El cardenismo logró estabilizar al país y procesó efectivamente los intereses de diversos grupos sociales, aglutinando alrededor del PRM un amplio consenso social, reforzando la estructura y disciplina internas del partido alrededor de la figura del presidente como máximo líder. Las presidencias posteriores de Ávila Camacho (1940-1946), Alemán Valdez (1946-1952) y Ruíz Cortines (1952-1958), se concentraron en el crecimiento económico y la ampliación de la base social del proyecto hegemónico partidista, que en 1945 reformuló su nombre a Partido Revolucionario Institucional (PRI) como se le conoce hasta nuestros días (Basáñez, 1990). Las políticas más radicales y socialistas de Cárdenas fueron desmanteladas y fue el momento de incorporar los intereses de amplios sectores de la población, con el fin de consolidar un modelo corporativo clientelar, que distinguió a México hasta la entrada del neoliberalismo. En este periodo se tomaron medidas que beneficiaron a las clases medias y altas; además, el discurso anticlerical del gobierno y del partido bajó mucho de tono; tanto Miguel Alemán como Ávila Camacho, mantuvieron una política pública que evitaba el conflicto abierto con la Iglesia (Loaeza, 1985: 47), lo que permitió también, restituir algunos de los vínculos entre las dos fuerzas hegemónicas. Además, la Segunda Guerra Mundial y la nacionalización del petróleo63 dieron un gran impulso económico al país comenzando el periodo de auge, que se conocería como “milagro mexicano” el que se extendió hasta 1970.
Uno de los sectores a tomar en cuenta fueron las mujeres, que ya habían sido lo suficientemente “formadas”, para votar por el PRI en vez de favorecer al partido pro- católico; había que darles derechos políticos, que incorporarlas de manera efectiva y
62 Por ejemplo, en la Segunda República, cuando en las Cortes republicanas se debatió la aprobación del
voto femenino en 1931, Victoria Kent y Margarita Nelken (entre otros socialistas, aunque estas destacan por ser mujeres), argumentaron que otorgar en ese momento el voto a las mujeres, sería contraproducente: “Poner un voto en manos de la mujer es hoy, en España, realizar uno de los mayores anhelos del elemento reaccionario” (Nelken, en: Nash, 1981: 155), contrario a la opinión de Clara Campoamor, que votó a favor.
63 Cárdenas había nacionalizado el petróleo y su explotación en 1938, lo que favoreció la economía cuando
controlada dentro de la maquinaria del impulso nacional; se requería de su mano de obra y también de su trabajo dentro del floreciente tercer sector:
Tanto el gobierno de Miguel Alemán (1946-1952) como el de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) comprendieron perfectamente el papel que las mujeres podían jugar dentro de la política nacional: servir de “guías” y ejemplos para las demás o bien haciendo campañas para que se votara por el PRI. Esta dinámica clientelista redituaría en adhesiones de mujeres de clase media al partido. Fue por ello que la incorporación femenina a la vida pública con voz y voto hacía cada vez más necesaria la reforma al artículo 34 de la Constitución (Lau, 2006: 108).
Este cambio de intenciones se tradujo inmediatamente en el discurso oficial, que comenzó a preparar el terreno para conceder el voto y el acceso a los puestos de elección popular a las mexicanas, proyectando una imagen de madurez política. De pronto, se reconocía la labor desarrollada por la mujer en la vida nacional, eso sí, siempre desde su posición maternal: “La mujer mexicana ha compartido las luchas por la libertad, pero lo que es más valioso, está siempre presente, abnegada y alentadora en el diario combate por la vida: Es nuestro propósito dar mayor participación a la mujer en la vida social, política y económica de México (Ruiz Cortines, discurso de campaña enero 1952, en: Lau, 2006: 108)”. Surgió entonces la llamada “Alianza de mujeres de México”, la organización oficialista que aglutinó a millones de mujeres, a través de la incorporación de organizaciones previas -por medio de la promesa de obtener, ahora sí, el derecho al voto- sindicatos, organizaciones campesinas, etc. Su programa de acción incluía mejoras educativas, programas sociales, mayores derechos laborales y derechos políticos. Amalia Castillo Ledón fungió como su presidenta, guardaba estrecha relación con el PRI y de cuyas filas incorporó muchas mujeres a la organización.
Si en los años treinta las organizaciones feministas que luchaban por el voto habían insistido en el derecho al sufragio en términos de igualdad moral, capacidad ciudadana y deuda revolucionaria –apoyada por el socialismo cardenista–, la Alianza, por medio de su propio boletín gratuito, promovía el modelo de mujer al que aspiraban impulsar, sin cuestionar la división sexual del trabajo y proponiendo la incorporación de las mujeres a la vida pública desde su singularidad de género, y con los valores asociados a la maternidad. El siguiente párrafo citado por Ana Lau, parte del ideario promovido
por la Alianza, expone perfectamente la manera en la que el Estado mexicano, incorporaba el aspecto de género en su proyecto hegemónico:
Yo, mujer ciudadana depositaria de las virtudes que ha hecho del hogar un santuario de respeto hacia los padres, de ternura y amor para los niños y un baluarte de la mexicanidad, heredera de las nobles y estoicas hazañas de los héroes de la libertad y de la justicia de la cultura y el progreso de nuestra Patria, ejercitaré mis deberes y derechos políticos con un alto sentido de responsabilidad y teniendo como sublime aspiración servir a México (Diario Novedades, 8 agosto 1953, en: Lau, 2006: 115).
