Chapter 4 Data Collection
4.4 Data Reduction
(En el tiempo en que Cecilia fue secuestrada y permaneció en la Brigada de Investigaciones, Martín era novio de Adriana Idiart. Este es el testimonio que dio a los autores de este trabajo) Era todo oscuro –Yo la conocía desde chico, desde toda la vida. En el 55 hubo una epidemia de polio, y yo la conocía porque ella era una chica muy linda pero usaba bastón. Era una de las tantas personas que había sufrido la polio. Ella era una persona muy bonita, pero usaba bastón, por eso es que yo de chico la ubicaba. Yo mantengo contacto con ella de grande. Cuando yo me hice de novio con Adriana y ahí empecé a frecuentar la casa. Yo me hice de novio el año que ella desapareció, en el año 76. Cuando empecé a ir a la casa, ella desapareció. Yo des‐ pués la vi cuando ella estaba como “desaparecida”.
–Sí, sí. En realidad era todo en secreto, se iba en se‐ creto. Supuestamente ella no figuraba como detenida ni nada, y estaba ahí. Supuestamente no se podía decir nada, vos te tenés que ubicar en ese momento, viste. Era todo oscuro. De hecho si la madre hubiera salido a decir todo esto, a denunciar que había aparecido, yo no sé si hubiera cambiado algo. Por algo eso estaba oscuro. A lo mejor tenías otro resultado y a lo mejor no. Un día como a las nueve o diez de la noche, sonó el teléfono en la casa. La madre había salido, no estaba, no había nadie en la casa, así que atendí yo. Primero llamó un hombre averiguando si esa era la casa de ella, era común que llamaran, porque llamaban siempre, continuamente preguntando por ella, gente que su‐ puestamente la conocía. Preguntó dos o tres veces, lle‐ gó un momento que me preguntó quién era yo y me dijo que me querían hablar y me pasaron con ella. Ella me dijo que estaba detenida y dónde y me pasó un teléfono.
En realidad era complicado hablar por teléfono, comunicarse. Cuando vuelven la hermana y la madre a la casa, tipo diez de la noche, y yo les conté lo que había pasado, se armó un revuelo bárbaro. Te imagi‐ nás, porque ella ya andaba en algo. La daban por per‐ dida pero tenían esperanza. Empezaron a llamar por teléfono, y cuando logran que las atendieran, le dijeron que ahí no había sido, te imaginás que a mí me había empezado a agarrar la locura, porque yo estaba seguro de que me había llamado y que era ella, porque yo la
conocía. Como a las doce de la noche le dicen que sí, que Cecilia estaba ahí, pero que no dijera nada. Al otro día a la mañana viajó la madre a visitarla, fue a ver dónde era y ya al tercer día que la familia estaba allá, yo ya me fui a verla.
Donde ella estaba era como una casa de familia, no era un edificio oficial, pasaba inadvertido. Lo único que llamaba la atención era que en la puerta había per‐ sonas de civil, pelo largo, todo, pero armados. Era una casa de esas antiguas, con zaguán y desembocaba en una sala de estar. De cada lado había una oficina y en el frente tenías como un “buscador”, donde vos veías gente trabajando, de civil, de barba, pelo largo, que era raro en esa época, porque los militares eran todos arregladitos y prolijitos.
La primera vez que fui yo, nos atendieron en una oficina donde estaba ella y nosotros charlamos un rato en ese lugar. Ya después con los viajes, empezamos a pasar a la parte de atrás, donde era como una casa. Había una puerta que un día yo la abrí, no sé porque la abrí, y había rejas, no podías pasar.
Pasado el tiempo, nosotros nos enteramos de que ella al principio estaba bárbaro y al poco tiempo, em‐ pezó a hablar. En realidad, además todo eso pasa si‐ multáneamente a que ella le dice a la madre que se había salvado gracias al famoso cura Von Wernich, porque él era la ayuda espiritual de Cecilia, así lo decía ella. De hecho ella, antes de desaparecer no creía en nada, no aceptaba nada y después apareció como una
persona muy creyente, muy convencida de lo que de‐ cía, muy de la iglesia. Y eso es lo que a mí me llamaba la atención, de hecho yo le dije a ella porque tenía con‐ fianza. Ellos andaban con ropa nueva, y yo le pregun‐ té, ¿Che, ustedes con la ropa cómo hacen? Y la primera vez me dijo, no preguntes eso y yo le seguí pregun‐ tando y me contó que de los operativos de allanamien‐ to, les daban la ropa a ellos.
