Sucedió que en el año de 1922, cuando Diego Rivera llegó a México, hubo un movimiento contra él en la Preparatoria. Los muchachos querían destruir el fresco del Anfiteatro de la Preparatoria;-" ya se disponían a hacerlo con piedras, incluso llevaban ladrillos, zapapicos, en fin, muchas cosas. Y él con su sonrisa de siempre, contemplando, porque le gustaba mucho el tumulto.
A mí me gustaban las cosas modernas y había visto dibujos de Diego; entonces me junté con un grupo de muchachos que estudiábamos medicina (fuimos ese grupo que fundó el periódico que se llamaba El Cáncer). Nos metimos por,la puerta de
Justo Sierra (todo el motín estaba por la puerta de San Ildefonso). Éramos muy pocos, pero los muchachos que querían apedrear y lastimar el fresco y a Diego mismo, y que estaban del lado del gran patio de la Preparatoria, creyeron que dentro del auditorio había mucha gente dispuesta y armada. No sé por qué creyeron eso y se comenzaron a ir.
Como ha sucedido frecuentemente en México (era la época de Obregón y estaba caliente todavía la Revolución, las balas, todo eso), no era de extrañar que el gobierno mismo, o grupos armados quisieran defender a Diego Rivera. Entonces entramos, Diego se quedó asustado y después ya nos presentamos, le dijimos que éramos admiradores de su pintura, etcétera. Por fin nos adueñamos del Auditorio Bolívar. Vivimos, por decirlo así, en el Auditorio Bolívar no por única vez, porque volví a vivir en otras épocas de la Universidad, cuando Brito Foucher30 era el rector. Tuvimos
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Mural La Creación, en el Anfiteatro Bolívar.
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Rodulfo Brito Foucher fue rector de junio de 1942 a junio de 1944, en que renunció luego de un movimiento estudiantil.
una participación directa. Lupe Marín, que vivía en Mixcalco, nos iba a traer tacos y cosas y nos las llevaba y hacíamos un picnic que fue al principio de cosas muy sencillas y después se fueron complicando, y acabaron siendo unos comilones terribles. Nos quedaba muy cerca Las Cazuelas, así es que llevábamos, de plano, una cazuela de mole.
Lo curioso es que paulatinamente se fue infiltrando gente a ese grupo que ya estaba dentro del Anfiteatro Bolívar; el principal era Carlos Chávez, el músico, y un músico argentino cuyo nombre no recuerdo y que puede ser que nunca más lo vuelva a recordar, porque ni Chávez se acordaba cómo se llamaba. Naturalmente, el piano se conservaba allí, así es que Diego tenía descansos, donde tocaba ese pianista argentino. Carlos Chávez también tocaba, era la época en que Debussy comenzaba a estar de gran moda, y Ravel, y todos esos músicos del movimiento francés; también los del movimiento ruso, a la cabeza Stravinsky. En fin, tocaban lo más avanzado. Pero lo curioso es que el pianista argentino le decía a Chávez:
—¿Conoces esta pieza?
Y Chávez se le quedaba viendo, escuchaba la pieza y decía: —Sí, ésa es de Debussy.
—¡Justamente!, ¡qué oído tienes y qué conocimiento!
Y así tocaba una serie de cosas, cada pieza se la dedicaba a un autor distinto. Era un hombre que tenía un ingenio musical muy grande, todas las inventaba de momento. Así es que, naturalmente, se estaba riendo de su amigo Carlos Chávez; ésa fue la confesión que nos hizo el pianista argentino.
Después entraron ahí otros pintores partidarios de Diego. Por ejemplo, Charlot, que fue uno de sus colaboradores principales en la Preparatoria. Venían muchos extranjeros, porque les parecía que era muy interesante el movimiento artístico, cultural y revolucionario de México; así es que fui conociendo a mucha gente.
