Llegaba a su término el tiempo de la prueba preceptuado por la Regla para concluir el noviciado.
Bernardo y sus compañeros se preparaban; pensaban, meditaban, comparaban su presente y su pasado...
Todo aquello que ahora vivían era muy distinto a lo anterior, pero al pesar razones, comprobaban que sobraban todas, quedando solamente una: Cristo en la Cruz, en la Hostia consagrada, en el Sacrificio diario de la Misa...
Por eso la generosidad de aquellos novicios que oyeron la voz de Dios a través de Bernardo de Fontaine, no conoció límites y, todos a una aceptaron voluntariamente aquel estado de martirio espiritual en el cual perseverarían hasta la muerte.
El Abad Esteban sonreía agradeciendo a la Santísima Virgen la constancia de aquellos luchadores, confiando en que habrían de ser firmes cimientos de la naciente Orden Cisterciense.
Uno de los días más grandes para la Orden fue el de la profesión religiosa de Bernardo y de los compañeros de ideal que demostraban su fidelidad en el servicio de Dios.
Era el año 1114. ¡Qué emoción sentían aquellos pechos al hacer la petición en la Sala Capitular para ser admitidos a pronunciar los santos votos!...
Durante la misa mayor, después de cantado el Evangelio, Bernardo fue el primero que se adelantó, llevando en la mano el pergamino con la fórmula de la profesión.
El Abad, revestido de pontifical se colocó con los demás ministros en la grada del presbiterio.
El Prior conduce a los profesos que han de hacer los votos ante el presbiterio; al llegar, se postran enteramente en tierra, siendo interrogados por el Abad.
—Quid petitis?
—Misericordiam Dei et Ordinis. —Surgite in nómine Dómini.
Los profesos se levantan y escuchan la exhortación que se les dirige. Luego se le interroga si están dispuestos a perseverar.
—Sí, Reverendo Padre, mediante la gracia de Dios y el auxilio de vuestras oraciones.
—Deus qui caepit in vos, Ipse perficiat usque in diem Christi Jesu. El Abad entona el «Veni Creator», seguido por la Comunidad que rodea a los nuevos profesos.
Luego, cada uno por separado, pronuncia sus votos, cantando la fórmula de la profesión, va seguidamente a la mesa preparada al lado del Evangelio para firmarla y la lleva después a depositar al lado de la Epístola, besando el altar.
¡Qué expectación habría en el cielo al contemplar aquel cuadro tan maravilloso! ¡Bernardo y sus treinta compañeros de noviciado y de ideal pronunciando uno a uno, con voz recia y varonil los cinco votos por los cuales se unían para siempre al Señor de los Señores!... Pobreza, Castidad, Obediencia, Estabilidad y Conversión de costumbres.
Al terminar, todos juntos, puestos de ceremonia, cantan el versículo 116 del Salmo 118: «Acógeme Señor, según tu promesa, y haz que yo viva; y no permitas que quede burlada mi esperanza...»
Se dice por tres veces, tomando venia de cada vez, al mismo tiempo que es repetido por el coro.
El Chantre entona el Salmo 50: «Miserere mei Deus...» ¡Ten misericordia de mí, Señor! La Comunidad lo sigue, mientras los profesos acompañados del Prior van a arrodillarse delante de cada religioso, diciéndoles en voz baja:
—Ora pro me, Pater. Y ellos le contestan:
«Dominus custodiat introitum tuum ex éxitum tuum». Al final el Padre Abad entona el TE DEUM.
¡La acción de gracias al Dios de infinita misericordia que así eleva a sus criaturas hasta hacerlas suyas..., suyas por completo y para siempre!...
Y por fin, al concluir la misa, el abrazo fraternal, el ósculo de paz, de la paz de Cristo que se desean unos a otros en noble caridad cristiana.
Aunque nada nos dicen los cronistas de la época, ¿quién no supone que estarían presentes a la ceremonia las familias de aquellos nuevos monjes?
Sí, allí estaría el señor de Fontaine, el «aguerrido Tescelín» contemplando a sus cinco hijos. Sus obscuros ojos no perderían ni uno de los movimientos de aquéllos que para él eran pedazos de su corazón, y que ahora ya no le pertenecían... Cuánta semejanza encontraría entre estas ceremonias de la profesión y las que tantas veces había presenciado de armar caballeros. También el monje pone las manos sobre las de su Abad, al igual que el caballero se deja estrechar las suyas por el señor feudal. La fórmula de los votos recuerda asimismo lo que ofrece un vasallo: servir hasta la muerte a su señor...