En realidad, yo presentía que algo no andaba bien, y la primera vez tenía los labios pintados, pero yo veía como tenía los labios paspados, resecos. Pasado el tiempo yo le pregunté ¿Por qué siempre tenés los la‐ bios secos, vos? Y ella no me decía nada, se reía. En realidad, yo tenía dieciséis, diecisiete años era parte de mi inocencia. Hasta que ella me dijo: “Dejá de pregun‐ tar, que es la picana boludo”. Ella tenía los labios lle‐ nos de cicatrices
El cura “salvador”
Yo lo conocí a Von Wernich ya antes de esta situa‐ ción, y para mí ya era una persona rara, él había anda‐ do en un movimiento, en una época acá en Bragado. Incluso los chicos, los jóvenes “generación nueva” se llamaban. Eso era algo que ya, convocaban chicos de Junín. Yo a él lo conocía de antes, por algunas perso‐ nas de Junín que también ya lo conocían. No era una persona agradable, esto sin conocer lo que había pasa‐ do, él siempre andaba de sport, es más un día bautizó
a una nena en una casa así nomás, vestido sport, él no era un cura convencional.
Ella empieza a nombrarlo a él cómo su salvador. Es por eso que el cura empieza a aparecer en la casa, de hecho, cuando él declara en el juicio y dice que no conoce a nadie, a mí me daba gracia, porque de hecho, yo lo vi, él almorzaba, él cenaba con nosotros ahí en la casa. Por eso me da pena, no puedo entender como una persona puede ser tan cínica. Él podría haber di‐ cho no sé, iba por tal o cual motivo.
En el libro de Brienza se nombra un cumpleaños, era el cumpleaños de Cecilia y yo estuve ahí. Él tam‐ bién estaba. Y te puedo asegurar que había una perso‐ na que en la parte de atrás escuchaba el festejo, es algo cruel en todo sentido. Y no era que estábamos lo fami‐ liares, que no sabíamos lo que pasaba, estaba el cura, que sí sabía. Estaba el grupo de los siete. Yo los vi, es‐ tuve presente y lo vi al cura también, pero él negó to‐ do. Yo puedo afirmar que estas cosas son ciertas.
Ahí empezó un juego tan macabro por parte de la policía y él, que en realidad hoy pasado veinte años todavía te juro que yo me acuerdo y se me hiela la san‐ gre. En su momento no había nada cruel, pero pasado el tiempo y analizado de otra forma, era terrible. Tenés que ser una persona muy cruel para estar sentado con alguien que vos sabés de entrada que lo vas a matar.
Yo lo he vuelto a hablar con Adriana, con personas a través de los años, y todos llegamos a lo mismo, esto no tiene explicación, cómo podía ser que fuera gente
que los mantuvieran con vida e hicieran todo ese mo‐ vimiento para sacar información o lo que sea, con per‐ sonas que no estaban en lo más alto de la cúpula, ellos eran todos Montoneros, pero eran los de más bajo, no eran un cuadro importante. Tenían un manejo de la impunidad terrible, el cura llevaba y traía encomiendas, ropa, mucha lana (porque en esa época Cecilia tejía, que de hecho yo tenía una muñequita de trapo, que hace unos años se la regalé a la hermana). Todas estas cosas no te hacían sospechar el final, porque en realidad les estaban dando comodidad, le daban misa, hacían que vos pienses que eso era im‐ posible. No era increíble que vos pienses que los iban a soltar. Los hacían tener una actividad, y desde el prin‐ cipio se estaba organizando su salida, de hecho, toda esta movida era para que ellos pudieran salir. Supues‐ tamente en corto plazo se iban, todos los padres tenían contacto, los visitaban, se hablaban por teléfono. Y nunca cierra porque pasó lo que pasó, por qué llegan a eso, porque si los hubieran largado tampoco les cam‐ biaba su situación, como tampoco matarlos. Para ellos debe tener sentido, pero para nosotros no. No sé en qué se equivocaron, si en blanquearlos frente a la fami‐ lia de los detenidos. –¿Vos leías las cartas que ella mandaba? –Sí, ella escribía muchas cartas y las traía y las lle‐ vaba el cura también. Ella escribía mucho, y no es que escribía una carta para todos, nos mandaba una para la hermana, otra para la madre, otra para mí...
