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Glosa.

Espera no significa aplazamiento que pierde la oportunidad o desaprovecha el momento. No se necesita sumergirse en la vida, se está en ella: ese saber tiene la espera.

Este capítulo intenta distinguir matices, tendencias, alianzas, disputas entre esperanza y espera.

En Esperando a Godot de Beckett obra la espera, no la esperanza.

La tierra prometida.

Kafka piensa la vida como instante incompleto, como espera sin fin, como ansia sin resultado preciso. Le llama la atención el hecho increíble de que Moisés muriera en las vísperas de llegar a la tierra prometida. Escribe: “Moisés no alcanzó Canaán porque

su vida fuese demasiado breve, sino porque era humana”. Piensa

que, encomendado por Dios para liberar al pueblo hebreo de la esclavitud, vivió hasta su último día con la ilusión de arribar a la tierra de miel. Moisés entró en la muerte de la mano de la promesa que nunca lo abandonó. La promesa incumplida no representa para Kafka signo de estafa, sino cualidad de una vida encantada por la palabra.

figuras 6. esperanza y espera

Prometeo sufre encadenado (“atado con nudos de acero”) en la cima rocosa de un precipicio por quebrantar una ley divina. Explica así su desatino: “Sí. Hice que los mortales dejaran de andar

pensando en la muerte antes de tiempo. ¿Qué medicina hallaste para esa enfermedad? Puse en ellos ciegas esperanzas”.

La humanidad está enferma de muerte. Prometeo trata de dar alivio a esa fatalidad con esperanzas, fuegos, bellezas. No com- prende que la existencia pasajera no anuncia, necesariamente, un mal dañoso. Ya en ese lejano relato, el temor a la muerte se presenta como la pasión que disciplina a las criaturas que hablan.

Condenado por ayudar a las criaturas de vidas fugaces, Prometeo no depone su actitud desafiante ni se somete a Zeus; acepta con dignidad padecer un tormento eterno. Esquilo pre- senta un Prometeo habitado por el orgullo y la redención que exhibe la vanidad de haber librado a la humanidad de la oscu- ra ignorancia: “Pero oídme las penas que había entre los hombres

y cómo a ellos, que anteriormente no estaban provistos de entendi- miento, los transformé a las existencias dotadas de inteligencia y en amos de sus afectos. (…) En un principio, aunque tenían visión, nada veían, y, a pesar de que oían, no oían nada, sino que, igual que fan- tasmas de un sueño, durante su vida dilatada, todo lo iban amasando al azar. (…) Todo lo hacían sin conocimiento, hasta que yo les enseñé las salidas y ocasos de las estrellas, cosa difícil de conocer. También el número, destacada invención, descubrí para ellos, y la unión de las letras en la escritura, donde se encierra la memoria de todo. (…) En resumen, apréndelo en breves palabras: los mortales han recibido todas las artes de Prometeo”.

La de Prometeo es la historia de la donación de los remedios curativos para ahuyentar las dolencias; de la donación de las claves para leer sueños, descifrar destinos y avanzar protegi- dos hacia el porvenir; de la donación de los caminos que con- ducen a los metales ocultos: el cobre, el hierro, la plata y el oro. Su donación, sin embargo, demanda reconocimiento y agra- decimiento (yo los transformé, yo les enseñé, yo descubrí para ellos,

todo lo recibieron de mí).

Su Moisés no expresa la queja que dice ¡Ay, Dios: cómo me voy

a morir justo ahora!, ni se auto-compadece por tantos sacrificios.

El Moisés de Kafka no hace demandas ni planteos a la vida.

Prometeo.

Muchas versiones existen sobre Prometeo, en todas actúa como ladrón que entrega el fuego de los dioses a las criaturas hu- manas. Un solitario castigado por amor a los mortales. Desde entonces, amarrado a una roca, sufre la condena eterna de que un buitre, día tras día, devore su hígado que se regenera cada noche.

El sacrificio ejemplar del héroe, su excepcionalidad, encanta a la esperanza. La historia de Prometeo reúne dos componentes del mesianismo: la pasión redentora de un personaje que res- cata a los sumergidos y su misión de representar a los que no tienen voz.

La esperanza, nacida del desamparo, necesita del desvalimien- to sostenido de los débiles para reinar.

Esquilo.

Así presenta Esquilo, en Prometeo encadenado, la insolencia del ladrón del fuego: “Roba a los dioses sus privilegios y entrégaselos

a seres efímeros”. Prometeo, por solidaridad con los que han de

morir, desafía y ofende a Zeus. Admite así su falta: “Sí. Dentro

de una caña robé la recóndita fuente del fuego que se ha revelado como maestro de todas las artes y un gran recurso para los mortales”.

