- Para comprender completamente por qué la conciencia es irreduc tible, debemos considerar con mayor detalle el patrón de reducción que encontramos en las propiedades perceptibles como el calor, el sonido, el color, la solidez, la liquidez, etc., y tendremos que mostrar cómo el intento de reducir la conciencia difiere de los otros casos. En cualquier caso, la reducción ontológica estaba basada en una reducción causal previa. Descubríamos que un rasgo superficial de un fenómeno estaba causado por la conducta de los elementos de una microestructura sub - yacente. Esto es verdad no sólo en los casos en los que el fenómeno re - ducido era asunto de las apariencias subjetivas, como las «propiedades secundarías» de calor y color, sino también en los casos de «propied ades primarias» como la solidez, en las que había tanto un elemento de apariencia subjetiva (las cosas sólidas son sentidas como sólidas), y
también muchos rasgos independientes de las apariencias Subjetivas (las cosas sólidas, por ejemplo, son resistentes a la presión e impene trables por otros objetos sólidos). Pero, en cada caso, para las propie dades tanto primarias como secundarias la finalidad de la reducción era aislar los rasgos superficiales y redefinir la noción original en términos de las causas que producen esos rasgos superficiales.
Así, cuando el rasgo superficial es una apariencia subjetiva, redefi- niinos la noción original de un modo tal qu e excluimos de su definición las apariencias. Por ejemplo, preteóricamente nuestra noción de calor tiene algo que ver con las temperaturas percibidas. Siendo iguales otros factores, caliente es aquello que es sentido como caliente por nosotros, frío es lo que es sentido como frío. De un modo semejante con los co - lores: rojo es lo que parece rojo a los observadores normales en cir- cunstancias normales. Pero, cuando tenemos una teoría de lo que causa esos y otros fenómenos, descubrimos que son los movimientos mole- culares los que causan las sensaciones de calor y frío (así como otros fenómenos, como incrementos de presión), y la reflexión de la luz la que causa experiencias visuales de cierto tipo (así como otros fenóme nos, como ios movimientos en íos medidores de íuz). Entonces, redefi-nimos el calor y el color en términos de las causas subyacentes tanto en las experiencias subjetivas como en otros fenómenos superficiales. Y en la redefinición eliminamos cualquier referencia a las apariencias subjetivas y a otros efectos superficiales de las causas subyacentes. El calor «real» se define ahora en términos de energía cinética de los movimientos moleculares, y la sensación subjetiva de calor que tenemos cuando tocamos un objeto caliente es tratada como la mera apariencia subjetiva causada por el calor, como un efecto del calor. Ya no es parte del calor real. Una distinción similar es la que se hace entre el color real y la apariencia subjetiva de color. El mismo patrón vale para las cualidades primarias: la solidez se define en términos de m> vimientos vibratorios de moléculas en estructuras reticulares y los ra gos objetivos, independientes del observador, como la impenetrabilidad por otros objetos, son considerados como efectos superficiales de una realidad subyacente. Tales cedeñniciones se alcanzan aislando todos los rasgos superficiales del fenómeno, subjetivos u objetivos, y tratándolos como efectos de la cosa real.
Pero, en este punto, debemos advertir lo siguiente: el patrón real de hechos del mundo que corresponde a enunciados sobre formas particu - lares de calor, corno las temperaturas específicas, es bastante semejan -
13() EL REDESCUBRIMIENTO DE LA MENTE
te al patrón de hechos del mundo que corresponde a los enunciados so bre formas particulares de conciencia, como el dolor. Si digo ahora «Hace calor en esta habitación», ¿cuáles son los hechos? Bueno, en pri- mer lugar, hay un conjunto de hechos «físicos» que involucran los mo - vimientos de las moléculas y, en segundo lugar, hay un conjunto de he - chos «mentales» que involucran mi experiencia subjetiva de calor causada por el impacto de las moléculas del aire en movimiento sobre mi sistema nervioso. Pero sucede algo similar con el dolor. Si digo aho - ra «Tengo dolor», ¿cuáles son los hechos? Bueno, en primer lugar, hay un conjunto de hechos «físicos» que involucran mi tálamo y otras re - giones del cerebro y, en segundo lugar, hay un conjunto de hechos «mentales» que involucran mi experiencia subjetiva de dolor. ¿Porqué consideramos al calor como reductible y al dolor como no reductible? La respuesta es que lo que nos interesa del calor no es la apariencia sub - jetiva sino las causas físicas subyacentes. Una vez que alcanzamos una reducción causal, redefinimos simplemente la noción para poder llegar a un reducción ontológica. Una vez que conocemos todos los hechos sobre el calor —hechos sobre el movimiento molecular, el impacto so - bre terminales nerviosas, las sensaciones subjetivas, etc.—, la reducción del calor a los movimientos moleculares no involucra ningún hecho nuevo en absoluto. Es simplemente una consecuencia trivial de la redefinición. No descubrimos primero todos los hechos y después des - cubrimos un hecho nuevo, el hecho de que el calor es reductible; más bien, redefinimos simplemente el calor de modo que la reducción se siga de la definición. Pero esta redefinición no elimina del mundo, y no se pretende que elimine, las experiencias subjetivas de calor (o color, etc.). Existen como siempre han existido.
