RESEARCH DESIGN AND METHODOLOGY
3.5 DATA VERIFICATION
3.5.5 Data Verification Strategies
Antes del nacimiento de la niña, la madre había tenido una visión en la cual le parecía que daba a luz una niña, que tenía un báculo pastoral de abadesa, del cual salía y se extendía una vid. La madre habitaba un antiguo castillo. En una ocasión se encontró en graves angustias con la gente de aquella comarca a causa de las numerosas ratas que destruían los sembradíos y las provisiones almacenadas. Estaba presa de horror y de asco y contó a su hija Gertrudis las devastaciones que hacían los dañinos roedores. Gertrudis se hincó de rodillas delante de la madre y rogó a Dios con todo fervor que las librase de aquel flagelo. He visto que todas las ratas huían del castillo y se ahogaban en el foso lleno de agua que lo circundaba. Gertrudis, en fuerza de su fe inocente y confiada, obtuvo gran eficacia contra estos y otros dañinos animales. Más tarde vi que tenían en torno suyo algunos ratones, como también liebres y pájaros que iban y venían según ella les mandaba, y les daba alimento. He visto que era deseada en matrimonio por un joven a quien ella le dijo que era mejor que eligiese por esposa a la Iglesia y se hiciese eclesiástico. Este joven lo hizo, después que vió morir a algunas otras jóvenes, a las cuales había pedido en matrimonio. Más tarde he visto a Gertrudis como monja, a la madre como abadesa; después de su madre fué elegida abadesa ella misma, En el momento en que le fué llevado el báculo pastoral, salió del punto en que el báculo forma la curva, una vid con diecinueve granos de uva, que ella dividió dando uno a su madre y los demás a las dieciocho monjas del convento. Vi también correr en torno del báculo un par de ratones, como ofreciendo su homenaje a la nueva abadesa, El sueño de la madre se vió realizado en ese momento.
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XLIV
La beata Magdalena de Hadamar
El 19 de Enero de 1820, el Peregrino presentó a Ana Catalina una reliquia de esta santa estigmatizada, y ella dijo:
Qué debo hacer con este vestido tan largo? No puedo llegar hasta esa monjita; está demasiado distante de mí. Han atormentado tanto a esta pobre monjita que no pudo cumplir su misión. La han hecho morir antes de que pudiera realizarla. He visto a la pequeña Magdalena, a la cual pertenece este hábito, en el cementerio del convento, en un ángulo en el que se encuentra un pequeño Rosario. Cerca, en el muro, veíanse las estaciones del Via Crucis y en el nicho del Rosario la imagen del Salvador llevando la cruz. Delante del edificio había una planta de sauco y una especie de cerco de nogales. Sobre la plazoleta, que se extendía cerca, habían depositado una gran cantidad de trabajos no terminados: paños no cosidos completamente, bordados y cosas semejantes. Me he puesto alegremente a trabajar: he cosido y remendado, y mientras tanto recitaba el Oficio. Tuve que sudar mucho en este trabajo y tuve dolores muy agudos en el cuero cabelludo. Me dolía separadamente cada cabello de mi cabeza. Conocí muy bien el significado de aquel trabajo y el de cada uno de los objetos que me rodeaban y que debía trabajar.
Junto al sauco, en un rinconcito tranquilo, verdaderamente agradable, la pequeña Magdalena se había abandonado demasiado al gusto de la piedad y se había descuidado, dejando incompletos varios trabajos para los pobres. Cuando al fin me hube desocupado de tanto quehacer, me metí en aquella casucha delante de un armario, donde Magdalena se me presentó dandome las gracias, con semblante muy alegre, como si desde tiempo atrás no hubiese visto a nadie. Abrió el armario y vió alli reunidos todos los bocados de los que se había privado en favor de los pobres. Me dió las gracias por haber yo limpiado aquel lugar y terminado los trabajos. "Aqui, en la vida terrena, se puede hacer, en una hora, dijo ella, lo que allá, en la otra vida, no se podrá compensar". Me prometió ropas para mis niños pobres. Dijo que había tomado sobre sí demasiadas tareas, por exceso de buen corazón y de benevolencia, de modo que tuvo luego que descuidar e interrumpir varias cosas. Me enseñó que el orden y la discreción son necesarios aún en los padecimientos: de otro modo nace confusión y desorden. No era alta, pero si muy delgada de cuerpo. El rostro era lleno y florido. Me mostró la casa de sus padres y me indicó también la puerta por donde salió para ir al convento.
