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B.   The FTC and the Problems of Regulating Opaque

1.   Deceptive Practices Actions May Undermine

Es imposible de proseguir las experiencias que tenemos hechas sin ser alcanzados por las analogías que aparecen entre los estados afectivos, las visiones, las variadas sensaciones de los sujetos sometidos a la experiencia, y la vida interior de los místicos de las cuales ellos

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nos han dejado relación.

Tratar enteramente de la propia psicología de los místicos sobrepasa nuestra competencia. Los filósofos, los psicólogos modernos, han abordado este estudio; pero muy pocos de entre ellos, al parecer -salvo quizás algunos teólogos- han conocido, por una experiencia personal, o podido directamente observar, comparables estados de consciencia, aunque sólo fuese de lejos, de aquellos de los que hablan los propios místicos.

Los unos y los otros se alinean en dos campos: los detractores del misticismo y sus partidarios.

No pretendemos reconciliar adversarios igualmente de sinceros, igualmente ávidos de verdad, convencidos como estamos que lo que los separa es una preocupación, más o menos confesada de defender una doctrina metafísica, de la que la ciencia no tiene porqué conocer.

Para nosotros el único interés, al abordar este tema, es el de acercar lo que parece común al éxtasis de los místicos

(P. 228) verdaderos y falsos y los estados psicológicos que hemos observado en nosotros mismos y en nuestros sujetos, pero, sobre todo, para bien mostrar las diferencias. Al mismo tiempo, quizás ayudaremos a ampliar el ámbito de los hechos sobre los cuales creyentes y no creyentes pueden entenderse.

Querríamos mantener una actitud perfectamente neutra; pero nos parece imposible de estudiar un fenómeno psicológico, sea cual sea, considerando solamente al individuo que lo presenta sin tener en cuenta las circunstancias exteriores; y, entre éstas, hay una que tiene una importancia primordial, es la influencia personal que ejerce sobre el interesado el director espiritual, cuando se trata de una mística católica como Thérèse Neumann, el médico, en el caso de una enferma como Madeleine (1), o, en fin, nosotros mismos, en nuestras relaciones con nuestros sujetos (2). De modo que, sin querer defender o atacar cualquier sistema metafísico, debemos al lector una definición de nuestra propia actitud para que pueda juzgar de la influencia que hemos podido ejercer sobre nuestros sujetos, ya consciente, o inconscientemente. No obstante, bien es necesario recordar que nosotros siempre nos hemos esforzado por mantener un respeto absoluto hacia las creencias del sujeto, esta norma es de carácter imperativo y sobre la cual hemos ya insistido.

Si Dios es concebido como trascendental a la Naturaleza [(es decir que se comunica a través de ella)], rechazamos toda concepción antropomórfica en la cual se nos muestra, interviniendo en los acontecimientos de la vida humana de otra manera a como actúan las leyes naturales conocidas o desconocidas. Estas leyes, necesariamente por su carácter divino, deben ser lo suficientemente armoniosas como para que sea inútil el imaginar la ruptura, en vistas a un supuesto milagro, por Aquel mismo de las cuales ellas son la manifestación más cierta.

____ (1) De l'angoisse à l'extase, por Pierre Janet. Alcan, Paris, 1927.

____ (2) He aquí por cierto, la opinión de San Juan de la Cruz, en la Montée du Carmel, tome I, p. 134 : <<Yo querría saber bien expresarme, ya que es muy difícil de decir como el espíritu de un discípulo, oscuramente, sin que él se aperciba, se forma según el espíritu del maestro>>. [Como originalmente esta obra ha sido escrita en nuestra común lengua hispánica, muestro lo que literalmente dice San Juan de la Cruz en : Subida del Carmelo, segundo libro, capítulo 18, sección 5: <<Y, cierto, querría saberlo decir, porque entiendo es cosa dificultosa dar a entender el como se engendra el espíritu del discípulo conforme al de su padre espiritual oculta y secretamente>>. Según la: Edición crítica preparada por Eulogio Pacho de las Obras Completas de San Juan de la Cruz. Editorial "Monte Carmelo". Burgos (España). -N. del que t.-].

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(P. 229) Considerando los fenómenos psicológicos bajo el mismo ángulo que todos los fenómenos biológicos, las leyes de estos fenómenos son para nosotros esencialmente naturales, y por eso incluso divinas. Ellas pueden ser alteradas como las leyes fisiológicas, ya sea por accidente, o por mala higiene, y nuestra preocupación en interés de nuestros sujetos siempre nos ha hecho conservar la actitud de un higienista. Sin embargo, nuestra intervención, como tal, únicamente se ha ejercido al margen de las sesiones, en los comentarios que precedían o seguían a estas sesiones, para que así nuestros sujetos puedan reflexionar con total libertad sobre lo que les exponíamos.