El héroe, que se compadece de las existencias efímeras, se re- bela contra un tirano insensible. Prometeo cuenta una historia de empatía con los oprimidos. Y, también, relata el infortunio de un personaje elevado, justo y generoso que, por ayudar a los más necesitados, sufre castigado con absoluta crueldad por un dios arbitrario y celoso de su poder.

El hecho de que la espera quede aprisionada en la jarra de Pandora motiva diversas interpretaciones que diferencian, en- tre otras cuestiones, la espera de la esperanza. Algunos lectores se preguntan cómo, siendo un alivio para el sufrimiento de los humanos, la esperanza estaba en el cántaro de los males. Otros suponen que la espera queda encerrada para que los hombres no puedan anticipar ni prevenir las desgracias esperándolas. Están los que argumentan que la esperanza es un mal que con- suela a los humanos con la promesa de una salvación futura que vendrá sola. Hay quienes dicen que en el momento de la dispersión de los infortunios, Zeus intervino para que ese cas- tigo dudoso decantara y esparció sobre la tierra la esperanza separada de la espera. Condenó a la humanidad a la esperan-

za como enfermedad de los que aguardan lo que no se saben

procurar y la privó de la espera que propicia lo que se desea inventar.

De allí, se suele decir que la paciencia es el consejo de la es-

peranza mientras el nerviosismo del deseo habita la espera.

También se piensa que la esperanza mesiánica es queja y deman- da dirigida al futuro, mientras la espera solicita lo que no tiene asegurado un porvenir. O se supone que la esperanza es cóm- plice de un destino congelado, mientras la espera se derrama en un presente deseoso. O se vislumbra que la esperanza anhela lo previsto, mientras la espera vive atenta a lo inesperado.

Tal vez Zeus dispersó sobre la tierra la complacencia autocom- pasiva de las víctimas que consumen sus vidas mientras se alimentan del veneno de la esperanza, del de la salvación o de la creencia en el gesto de justicia de un dios que nunca llega (“Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren

de corazón acariciando con cariño su propia desgracia”). Quizá el

padre de todos los dioses quiso privar a la humanidad de la

espera porque ella se agita impugnadora de lo inexorable y pro-

ductora de posibilidad.

Despojada de la potencia de la espera (y de la palabra), la huma- nidad queda a merced de un poder redentor.

Como dice Derrida (1991): “…el don, una vez más, ya no sería un

don sino un cálculo o un intercambio”.

La humanidad aparece en el relato de Esquilo como espectro de una impotencia que agoniza. Una larva de vivientes incapa- ces de nutrirse a sí mismos. Una especie mínima e inferior que depende de un regalo. El espíritu redentor de Prometeo no se presenta desinteresado: el precio de la salvación radica en la dependencia. La ayuda del héroe bueno posibilita el pasaje de una subordinación a otra: del poder de Zeus al poder de las cie-

gas esperanzas. Pero se verá enseguida: si la esperanza vislumbra

un deseo cumplido, la ceguera priva al deseo de su potencia.

Hesíodo.

En Trabajos y Días, Hesíodo relata el mito de Prometeo y Pandora. Tras la escandalosa estafa, Zeus declara: “Te alegras

de que me has robado el fuego y has conseguido engañar a mi inte- ligencia, enorme desgracia para ti en particular y para los hombres futuros. Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren de corazón acariciando con cariño su propia desgracia”.

Cuenta Hesíodo que el gran dios burlado crea a Pandora para vengarse: una muchacha encantadora y cautivante, sensual y persuasiva, portadora de un cántaro terrible. Ante semejante hermosura, inútil fue la advertencia de Prometeo a la humani- dad de que jamás aceptara un regalo de Zeus.

Se lee en Hesíodo: “En efecto, antes vivían sobre la tierra las tribus

de hombres libres de males y exentas de dura fatiga y las penosas enfermedades que acarrean la muerte a los hombres. Pero aquella mujer, al quitar con sus manos la enorme tapa de una jarra los dejó diseminarse y procuró a los hombres lamentables inquietudes. Sólo permaneció allí dentro la Espera, pues antes cayó la tapa de la jarra por voluntad de Zeus. (…) Mil diversas amarguras deambulan en- tre los hombres: repleta de males está la tierra y repleto el mar. Las enfermedades ya de día ya de noche van y vienen a su capricho entre los hombres acarreando penas a los mortales en silencio, puesto que el providente Zeus les negó el habla”.

figuras 6. esperanza y espera

ble. Anota que “minoría de edad significa incapacidad de servirme

de mi propio entendimiento, sin la guía de otro”.