Podríamos no haber realizado la redefinición. El obispo Berkeley, por ejemplo, se negó a aceptar tales redefiniciones. Pero es fácil ver por qué es racional hacerlas y aceptar sus consecuencias. Para llegar a una mayor comprensión y un mayor control de la realidad, deseamos saber cómo es el mundo en términos causales, y queremos que nuestros con - ceptos se adecúen a la naturaleza en sus nexos causales. Redefinimos simplemente los fenómenos con rasgos superficiales en términos de las causas subyacentes. Parece entonces que es un nuevo descubrimiento que el calor no es nada más que la energía cinética media del movi- miento molecular y que, si desaparecieran del mundo todas las expe - riencias subjetivas, el calor real todavía permanecería. Pero esto no es un descubrimiento nuevo, es una consecuencia trivial de ia nueva defi-
visten realmente del modo en que, por ejemplo, un conocimiento nue -0
mostró que las sirenas y los unicornios no existen.
-No podríamos decir lo mismo sobre la conciencia? En eí caso de , conciencia, no tenemos la distinción entre los procesos «físicos» y las experiencias subjetivas «mentales», ¿por qué la conciencia no pue de set' redefínida en términos de procesos neurofisiológicos del modo en que redefiníamos el calor en términos de los procesos físicos subya centes? Bueno, por supuesto, si insistiéramos en hacer la redefinición podríamos. Podríamos, por ejemplo, definir simplemente «dolor» como patrones de actividad neuronal que causan las sensaciones subjetivas de dolor. Si tal redefinición tuviera lugar, habríamos alcanzado el mismo tipo de reducción para el dolor que tenemos para el calor. Pero, por supuesto, la reducción del dolor a su realidad física todavía deja sin re - ducir ia experiencia subjetiva del dolor. Parte de la finalidad de las reduc - ciones era aislar las experiencias subjetivas y excluirlas de la definición de los fenómenos reales, que se definen en términos de los rasgos que más nos interesan. Pero cuando el fenómeno que más nos interesa son las experiencias subjetivas mismas, no hay manera de aislar nada . Parte de la finalidad de la reducción en el caso del calor era distinguir en tre la apariencia subjetiva, por una parte, y la realidad física subyacen te, por otra. En realidad, es un rasgo general de tales reducciones que el fenómeno es definido en términos de la «realidad» y no en términos de la «apariencia». Pero no podemos establecer ese tipo de distinción entre apariencia y realidad para la conciencia, porque la conciencia consiste en las apariencias mismas. Cuando se trata de la apariencia no pode- mos realizar la distinción entre apariencia y realidad porque la apa - riencia es la realidad.
Para el propósito que nos ocupa, podemos resumir este extremo di- ciendo que la conciencia no es reductible del modo en que otros fenó - menos son reductibles, no porque el patrón de hechos en el mundo real involucre nada especial, sino porque la reducción de otros fenómenos dependía, en parte, de la distinción entre «realidad física objetiva», por un lado, y la mera «apariencia subjetiva», por otro, y de eliminar la a pa- riencia en los fenómenos que han sido reducidos. Pero, en el caso de la conciencia, su realidad es la apariencia; de modo que la finalidad de la re - ducción se perdería si intentáramos aislar la apariencia y definiéramos
S|wplemente la conciencia en términos de la realidad física subyacente-