en la presente oportunidad se indagó acerca de los imaginarios instituyentes de las víctimas de violencia sociopolítica, a partir de la reflexión sobre el tiempo, como creación ontológica en la dinámica sociohistórica, el cual debe por

necesidad trascender la versión común que entiende los fenómenos sociales a partir de la oposición objetivo-subjetivo. Así, se evidenció, desde la teoría de los imaginarios sociales de Cornelius Castoriadis, que las organizaciones psicosociales demandan la inclusión del sujeto en la construcción del tiempo de elaboración de los daños, lo que parece una omisión por parte de la institucionalidad estatal.

Además, han resultado tremendamente útiles los hallazgos encontrados en torno al uso generalizado del término “víctima”, cuya carga semántica se ha traducido en todo un discurso para aludir al sujeto de reparación. Dichos hallazgos se dieron desde las mujeres académicas y las organizaciones psicosociales entrevistadas, las cuales brindaron elementos clave en torno al uso negativo del enunciado “víctima”, cayendo en lugar común, cuando como lo comentaba una de las entrevistadas, se han llegado a afirmar enunciados tales como “de víctimas a ciudadanos” o cuando se planteó la crítica en torno a la homogenización de las víctimas, tal y como si estas fuera iguales y como si los móviles que causaron el daño fueran equiparables (por el Estado o la insurgencia).

Otro resultado importante, es el relacionado con la memoria social como herramienta vital para la exigencia de las víctimas, a partir de la propia construcción sociohistórica, con la trama y narración que parta desde los sujetos víctimas –así esto tenga implicaciones en los tiempos de reparación- y contraviniendo el discurso de las memorias eruditas y el historicismo estatal. La memoria entonces, tal y como la conciben las personas y organizaciones psicosociales entrevistadas, es una construcción, que tiene implicaciones para el conjunto de la sociedad, al ser ésta entendida desde el punto de vista del entramado social, y no sólo como un relato inconexo de las estructura social.

En este sentido, puede afirmarse que la memoria es concebida como una forma de resistencia a las concepciones hegemónicas institucionales, las cuales se han instalado desde dispositivos de subjetivación y discursos institucionales específicos, que rotulan la existencia un tanto mecánica de las “víctimas”. Así, aquí se encontró como resultado primordial, el necesario deslindamiento con tal lógica y la importancia de la reivindicación del sujeto víctima, no como portador de la asistencia estatal, sino como sujeto plural, poco homogéneo, con la potencia de la acción política para la consecusión de los cambios de los factores que incidieron en la violencia sociopolítica.

Tras una ontología de la creación para la imaginación radical de un país con una política pública estatal tendiente a la superación, alivio y mitigación de los daños inmateriales generados con ocasión de la guerra, se impone una gramática del poder, sustentada en la reproducción de las condiciones de lo mismo, la incorporación por efectos de la reacción nada genuina, una gramática de poder que sin embargo, y a pesar de tanto, deja como camino la re-creación de una gramática de la resistencia por medio de la cual las organizaciones psicosociales y su concepción de una salud integral encaminada a que las víctimas rehagan sus proyectos de vida, surja independiente de que el Estado lo permita.

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Apéndice

Quise incluir el relato autobiográfico brindado por la psicológa social y activista de derechos humanos, Claudia Girón Ortiz, en este apéndice, al considerarlo de enorme riqueza contextual, además de ser un relato de la historia, tanto de la represión política, como de las dimensiones de exigibilidad emprendidas por los movimientos de víctimas de la violencia sociopolítica del país. En consecuencia, se incluye aquí el relato autobiográfico que emergió en la entrevista realizada.

“Como tú dices soy psicóloga, estudié en la Universidad de los Andes y siempre fui alguien interesada en el contexto, en el problema de la memoria y desde muy joven inquieta, intentando comprender lo que pasa en un país donde la gente se acostumbró a la violencia. En parte fue la tesis que hice. Se llamaba la creatividad en la formación del psicólogo, pensando en el contexto, en la falta de conexión emocional de las personas, porque en la medida en que se sientan a parte, siempre van a ver a las víctimas como si fueran otro y no parte como de eso que ocurre, que se invisibiliza, se naturaliza. Entonces a mí siempre me gustó el trabajo a partir del arte, de la creatividad. Entonces en los años 90, a principios, conocí a Iván Cepeda, quien era el hijo de Manuel Cepeda y era un contexto bien particular porque había mucha fuerza por parte de la juventud; la gente en ese momento se estaba preguntando por muchas cosas; los jóvenes eran muy críticos en relación con la impunidad, pero muy distinto ahora que han pasado tantas cosas. En ese momento era una juventud marcada por la muerte de