Si se transpone toda la imaginería de las religiones para pasar a considerarla como a símbolo metafísico, nos es posible de aceptarla al despojarla de lo que ella contiene aún de demasiado ingenuo y de esta manera se respeta muy sinceramente las convicciones de nuestros sujetos; al mismo tiempo, podemos mantener al respecto, mejor que una actitud de fría neutralidad científica, una verdadera simpatía sin la cual nos parece imposible de emprender un estudio donde la colaboración es necesaria.

En el tema de nuestras conversaciones sobre ética preferentemente siempre hemos mantenido la afirmación de que sólo los actos tienen un verdadero valor, mientras que las opiniones son más la consecuencia del carácter y del temperamento que de la preocupación por la realidad guiada ésta únicamente por la razón.

Buscamos ahora de identificar en este apasionado debate sobre los místicos cuáles son los puntos que pueden interesarnos y como una experiencia repetible podría en todo esto abrir paso.

Encontramos, en ciertos autores, se mire por donde se mire, una voluntaria confusión: ya se trate de los estigmas, de las representaciones visuales, de los sentimientos o de los actos del místico, todo es explicado por una intervención <<sobrenatural>> de un Dios que actúa a la manera del hada buena de la fábula o de un demonio que se asemeja singularmente al genio malo de ésta. Pensamos que los teólogos

(P. 230) modernos deben temer más a la intervención de estos peligrosos amigos que a los escritos de sus adversarios; así pues no nos demoraremos ya en el examen de sus explicaciones sino en el de las críticas formuladas por sus opositores en las que la preocupación de afirmar su propia actitud sentimental les gana sobre ésta de buscar lo que puede haber allí de interesante en la psicología del místico. Para nosotros, la brutal afirmación o negación de un hecho incontrolable es también toda una creencia poco reflexiva en un caso como en el otro; no se debería arriesgar más que una hipótesis o, mejor aún, reconocer una ignorancia que al menos tiene el mérito de ser común en el creyente como en el no creyente.

Si por el contrario, examinamos los argumentos propuestos por los autores más ponderados de los dos campos, podremos dividir este capítulo en cuatro partes para estudiar sucesivamente los fenómenos fisiológicos, las representaciones visuales, los sentimientos, y finalmente los actos.

a) Los estigmas.

Los fenómenos fisiológicos nos interesan en cuanto a que su estudio sistemático podría ayudar a desvelar los procesos, permanecidos hasta ahora inaccesibles, de la acción de la imaginación sobre el organismo. Todos los místicos de todos los países han presentado

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fenómenos análogos. Los estigmas, en efecto, por ser característicos de los místicos católicos, no nos parecen más que una variante de un fenómeno general, ya que es importante hacer notar que ellos no aparecen, en la hagiografía, más que a partir de San Francisco de Asís, si creemos a C. de Vesme (1). Este autor hace, no obstante, una reserva para el apóstol San Pablo, que, según sus epístolas, habría sido realmente estigmatizado. Hecha esta reserva, los estigmas no se presentaron en los místicos hasta 1.200 años después de Cristo; se estaría pues tentado de ver aquí un argumento en favor de la sugestión.

____ (1) Les stigmatisés. C. de Vesme, Revue Métapsychique, nº 6, 1930, nº 1 y nº 2, 1931.

(P. 231) La idea de sugestión permite de clasificar a estos fenómenos en la misma categoría que a un cierto número de hechos mucho mejor conocidos y es legítimo de no ver en los estigmas más que una manifestación psicofisiológica si se tiene en cuenta por ejemplo, la declaración del Padre Crivelli, confirmada por el obispo Eustachi y la del Padre Guelfi. El Padre Crivelli ha podido hacer las experiencias siguientes con Santa Véronique Giuliani en 1714: 1º control de los estigmas en las manos a las que se le ponían unos guantes debidamente sellados; 2° transmisión mental de cinco órdenes que la asceta supo repetir exactamente al cabo de algunos minutos; 3° aparición del estigma en el costado por orden; 4° su prolongación durante dos meses, a la espera de una nueva orden; 5° curación inmediata de la herida, igualmente por orden, y sin ningún rastro de cicatriz (1).

Este carácter subconsciente de una de las causas, al menos, de los estigmas, parece no menos cierto si la experiencia descrita se la compara con la de los fenómenos de dermografismo provocados en un sujeto como la Sra. Olga Kahl (2) o con la de las hemorragias cutáneas por autosugestión descritas, por ejemplo, por el doctor H. Mabille (3).

