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San Agustín, in Ioannem, tract.2

Habiendo dicho: "Han nacido de Dios", para que no nos admirásemos ni nos asombrásemos ante gracias tan extraordinarias, y para que no nos pareciese imposible que los hombres podían nacer de Dios, queriendo darnos seguridad de ello dice: "Y el Verbo fue hecho carne". ¿Por qué te admiras de que los hombres nazcan de Dios? Mira cómo el mismo Dios ha nacido de los hombres.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 10

Y habiendo dicho que han nacido de Dios los que le reciben, expuso la causa de este honor, a saber: Que el Verbo se había hecho carne. El verdadero Hijo de Dios se ha hecho Hijo del hombre, para poder hacer a los hijos de los hombres hijos de Dios. Y cuando oigas que el Verbo se ha hecho carne no te turbes, porque no convierte su esencia en carne (pensar esto sería verdaderamente impío) sino que permanece tal y como es, aunque toma la forma de siervo. Como hay algunos que dicen que son fantasías todo lo que afecta a la Encarnación, para destruir esta blasfemia usó de las palabras: "Ha sido hecho", queriendo expresar no la mutación de sustancia, sino la unión a una verdadera carne. Y si dicen que Dios es omnipotente, ¿cómo puede transformarse en carne? Contestaremos diciendo que no es posible la transformación de aquella naturaleza inmutable.

San Agustín, De Trin., 15, 11

Así como en nosotros la palabra en cierto modo es la voz del cuerpo, y toma el sonido por el que se manifiesta a los sentidos de los hombres, así el Verbo de Dios hecho carne ha tomado aquella forma por la que puede darse a conocer a los mismos. Y así como nuestro verbo se convierte en voz, aun cuando no se transforma en voz, así el Verbo de Dios se ha hecho carne. Pero lejos de nosotros la idea de que se ha transformado en carne, porque la ha tomado no siendo absorbido por ella. Y, así nuestra palabra se convierte en voz, y la de Dios se ha convertido en carne.

De lo ocurrido en el Concilio de Efeso

Además, la palabra que pronunciamos y de que hacemos uso en varias conversaciones (o en los diálogos), es incorpórea, independiente de la vista y del tacto; pero cuando nuestra palabra se reviste con letras u otros elementos, se hace visible, y se comprende con la vista y se observa con el tacto; así el Verbo de Dios, por naturaleza invisible, se hizo visible, y siendo por naturaleza incorpóreo, se hace tangible.

Alcuino

Lo que se dice aquí: "El Verbo se ha hecho carne", no debe entenderse sino como si dijese: Dios se ha hecho hombre, esto es, ha tomado cuerpo y alma. Porque así como cada uno de nosotros es un hombre que consta de cuerpo y de alma, así Jesucristo, desde el tiempo de su Encarnación, aparece como un solo hombre, por la divinidad, por

la carne y por el alma. Y además, la divinidad del Verbo se ha dignado tomar la naturaleza de un hombre escogido, con quien se ha constituido una sola persona, que es la de Jesucristo, sin transformar en ningún sentido la esencia del hombre en la esencia divina, sino tomando la naturaleza humana, de que antes carecía. Además, consta seguramente respecto de aquella persona que tuvo desde la eternidad, que el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana pero no la persona. El hombre se transformó en Dios, no por el cambio de naturaleza, sino por la unidad de la divina persona. Por tanto, no son dos, sino un solo Cristo, Dios-hombre. El Verbo está unido con la carne de un modo tan inefable, que bien podemos decir que el Verbo se hizo carne. Y aun cuando el Verbo no se ha transformado en carne, y aquella carne que se llama Dios no se ha transformado en la naturaleza divina, etc., confesamos que las dos naturalezas están unidas en la persona de Jesucristo de una manera tan inefable que, subsistiendo la propiedad de cada una de ellas, hay en esta santa y admirable unión, no un cambio de la divinidad, sino una exaltación de la humanidad. Esto es, Dios no se ha convertido en hombre, pero el hombre ha sido glorificado en Dios, etc.

Glosa

Como creemos que el alma incorpórea se une con el cuerpo, y que de ambos resulta un solo hombre, podremos creer más fácilmente que la divina sustancia incorpórea se une al alma con el cuerpo por la unidad de persona. Y así, el Verbo no se ha convertido en carne, ni la carne en el Verbo, del mismo modo que el cuerpo no se transforma en alma ni el alma en cuerpo.

Teofilacto

Apolinario de Laodicea fundó su herejía en esta palabra: decía que Jesucristo no tuvo alma racional, sino únicamente carne; teniendo a la divinidad por alma que dirige y gobierna el cuerpo.