A Rodríguez Lozano lo había conocido personalmente en el consultorio del doctor Gastón Melo, donde trabajaba. Venía con un diagnóstico de tuberculosis pulmonar, y Melito le ponía algunos tratamientos. El que más servía era el de aceite de hígado de bacalao y el yodo y cosas así, que se los propinaba a Rodríguez Lozano. Este tenía un amigo pintor que se llamaba Abraham Angel —vivían juntos—, un muchacho que se decía argentino, pero que era de las calles de República de Argen- tina, no de Argentina, en el Cono Sur.
Ese grupo me introdujo a todos los demás pintores, es decir, me eran familiares todos los que iban al auditorio de la Preparatoria y lo tomaron como un movimiento
positivo hacia las cosas modernas. Escuchábamos la música tocada por Chávez o por este señor argentino. Y luego vino Santelo Priori, un violinista que tenía mucha fama en la época, era de Europa central, no recuerdo de qué país. Le pedíamos siempre que tocara la parte de violín de la Scherezada, que estaba muy de moda en su tiempo, y otros más sofisticados pedían otras cosas. En fin, las reuniones eran bastante amenas y, en las alturas, Diego seguía pintando.
Ahí estaba Palma Guillén, que era muy amiga de Jorge Juan Crespo. En fin, se fue reuniendo una serie de personas, todas en conexión con el movimiento artístico del México de la época. Yo era amigo, desde la Preparatoria, de Carlos Pellicer, porque publicaba una revista," e inmediatamente que publicaban cada número, lo adquiría.
Gente importante en ese momento fue Octavio Barreda, un hombre muy inteligente, que como Fernando Velázquez Subikusky, como Torres Bodet, como el mismo Daniel Cosío Villegas, nunca se metió en las cosas artísticas, no, era una cosa que no le entraba. Se dedicaba a la política universitaria y, desde ese punto, sus
Memorias tienen bastante valor, porque da los nombres de la gente que lo acompañaba; pero estaba a un lado de todo ese movimiento artístico. De vez en cuando Vasconcelos iba también a ver y alguna vez Lupe y Diego ofrecieron en Mixcalco una gran comilona mexicana, con barbacoa, mole, pulque... Estaban Vasconcelos y Jaime Torres Bodet, su secretario, que le hacía un poco el fuchi al mole ya todas esas cosas.
Yo era muy amigo de los Contemporáneos: Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Pepe Gorostiza, en fin, la gente que constituyó el grupo de los Contemporáneos. Así es que mi entrada en la admiración de las letras fue a través de ellos, y probablemente yo era el médico que escogían en medio de todos los demás jóvenes médicos, pues tenía sangre de artista. Era muy solicitado, fui médico de todos ellos, y en pago de los servicios médicos, tengo poemas y tengo cosas literarias dedicadas.
El grupo de Diego Rivera, con Charlot, se iniciaba en el comunismo, pero había un hombre mayor que nosotros, Luis Vargas Rea (nosotros teníamos veintiuno, veintidós años, y Diego pues me llevaría diez años). Daba la impresión de hiper- tiroideo: pálido, flaco, con los ojos salientes, muy nervioso, siempre con cara de angustiado, que hablaba muy de prisa. Otras veces quería ser lento y decía las cosas muy lentas; era un hombre completamente inestable. Naturalmente, vestía a lo proletario, no de proletario: pantalones raídos, un saco negro que con el tiempo ya
iba siendo color a lo mosca y después de un verde franco, y unos pantalones a rayas que habían sido de etiqueta, naturalmente con sus parches en los glúteos.
Ellos mismos se declaraban comunistas, el Partido Comunista era el triunfante, no hablaban de socialismo, de ninguna otra cosa. El que hablaba de Marx era Jorge Juan Crespo; era gente de lecturas.
