1.3 T HEORETICAL B ACKGROUND AND A NALYTICAL F RAMEWORK
1.3.4 Deconstructing Binaries: The Mixed-Race Category as an Analytical Framework
Atajos políticos
Jesús, pese a su decidida intervención a favor de cambio radical y su crítica contra círculos dominantes y desequilibrios existentes, no es revolucionario político-social. Con su repulsa de violencia, odio y venganza no fue hombre del
stablishment, ni apologeta del orden constituido. Por tanto, si tomamos a Jesús
como criterio, también hay que tomar las implicaciones políticas del mensaje cristiano. No cabe limitar la praxis cristiana a la esfera privada y apolítica o al ámbito eclesial; no cabe prescindir de sociedad y mundo. Fe cristiana y acción cristiana son inseparables en la esfera individual y social. Jesús, que actuó desde la perspectiva de expectación próxima del Reino de Dios, no propuso programas de renovación y cambio de estructuras sociales. Así pues, no se
puede ligar al mensaje cristiano ningún determinado programa de acción político-social. Pag 590-593.
Consecuencias sociales
Si los cristianos quieren asumir función crítica en la sociedad, deben saber de dónde arranca su crítica. Resultará superflua si se limita a repetir lo que ya dicen sociedad o su crítica secular. La crítica social no podrá definirse cristiana, si no arranca de Cristo Jesús. Los polemistas y críticos, que se enfrentan al
cristianismo, no atacan casi nunca a cristianos por ser partidarios de Jesús, sino que les acusan de no serlo, traicionar su causa, poseer las cualidades que Jesús reprendía en fariseísmo, merecer las palabras: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, Mt 15, 8, Milan Machovec, marxista
checo. Si se parte de Cristo Jesús será imposible separar teoría y práctica, ámbito privado y público, religioso y político. El argumento más fuerte contra el
cristianismo son los cristianos, que no son cristianos. Y el argumento más fuerte a favor del cristianismo son los cristianos, que viven cristianamente.
No obstante, es imposible hacer del programa cristiano, el mismo Cristo Jesús,
una ley para todos. Siempre que la Iglesia convirtió el evangelio en ley infalible:
doctrina, dogma, moral o disciplina, libertad cristiana y espíritu de servicio fueron sustituidos por violencia y esclavitud, se encendieron hogueras, padecieron personas y la Iglesia se convirtió en Gran Inquisidor, del que Jesús se despide sin decir palabra. Jesús no se presentó como nuevo legislador, no inculcó una ley moral natural, ni estableció leyes positivas reveladas. Sus instrucciones son, más bien, invitaciones, llamamientos, retos; incluso el mandamiento del
amor no es una nueva ley, no se puede amar por obligación. Desde la
perspectiva de Jesús, el amor es criterio fundamental de virtudes, principios, normas y formas de comportamiento humano. El mandamiento existe en función del amor y no viceversa. Jesús concentró todos los mandamientos en el doble mandamiento del amor a Dios y prójimo, exigencia que abarca la vida íntegra del hombre.
Para Jesús, el amor es bueno en todas las situaciones. Es criterio con que se deben valorar los bienes. No es algo inherente a determinadas actitudes, sino regulador decisivo de acciones. Según Jesús, las normas, incluidos los diez mandamientos deben estar al servicio del hombre, existen por razón del hombre y no al revés. En cualquier acción, el amor, a tono con la circunstancia, señala el camino a la acción. Quien obra con amor y benevolencia hacia el
prójimo cumple la ley de Dios, aun cuando se oponga a determinados preceptos, pues el sentido de la ley de Dios es el amor. En consecuencia, el amor es invitación a la libertad, que tiene su medida en la libertad del otro. - Nunca le ha sido el hombre tan imposible vivir sin normas como en la
sociedad moderna. Pero en la práctica el cristiano interpretará y practicará o no esas normas sobre la base de benevolencia amorosa hacia el prójimo.