Entiende que el ejercicio de esa capacidad supone valentía y audacia. Advierte la comodidad de la dependencia, la envol- tura protectora que supone sentirse en manos de un ideal, el sosiego que ofrece esa imaginaria promesa de seguridad. La paradoja de la domesticación reside en que esclaviza y ampara a la vez. Escribe: “La pereza y la cobardía son las causas de que una

gran parte de los hombres permanezca, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de la vida (...) y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que prescribe mi dieta; entonces no necesito esfor- zarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mí tan fastidiosa tarea. Aquellos tutores que tan bondadosamente han tomado sobre sí la tarea de supervisión se encargarán de que el paso hacia la mayoría de edad, además de difícil, sea considerado peligroso para gran parte de los hombres (y, entre ellos, todo el be- llo sexo). Después de haber entontecido a sus animales domésticos, y procurar cuidadosamente que estas pacíficas criaturas no puedan atreverse a dar un paso sin las andaderas en que han sido encerrados, les muestran el peligro que les amenaza si intentan caminar solos”.

La respuesta de Kant sugiere que la esperanza delata la minoría de edad de una razón asustada.

El aceite de la esperanza unge el cuerpo elegido, pero esa caricia sagrada provoca más dependencia y más desamparo. El deseo entontecido se abraza a un tutor. Si la esperanza conviene a la religión, la espera agita impaciencias que la razón no cancela.

Goethe.

En un texto auto-biográfico, que se conoce con el nombre de

Poesía y Verdad, Goethe (1832) explica que escribió un poema

sobre la fábula de Prometeo. En sus versos, el ladrón del fuego advierte a Zeus que juegue si quiere en las cúspides o detrás de la neblina que oculta el cielo, pero que deje en paz a la tierra:

Spinoza.

Spinoza (1677) advierte proximidad entre esperanza y miedo. Escribe: “La esperanza es una alegría inconstante surgida de la ima-

gen de una cosa futura o pretérita de cuya realización dudamos”.

La esperanza teme que no ocurra la realización que aguarda. El deseo, ¿vive propenso a la servidumbre? El enunciado el

deseo desea desear, ¿trata de prevenir el cautiverio?

La cuestión no reside en que, por momentos, el deseo desee algo, sino en que encalle en lo deseado. Que se inmovilice no tanto por eso que desea, sino por la fascinación de propiedad sobre lo deseado.

El deseo desea desear recuerda que no interesa tanto lo deseado

como seguir deseando. En el embrujo de poseer lo deseado anida el temor a no tenerlo o a perderlo.

La esperanza difunde un anhelo propietario que confunde al deseo. La espera vive más allá de lo deseado. No se trata de un más allá poseedor insatisfecho con lo que alcanza, sino de un más allá que vibra en lo pasajero.

El miedo que encuentra tierras fértiles en la esperanza, no prospera en la espera.

Kant.

Se conoce una breve respuesta de Kant (1784) a la pregunta sobre ¿Qué es la Ilustración?. Se podría decir que ese texto intenta la despedida, en la tradición filosófica alemana, de la esperanza: el fin de la docilidad de los que ansían la llegada de un espíritu salvador.

Kant piensa allí la Ilustración como movimiento en el que la

Razón se libera de la tutela de una autoridad absoluta y del po-

der cautivante de la sugestión. Designa ese estado de sujeción a la voluntad de otro (que debería leerse con mayúscula) como condición de una inmadurez de la que la civilización es culpa-

reside en la obstinada voluntad de no someterse, por temor, a ningún poder superior.

La percepción de la indigencia de los dioses libera a la humani- dad de la veneración y de la esperanza. La sublevación contra ese poder deviene espera que se adelanta: no reclama lo prome- tido, provoca lo deseado.

El fuego que se comparte.

El fuego que roba Prometeo no consiste en la llama que incendia los bosques, sino en el ardor que apasiona y abriga a las criatu- ras que hablan. El fuego humanizado por Prometeo representa la calidez del hogar que ampara y protege, al que sirve para cocinar y dar sabor a los alimentos, al que ilumina la noche y agrupa a mujeres y hombres a su alrededor, al fuego que acerca y hace hablar, al fuego que se comparte con el próximo y que invita a arrimarse a los extraños. Al fuego también del corazón: al del amor, del erotismo, de la amistad; al que arde ante la injusticia y une a los oprimidos.

Héroes.

Prometeo, Tántalo, Sísifo, no habitaron la sumisión, sino la in- surrección en los cielos.

Marx.