tres candidatos a la presidencia en el año 89-90 que mataron a Galán, a Pizarro y a Bernardo Jaramillo de la UP y con muchas preguntas acerca de la lucha armada como una buena opción. Las generaciones anteriores eran personas asesinadas, de gente universitaria, de las ciudades, que creyó en la lucha armada como una manera de cambiar esto. Mucha gente del M-19, del ELN, que venía con formación académica en ciencias sociales, gente muy cercana a la Iglesia, de los jesuitas, con una mirada de la teología de la liberación, la psicología de la liberación. Y las preguntas que nos hacíamos no era desvirtuando esa lucha, sino muy preocupados con tanta muerte, viendo que el Estado era siempre la represión, la militarización, la estigmatización. Las preguntas que nos hacíamos era qué hacer para que la gente empiece a unirse en torno a la problemática que nos debería aglutinar y no si era de derecha o izquierda y entre la misma izquierda que estaba tan dividida. Entonces en la década de los 90, cuando empezamos con el debate en torno a la memoria, la idea fue cómo hacer que la gente entendiera este presente, viendo el peso del pasado de la violencia liberal y conservadora, con las lógicas de exterminio que vinieron después del Frente Nacional y en contra de los partidos de oposición de izquierda y era aterrador ver el conservadurismo tan fuerte de la élite, de la clase política, la negación de lo que pasaba, la construcción del enemigo interno, lo que pasaba en la década de los 70 y uno escuchaba por qué los papás le contaban a uno lo que sucedía en las épocas de Turbay Ayala, en donde se instaló la tortura, la desaparición forzada; allí hubo mucha represión, allanamientos y una cantidad de gente

detenida y mucho miedo, mucho silencio y un manto de pánico; esa época marcó mucho a la gente, que al ver todos esos allanamientos, toda esa barbarie; la visión de los guerrilleros como los facinerosos, todos esos lenguajes; era entonces muy aterrador ser equiparado e hizo que la sociedad se atomizara, se despolitizara, la muerte de estos tres candidatos fue terrible, paralelamente el asesinato paulatino de integrantes de la Unión Patriótica, el asesinato de Jaime Garzón. Cuando nosotros creamos la Fundación Manuel Cepeda Vargas, la paz y la cultura en 1994, creamos nuevos lenguajes para que la gente se preguntara qué pasaba en un país donde mataban a la gente de la oposición, cómo se afectaba la democracia así usted no fuera de este partido, la idea era que se preguntara qué implica que se asesine a todo un partido político y qué hacemos y cómo nos atañe desde un lenguaje artístico nuevo y fue muy impactante porque fue digamos muy desde la inocencia, desde la mirada de un joven, Iván Cepeda, hijo del asesinado Manuel Cepeda, que vio morir a los papás de sus amigos, o irse a la guerrilla o irse al exilio y yo una muchacha con ganas de hacer y otra gente que se unió a pensar qué hacemos con esa clase media alta, de la cual salimos algunos de nosotros, que no es gente mala o enemiga de la paz ni de los derechos humanos, gente que está en las ciudades y que está permeada. Que esa gente empezara a sentir o a tener una capacidad de asombro genuina frente a eso que le ha pasado a la gente que ha tratado de construir otros paradigmas políticos que podrán beneficiar a todo el mundo, porque hemos naturalizado que esta guerra, por el hecho de estar mejor situados que el resto de la sociedad en la

pirámide social, pues somos cómodos. Qué hacer para incomodar desde una perspectiva constructiva para que la gente reflexione sobre lo que nos está pasando y que esto nos afecta a todos. Es que hay que matar a las personas por el hecho de que tengan ideas sobre la reforma agraria. Como así que matan a la gente porque piden vida digna, trabajo, como así que nosotros no entendemos el problema de la inequidad social, que es el caldo de cultivo para que haya delincuencia, prostitución, narcotráfico, contrabando, una cantidad de prácticas ilegales, pues si no hay oportunidades y no hay educación y se supere para tener una calidad de vida por vías legales la gente va creer que esa es la única vía o la lucha armada contra un régimen que hace eso.

Entonces nosotros empezamos a hacer ejercicios de memoria, comenzamos a invitar a la gente, a personas involucradas con el mundo de la cultura, del arte; y fue muy bonito porque la gente acudió al llamado y pues fue un llamado muy fresco. Comenzamos a reunirnos con la gente de la UP. Me acuerdo de José Antequera cuando chiquito, tan inteligente, tan brillante, Erika, la hermana mayor de José opinando sobre el sentido de la memoria, de hablar sobre su papá, a partir de sus fotos, de quién era. Empezamos a hablar de esto: de quien era la persona, de que le gustaba hacer, cuál era el sentido de su vida, de su lucha; quien era en todas sus dimensiones, no sólo como quien lucha, sino como papá, como hermano y fue muy bonito, desde el amor, no desde lo conceptual. Se fue convirtiendo en concepto con la experiencia, cuando fue cogiendo forma los nichos de la memoria. Primero fue un trabajo hacia adentro, no para mostrar

sino para trabajar y luego fue una invitación para salir a la calle a las galerías de la memoria. No fue sólo una galería de sólo fotos, pues ya sabíamos que estaba ASFADDES y nosotros pensábamos que las fotos eran importantes, pero que también se podía a hablar de las personas más allá de la foto, desde las voces de las personas con sus denuncias; queríamos decir algo nuevo que no fue sólo el discurso del movimiento social, sino como se construye desde varias miradas se construye el sentido de vida de un sujeto que afectó amorosamente a otros, ideológicamente a otros. Siempre fue un cómo transitar entre estas dos combinaciones: del sentido de testimoniar, desde una intencionalidad para dar