- Por tanto, en una situación concreta es bueno cuanto ayuda al prójimo, que necesita de mí, y es malo cuanto le daña y perjudica.
Sea cual sea la situación, el amor clarifica las normas. Gracias al amor, la norma suprema es siempre la voluntad de Dios, que desea el bien total del hombre: es bueno cuanto contribuye al bien de hombre, prójimo y prójimos. Pag 593-598.
Compromiso por la liberación
Los cristianos se van incorporando al proceso de liberación de sistemas de convivencia opresiva y discriminante; liberación para autorrealización del pueblo, que pueda determinar por sí mismo su destino político, económico y cultural. Pag 600.
Evitemos posturas no críticas
- Personalmente el cristiano debe tomar postura en problemas temporales pendientes de solución. Sin embargo, la Iglesia, en cuanta comunidad de fe, y sus representantes no deben, ni pueden tomar postura ante tales problemas.
- La iglesia y sus representantes pueden y deben tomar postura públicamente,
siempre y cuando lo autorice su misión peculiar: siempre en la medida en que se lo exija inequívocamente el evangelio de Cristo Jesús.
Este compromiso público de la Iglesia puede adoptar diversas formas en continentes y países diferentes. Las Iglesias y cristianos de cada continente o país tienen derecho a buscar soluciones específicas a sus problemas. La Iglesia respeta las opciones posibles en la elección de remedios concretos con tal de que respondan al clamor de oprimidos y pobres necesitados de liberación, al clamor que encarna vitalmente Cristo Jesús en su persona.
Quien recurre a violencia debe tener presente que para ello no puede invocar a Jesús de Nazaret y se mete en el círculo infernal de violencia y contraviolencia. Las víctimas y riesgos son incalculables. Después de Jesús es difícil encontrar a Dios en los avatares de liberaciones, que incluyan recurso a violencia. La no violencia puede apelar siempre a Jesucristo, mientras la violencia sólo puede apelar en casos límite a la razón. Pag 603-606.
2 Superación de lo negativo Abuso de la cruz
La realidad latinoamericana ha mostrado de manera elemental y concreta cuán importante es el moderno proceso de emancipación y liberación: el hombre debe responsabilizarse de su propio destino e intentar liberarse mediante la transformación de la sociedad. La redención no puede sustituir a la emancipación. Pero tampoco la emancipación puede sustituir a la redención. Nadie puede sustraerse al dolor de vivos y muertos, culpa y propia muerte. Se necesita, por tanto, la redención: liberación última del hombre por Dios.
Se puede decir al hombre de hoy que todo lo negativo en esta vida puede tener sentido positivo; que ninguna situación tiene por qué ser absolutamente inconsolable, absurda, y desesperada; que es posible encontrar a Dios en éxito y alegría, en fracaso, melancolía, tristeza y dolor. La cruz del Resucitado permite al creyente decidirse en oscuridad y absurdo por el riesgo de la esperanza: la imitación de la cruz. Pablo definía la cruz así: Nosotros
predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres, 1 Co 1, 23-25. Pag 607-608.
Errores en torno a la cruz
1. Imitación de la cruz no significa adoración cultual. Quien se compromete en el camino de Jesús no puede permitir que la cruz sea instrumentalizada en beneficio de ningún interés. La cruz de Jesús es escándalo, ante el que se han hundido definitivamente las barreras divisorias de lo profano y sagrado. Lo cual sigue siendo exigencia para quien celebra bajo este signo culto, eucaristía y memorial de la pasión. La celebración litúrgica bajo el signo de la cruz ha de tener repercusión con imitación práctica.