–¿Y vos cómo las interpretabas? A mí lo que me llamaba la atención en ese momento era que ella le daba gracias a Dios todo el tiempo, todo estaba orquestado, era muy dirigido. Pasado el tiempo, o tenían un lavado de cerebro muy grande todos, o no sé, era una forma de hacernos ver cómo realmente esta‐ ba. Pero yo no creo que ellos se hayan dado cuenta, porque ella ha tenido oportunidades de decirnos algo, porque muchas veces estábamos solos, siempre está‐ bamos solos, nadie nos escuchaba. Lo que a mí me llamaba muchísimo la atención era que el cura se llevaba dinero. En realidad, él ese tema siempre lo hablaba sólo con la madre. Pero yo soy tes‐ tigo de que él se llevaba dinero, porque en la casa tení‐ an dos cajas fuertes, la madre de Cecilia pasaba, sacaba plata de la caja fuerte y le daba el dinero al padre. Él venía y se llevaba cosas, no es que pasaba por las car‐ tas nada más, indudablemente él estuvo incluido en todo este juego macabro.
Ese dinero, supuestamente era para que Cecilia pu‐ diera salir del país. Para pagar todos los gastos. En rea‐ lidad, tampoco se llevaron una fortuna, o sea los tipos no tenían escrúpulos, se llevaban una cantidad de dine‐ ro insignificante, se llevaban las migas, lo que podían.
Charlas con Cecilia
El tema más duro de todo esto yo lo llegué a hablarlo con Cecilia, cómo es que ella llega a ese lugar
y eso. Ella me dijo que cuando la torturaban el cura estaba presente, él era el que le hablaba después de la tortura para que se arrepintiera. Ella charlaba conmigo y me decía que se le volvía insoportable, me decía que quería morirse. Una vez que la habían torturado mu‐ cho el cura le dice que él le iba a dar la última oportu‐ nidad de que se salvara y que la iba a hacer hablar con una persona que ya había pasado por todo eso, era una chica que había sido amiga de Cecilia, una gordita que estudiaba medicina. Ella entra y le explica cómo estaba, la convence. Tampoco se salvó ella, también desapareció. Mirá cómo será, que ha sobrevivido gente que estaba atrás y que no vio ni dijo nada, y ellos que fueron mostrados a sus familias, desaparecieron. Esto también era una forma de torturarlos, además nunca blanquearon nada, ellos dicen que los sacaron del país (cosa que es mentira).
A ellos los sacaron en distintos viajes, yo me acuer‐ do de todo el quilombo para sacarlos. Los sacaron en distintos grupos, porque creo que unos iban a Francia y otros a Brasil supuestamente y los sacaron en distintos autos y a distintos momentos para matarlos. Un día antes de que Cecilia viajara, la madre llama a la Brigada y le dicen que no podía hablar, pero la madre viaja a La Plata igual para verla salir de la Brigada. Pero cuando llegó ellos ya habían salido supuestamente.
Pasan un par de días y ella vuelve a desaparecer, no llama, nada. La madre vuelve a viajar y va a la Bri‐ gada, y cuando entra ya habían cambiado todo, no
estaban las personas que estaban antes, no había nadie conocido. De hecho, ella decía que su hija había estado ahí y le decían que ahí no había nadie desaparecido, o sea la madre empezó a enloquecer. Ahí es cuando empieza a buscar al cura, que estaba en 9 de Julio. A partir de entonces él la atiende mal o no la atiende, le empieza a dar respuestas ambiguas, no la recibe y no la atiende. Una vez viajamos todos a 9 de Julio, y fuimos a lo que era la casa o la iglesia del cura, y estaba el auto de él. Lo esperamos en la puerta porque no nos quería atender, cuando sale Von Wer‐ nich, la madre lo ataja y yo veo que ellos tienen una discusión fuerte. La madre empieza a preguntarle que pasó, y él le dice “seguramente Cecilia no ha salido, no se ha ido del país y se ha vuelto a meter en Montone‐ ros” lo cual era imposible porque se hubiera comuni‐ cado y nos hubiera dicho que se había vuelto a meter en eso. El cura empieza a desaparecer, era imposible ubicarlo.
Una de las cosas que me llamaba muchísimo la atención era que Von Wernich andaba en una coupé, que para ese momento era increíble. Y me llamaba la atención porque él era cura. Era una ostentación. El andaba con vidrios polarizados, que en esa época era rarísimo. Yo le preguntaba por el auto y él me decía que tenía ese auto porque era enfermo de los autos, que le encantaban. Todos decían que él andaba en mo‐ to. Por eso vos cuando lo veías no sabías que era cura.
Mi mamá era muy creyente, y yo llegaba a casa y puteaba en contra del cura, y mi vieja me retaba.
