G ROUP 1: S OCIAL S ERVICES
Q.4. b How far have EPRD funds dedicated to regional co-operation and integration under the Multi-Annual Indicative Programme (i) contributed to economic and social development of SACU
Supongamos ahora en nuestras máquinas un aparato de registro sonoro, supon- gamos que una gran voz —bien podemos pensar que alguien vigila su funciona- miento, el legislador— interviene para regular la danza que hasta el momento no era más que una ronda y podía desembocar en resultados catastróficos.
Jacques Lacan, 1999, p.89 En 1948, Grey Walter, ingeniero en robótica, programó unos pequeños robots, conocidos más tarde como «tortugas», que tenían la propiedad de poder
59 Sin lugar a dudas el problema del valor polarizado entre la completa indeterminación (imagina- ria) y la completa determinación económica es espinoso. Desde la perspectiva de Derrida, incluso Lacan está atrapado en una teoría del equilibrio y el resguardo. El filósofo entiende que el simbó- lico lacaniano reduce el descubrimiento de Mauss. «Esta gran tradición trascendentalista puede inscribir lo dado trascendental tanto en el presente en general (el aparecer presente de lo que aparece a la luz o bien el ente creado, lo dado originario de un don que depende y que retorna a la Naturaleza, al Ser, a Dios, al Padre o a la Madre) como en el falo en general (significante trascen- dental que consolida, según Lacan, el orden simbólico que (res)guarda al don de la diseminación» (Derrida, 1995, p. 58). La crítica de Baudrillard a Lacan presenta similitudes.
recargar su batería en la fuente al momento en que comenzaban a descargarse y peligraban apagarse. Si nunca faltara corriente eléctrica, las máquinas no cesa- rían de recargarse, mucho más allá de la muerte de su inventor.61 Lacan se sirve
de ello para ilustrar lo que falta para el advenimiento de la subjetividad.
Si hubiese máquinas capaces de encarnar lo que está en juego en esta dialéctica, les propondría el modelo siguiente. Tomemos una de estas pequeñas tortugas o zorros, como esas que sabemos fabricar y que últimamente ofrecen distracción a los científicos de nuestra época —los autómatas siempre desempeñaron un gran papel, y en estos tiempo cumplen uno renovado—, una de esas maquinitas a las que hoy, gracias a toda clase de órganos intermedios, sabemos dar una homeostasis y algo parecido a deseos. Supongamos que dicha máquina se en- cuentra constituida de tal forma que está sin acabar, y quedará bloqueada, no se estructurará definitivamente en un mecanismo sino percibiendo —por el medio que fuere, una célula fotoeléctrica, por ejemplo, con relé— otra máquina ente- ramente similar a ella, con la única diferencia de que ya habría perfeccionado su unidad en el curso de lo que se podría denominar una experiencia anterior; una máquina puede hacer experiencias. El movimiento de cada máquina está condicionado así por la percepción de cierto estadio alcanzado por otra. Esto es lo que corresponde al elemento de fascinación. Advierten qué círculo, al mismo tiempo, puede establecerse. En la medida en que la unidad de la primera máqui- na está suspendida de la unidad de la otra, en la medida en que la otra le propor- ciona el modelo y la forma misma de su unidad, aquello hacia lo cual se dirigirá la primera dependerá siempre de aquello hacia lo cual se dirigirá la otra. De esto resultará nada menos que la situación de un impasse propia de la constitución
61 Se ha especulado en círculos mediáticos sobre esta posibilidad. Si se les enseñara a fabricar más tortugas con materiales disponibles en su «madriguera», no sólo habría perduración, sino repro- ducción, y se dejara una colonia de tortugas en Marte, para aumentar su autonomía, alimentadas por paneles solares ¿cómo podríamos diferenciar este simulacro de vida respecto a una manifes- tación real de vida? Un pseudoproblema, sin duda. Siguiendo ese mismo razonamiento, uno bien puede preguntarse si un cometa no será una manifestación de vida ya que está en movimiento y tiene una cola, de acuerdo a los parámetros ingenuos de un imaginario zoomórfico y finalmente antropomórfico. En el mejor de los casos, esas máquinas serían significantes de una presencia desconocida por nosotros, una presencia/ausencia, como sucede con el monolito negro en 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick, que bien podría entenderse como la aparición del sim- bólico que da origen a la civilización. Millones de años después, el deseo sigue impulsando a la humanidad en la búsqueda de ese Otro inalcanzable, una búsqueda que los arrastra hacia los confines del espacio y del tiempo.