2. Imitación de la cruz no significa interiorización mística. Quien se compromete en el camino de Jesús no admite que se endulce y hermosee la cruz de Cristo, que se haga objeto de individualismo y acortamientos. La cruz es invitación a la fe en Dios, que puede parecer ausente, pero sufre a nuestro lado. Jesús no fue hombre débil y resignado, sino el hermano valeroso de pobres, torturados y angustiados, en cuya compañía encuentran los humillados enaltecimiento, respeto, reconocimiento y dignidad humana. De Él recibe la cruz su carácter ambivalente: expresión de miseria y protesta contra la miseria, signo de muerte y victoria.
3. Imitación de la cruz no significa mera imitación ética de la conducta de
Jesús. Debemos respetar la tradición de los grandes mártires del cristianismo,
que con abnegación, valor y coherencia radical, decidieron asemejarse a Jesús en sufrimiento; la tradición del monacato, que se inspiró en la imitación de
Cristo para estimular profundas reformas en Iglesia y sociedad, derivando de
Cristo principios, que guiaron sus vidas de renuncia a familia, matrimonio y posesión de bienes. La cruz de Jesús es inigualable; su abandono de Dios y hombres, único; su muerte irrepetible. Para Pablo la imitación de Cristo es obediencia al Señor, que debe traducirse en realidad concreta en el seguimiento; ser imitador coincide con ser discípulo; el sentido de la imitación no consiste en padecer el mismo abandono de Dios y hombres, sufrir los mismos dolores, recibir las mismas heridas; es exigencia e invitación a tomar la propia cruz; a recorrer el propio camino entre los riesgos de la propia situación e incertidumbre de futuro. Pag 609-612.
Cómo entender la cruz
Son muchos los crucificados: fracasados, prisioneros, condenados a muerte, enfermos incurables, derrotados, cansados de vivir, desesperados de sí y mundo… De la cruz penden también atormentados por preocupaciones y aplastados por hombres; oprimidos por obligaciones y anonadados por hastío; aterrados por miedo y envenenados por odio; olvidados por amigos e ignorados por medios de comunicación … Cada cual está clavado en su cruz.
Se necesita una labor de consuelo que, por mucha ayuda material y espiritual que le acompañe, consistirá sobre todo en palabras. La cruz de Cristo no permite al cristiano quedar mudo, sin respuesta. El cristiano no queda mudo cuando deja hablar al Crucificado.
1. No buscar el dolor, sino soportarlo. Jesús no buscó dolor, sino que hubo de soportarlo. Dolor y sufrimiento siempre serán una agresión al hombre. Imitar la cruz no significa imitar la pasión de Jesús, reproducir el suplicio de su cruz; significa soportar, en correspondencia con el sufrimiento de Cristo el dolor que
me ha sobrevenido a mí: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame, Lc 9, 23; Mc 8, 34. Es el heroísmo
que se pide a quien cree en el Crucificado.
2. Soportar el dolor y combatirlo. El mensaje de Jesús culmina en el amor al prójimo, Mc 12, 31. Así se explica que la primitiva comunidad cristiana recogiera como tarea especial la asistencia a los que sufren, que vino a ser rasgo específico que distingue a cristianismo de otras grandes religiones.
3. Combatir el dolor y transformarlo. Transformar el dolor significa aceptarlo positiva y activamente e integrarlo en el sentido global de la vida. Nadie puede negarse a sufrir, a menos que se niegue a vivir, renuncie a las relaciones y se haga invulnerable. Innumerables cristianos vivieron su cristianismo y condición humana por encima de fáciles consuelos; innumerables enfermos gracias a su enfermedad descubrieron una nueva relación consigo mismo; innumerables personas hallaron en su propia desgracia, pérdida o traición de un ser querido nueva dimensión en su vida; hombres a quienes decepción, separación equivocación, fracaso, humillación, discriminación y desprecio elevaron a nueva calidad humana, haciéndose en dolor: maduros, experimentados, modestos, humildes, abiertos a los demás y más humanos. El sufrimiento es
una especie de cambio que experimenta el hombre, un modo de transformación, D. Sölle.