Siempre los asistentes sienten aumentar su emoción al contemplar al monje totalmente postrado a los pies del Abad como delegado de Jesucristo.
Al lado de Tescelín estarían los dos hijos que le quedaban: Humbelina y Nivardo. ¡Cómo sentirían palpitar sus corazones al contemplar el sacrificio de Bernardo, de Bartolomé, de Andrés, de Gerardo y... de Guido!... Porque muy cerca estarían también Isabel, su mujer, con sus dos hijitas... ¡Todo sea por Dios! [Todo sea para Dios!
¿Partió desde aquí Isabel para el convento de Juley?
¿Comenzó en este día a sentir el viejo Tescelín las ansias de la emulación?
¿Qué decía Humbelina al presenciar tanto sacrificio?
¿Y Nivardo?, ¿le pidió a Dom Esteban el quedarse con sus hermanos?
Por los ventanales de la Iglesia irradiaba el sol sus rayos en hermosas irisaciones.
Todo era luz y alegría en el cielo y en la tierra.
Los corazones de muchos sangraban ¡cómo no!, pero aquella sangre unida a la que brotaba de las llagas de Cristo era también meritoria, redentora, reparadora...
La primavera reinaba en derredor; la bonanza del mes de abril iba sustituyendo los esqueléticos árboles con nuevos retoños de vida. En el campo nacían pujantes las plantas y las flores que, rompiendo las semillas, germinaban en un ambiente propicio al desarrollo hermoso y galano. La naturaleza reía, los pájaros cantaban, todo alababa a Dios acorde con los monjes en un armonioso concierto...
La llegada de nuevos postulantes era casi continua, acentuándose más y más al divulgarse la noticia de la profesión religiosa de tantos jóvenes y hombres maduros, nobles y plebeyos que habían ido buscando el verdadero amor... Como una inmensa cadena, unos iban tirando por otros y continuaba siendo el tema de todas las conversaciones aquella desbandada que se había iniciado en la comarca.
A pesar del inmenso contraste, el aldabón de hierro de la portería de Cister seguía siendo pulsado por manos varoniles, enguantadas unas y callosas otras, de almas recias que se postraban ante el Abad Esteban pidiendo humildemente ser admitidos en las filas de los penitentes monjes blancos.
Allí se percibía el canto de las almas que, despreciando lo que el mundo llama felicidad, saborean otros goces más puros, más sublimes, más santos... ¡Es que en medio de los sacrificios hechos por Dios, El da ya en esta vida el «céntuplo» prometido a los que todo lo dejan por su nombre!
La Abadía se empezó a llenar y, como la afluencia de voluntarios no cesaba, los muros del monasterio resultaban incapaces para albergar a tantos sedientos de luz y de paz, de perfección y de sacrificio.
Dom Esteban, después de muchas conversaciones y consultas ante el crucifijo, no se decidió a agrandar la Abadía, sino a multiplicar los monasterios.
Las diócesis vecinas pedían al buen Abad que estableciese en su suelo alguna colonia de aquellos monjes que atraían las bendiciones del cielo.
Y, una mañana primaveral, el 8 de mayo de 1113, salió la primera expedición. El corazón paternal de Esteban sentía alegría y pena, confianza y preocupación, esperanza y temor... ¡El amor seguía exigiendo sacrificios! Bertrand, el viejo monje de los primeros días de Cister, el antiguo compañero de Esteban en Molesme, salió al frente de aquella primera
colonia con una cruz de madera en alto a la cual seguían doce hombres, en recuerdo de los doce apóstoles.
Se establecieron en el obispado Cavilonense, a dos leguas de Chalons y once de Cister.
Gualterio, Arzobispo de Chalons les acogió con extraordinario regocijo, bendijo a Bertrand como Abad de la nueva fundación y les concedió muchos privilegios y favores.
Guillermo, Conde de Chalons. les donó algunos terrenos, y el monasterio se construyó rápidamente. Se le bautizó simbólicamente con el nombre de «La Ferté» o «Firmitas», queriendo significar la firmeza que había de adquirir la Orden.
¡¡Cister ya veía aureoladas sus sienes con la corona de la maternidad!!
Y la Casa Hija había de ser un fiel reflejo de su fundadora, en observancia regular, en espíritu de sacrificio y en hombres grandes.