San Agustín, contra serm. Arian., cap. 9

Si decían esto porque veían escrito que "el Verbo se hizo carne", y allí no se habla del alma, deben comprender que la carne representa al hombre y que por la parte se representa el todo en sentido figurado. Y así, dice en el Salmo: "Toda carne vendrá a ti" (Sal 64,3). Además, en la Carta a los Romanos se lee: "que no se justificará la carne por el cumplimiento de la ley" (Rom 3,20). Y esto mismo dice con más claridad en la Carta a los Gálatas: "No se justificará el hombre por el cumplimiento de la ley" (Gal 2,16). Por esto se ha dicho: "El Verbo fue hecho carne", como si dijese "El Verbo fue hecho hombre".

Teofilacto

Mas queriendo el Evangelista mostrar la incomparable condescendencia de Dios, dice carne para que admiremos más su gran misericordia, puesto que tomó la carne por nuestra salvación, a pesar de que esto es impropio y dista mucho de su naturaleza, aunque el alma tiene alguna semejanza con Dios. Y si el Verbo se encarnó y no tomó el alma humana, se deduciría que nuestras almas no habían sido redimidas, porque no santificó lo que no tomó. Y no dejaría de ser una irrisión, que habiendo sido el alma la

que pecó primero, al tomar carne el divino Verbo no santificase al alma, y que dejase enferma la parte principal. Con esto es refutado también Nestorio que decía que el Verbo Dios no era el mismo que había sido hecho hombre por la concepción de la sangre de la Virgen, y que la Virgen había parido a un hombre, que dotado y enriquecido con toda clase de virtudes, se había unido con el Verbo de Dios. De aquí deducía que hubo dos hijos: uno nacido de la Virgen, esto es, el hombre, y el otro de Dios, esto es, el Hijo de Dios, unido a aquel hombre por la gracia habitual y por el amor. Contra el cual dijo el Evangelista que el mismo Verbo se hizo hombre, y no que el Verbo, hallando un hombre virtuoso, se había unido con él.

San Cirilo, ad Nestorium, epist. 8

Uniéndose el Verbo a la carne, animada por el alma racional, según la sustancia, de un modo inefable e ininteligible, se hizo hombre y fue llamado Hijo del hombre, no según la voluntad sola o su beneplácito, ni tampoco por haber tomado su persona. Pueden, ciertamente, reunirse varias naturalezas en una verdadera unión, pero aquí no hay más que una persona como resultado de las dos: Cristo y el Hijo, no dejando de existir por su unión la diferencia de naturalezas.

Teofilacto

Aprendamos, pues, en estas palabras: "Que el Verbo se ha hecho carne", que el mismo Verbo es hombre, y existiendo Hijo de Dios se ha hecho hijo de una mujer, la que especialmente se llama Madre de Dios porque engendró a Dios en su carne.

San Hilario, De Trin., l. 10

Algunos, queriendo que el Unigénito de Dios -que en el principio era Dios Verbo con Dios- no sea un Dios sustantivo sino únicamente la palabra emitida por medio de la voz - de modo que el Hijo sea respecto de Dios Padre lo que es para los que hablan su palabra- tratan de manifestar con malicia que Cristo nacido como hombre no es el Verbo Dios que subsiste personalmente y permanece en la forma de Dios. Y ya que a este hombre le dio vida el principio de la generación humana más que el misterio de su concepción espiritual, el Verbo Dios no tuvo una existencia propia al hacerse hombre por el parto de la Virgen, sino que en Jesús estuvo el Verbo de Dios como en los profetas el Espíritu de profecía. Y suelen acusarnos diciendo que creemos en el nacimiento de Jesucristo, pero no el que haya nacido un hombre que tenga cuerpo y alma como nosotros, siendo así que nosotros predicamos que el Verbo se ha hecho carne y que ha nacido hombre a nuestra semejanza. De tal manera que, siendo verdadero Hijo de Dios, nació verdadero Hijo del hombre. Así como tomó el cuerpo de la Santísima Virgen, el alma la tomó de sí mismo, la cual es sabido que no puede proceder del hombre en el orden de la generación. Pero siendo uno mismo el Hijo del hombre y el Hijo de Dios, ¿no sería harto ridículo el decir que además del Hijo de Dios, que es el Verbo hecho carne, haya nacido otro no sé quién como profeta, animado por el Verbo de Dios, siendo así que nuestro Señor Jesucristo es Hijo de Dios e Hijo del hombre?