En sus Manuscritos económico filosóficos de 1844, Marx piensa la tragedia de la enajenación en las sociedades capitalistas. La producción de una especie de brutalidad post-humana: cuerpos estampados por la violencia y la ferocidad de una ci- vilización injusta, un salvajismo de criaturas esculpidas por la domesticación y la voracidad de consumos que se les niegan. Entonces, escribe Marx: “Incluso la necesidad del aire libre deja de

ser en el obrero una necesidad; el hombre retorna a la caverna, enve-

ese hogar que tanto le envidia. Cuestiona la grandeza y supe- rioridad de los dioses que necesitan alimentarse de sacrificios y súplicas de criaturas temerosas y sumisas. Reconoce que se busca un dios porque se siente necesidad de protección, que la veneración refleja minoría de edad, que la devoción copia una reacción infantil que surge del sentimiento de desamparo. No hay ser superior que evite la desdicha: tiempo y destino son los amos de todos. Así, para Goethe, conviene tomar el cielo

por asalto. Prometeo sueña una humanidad sin miedos ni servi-

dumbres que ha de sufrir y gozar, llorar y sentir alegría.

Prometheus de Goethe (1774), en traducción de Ramón Alcalde,

dice así: “Encubre tu cielo, Zeus, / con bruma de nubes / y ejercítate,

como el niño / que descabeza cardos, / con las encinas y las cúspides de los montes; / pero deja en paz mi Tierra, / y mi cabaña, que tú no cons- truiste, / y mi lar, / por cuyo ardor me envidias. / No conozco nadie más indigente / bajo la luz del sol, que vosotros, ¡dioses! / Alimentáis mezquinamente / con holocaustos tributarios / y aliento de plegarias / Vuestra Majestad, / y seríais menesterosos / si los niños y mendigos / no fueran unos necios. / Cuando yo era niño, / no sabía a dónde re- currir; / volví mi ojo perplejo / hacia el Sol, como si allí arriba hubiera / un oído para escuchar mis quejas, / un corazón –como el mío– / que se apiadara del oprimido. / ¿Quién me auxilió entonces / contra la arrogancia de los Titanes? / ¿Quién me salvó de la muerte, / quién de la esclavitud? / Tú, ¿no lo hiciste todo solo, / corazón mío, ardiendo en santidad? / En tu engaño, ¿no ardiste, / juvenil y candoroso, / de gratitud, porque te había salvado / el que dormita allá en lo alto? / ¿Venerarte yo? ¿Por qué? / ¿Aliviaste los dolores / jamás del abru- mado?/ ¿Enjugaste las lágrimas / jamás del afligido? / ¿Quién herró mis cadenas, / sino el Tiempo omnipotente / y el Destino sempiterno, / mis amos y los tuyos? / ¿Te ilusionaste quizás / que yo odiaría la vida, / que me escaparía al yermo, / porque no todos los sueños florales maduraron? / Aquí estoy sentado, plasmo hombres / a mi imagen, / una raza que me sea semejante, / para que sufra, para que llore, / para que goce y se alegre, / para que no te respete… / ¡cómo yo!”.

Goethe advierte que se respeta al Dios que se teme y se aguarda de él castigo y perdón. Lo que caracteriza al héroe romántico

figuras 6. esperanza y espera

que lo soporte, para burlar la condena eterna a la que es someti-

do el héroe griego.

Prometeo, encarcelado por la fabricación ilegal de fósforos, aburrido llama a su águila al caer la tarde:

– Ave fiel – le dijo– parece que sufres, dime ¿qué te ocurre? – Tengo hambre –dijo el águila.

– Come –dijo Prometeo descubriendo su hígado. El ave comió. – Me haces daño – dijo Prometeo.

Pero el águila no dijo nada más ese día (...) Llegó la primavera; por los barrotes de la torre treparon perfumadas glicinas.

– Un día nos iremos– dijo el águila. – ¿De verdad?– exclamó Prometeo.

– Me he fortalecido y tú has adelgazado; ya puedo llevarte. – Águila, águila mía...Llévame.

Y el águila se llevó a Prometeo.

Dice la Disciplina: ¡Espere aquí!

¡Qué engaño enunciativo la expresión sala de espera!

Escribe André Gide: “Toda sala de espera es, en rigor, una sala de

esperanza. De no ser así, nadie entraría en ella. La esperanza siempre aguarda con ilusión que lo que vaya a ocurrir sea, al fin, aquello que tanto se ha deseado”.

Cortázar (1977), en Segunda vez, sugiere que la vida es una sala

de espera, pero que debería llamarse sala de detención, o sala de pérdida de tiempo, o sala de sentenciados.

Freud.

Uno de los libros predilectos de Freud era El paraíso perdido, un poema narrativo que escribió John Milton.

nenada ahora por la fétida pestilencia de la civilización y que habita sólo en forma precaria, como un poder ajeno que puede escapársele cualquier día, del que puede ser arrojado si no paga. Tiene que pagar por esta casa mortuoria. La luminosa morada que Prometeo señala, según Esquilo, como uno de los grandes regalos con los que convierte a las fieras en hombres, deja de existir para el obrero. La luz, el aire, la más simple limpieza animal, deja de ser una necesidad para el hom-

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