4. Libertad en el dolor. Ni siquiera quien sigue el camino de Jesús y carga cada día con su cruz está en condiciones de vencer y eliminar el dolor. Sin embargo, la fe le permite resistirlo y dominarlo. No será abrumado por el sufrimiento, ni se hundirá en la desesperación. Si Jesús no se abatió en el dolor extremo de abandono de Dios y hombres, tampoco se abatirá quien se aferre a Él con fe confiada: en la fe se le otorga esperanza de que el dolor no es la realidad última y definitiva, la cual será para él una vida sin dolor, algo que ni él ni la sociedad humana serán capaces de realizar, pero puede esperarse de la consumación final de Dios: Rm 6, 5-9; 1 Co 15, 20-22.
El dolor no vencido y la muerte siempre amenazante indican: que el hombre no ha llegado a su plenitud; que no debe confiar en sí mismo, sino en Dios; que no debe enorgullecerse, sino descansar en la fuerza de Dios. Porque esta fuerza actúa en nuestra debilidad y nos hace fuertes cuando somos débiles 2 Co 12, 7-10; no son artificios dialécticos; es la expresión de libertad frente al dolor vivida en el dolor; libertad del hombre de fe que no se hunde en angustia y agobio; no desespera en la duda; no se siente abandonado en la soledad; no pierde la alegría en la aflicción; no se deja aniquilar en la derrota; no sufre merma de plenitud en el vacío. Pablo lo experimentó así: Nos aprietan por
todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan … Somos moribundos vivos; penados nunca ajusticiados; afligidos siempre alegres; pobretones, que enriquecen a muchos; necesitados, que todo lo poseen, 2 Co
La existencia del hombre en cualquier contexto económico y social está marcada por la cruz: dolor, angustia, sufrimiento y muerte. Pero sólo la cruz de Jesús es capaz de dar sentido a nuestra existencia llena de cruces. La imitación de Jesús es siempre oculta o abiertamente imitación en dolor, imitación de la cruz. En su propia cruz encuentra el hombre la máxima cercanía a Jesús crucificado, su Señor. Su propia pasión le coloca en la pasión de Cristo, 1 P 2, 20s. Lo cual le permite situarse por encima de cualquier dolor. Ninguna cruz del mundo puede contradecir al sentido, que se desprende de la cruz del que resucitó a la vida. A la luz del Crucificado es posible superar la negatividad del dolor de manera tal que, incluso para los humanismos cristianos, parece imposible. Pag 612-617.
3 Liberados para la libertad ¿Rehabilitación o justicia social?
Antes se concebía a Dios como juez, que absuelve al hombre de sus pecados y le rehabilita; ahora se le concibe como Dios solidario, que llama al hombre a la libertad y responsabilidad de mundo e historia. Antes se trataba de salvación individual bajo el lema salva tu alma; ahora se insiste en la dimensión social de la salvación y preocupación universal por el prójimo. Antes se destacaba la inquietud espiritualista por la salvación en el más allá y paz en Dios; ahora la inquietud se centra globalmente en las condiciones sociales, reforma e incluso revolución de estructuras. Antes el hombre se sentía obligado a justificar su vida ante Dios; ahora tiene que justificarla ante sí y prójimo. Pag 619.
Lo que no es decisivo
En la vida moderna cuentan los resultados, prevalece hacer sobre ser, cuyas
raíces se remontan a los tiempos de la Reforma. Las Iglesias, influidas por Calvino, aplicaron la rígida doctrina de la doble elección: predestinación a
bienaventuranza o a condenación, ponían el acento en la santificación en las
obras diarias, trabajo profesional … entendidos como cumplimiento del amor al prójimo, como signo visible de elección positiva para la bienaventuranza eterna. Cuanto más avanzaba la secularización y se imponía el sistema económico moderno, laboriosidad, disciplina estricta y sentido de responsabilidad se convertían en virtudes características del hombre secular y emancipado de la
sociedad industrial. La capacidad en todos los sentidos vino a ser virtud por
excelencia; la utilidad, criterio determinante; el éxito, objetivo decisivo; el
rendimiento, la ley de esta moderna sociedad productiva, en la que cada cuál
tiene asignado un papel.