Crisóstomo, ut sup

sospeche inconvenientemente que ha habido una conversión (o mutación) de aquella naturaleza incorruptible, añade: "Y habitó entre nosotros". Lo que habita no es lo mismo que la habitación, sino una cosa diferente. Digo una cosa diferente por su naturaleza. Pero por la unión o por la conjunción, resulta una sola cosa: Dios Verbo carne, no porque se haya verificado una mezcla, ni porque haya habido destrucción de sustancias.

Alcuino

"Y habitó entre nosotros", esto es, vivió entre los hombres. Crisóstomo, in Ioannem, hom. 11

Habiendo dicho el Evangelista que fuimos hechos hijos de Dios, y no por otra razón más que porque el Verbo se haya hecho carne, otra vez nos habla del mismo. Cita luego una nueva gracia: "Y vimos la gloria de Él", al cual no hubiésemos podido verlo sino por la unión suya con nuestra humanidad. Si la vista de Moisés no pudo resistir el ver la gloria de Dios, sino que necesitó de un velo, ¿cómo podríamos nosotros tolerar la visión de la divinidad desnuda, existiendo como inaccesible aun para las virtudes más elevadas, siendo, como somos, polvo y barro de la tierra?

San Agustín, in Ioannem, tract.2

Y como el Verbo se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros, ha hecho por medio de su nacimiento una especie de colirio, para que purificados los ojos de nuestra alma podamos ver su majestad por medio de su humanidad. Por esto se dice: "Y vimos la gloria de Él". Ninguno puede ver su gloria si no se purifica con la humildad de la carne. Había caído sobre los ojos del hombre polvo que procedía de la tierra, enfermo el hombre de los ojos, se le envía tierra a ellos para que sane. La carne le había cegado, y la carne le cura; el alma se había hecho carnal, entregándose a los afectos carnales; de aquí que el ojo del alma quedó ciego. El médico hizo el colirio para curarle y así vino a destruir las enfermedades de la carne por medio de la carne. Por lo tanto el Verbo se ha hecho carne para que podamos decir: "Y vimos la gloria de Él".

Crisóstomo, ut sup

Añade, pues: "Gloria como de Unigénito del Padre", porque muchos de los profetas habían sido glorificados, como Moisés, Elías, Eliseo y otros, que demostraron sus milagros. Y aun los ángeles, apareciéndose a los hombres y manifestando aquella luz brillante, propia de su naturaleza. Y aun el querubín y el serafín fueron vistos por el profeta con todo el esplendor de su gloria. El Evangelista, elevándonos sobre todas esas cosas, levanta nuestra inteligencia sobre toda otra naturaleza y sobre la claridad de nuestros consiervos hasta la cima de los bienes, como diciendo: la gloria que hemos visto no es como la del profeta o la de otro hombre, ni como la del ángel, ni la del arcángel, o la de alguna otra de las virtudes superiores, sino como la del mismo dominador, del mismo rey, del mismo natural Hijo Unigénito.

San Gregorio, Moralium, 28, 4

En la Sagrada Escritura se toman alguna vez las partículas "como", "cuasi", no por la semejanza sino por la verdad. Por esto dice aquí: "Como de Unigénito del Padre".

Como si dijese: hemos visto su gloria tal y como convenía y conviene que sea la gloria del Unigénito e Hijo natural de Dios. Es costumbre de muchos, cuando ven a un rey ataviado con espléndido ornato y cuando no pueden, al querer explicarlo a otros, reproducir en su mente tanta magnificencia, terminar diciendo: ¿qué más puede decirse? Iba como debe ir un rey. Pues esto mismo dice San Juan: "Hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre". Los ángeles, apareciendo como siervos y teniendo a su Señor, hacían todas las cosas; pero Jesús aparece como Señor, aunque en forma humilde. Y las creaturas le conocieron como a su Señor. La estrella guiando a los magos, los ángeles llamando a los pastores y el niño saltando en el vientre de su madre. Además el Padre da testimonio de El desde los cielos, y el Paráclito descendiendo sobre su cabeza. También la naturaleza toda gritó diciendo que había venido el Rey de los cielos, porque los demonios huían, todas las enfermedades eran curadas, los muertos abandonaban sus sepulcros, las almas pasaban del extremo de la malicia a la cumbre más alta de virtud. ¿Y quién explicará dignamente la filosofía de sus preceptos, la virtud de las leyes celestiales y el buen orden de su trato angelical?

