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5.2 Fruit Tracking and Yield Mapping in a Trellised Apple Orchard

5.2.4 Dataset Pre-processing

dades reales de las mujeres de parto, tampoco ha comprendi- do bien cuáles son las de los bebés.

Tradicionalmente se ha dado muy poca importancia a los aspectos psicológicos de la etapa perinatal y primera infancia. Tanto es así que hasta hace relativamente poco, a los bebés se les operaba sin anestesia porque se creía que no sentían. Esta suposición se basaba en el hecho de que la corteza cerebral, sede de la inteligencia humana, está escasa- mente desarrollada en esas etapas. Hoy sabemos que en las etapas tempranas de la vida, lo que se desarrolla son otros niveles del cerebro: el cerebro emocional, que hace de puen- te entre nuestros instintos básicos y el intelecto. Es la sede de la inteligencia emocional y de la empatía. La compleja, intensa y emocional relación que une a madre e hijo es más que un lazo amoroso, es la base misma del desarrollo de la inteligencia y de la capacidad de amar. Es lo que Rof Carballo llama la «urdimbre»: un lazo íntimo e invisible, pero con un gran impacto personal y social.

El nacimiento y los primeros meses constituyen lo que Mi- chel Odent denomina la «etapa primal»: primera en el tiempo, primera en importancia. Lo que ocurre en los primeros minutos,

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días y meses de la vida tiene un profundo impacto en el bebé, no solo física sino sobre todo psíquicamente.

En un parto respetado, el nacimiento se produce en me- dio de una explosión de júbilo. La madre y el bebé, bañados de hormonas del amor —oxitocina, prolactina, endorfinas— , experimentan un auténtico «flechazo». Si no es distraída, la ma dre continúa todavía en un estado alterado de conciencia, absolutamente indiferente a todo lo que pasa a su alrededor, en el que sabe intuitivamente qué hacer. Si se le deja actuar es- pontáneamente, todas sus acciones responden a un programa diseñado por la naturaleza para mantener el vínculo emocio- nal con su bebé, iniciado en el útero, lo que a su vez permite al bebé completar el desa rrollo neuronal que debe tener lugar en el momento del nacimiento. Este vínculo será, asimismo, el desencadenante de toda una serie de respuestas espontáneas en ambos que asegurarán el mejor desarrollo de la relación madre-hijo y permitirá además al bebé integrar la viven cia del nacimiento como una experiencia positiva.

Los comportamientos espontáneos de la madre que da a luz en libertad nunca son caprichosos: cuando a las mamíferas de otras especies se les impide realizar el rito de bienvenida, a base de fuertes lametones, lo normal es que ya no reconozcan a su cría y la rechacen. Este primer vínculo con la madre, la impronta, con sus variaciones según las especies, es funda- mental para el desarrollo posterior de los recién nacidos y de la relación madre-hijo, con consecuencias para toda la vida. Se- gún ha verificado la psicología perinatal, el primer en cuentro del bebé con el mundo extrauterino queda registrado en su memoria, coloreando de alguna forma su visión del mundo y de sí mismo.

Tras un parto sin interferencias, en el que la ma dre tiene la posibilidad de actuar espontáneamente, esta primero mira a su bebé, que está entre sus piernas. Después lo toca con las puntas de los dedos hasta que poco después ya se atreve y lo coge en brazos. Ese es el momento mágico del primer cruce de miradas. Generalmente, las madres colocan la cabeza del bebe junto al pecho izquier do. Para el recién nacido, escu- char de nuevo el sonido de los la tidos del corazón que le han

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acompañado durante tan tos meses tiene un efecto sedante y tranquilizador que reduce la producción de hormonas de estrés segrega das durante el nacimiento y, al mismo tiempo, le hace llegar el mensaje de que está a salvo y seguro. El co- nocimiento de este efecto es antiguo. Es difícil encontrar una representación popular de madre con niño —incluidas las fi- guras cristiana de la Virgen con Jesús— en la que este no esté sostenido por el brazo izquierdo de su madre. El contacto piel con piel además activa en la madre conocimientos intuitivos que le permiten adoptar las conductas más adecuadas, inscri- tas en la memoria de la especie, dando lugar a modificaciones en su comportamiento que garantizarán el óptimo desarrollo de la relación con su bebé.