De las propias reflexiones y voz de las mujeres de la Alianza, surgió este discurso de consenso con la ideología dominante, una aceptación al liderazgo del modelo corporativo del nacionalismo partidista, cuyo efecto inmediato fue la deseada reforma del artículo 34 constitucional y la concesión de derechos políticos a las mujeres mexicanas, el 17 de octubre de 1953. De acuerdo con algunas lecturas (ver por ejemplo: Lau, Scott, Sanders), el cambio de un discurso igualitario por el de un discurso maternalista, puede ser interpretado como estrategia para la obtención de derechos políticos por parte de las miembros de la Alianza, o quizá de las organizaciones de mujeres mexicanas en general, como una forma de pactar con aquellos sectores conservadores que temían que las mujeres abandonaran la casa para dedicarse a la política, perotambién como una forma de adaptarse al discurso de género en esta nueva fase del priísmo, mucho menos radical que la anterior postura cardenista.
Conforme la consolidación corporativa de la hegemonía del PRI se fraguaba, y la llegada de nuevas tecnologías exigían mano de obra calificada, las obreras y trabajadoras fueron siendo desplazadas de las líneas de producción más técnicas, así los sindicatos se masculinizaron, no solamente en tanto el sexo de sus directivos, que fue siempre mayoritariamente masculino, sino también en el imaginario de género: La obrera no podía ser fiel al sindicato, porque antepondría sus intereses familiares; la maternidad entendida como característica esencial de cada mujer –aunque no fuera madre–, era un problema doble:
Caracterizaban los intereses de las obreras como si estuvieran fincados en sus responsabilidades de esposas y madres… Los sindicatos llegaron a representar a las obreras como madres desentendidas de su familia y de sus hijos… Era esa misma lealtad dividida entre la fábrica y la casa la que impedía considerar a las obreras como miembros leales al sindicato y la
misma que impedía que fueran consideradas buenas madres (Gauss, 2009: 300).
Si las obreras estaban siendo desplazadas, las mujeres del campo desaparecieron del discurso público, permaneciendo sin obtener los derechos prometidos por la Revolución hasta los años setenta, no pudiendo ser titulares de las tierras que trabajaban a menos de que fueran viudas o cabeza de familia en ausencia de un hombre; esto a pesar del papel tan activo que habían desempeñado en el reparto agrario, y a su incorporación masiva en organizaciones de diversa índole auspiciadas en la presidencia de Cárdenas (Stephen, 2009: 380).
En los años de la consolidación, el discurso público respecto a las mujeres estaba centrado en su papel como madres y en la relación entre el nacionalismo y la crianza de la familia. El imaginario de “la mujer” mexicana, era el de una mujer urbana, ama de casa profesional, de clase media, esposa del trabajador, aunque aumentaba la incorporación de las mujeres asalariadas, tanto en el sector público como en el sector privado, esta actividad se comprendía como una parte complementaria al gasto familiar o una actividad mayoritariamente desarrollada por mujeres jóvenes que aún no se casaban y formaban su propia familia.
La radio y las revistas femeninas, principales medios de divulgación de la época, habían descubierto el poder que como consumidoras tenían las mujeres –tanto si eran de la clase media trabajadora como si eran amas de casa– y el discurso se centró en la venta y promoción de productos para que el ideal de feminidad pudiera ser alcanzado: cosméticos y utensilios domésticos, los que inundaron los programas y las páginas dirigidas especialmente a las mujeres. Más tarde la televisión, continuó fomentando el nuevo vínculo entre feminidad y consumo (Carosio, 2008).
Durante la década de los años cincuenta las mujeres consiguieron el voto, pero a cambio muchas organizaciones femeninas se incorporaron a la estructura piramidal del régimen priísta; mientras que las organizaciones feministas más radicales fueron marginalizándose del escenario de las negociaciones. También las estructuras de las campesinas y obreras se incorporaron como base social del partido, pero el discurso socialista que alentaba reivindicaciones para las mujeres se diluyó por completo. El modelo de desarrollo económico y la firma de la paz en las relaciones Iglesia-Estado, dieron un enorme y renovado impulso a la familia nuclear, con las mujeres como centro:
Aparte de que los intereses de las mujeres solían subsumirse en los intereses de “la familia”, existen paralelos entre el discurso oficial acerca de “la mujer” (“la madre”) y el de “la familia mexicana”. Ambas, “la mujer” y “la familia”, han sido instrumentalizadas como pilares de la “identidad nacional”, y homogenizadas y deshistorizadas por el discurso oficial (Lang, 2003: 69).
Por su parte, la intelectualidad mexicana también en pleno momento de corporativización, apoyó con entusiasmo la hegemonía de género que finalmente lograba concretarse con la visión unificada y omnipresente de la subalternidad femenina, la maternidad inherente y la domesticidad prioritaria (Mosivaís, 1981); Siguiendo también a Marta Lang (2003), cierro este apartado citando al influyente y célebre ensayo de Octavio Paz, “El laberinto de la soledad” (1950), que describe a la mujer mexicana como la contraparte sometida, sin voluntad propia, sin vida personal, un ente reproductivo de la vida y de las normas establecidas:
La mujer encarna la voluntad de la vida, que es por esencia impersonal, y en este hecho radica su imposibilidad de tener una vida personal. Ser ella misma, dueña de su deseo, su pasión o su capricho, es ser infiel a sí misma… La mujer mexicana... es un símbolo que representa la estabilidad y continuidad de la raza. A su significación cósmica se alía la social: en la vida diaria su función consiste en hacer imperar la ley y el orden, la piedad y la dulzura” (Paz [1959, El laberinto de la soledad: 33-34], citado en Lang, 2003: 70-71).