del objeto humano. Esta, en efecto, está enteramente suspendida a esa dialéctica de celos-simpatía que la psicología tradicional expresa exactamente mediante la incompatibilidad de las conciencias. Cual no quiere decir que una conciencia no puede concebir otra conciencia, sino que un yo enteramente pendiente de la unidad de otro yo es estrictamente incompatible con él en el plano del deseo. Un objeto aprehendido, deseado, lo tendrá él o lo tendré yo, tiene que ser el uno o el otro (Lacan, 1953-54, pp. 82-83).62
Las tortugas mecánicas de Grey Walter sirven de ejemplificación a una re- lación puramente especular. Se supone un caso. La primera máquina está atrapada en la imagen que le proporciona la segunda como modelo, es absorbida en su tota- lidad; es posible que la segunda máquina que «ya habría perfeccionado su unidad en el curso de una experiencia anterior» desconozca completamente la existencia de la primera. Esta no puede más que seguir los pasos de la segunda. La relación amor-odio, propia de la situación del sujeto anterior a la incorporación del je (yo), es anterior a la conquista de un lugar de enunciación desde el nombre propio (sim- bólico), en la cual moi (yo) es el otro del espejo. El niño lo ama y admira, quiere estar en el lugar del otro porque acapara el amor y la atención de su madre, y por esa misma razón lo odia. La relación de amor/odio que el niño pequeño mantiene con su imagen tiene una importancia considerable en la formulación del «estadio del espejo». La fábula de las tortugas mecánicas a la que recurre Lacan en este seminario no es otra cosa que otra forma de presentación de los acontecimientos del mismo. El niño contempla en su imagen a otro niño, amado por su madre; tal como la primera máquina está obligada a perder por estar condenada a ir tras los pasos de la segunda. Cuando al fin incorpore al otro como sí mismo —constitu- ción del yo (je)— experimentará el júbilo de la unificación de su cuerpo y sabrá, no sin lugar para la vacilación y la duda, que aquel al que tanto amaba su madre era él.
Leandro de Lajonquiere (2011) expresa la situación que desemboca en la introyección del yo (je) prescindiendo de la referencia empírica del espejo, evi- tando el escollo de la pregunta ¿qué sucede cuando no hay espejo?
62 El dilema presenta claramente ecos de la lucha por el reconocimiento o el deseo del otro en la dia- léctica hegeliana. La presencia de Hegel se hará explícita dos clases más tarde, en aquella titulada por Miller «Freud, Hegel y la máquina».
La imagen en cuestión en la experiencia especular es aquella reflejada en la mi- rada brillante y en la voz encantada de una mamá que habla a su hijo de su hijo. Esa imagen de ese «aquel otro» al que la madre se refiere utilizando la tercera persona cuando le habla al bebé. En determinado momento, el bebé focaliza y se identifica con esa imagen que su madre produce y refleja (De Lajonquiere, 2011, p. 112 [el resaltado es nuestro]).
Ese tercero es incorporado en la identificación como yo (je), se lo reco- noce. «El reconocimiento supone, con toda evidencia, un tercero» (Lacan, 1953- 54, p. 83). El niño habrá conquistado un lugar de enunciación.
Así como el niño debe incorporar al tercero (él) como sí mismo (yo [je]) y anticiparse a la prematuración humana, con los conocidos efectos ortopédicos de esa ingestión producto de una «eficacia simbólica»,63 la primera máquina de-
berá disponer de un tercer lugar para anticiparse a los movimientos de la otra y poder pensar lo que aquella hará antes de que lo haga. Así podrá trazar una es- trategia y convertirse en el prisionero que protagoniza el sofisma de los «tiempos lógicos». Lo imposible sucederá: ya no será máquina, será sujeto.
Este tercero es sin embargo lo que encontramos en el inconsciente. Pero justa- mente, está en el inconsciente: allí donde debe ser situado para que se instaure el ballet de todas las maquinitas, o sea por encima de ellas, en ese otro lado donde Claude Lévi-Strauss les dijo, el otro día, que se sostenía el sistema de intercam- bios, las estructuras elementales. Es preciso que en el sistema condicionado por la imagen del yo intervenga el sistema simbólico, para que pueda establecerse un intercambio, algo que no es conocimiento sino reconocimiento (Lacan, 1953-54, p. 84 [el resaltado es nuestro]).
Esta relectura del sistema de intercambios lleva a un reconocimiento sin conocimiento. El reconocimiento implica un rasgo, una parcialidad, una aliena- ción, rechaza la noción de totalidad real que conlleva el conocimiento. No existe
63 Lacan no vacila en recurrir al término lévi-straussiano de «eficacia simbólica», que fue trabajado en una situación aparentemente muy distante, a propósito de la cura chamanística. De hecho, en la eficacia simbólica, el antropólogo relaciona la cura chamanística al psicoanálisis. Ver «La eficacia simbólica» en Antropología estructural (1958 [2004]).
el conocimiento en estado puro, dirá Lacan en estas páginas. Funciona única- mente como una etapa virtual o una suposición, existe tan sólo en un plano mí- tico y nunca como correspondencia biunívoca con lo real.64
Y ahora sí, nos lo dice Lacan, para que adviniera el sujeto que resulta del reconocimiento posibilitado por la ternaridad, sería necesario que la máquina:
[…] se contara a sí misma, como una unidad entre las otras. Y esto es precisa- mente lo único que ella no puede hacer. Para poder contarse a sí misma, tendría que dejar de ser la máquina que es, porque se puede hacer cualquier cosa, salvo que una máquina se sume a sí misma como elemento de un cálculo (Lacan, 1953- 54, p. 85 [el resaltado es nuestro]).
Para ser precisos, se trata de la exigencia de un contarse a sí mismo y un no contarse a sí mismo, un antagonismo dualista entre inclusión/exclusión, que ya he- mos abordado a propósito de la escansión pulsional y su codificación inacabada en el registro binario. Esa operación inconsciente encuentra su correlato en el imposi- ble lógico de representarse el «conjunto de todos los conjuntos que no se contienen a sí mismos» formulado en la paradoja de Bertrand Russell, imposible que, según sabemos, derrumbó el programa de una aritmética unificada de Gottlob Frege.