Chapter 5 : Capital and profitability in banking: Evidence from US banks
5.3 Extending the results of Berger (1995)
5.3.1 Data and specification
Nietzsche no cree en la propuesta liberal publicitaria de “igualdad de derechos”, “sociedad libre”, “no más señores y no más esclavos”, ¡no nos seduce! [Dice Nietzsche, y] no considera en absoluto como deseable que se funde sobre la tierra el reino de la justicia y la concordia (Nietzsche 1882: 246-248) bajo los parámetros liberales de justicia, libertad, fraternidad e igualdad. De hecho, “el principio de autoridad y la organización política autoritaria que Nietzsche defiende son aspectos principales del modelo político que se opone a la democracia liberal y a sus fundamentos teóricos, y una parte de su crítica radical a las ideas modernas o, utilizando una expresión afortunada de K. Lowith, al "mundo cristiano-burgués” (Lowith, 1974: 247). Ese mundo que tritura el individualismo en favor de un monopolizado totalitarismo como los “derechos universales”.
Esta despreocupación por el individualismo, conduce a que Nietzsche se muestre en favor del mismo como un camino que ejercita la voluntad de poder, un individualismo en el cual, por esta misma línea crítica, tanto Lowith, (2006) como Enguita (2004), creen que los individuos se encuentran suficientemente liberados del predominio de la sociedad, del Estado o de la iglesia. Lowith también critica la idea liberal sobre el individualismo en tanto se ha considerado un “individualismo aislado, emancipado e individualizado que se vuelve, en el mundo liberal burgués, la instancia superior de apelación, de lo absurdo por falta de un mundo con contenido” (Lowith 2006: 47). Un individuo que no ha perdido sus instintos en favor del dominio, un sujeto que ha entregado su voluntad a una democracia liberal que tiende a desaparecerlo como sujeto para dominarlo. Nietzsche apuesta por un individuo que ame la misma vida, que guste de ese “instinto de crecimiento, de duración, de acumulación de fuerzas, de poder: [porque] donde falta la voluntad de poderío, [según Nietzsche] hay decadencia” (Nietzsche, 1999: 14). Cuestión en la que, dentro de lo político
y social, durante el siglo XIX y principios del XX, Alemania se había venido abajo por falta de voluntad poder, una voluntad que el liberalismo había institucionalizado.
Crisis a la cual, Nietzsche no tiene reparo en triturar. Si nos dedicamos al poder, dice Nietzsche, “a la economía, al comercio internacional, al parlamentarismo, a los intereses militares; si despilfarramos en ese ámbito la dosis de entendimiento, de seriedad, de voluntad y de autosuperación” (Nietzsche, 2000:31) no vamos a obtener más que individuos a la medida del liberalismo, hay que potenciar la voluntad de poder para revertir la decadencia de la época moderna. Si la vida es voluntad de poder, Nietzsche percibe que ésta ha sido coartada, entonces hay que revitalizar la vida como fundamento de la voluntad de poder eliminando todo tipo de sensibilidad social y moral por una nueva infraestructura que de paso a un tipo de hombre más fuerte, un hombre renovado que viva bajo las reglas de los fuertes, que pueda invertir y crear una nueva escala de valores.
Un aristocratismo cuyo centro de gravedad sea la vida misma. Solo desde esta perspectiva podemos comprender perfectamente la voluntad de poder y la razón del por qué se convierte en una alternativa a la crisis del siglo XIX y XX. Un aristocratismo que se aleja de la democratizada sociedad de masas, un aristocratismo que no tiene nada que ver con las ideas autoritarias o elitistas cercanas al fascismo, nacionalsocialismo y el mismo liberalismo, un aristocratismo que no tiene que ver con la pour sang, posición política o económica; ya que estos no son constitutivos de propio ser sino agregados, un aristocratismo que afirme este mundo y el valor hacia la vida, el amor al destino, el Amor Fati, contra los dogmas esperanzadores. Un aristocratismo que elimina toda moral que coarta el instinto de vida y que la condena como una moral antinatural y por lo tanto como una enemiga de la vida. Un aristocratismo que promulga el imperativo nietzscheano, cuyo énfasis es el vitalismo, no es un mero subjetivismo político, parlamentario, democrático y constitucionalista, pues el fundamento del valor y donde éste se plasma es en la vida. Para lo cual se debe eliminar todo lo que se oponga a ella, al instinto vital, hay que construir nuevos valores, hay que asirse de la voluntad de poder para transmutar los valores modernizadores reduccionistas, un aristocratismo que plasma el “créate a ti mismo” por voluntad propia. Nietzsche aboga ese nuevo tipo de hombre que supere las mentiras políticas, por ese superhombre, por ese nuevo tipo moral, el que juega con la vida, el que
inventa para sí nuevos valores y los llena de sentido, el que posee la inocencia del niño, el que está más allá del bien y del mal.
Por estas razones, la época es ideal para presentar la voluntad de poder como alternativa y es por esto que Nietzsche se convierte en “profeta” al anunciar la llegada del nihilismo y Schmitt al verificarlo. Todo esto referido a dos aspectos: la crisis del hombre moderno, el ascenso de la democracia liberal y el parlamentarismo. La época es caótica pero, el nihilismo no es fatalidad total, mucho menos anarquismo. Es la oportunidad que proporciona la crisis para superar y no depender de promesas con las que la democracia liberal ha engañado al hombre. Ese espacio reactivo del nihilismo, en Nietzsche, es visto tal como en Schmitt como el momento propicio para que se manifieste la excepción y luego el soberano. Por estas razones y contribuciones es que Schmitt convierte al estado liberal del siglo XIX en su enemigo, porque se opone al decisionismo y porque, como dice Lowith, es en el liberalismo donde prima la “indecisión liberal de la burguesía, que discute y negocia” (Lowith 2006: 53).