Así Bertrand, su primer Abad, pasó a la historia con fama de santidad, y su sepulcro que fue construido en la capilla mayor, al lado del Evangelio, tuvo muchos devotos visitantes, siendo muy venerado también por los monjes, hasta que se arruinó la Iglesia.
A la muerte de Bertrand fue elegido Abad el monje Pedro, que era el Prior y procedía también de Cister. Siguió la trayectoria de su antecesor, alcanzando la gloria de los altares.
Muchos hijos ilustres podríamos citar de «La Ferté». Pronto fue a su vez madre, llegando a tener cuatro filiaciones importantísimas: Tilecto, Leocedio, Santa María de Maceris y Santa María de Estigio, que también siguieron engrandeciendo la Orden con doce nuevas Casas.
* * *
La sangría no logró descongestionar al Monasterio de Cister y Esteban hubo de pensar en dar salida a nuevas colonias de monjes.
Cister como una gran colmena irradiaba por doquier el buen olor de Cristo y, a la par que las solicitudes de fundaciones llegaban a la Casa Madre, los aspirantes de todas las reglones arribaban también a los bosques de la Borgoña para hacerse monjes de la Orden Cisterciense.
Y nació la segunda filiación de Cister: «Pontigny», en la diócesis de Auxerre, limitando con las de Sens y Langres.
Corría el año 1114 y Hugo de Macón, aquel amigo de la infancia de Bernardo, aquel compañero de alegrías y juegos, aquel hermano en religión tan querido, fue nombrado conductor de la nueva expedición. ¡Había de separarse de Bernardo!... Era Dios quien le pedía este sacrificio y ellos, con su generosidad acostumbrada, se lo brindaron, haciendo callar su corazón.
El P. Hugo, recibió pues la bendición de Abad y, con su cruz al hombro y doce hombres que le acompañaban, hizo la fundación de Pontigny.
Como ejemplo del fervor de esta Comunidad basta decir que llegó a ser el seminario de santos pontífices que tan merecida fama dio a la Orden.
* * *
No había transcurrido un año y, como los postulantes ya no cabían en Cister, Dom Esteban se encontró con la repetición de su problema.
¿Qué hacer? Preocupado por la completa formación de sus monjes, sin recursos económicos y con pena de tener que separar de su lado a aquellos hijos que tanto amaba, pensó únicamente en la mayor gloria de Dios y, confiando en El cada vez más, dio permiso para que un grupo de monjes saliese hacia el este.
Así nació la tercera hija de Cister: «Santa María de Morimundo», en el obispado de Langres, cerca de Agramonte, en los confines del Ducado de Lorena y Condado de Champania.
Partió al frente de los doce monjes el P. Arnaldo de Cologne con la cruz alzada...
El lugar de emplazamiento de este monasterio parece que se debe a la intervención de un ermitaño llamado Juan el cual pasaba santamente la vida en una cueva o ermita llamada «Valdenavillar» y, llegando hasta allí los rumores de lo que ocurría con los monjes blancos, se fue a Cister a proponer a su Abad que enviase una colonia de penitentes a aquel lugar solitario y pacífico. El mismo obtuvo el permiso del Obispo de Langres. El señor de Agramonte concedió el terreno, dándole una legua de contorno.
Bendecido Abad Arnaldo de Cologne gobernó el monasterio desde 1115 hasta 1126 que murió en Flandes, camino de Jerusalén.
Le sucedió San Gualtero.
Fue en el mismo año de 1115 cuando tuvo lugar otra importantísima fundación: la del Monasterio de Claraval (58).
Tiempo fecundo en frutos, había llegado la hora de la recolección. Dios quería demostrar al mundo que el hombre tiene un alto puesto de honor mucho más allá de lo que los ojos humanos pueden ver. Y es que, cuando se abren los ojos del alma, la contemplación es mucho más bella, más luminosa, extraordinaria.
Los soplos del Espíritu Santo son como flechas certeras que se dirigen al corazón y, cuando no hay una fuerte coraza que le impida penetrar ¡ah! entonces el corazón ve con claridad que no puede llenarse con cosas que perecen, con personas que mueren, que cambian, que en- gañan, con tesoros que desaparecen presto...
Y la alegría aumenta cuando es el ritmo de una colectividad el que por un alto ideal se entrega a la aspereza de la vida, a dominar sus pasiones, a crucificar su carne...
Todo suavizado por el amor, que es el secreto de la entrega, de la perseverancia y de la victoria.