Era un deshonor no ser rusófilo en aquella época, no digo que precisamente comunista, porque conocí gente que no era comunista, sin embargo se sabía muy bien su Dostoievski, Andreiev y todos los rusos del tiempo. Naturalmente nosotros entrábamos en la época de haber leído todas esas cosas. Vargas Rea había alquilado un local, con la colaboración de todos los pintores del grupo, y Diego nos dijo:
—Ustedes han demostrado que son muchachos de acción, pero necesitan cierta disciplina. El compañero Vargas Rea acaba de instalar una academia sencilla, pobre, en las calles de Lerdo, y ahí se propone entrenarlos en la oratoria. Así es que los que quieran ir, se pueden inscribir.
Al principio fuimos muchos, después nos quedamos tres o cuatro en ese grupo de entrenamiento y de indoctrinación comunista. Luego hubo cierto pleito entre ellos y nos pusieron un dilema: "o con Vargas Rea o con nosotros". Esos eran, por ejemplo, Charlot, anti-Vargas Rea, porque decía que era un charlatán y que no sabía nada de nada. Nosotros nos sentíamos más unidos a la gente que ya conocíamos y que tratábamos de tú, que a Vargas Rea, y lo dejamos por la paz.
Charlot ofreció darnos conferencias, en realidad eran pláticas; le preguntábamos cosas candentes del comunismo, acababa de instalarse, y, bueno, pues el entrenamiento al comunismo quedó ahí.
Aunque no era del grupo, José Clemente Orozco (porque era católico, no le gustaba mucho la compañía de Diego, y se retiró) me vio como médico. Alguno me recomendó, siendo yo estudiante de medicina. Todavía tengo por ahí un dibujo de él. Era lo que los médicos llamaron, en una época, hipocondriaco, que se creía presa de todas las enfermedades; ya comenzábamos a hablar de psicoanálisis en aquella epoca y él me dijo que le hiciera un psicoanálisis.
—Bueno, José Clemente, pues lo malo es que yo no estoy psicoanalizado —ya estaba leyendo las cosas de Freud.
—Con eso basta, con eso basta. —No —le decía.
—¿Porqué?
—Mire, le voy a traer mis dibujos.
Y me llevó una colección de dibujos, que no me quedé con ellos, nada más porque he sido demasiado honrado, demasiado. Tuve todos los cartones en mis manos, que me los dejó para que los analizara y los estudiara, y ni los contó ni nada. Lo gracioso es que una vez me dijo José Clemente:
—Mire, doctor don Raoul, ahí, enfrente al Teatro Lírico, un hermano mío acaba de abrir un café que se llama Los Monotes.
José Clemente le había pintado todo ese friso de mujeres semidesnudas; los menos fuertes los tenía ahí exhibidos. Hacían unas tostadas de pata fantásticas, era el punto de reunión del grupo. Ahí estaba Gerardo Murillo. Había una palabra que era muy frecuente: bolchevique, y él estaba muy contento con el término. La relación entre el Dr. Atl y Diego Rivera fue muy cordial.
Yo fui de quince o dieciséis años a la Casa del Obrero Mundial. Estaba donde está El Caballito, enfrente de la Lotería Nacional, y ahí conocí al Dr. Atl. Van algunas intimidades: Rodríguez Lozano había venido divorciado de Carmen Mondragón, de Nahui Olín, un nombre zapoteca, como le puso Atl (porque se enamoró de ella). Rodríguez Lozano, que fue por quien conocí más íntimamente a Diego Rivera y a todo el grupo de pintores, naturalmente no podía acercarse al círculo de Gerardo Murillo; pero nosotros íbamos a la Casa del Obrero Mundial antes de que yo conociera a Rodríguez Lozano. Mi padre estaba asombrado de tener un hijo que tuviera esas frecuentaciones. Había sido amigo de Madero, era antiporfirista, era un liberal en la época en que eran muy mochos, toda la gente, porfirista es el término que hay que darles. No es precisamente la cosa religiosa sino la cosa del savoirfaire y de todos los conservadores. Así es que mi padre no era de ésos, en el fondo no le disgustaba, pero sí me decía:
—Oye, no te vayas a buscar cuando menos una pedrada.