La única diferencia que con certeza se puede anotar es que, en el enfermo, el estigma, o pseudo-estigma, es un accidente involuntario, mientras que, en el místico, es el resultado de un poderoso deseo consciente de compartir los sufrimientos de Cristo ; pero, aunque anotando esta diferencia, no nos salimos de la psicología, ya que, como lo hace observar C. de Vesme, el enfermo no desea el sufrimiento y eso basta para que los estigmas que se le sugiere no aparezcan o que sólo estén esbozados : <<Para obtener de un sujeto predispuesto los fenómenos estigmáticos y otros que presentan los místicos, sería necesario colocarlo en unas condiciones idénticas a éstas en las cuales se han encontrados de forma duradera los ascetas.>>

____ (1) De Vesme, op. cit.

____ (2) Revue Métapsychique, 1929, p. 127-135. ____ (3) Le Progrès Médical, 29 août 1885.

(P. 232) Si hemos recordado estos datos es para permitirnos plantear válidamente la cuestión misma del objeto de este párrafo: ¿el santo es un ser excepcional, digno de nuestra admiración, o un enfermo víctima de una tosca superstición?

¿Aún no valorando los fenómenos que parecen ser bastantes comunes en el enfermo como en el místico, podemos preguntarnos si, finalmente, el místico llega a la santidad a pesar de

la enfermedad?

Si respondemos afirmativamente a esta última cuestión, los estigmas, los éxtasis y otras manifestaciones más o menos llamativas sólo se nos aparecen ya como epifenómenos, de un interés muy secundario, de los cuales desviaremos nuestra atención para ya sólo

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considerar los otros aspectos de la psicología propia de los místicos. Es por cierto lo que nos invita a pensar San Juan de Cruz cuando dice: <<De aquí viene también que las comunicaciones en este caso no pueden tener la intensidad, la fuerza, ni la espiritualidad requeridas para la unión divina con Dios, dado que la debilidad, la corrupción y la sensualidad aquí toman parte. Entonces se producen los arrobamientos, los éxtasis, las sacudidas del cuerpo que dislocan a los huesos, lo que se produce siempre cuando las comunicaciones no son puramente espirituales. Cuando el espíritu solo las recibe, como es el caso en los perfectos que han pasado por la purificación de la segunda noche, la del espíritu, no es ya cuestión de arrobamiento ni de tormento físico; su libertad de espíritu estando completa no ofusca ya al sentido, y ya no lo deforma. (1) (*)>> Llegaríamos así a colocarnos en un punto de vista bastante próximo al de Bergson cuando escribe: <<Un misticismo completo... sería acción, creación, amor (2)>>. Y más adelante: <<Cuando se lleva así a su término la evolución interior de los grandes místicos, uno se pregunta cómo ellos han podido ser comparados a enfermos (3)>>. Y aún:

____ (1) La Montée du Carmel, t. III, p. 56.

____ (*) [Párrafo tomado de la edición crítica de Eulogio Pacho de la obra de San Juan de la Cruz titulada: Noche oscura, libro segundo, capítulo uno, sección 2 (continuación de la Subida del Carmelo). <<De aquí es que las comunicaciones de éstos no pueden ser muy fuertes, ni muy intensas, ni muy espirituales, cuales se requieren para la divina unión con Dios, por la flaqueza y corrupción de la sensualidad que participa en ellas.

De aquí vienen los arrobamientos y traspasos y descoyuntamientos de huesos, que siempre acaecen cuando las comunicaciones no son puramente espirituales, esto es, al espíritu solo, como son las de los perfectos, purificados ya por la noche segunda del espíritu, en las cuales cesan ya estos arrobamientos y tormentos del cuerpo, gozando ellos de la libertad del espíritu, sin que se anuble ni trasponga el sentido>>. -N. del que t.-].

____ (2) Les deux sources de la morale et de la religion. Alcan, Paris, 1932, p. 241. ____ (3) Op. cit., p. 243.

(P. 233) <<Cuando las profundidades oscuras del alma son removidas, lo que sube a la superficie y llega a la conciencia toma allí, si la intensidad es suficiente, la forma de una imagen o de una emoción. La imagen es la mayoría de las veces pura alucinación, igual que si es emoción sólo es vana agitación. Pero la una y la otra pueden expresar que el trastorno es un arreglo o reordenamiento sistemático en vistas a un equilibrio superior: la imagen es en este caso simbólica de lo que se prepara, y si es emoción es una concentración del alma a la espera de una transformación. Este último caso es el del misticismo... (1)>>. Estos comentarios se cumplen, salvando las distancias, en lo que observamos en un sujeto cuando lleva bastante adelante la experiencia.