Orígenes, hom. 2 in div. loc

Lo que se dice respecto de Jesucristo a continuación: "lleno de gracia y de verdad", se debe entender en dos sentidos. Porque puede referirse a la humanidad y a la divinidad del Verbo encarnado. De tal modo, que la plenitud de la gracia se refiera a la humanidad, en virtud de que Jesucristo es cabeza de la Iglesia y el primogénito de toda criatura. Porque el ejemplo mayor y principal de la gracia, por la cual, sin otros méritos precedentes, el hombre se hace Dios, se demuestra primeramente en El mismo. Puede también entenderse esta plenitud de gracia por el Espíritu Santo, cuya operación de siete formas o dones enriqueció la humanidad de Jesucristo. La plenitud de la verdad se refiere a la divinidad.

Orígenes, in Ioannem, tom. 2

Y si la plenitud de la gracia y de la verdad se quiere entender que se refiere al Nuevo Testamento, no se dirá sin razón que la plenitud de la gracia del Nuevo Testamento ha sido donada por Jesucristo, y que se ha cumplido en El la verdad de figuras legales.

Teofilacto

"Lleno de gracia", en cuanto que su palabra era gracia; habiendo dicho David en el Salmo: "La gracia ha sido derramada en tus labios" (Sal 44,3), etc., "Y de verdad", para significar que Moisés y los profetas hablaban u obraban sólo en figura, mientras que Jesucristo en cumplimiento de la verdad.

Juan da testimonio de Él, y clama diciendo: "Este era el que yo dije: El que

ha de venir en pos de mí, ha sido engendrado antes de mí; porque primero

era que yo". (v. 15)

Alcuino

Había dicho antes el Evangelista, que había sido enviado un hombre para dar testimonio. Y ahora explica lo que expresa ese testimonio, en el cual anuncia el precursor, bien claramente, lo excelso de la humanidad y lo eterno de la divinidad, por lo que dice: "Juan da testimonio de Él".

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 13

O bien adujo esto como diciendo: No creáis que nosotros, que estuvimos con El mucho tiempo y que hemos comido a su mesa, decimos esto por agradecimiento. Porque San Juan, que no le había visto antes ni había habitado con Él, daba testimonio de Él. Muchas veces el Evangelista alega su testimonio, y lo especifica bajo todas sus fases con todo cuidado, contento con citarlo sencillamente, porque los judíos tenían a Juan en gran veneración. Los otros evangelistas refirieron los testimonios de los antiguos profetas, diciendo: "Esto ha sucedido para que se cumpla lo que dijo el Profeta" (Mt 1,22). Mas este evangelista presenta un testigo más elevado y moderno, no con el fin de apoyar la autoridad del Señor en el testimonio del siervo, haciéndole por éste digno de fe, sino acomodándose a la debilidad de los que escuchan. Del mismo modo que si no hubiese tomado la forma de siervo no hubiese podido hacerse asequible fácilmente, ni tampoco hubiera excitado la atención de sus contemporáneos sin la voz de su siervo, ni hubiesen recibido la palabra de Dios muchos de los judíos. Prosigue: "Y clama", esto es, que predica todas las cosas públicamente, con libertad, sin restricción alguna. No dijo: desde el principio éste es el Hijo Unigénito y natural de Dios, sino que exclama, diciendo: "Este era el que yo dije: el que ha de venir después de mí, ha sido engendrado antes que yo, porque primero era que yo". Así como las madres de las aves no enseñan a volar a sus polluelos inmediatamente, sino que primero los sacan del nido y después los van haciendo volar con más ligereza, así San Juan no lleva a los judíos inmediatamente a lo más alto, sino que les enseña a remontarse sobre la tierra poco a poco, diciendo que Jesucristo era mejor que él (lo cual, en verdad, no era poco por lo pronto). Y véase cómo da testimonio de El con toda sabiduría, porque no sólo demuestra a Jesucristo cuando se presenta, sino que lo predice antes de que aparezca. Lo cual da a entender en estas palabras: "Este era el que yo dije". Hizo esto para facilitar más el conocimiento de Jesucristo, porque la inteligencia de los hombres ya andaba distraída en otras cosas que se habían dicho de El; y con el fin de que no le perjudicase en nada la humildad de su vestido. Porque Jesucristo usaba un vestido humilde y común, de modo que los que hubiesen oído estas cosas de El y lo hubiesen visto después, acaso se hubiesen burlado del testimonio de San Juan.

Teofilacto

nacimiento. San Juan había nacido seis meses antes que Jesucristo, según la humanidad. Crisóstomo, ut sup

Y no dice esto refiriéndose a la generación que había recibido el Salvador de María,