—No —le decía yo—, si nada más vamos a platicar, no vamos a otra cosa. —Es lo malo, es lo malo, que platiquen.
Porque mi papá se quedaba hasta lo liberal; claro que todavía no estallaba la Revolución Rusa, pero ya había otros términos más avanzados. Por ejemplo, Marx: mi papá lo había leído y se había quedado en ideas sociales, lo leía en francés. Tenía la colección de precursores o de influenciados de Marx y de todo el pensamiento,
como eran Émile Zola, con su novela La terne y J'accuse; en fin, mi padre tenía cierta tolerancia por ese género. Pero nunca le gustó, ni participó en política. En las tardes, cuando salíamos de la Preparatoria, nos acercábamos por curiosidad a la Casa del Obrero Mundial. Ahí junto estaba un hotel muy famoso, donde se alojaba siempre Alvaro Obregón, no el Hotel San Francisco, que quedaba del otro lado, que estaba junto a la Casa del Obrero Mundial. Obregón siempre estaba exhibiéndose en los balcones de ese hotel y pues íbamos ala promenade,* a todos esos lugares que eran pecaminosamente políticos; mucha gente, los profesores conservadores de la Preparatoria, decían:
—Pero, ¿qué van a hacer?, ¡qué barbaridad!, ¡cómo ven ustedes!, ¡qué juventud!, ¿qué se espera de este pobre país?, ¡después de una Revolución, meterse en esos ambientes!
Yo había conocido, como en el año de 1914, a Carmen Mondragón, después la volví a ver ya separada de Rodríguez Lozano. Ella era una mujer preciosa, muy bonita, ojos color de agua, preciosos, verdes, rubia, no demasiado, con una piel muy blanca, que tenía muchos tics, de estar haciendo así: "snif, snif", encogiendo las alas de la nariz y llevando las comisuras de los labios a uno y otro lado. Mi papá era enemigo del padre de Carmen Mondragón, Manuel Mondragón, el militar, desde el punto de vista de los reaccionarios. Habíamos sido muy amigos, pero nunca supe la verdad clara a propósito de su separación de Manuel Rodríguez Lozano. Ella lo acusaba de que era afeminado y que se había dado cuenta de eso a los pocos días del matrimonio.
Lo que a mí me consta de Rodríguez Lozano, es que vivía con este muchacho, con Abraham Angel. Lo que también me consta de ella es que era una mujer muy sexual, no hacía discriminaciones, unos por güeros, otros por morenos. Posterior- mente a eso, porque ahora estoy hablando de 1918, ella se fue a vivir a una casa que era de los Cortina, ni más ni menos, de aquella santa familia, que estaba en la esquina de 5 de Febrero y Uruguay, en el piso de arriba, casi en la azotea. Pues la había instalado como consultorio, es decir, con sillas alrededor, y dentro tenía la alcoba y en la sala de espera había boleros, billeteros, estudiantes y a todos les hacía el favor. Bueno, cuento el temperamento de Nahui, para darse cuenta, más o menos, de la pasión que se traía por Gerardo Murillo y Gerardo Murillo por ella. La conocía previamente por relaciones familiares, y me decía:
—Güero, ¿tú estás metido en estas bolas?, ¿tú qué andas haciendo metido en estas bolas?
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—Nada, pues venimos a ver a don Gerardo. —¿Y qué le vienen a ver ustedes?
—Lo venimos a saludar.
Quedamos en que nos iba a enseñar algunas cosas, un manifiesto que iba a lanzar, porque éramos un poco la carne de cañón para leer discursos.