Por último, Bergson reconoce <<que sin embargo la experiencia mística, dada por sí misma, no puede aportar al filósofo la certeza definitiva. Ella no sería totalmente convincente más que si ésta era llegada por otra vía, tal como la experiencia sensible y el razonamiento fundado sobre ella, al pensar como verosímil la existencia de una experiencia privilegiada, por la cual el hombre entraría en comunicación con un principio trascendente... La metafísica como la ciencia, progresará por la acumulación gradual de los resultados adquiridos, en lugar de ser un sistema completo, a tomar o a dejar, siempre controvertido, siempre a recomenzar. Ahora bien, resulta precisamente que en el hecho de profundizar en un cierto número de problemas, todos diferentes del problema religioso, nos ha conducido a conclusiones que hacían probable la existencia de una experiencia singular, privilegiada, tal como la experiencia mística... y si, por una primera intensificación, ella (la intuición), nos hacía coger la continuidad de nuestra vida interior, aunque la mayoría de todos nosotros no iríamos más allá, una intensificación superior la llevaría quizá hasta las raíces de nuestro ser y, por ahí, hasta el principio mismo de la vida, en general (2)>>.

145 ____ (1) Op. cit., p. 245.

____ (2) Op. cit., p. 265, 266 y 267.

(P. 234) Así pues si provisionalmente consideramos a la experiencia mística como pudiendo tener este carácter excepcional y privilegiado y si, además, no atribuimos a las manifestaciones fisiológicas más que el valor de epifenómenos, podemos decir que ellos, a pesar de que sean deseados, son aún un accidente como en el enfermo; sin embargo no deberán ser juzgados como definitivamente mórbidos más que en relación con los sentimientos que los hacen aparecer los cuales serán ellos mismos reconocidos como falsos, lo que es el caso en el enfermo. Si, por el contrario, estos sentimientos son reconocidos como simplemente excepcionales y de alto valor para el individuo y la sociedad, los estigmas no serán ya a nuestros ojos más que la manifestación de una emoción extraordinariamente intensa, de una cualidad excepcional, que provoca un exceso inusual de los fenómenos vasomotores que acompañan a toda emoción y cuya localización se explica por una autosugestión nacida de un deseo consciente.

Nada aquí, nos parece, debería causar extrañeza al creyente por que las leyes naturales se muestran suficientemente admirables como para que no sea necesario inventar un maravilloso proceso que sería la negación de estas leyes.

b) Las visiones.

Podemos ahora buscar cuál es el valor exacto que conviene atribuir a las diversas representaciones mentales que parecen, al margen de los místicos, sólo encontrarse en los enfermos y que son las propias del éxtasis.

Hemos mostrado que el simbolismo primitivo de la ascensión aplicado por la sugerencia hacía aparecer unos nuevos estados afectivos que revela las tendencias más generosas del individuo.

Podemos preguntarnos si, recíprocamente, el deseo de desarrollar en sí mismo las tendencias más generosas no desencadena, por asociación, este mismo simbolismo que aparece en la visión del Santo. Si esto es así, la visión ya no puede ser considerada como un fenómeno mórbido, ella simplemente forma parte de un proceso asociativo normal.

(P. 235) Al margen de los estigmas y otras manifestaciones cutáneas encontramos, al menos en las apariencias, algo de común entre los estados observados en el enfermo o falso místico, en nuestros sujetos, y en los verdaderos místicos considerados como santos. Precisemos estos caracteres comunes:

-desde el punto de vista físico, la misma inmovilidad a lo largo de la sesión que en el transcurso del éxtasis; ralentización de las funciones vegetativas, salvando las distancias cuando se trata de nuestros sujetos;

-desde el punto de vista psicológico, la misma inatención con el mundo exterior; voluntaria sin embargo en nuestros sujetos, mientras que a menudo ella es involuntaria en el extático;

-la misma posibilidad, a pesar de esta inatención, de permanecer en contacto con el director espiritual, el médico o nosotros mismos, con esta diferencia, en nuestros sujetos, que no importa quien pueda tomar nuestro sitio en el transcurso de una misma sesión;

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pero ninguna alucinación erótica en nuestros sujetos.

La gran diferencia entre nuestros sujetos y los místicos, verdaderos o falsos, es que los primeros, cuando practican solos, ellos comienzan e interrumpen su contemplación cuando lo quieren; nuestros sujetos no presentan ningún fenómeno que pueda ser comparado, ni incluso de lejos, a una <<posesión>> por emplear el lenguaje de los místicos.

¿Estos comunes caracteres no nos autorizan a decir que una gran parte de las manifestaciones consideradas hasta entonces, por los unos, como milagrosas y, por los otros, como enfermizas, no son más que manifestaciones normales de la función imaginativa, por muy inusuales que por cierto ellas sean?

Si esto es admitido, las visiones y otras representaciones sensoriales no son ya más que epifenómenos de los cuales el simbolismo puede ser una indicación; pero el fenómeno central, el único sobre el cual debería ser llevada toda esta áspera discusión sobre los místicos, estará en la idea, en el sentimiento, en los cuales por cierto solamente son atraídos

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