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En la actualidad el aloe vera se ha convertido en la estrella de una industria que mueve billones de pesetas cada día en todo el mundo. A lo largo de estas páginas hemos ido viendo diferentes fases de comercialización de las cualidades terapéuticas del aloe, empezando por los países árabes y los pueblos fenicios, que pudieron ser los auténticos responsables de su extensión por todo el imperio grecorromano y los países asiáticos. Pero el gran negocio organizado del aloe no vio la luz hasta muy re- cientemente en nuestro siglo XX, a partir de los sorprendentes resultados de las inves-

tigaciones científicas realizadas en la antigua Unión Soviética, Europa, los Estados Unidos y algunas universidades del norte de África.

Ya a principios de siglo, un militar conocido como el coronel H.W Johnston se dedicó a cultivar plantas de aloe en el sur de Miami para comercializarlas en las far- macias como laxante. La elaboración era muy sencilla: se limitaba a secar las hojas al sol y luego las pulverizaba. Este producto era distribuido por todo el país y tenía cierto éxito, que posteriormente, en 1912, se vio superado con creces por la venta directa de hojas frescas de la planta, aunque en este caso la distribución tuvo que limitarse, ob- viamente, a las tiendas de la ciudad. La costumbre se ha mantenido y en la actualidad es habitual encontrar hojas de aloe al natural en los supermercados de Miami.

Veinte años más tarde, también en Estados Unidos, surgía la primera iniciativa para la industrialización a gran escala del aloe vera de la mano de los hermanos Co- llins que, como recordaremos, consiguieron poner a la venta un producto denominado "Alvagel", para el tratamiento de las quemaduras producidas por los rayos X. La em- presa en cuestión se llamaba Collins Chemical Company y fue fundada en 1934. Tam- bién por aquella época, un químico retirado llamado Henry McCarty fundaba otra compañía en el norte de Georgia, la Tru-Aloe Products. Posteriormente, a mediados de los años 60, ambas empresas serían compradas y fusionadas a la Casa del Aloe de Chicago, propiedad de Robert White.

Robert White siempre estuvo convencido de que en su país los empresarios del petróleo fueron las primeras personas en saber ver los extraordinarios potenciales del aloe vera desde el punto de vista del negocio. Él también descubrió las propiedades de la planta a través de su propia experiencia, y fue precisamente una compañía petrolífera, la Shell Oil Company, la que le dio las pistas. La empresa familiar de White se dedicaba a construir carreteras, y eso hacía que los trabajadores pasaran mucho tiempo al sol, entre ellos el propio Robert, lo que hizo que empezara a desarrollar las primeras fases de cáncer de piel. Preocupado por esta enfermedad, que él considera- ba inevitable dadas sus condiciones laborales, un día se fijó en que las personas que trabajaban para la Shell, que se hallaban construyendo un oleoducto al lado de una de sus carreteras, no parecían compartir su problema, a pesar de pasar tantas horas al sol como él mismo. "Un día le pregunté a uno de sus operarios y éste me respondió que, tanto él como sus compañeros, habían descubierto el aloe mientras trabajaban en los campos petrolíferos de Oriente Medio, y desde entonces no habían dejado de utili- zarlo cada día. Así, comencé yo también a untarme aloe al terminar el trabajo, y efecti- vamente, me pareció que tenía un buen efecto protector". Pocos años más tarde White abandonó el negocio familiar de la construcción para dedicarse al cultivo del aloe.

Empezó a traer plantas de Méjico y las sembraba en el valle de Río Grande, al sur de Texas.

Al igual que la Shell Oil Company, otras compañías petrolíferas supieron ver también los efectos beneficiosos del aloe para sus trabajadores. Neill Steven mencio- na al menos dos ejemplos en su libro sobre el aloe: el multimillonario tejano HJLHunt, quien aseguraba que se bañaba en aloe al menos una vez a la semana, al estilo de Cleopatra y Ne-fertiü, y otro gran magnate del petróleo, que dedicó una de las islas de las que era propietario para el cultivo de la planta, sólo para su uso personal y para regalar hojas frescas de aloe a los amigos que pasaban con sus yates por la isla.

Mientras tanto, en Miami, el doctor Alexander Farkas presentaba una solicitud de patente para un medicamento destinado también a tratar las quemaduras, conocido como "Medicamento tropical con poliurónido de aloe". Corría el año 1954. Recordemos que por aquella misma época, en 1957, un ingeniero químico llamado Rodney M. Stockton abandonaba su carrera profesional para dedicarse a comercializar los recur- sos de la planta, tras descubrir casualmente, durante unas vacaciones en Florida, los fabulosos efectos de la misma sobre las quemaduras producidas por el sol en la piel. El artículo en cuestión (divulgado en publicaciones de prestigio como la Revista de Cirugía y la Revista de Medicina Industrial) aseguraba que esta crema a base de aloe era capaz de regenerar los tejidos de una quemadura de segundo grado en menos de 48 horas, sin dejar cicatrices.

La estabilización del aloe: primer salto importante hacia la