Vi en seguida muchos cuadros de su vida en el mismo convento. Era muy benévola y ayudadora y trabajaba y se afanaba en provecho de los otros en todo cuanto le era posible. La he visto, tendida en el lecho, sobrevenirle diversas enfermedades y sanarse de modo repentino. He visto las efusiones de sangre de sus estigmas. En sus sufrimientos recibía ayuda del cielo. Cuando la priora o las otras monjas estaban de un lado de su lecho, yo veía del otro figuras de ángeles o de monjas, que estaban en el aire y la consolaban, le daban de beber o la sostenían. La he visto bien tratada por sus
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hermanas; pero cuando su estado fué conocido por el público, la he visto sufrir mucho por las visitas continuas y por la falsa veneración que le prodigaban. Todas las cosas que le sucedían habían sido tan exageradas que le daba muchisimo dolor; así me lo aseguró ella misma. He visto a su confesor anotando y escribiendo; pero él más hablaba de su propia maravilla que de las cosas mismas que la motivaban. La he visto sometida a una pesquisa, después de la supresión del convento, hecha por eclesiásticos y médicos militares. No he visto que le hiciesen ningún ultraje, pero se portaban rudamente y de mala manera, aunque estaban lejos de la malicia y de la falsedad de los que me han tratado a mí en el mismo caso. La atormentaban especialmente con pretender que comiese, y asi tuvo que padecer frecuentes vomitos. Desde niña se había acostumbrado a las privaciones y a la abstinencia; sus padres eran de pobre condición, pero muy piadosos. Su madre le decía, en sus primeros años, cuando comía o bebía: "Ahora, prívate de este bocado o de este trago en favor de los pobres o de las ánimas del Purgatorio." De este modo le había inculcado la abstinencia y el espíritu de mortificación.
Los eclesiásticos, en la última investigación, habían dejado hacer todo a los médicos y se mantenían muy frios con ella. Ella tuvo cosas muy maravillosas, pero era demasiado conocida. Murió muy temprano; se había angustiado mucho internarnente y todas estas penas sofocadas y reprimidas obraron de tal modo que le abreviaron la vida. He visto su muerte; no las ceremonias y circunstancias de su sepultura y el trato de su cadáver, sino que he visto al alma cuando partía dejando el cuerpo inerte.
Cuando más tarde el Peregrino le trajo de nuevo el pañito con sangre de la estigmatizada, Ana Catalina exclamó:
Ah! estas aquí, querida mia?... Oh, cuan lista és, ayudadora, benévola y amable! . . . (Permaneció algún tiempo silenciosa y añadió):
Por qué dijo Jesús a la Magdalena: "Mujer, por qué lloras?". .. Yo sé porque: mi Esposo celestial me lo dijo. Magdalena lo había buscado con tanta ansia y con tanto ardor inquieto, y cuando lo encontró, lo tomo por el jardinero. Por eso le dijo: "Mujer, por qué lloras?. . ." Pero cuando ella exclam: "Maestro!", y lo reconoció, entonces Él le dijo: "María." Según el modo como buscamos a Dios, así lo encontramos. Asi lo vi también con ésta mi Magdalena. La he visto yacer en una oscura estancia y llegar a ella muchas personas: las que la querían examinar y preguntar. Eran groseros en su modo de tratar; pero no tan malos como los que vinieron a verme a mi con el mismo fin. Le hablaron de un clister, y este lenguaje le causó tanta molestia y lo recibió de tan ingrata manera, que cayó en intensa pesadumbre. Cuando se redujo a mayor sujeción, nada le aconteció de lo que temía. He visto este cuadro cuando estaba cerca de la ventana que daba al jardín. Había tenido este desagradable incidente por haber dudado encontrar a su celestial Esposo, que estaba junto a ella. Magdalena me debe aún las ropas prometidas para mis pobres.
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XLV