Así, el hombre intenta realizarse en mundo y sociedad dinámicos. La autorrealización humana, fin primordial que ha de buscar el hombre, se traslada
a rendimiento personal, en la medida que produce; se justifica la propia existencia produciendo; los valores económicos ocupan la cima en la escala de valores; profesión y capacidad determinan situación social; el camino a prosperidad y productividad permiten a las naciones industrializadas escapar al atenazamiento de la pobreza ancestral y lograr el estado del bienestar.
Esta mentalidad productivista se constituye en amenaza para la humanidad del hombre, porque éste pierde de vista los valores superiores y sentido global de
la vida, incluso se pierde a sí mismo entre mecanismos, técnicas fuerzas y organizaciones anónimas del sistema. Cuanto mayor es progreso y perfección, tanto más fuerte es subordinación del hombre al complejo proceso económico- social. Ha emergido un nuevo legalismo secular, que afecta al conjunto de parcelas humanas en proporciones sin precedentes e inabordables para juristas aislados.
Cuanto más se somete el hombre a las exigencias de tal legalismo, tanto mayor es su pérdida de espontaneidad, iniciativa y autonomía; tanto menor el espacio que le queda para sí y afirmación de su humanidad. El hombre tiene a menudo la sensación de que es para las leyes y no las leyes para él. La vida se convierte en competición agotadora y demoledora, sujeta a continuos cambios de eficiencia profesional … ; la única preocupación es no disminuir el rendimiento y si es posible elevarlo. Se trata de un círculo mortal: la productividad lleva al hombre a servidumbres de las que cree poder escapar mediante nueva productividad, pero el resultado es gran pérdida de libertad. El hombre experimenta lo que Pablo llamaba maldición de la Ley. La vida moderna le obliga a producir, progresar y triunfar; tiene que justificarse continuamente en su existencia ante el foro que le rodea, sociedad y sí mismo. Sin embargo, en esta sociedad no cabe otra justificación que la productividad. Su rendimiento le permite ser algo; tener un puesto en la sociedad; adquirir el prestigio, que necesita; su única posibilidad de afirmarse es dar muestras de eficacia: es un círculo vicioso.
Es evidente el peligro de que el hombre, presionado por la enorme exigencia y sicosis de productividad, se deje dirigir desde fuera y pierda su identidad. Un hombre puede ser fabuloso ejecutivo, científico, funcionario u obrero, pero fracasar como hombre, dando vueltas en torno a sí mismo sin encontrarse. Ese hombre se ha perdido en el torbellino de su actividad; debe encontrarse de nuevo; encuentro que no será posible si no vuelve en sí. Jesús ofrece el camino: Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará, Mt 16, 25. Pag 619-623.
Lo que sí es decisivo
A la luz de Cristo Jesús se puede afirmar que lo decisivo no es el rendimiento del hombre; que es posible adoptar otra actitud fundamental; que se puede llegar a otro planteamiento de vida, que permita reconocer las limitaciones de la mentalidad productivista; escapar a la sicosis de producción y quebrar las exigencias de productividad para conseguir verdadera libertad. Hay que poner al descubierto la tendencia deshumanizadora inherente a las leyes de productividad por bien del hombre porque: no puede emigrar de la sociedad productiva; ha de vivir y trabajar en ella; sentirse amparado por ella; y, no obstante, aspirar a una libertad cualitativamente distinta.
Jesús no rechazó rendimiento, obras legales, rituales y morales en sí mismas. Se opuso tenazmente a la idea de que las obras fueran criterio de vida humana. Dijo del fariseo que, basándose en sus propias obras, presumía de valer y estar plenamente justificado ante Dios y hombres, que no volvió a casa