Diego Rivera tenía una casota, una casa de vecindad, ahí en Mixcalco, y claro, podía darse el lujo de darnos mole. Creo que Diego paso en París una vida de pobre, según me consta de alguna gente que fue compañera suya, pero él inventaba, tenía una imaginación fabulosa. Daba una conferencia y hablaba de lo sabrosa que era la carne humana, y decía que cuando él y yo estábamos en París, yo estaba estudiando en el anfiteatro de Balthazard, un anfiteatro de medicina legal, y le llevaba trozos de carne humana. "¡Ay!, y no me dejará mentir el Güero Fournier". Pues "no lo dejaba", y todos nos veían con cara de horror. Me acuerdo de una conferencia en Bellas Artes que dio en la Sala Ponce, era un mentiroso sensacional.
Lupe Rivera fue siempre muy liberada. Recuerdo una escena en las calles de Argentina, más o menos por donde están los Porrúa, vía Mixcalco, ésos eran sus rumbos. En una hoja de col Lupe llevaba tuétano, y comenzaron a discutir en la calle. Entonces ella le quitó la hoja de col donde llevaba el tuétano, así en la mano, y se lo embarró en la cara a Diego, que le dijo nada más: "¡Estúpida!" y siguió caminando de frente.
Tengo que hablar de una persona, de la que nadie habla, y que es tan importante en México: José Juan_Tablada. Siempre lo caricaturizaban como un perico, con los ojos muy sombreados, unas ojeras muy grandes. Efectivamente, era cara de perico, muy alto; el cuerpo de Agustín Yáñez, era un poco la estructura, pero no con la calma de Yáñez, sino al contrario, una gente muy viva. Estaba casado o arre juntado, no sé, con una cubana muy simpática. Ellos llegaron a México, él ya indultado, porque, total, su huertismo no había sido más que escribir loas en verso, publicadas en El Imparcial, en otro periódico que se llamaba La Semana Ilustrada. Bueno, pues él publicaba y Huerta mantenía la cosa clerical un poco alejada, ¿no? 0 como Díaz Mirón, tan cursi, tan horrible, que cuando la visita que fue a hacer Huerta al periódico
Y salió el general Huerta,
presidente constitucional de México, dejando, con su modestia,
un perfume de violetas...
¡Háganme el favor!, ¡un poeta como Díaz Mirón! Pues no estaban muy alejadas de esas cosas, ahí las tengo, las de Juan Tablada. Bueno, José Juan Tablada una vez me pidió si le podía poner unas inyecciones. Era, ni más ni menos, una inyección blanca; la primera vez me dijo que eran inyecciones de cacodilato, que se usaban mucho entonces como tónicos, y luego a la tercera inyección me dice:
—Mira, Güero, es morfina, y ya se me está acabando, ¿tú no me puedes conseguir morfina con tu maestro Melito?
La morfina se les ponía a los enfermos; llegaba uno al consultorio de Melito y le decía que tenía un dolor de vesícula biliar terrible, que si no le hacía favor de recetarle Sedol. Y se le recetaba Sedol sin averiguar nada. Las ampolletas de morfina costaban entonces veinticinco centavos. Si un médico la recetaba, aun en un pedazo de periódico, "Tres ampolletas de un centímetro de morfina", la despachaban. Me decía Melo:
—Cuando tenga usted que recetar una cosa de ésas, mejor yo me encargo. Entonces le decía a Melito:
—Son para José Juan. —Ah, bueno, para José Juan.
Y entonces escribía la receta y yo era el conducto. Eso permitió que José Juan Tablada y yo tuviéramos una amistad muy estrecha, muy estrecha, y dramáticamente humana, porque él no podía vivir sin eso y yo era la única gente que se la podía proporcionar. Claro que no medía el peligro de esas cosas todavía, ni se le daba publicidad. José Juan Tablada, en el año de 1922 o 1921,32tendría ya setenta y cuatro años, ¿qué se podía hacer?
A mí me hacían mucho festejo, él y su mujer, que era muy simpática, y se llevaba mucho con Jorge Juan Crespo de la Serna, su mujer y su cuñada, que eran cubanas. Así es que frecuentemente hacían reuniones ahí en la casa de ladrillo, que