El bebé despierta en su madre un nue vo tipo de inteligen- cia que le permite responder mejor a sus necesidades. La ma- dre sabe lo que tiene que hacer, y cómo comunicarse con su hijo. Es una sabiduría instintiva y arquetípica que únicamente surge con toda su fuerza cuando la madre tiene la oportu- nidad de establecer el vínculo con el bebé en ese «período crítico» tras el nacimiento. Este cambio experimentado por la madre inclu ye una nueva sensación de valía personal, for- taleza física y un conocimiento intuitivo de las necesidades de su hijo/a. La madre actúa de acuerdo con la sabiduría que ha permitido a nuestra especie sobrevivir du rante millones de años en condiciones frecuentemente adversas. Vinculán- dose con su bebé, la mujer se vincula con su propio poder y conocimien to intuitivo.

La primera hora tras el nacimiento constituye además un período crítico para la maduración del sistema nervioso del bebé. Antes de comenzar el parto, su cerebro experimenta un crecimiento neuronal acele rado que lo prepara para el tránsito a la vida inde pendiente y que continúa después del nacimiento. El desarrollo y maduración de las estructuras ce- rebrales más primitivas —cerebros reptiliano y mamífero pri- mitivo—, iniciada en el útero, continúa tras el parto, a través de una estimulación sensorial y afectiva adecuada.

Los sentidos juegan un papel importante en este proceso de maduración. Escuchar los latidos del corazón de la madre

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reduce el estrés del bebé y le hace sentirse a salvo. Pero ade- más supone un estímu lo auditivo que es capaz de identificar. El tacto es aún más importante para el bebé, lo que refuerza la ne- cesidad de un primer contacto entre madre e hijo prolongado. Abrazar y acariciar al bebé no solamente es una forma de hacer- le sentir que está a salvo, sino de facilitar su desarrollo cerebral. Todos los mamíferos lamen a sus cachorros durante las veinti- cuatro o cuarenta y ocho horas que siguen al nacimiento, no tanto para «limpiarlos» como para despertarlos sensorialmente y es timular en ellos las terminaciones nerviosas.

El desarrollo sensorial y cerebral que tiene lugar tras el na- cimiento continúa con la activación de los sentidos del gusto y del olfato, que también sucede de una forma óptima cuando madre y bebé tie nen la oportunidad de estar juntos y actuar espontáneamente tras el nacimiento. El olfato, concretamen- te, parece desempeñar un papel fundamental en el reconoci- miento de la ma dre por parte del bebé y en la formación del vínculo. Percibir el olor materno ejerce un efecto tranquiliza- dor en el niño. El olor de la madre da seguridad al bebé; por ello, los recién nacidos que duermen en la cama de sus padres se muestran más tranquilos y confiados y lloran menos que los que duermen en la cuna. Y muchas madres, cuando cuentan su parto, hablan del olor de su bebé.

El contacto piel con piel de madre y bebé inme diatamente después del nacimiento permite que ten gan lugar otro tipo de comportamientos mamíferos, como los pequeños movimientos que hace el recién nacido para alcanzar el seno de su madre. Siendo el nacimiento el tránsito a una etapa de auténtica «ges- tación fuera del útero», el pecho de la madre viene a ser la con- tinuidad natural del cordón umbilical. Cuan do se dan las con- diciones para un encuentro espontáneo, la lactan cia comienza antes de los primeros cuarenta y cinco minutos, incluso en mu- jeres que no tenían intención de dar de mamar. El estímulo que ejerce el niño sobre el pezón de sencadena a su vez un proceso hormonal y nervioso que acelera la expulsión de la placenta si aún no se ha producido y contrae el útero hacia su tamaño natural, previniendo de esa manera posibles hemorra gias y fa- voreciendo la producción de calostro y de leche.

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Recibiendo al bebé