Yo en casa le contaba a mi vieja lo que pensaba del cura, sabía que se traía algo entre manos. Yo quedaba con un loco, porque hoy por hoy, a vos te dicen cual‐ quier cosa de un cura y no te sorprende, pero en ese momento la iglesia era incuestionable. Yo también le decía a Adriana que el tipo no me gustaba ni medio, y la madre me decía que era quien había salvado a Ceci‐ lia, que no entendía nada. La madre le tenía mucha confianza.
Otra vez desaparecida
Cuando Cecilia desaparece, a la madre le crea todo un problema, porque Cecilia andaba de novio con Car‐ litos Girard. Es más, yo hablando con Carlitos, varios años después, él me cuenta que cuando él se baja del colectivo caminando para la casa, en un barrio humil‐ de, pobre, se cruza a un muchacho que le dice que no vaya para aquel lado porque había un operativo, él presintiendo que era en su casa le pide que lo acom‐ pañe a chusmear y él ve a una determinada distancia que la sacaban a Cecilia en un auto. Él sigue al auto y llega a la Brigada y se queda un par de días esperando ahí, pero no ve nada, pierde el auto. Él se escapa a un pueblito de Córdoba, estaba perdido. Cecilia habla con la madre y el cura para que Carli‐ tos se entregue, porque le daban la garantía de que iba a pasar a estar detenido un tiempo y listo. Y él se iba a
entregar, hace todos los contactos, la madre en un principio no quería saber nada, por eso viaja a hablar con Cecilia, y como ella está bien, la madre lo llama a Carlitos. Aparece Carlitos en Bragado y hace una fiesta con todas las puertas y las ventanas cerradas por las dudas, y me acuerdo que había un chico que tocaba la guitarra con una desesperación terrible, y miraba la puerta con ganas de irse, estaba re‐cagado.
Bueno, Carlitos se entrega y le dicen que iba a estar un tiempo sin que nadie lo viera y que después lo iban a ver y que después iba a pasar. Él me confesó, me di‐ jo, que él pensaba para qué carajo se había entregado, que lo torturaron y le hicieron de todo y que además no lo iban a ver.
Cecilia desaparece justo cuando a él lo entregan a la policía, y la madre no sabía nada, ni dónde estaba ni cómo. La madre de Cecilia le cuenta a la madre de Carlitos que Cecilia había vuelto a desaparecer. Te imaginás el drama que fue, la madre de Carlitos le de‐ cía a la madre de Cecilia que por su culpa lo iban a matar a Carlitos. Era una situación muy traumática.
Una de las cosas que pienso, ahora pasado el tiem‐ po y siendo padre, yo jamás puedo entender cómo la madre soportó eso, yo en su lugar me vuelvo loco, me mato. La madre de Carlitos tenía una entereza increí‐ ble, de hecho todas las madres que pasaron por eso, soportaron esta situación.
Bueno, con el tiempo Carlitos aparece como deteni‐ do y en el 83 quedo libre cuando vuelve la democracia.
Él ahora está bien, pero ya no quiere hablar de nada, Cecilia era la única mujer de su vida, su cabeza explo‐ taba en ese momento.
Lo que hace más cínica toda esta historia es el hecho del personaje, la representación de la moral, las buenas costumbres del cura, eso es lo que lo hace mas macabro. Y la crueldad de Von Wernich de no recono‐ cer a nadie y después de venir acá, a Bragado. Era una persona sin escrúpulos, de hecho terminó mostrándolo acá en Bragado acusando a esa pobre señora. Dice pú‐ blicamente que esa pobre señora lo acosa, porque de última podría haberlo hablado con ella.9
¿Vos que te pensás, que estamos en el paraíso?
A mí lo que más me sorprende es lo bien que está Cecilia, está en una casa, porque yo creía que esa era la vida de ella, la vez que yo veo la parte de atrás, me empieza a llamar la atención, no por lo que había atrás, sino porque venía sospechando que Cecilia no era sincera con nosotros. Cuando yo vi la puerta y em‐ pecé a preguntar, porque a mí me llamaba mucho la atención esas rejas que había y es más yo, desde mi inocencia, si la puerta esa hubiera estado abierta, yo hubiera pasado a la parte de atrás.
9 Se refiere al incidente que ocasionó que la Iglesia sacara a Von
Wernich de la parroquia de Bragado por un escándalo con una feligresa, que según el cura lo acosaba con cartas de amor.
A mí también me llamaba la atención que en ese lugar no había nada que demostrara que era un lugar oficial, excepto en la parte esa en que había un mástil con una bandera argentina, después era una casa nor‐