Deseo, pues, que llamemos bienaventurado al hombre que no tiene por mal o por bien sino el tener el ánimo bueno o malo; y al que siendo venerador de lo bueno y estando contento con la virtud, no llegan a ensoberbecer- le ni a abatirle los bienes de la fortuna, y al que no conoce otro bien mayor que el que se puede dar a sí mismo, y al que tiene por sumo deleite el desprecio de los deleites. Séneca
E
l destino de los hombres notables es imprevisible, mu- chas veces increíblemente injusto, porque se confunde entre la persona y el hombre en sí mismo. Hay persona- jes inolvidables para quienes se amoldaron a su espíritu y le reconocen una maestría incontrovertible, mas son también proclives al olvido por quienes conociendo sus virtudes y cualidades desconocen la palabra gratitud y se dejan llevar por la presentización de sus estrechos moldes intelectuales. Este es el caso del MAESTRO (las mayús- culas no son una gratuita forma de reconocimiento, sino los moldes culturales amplios entres los cuales se movió siempre) Enrique Antonio Azálgara Ballón cuyo reciente deceso ha pasado desapercibido entre los claustros agus- tinos, por los cuales desplegó su magisterio académico, su bonhomía y esa indudable cualidad personal y su nobleza, tal como rezaban los antiguos para definir al gentilhom-Poesía y filosofía: enrique azálgara LITERATURA AREQUIPEÑA Tito Cáceres Cuadros
me (galicismo más específico que la traducción lineal de
Gentilhombre, nobiliario).
Pero Don Enrique, como lo llamábamos sus discípulos y luego amigos, es más que un agustino, aunque haya paseado allí su talento y vocación en tantos cargos que culminaron en el Rectorado, precisamente en un periodo crucial y tormentoso para la Universidad y el porvenir de la Humanidades. Siendo él, precisamente, un humanista en toda la extensión del término, abandonó su tranqui- lo puesto de vigía y bajó con la decisión de los grandes hombres cuando piensan poner el hombro y la mente para luchar por lo que siempre se ha amado y respetado, aun a sabiendas que podía ganarse desafectos, desilusio- nes y mediocres enconos que nos resultan increíbles hoy, cuando vemos que las autoridades en diferentes esferas clausuraron su memoria. Porque Don Enrique pertenece a Arequipa, a la ciudad entera, que nos recuerda que a través del Concejo Provincial impulsó la Biblioteca Mu- nicipal (como también la Agustina, especialmente en Humanidades), estuvo en la Fundación de la ANEA, en tantas entidades culturales, así como últimamente, nos consta su dedicación, en el Municipio de Yanahuara, del cual ha sido vecino ilustre.
¿Por qué entonces el silencio afrentoso en vez del públi- co fervor? Teniendo tantos amigos y discípulos de varias generaciones y que sepamos ningún enemigo notable, los últimos años de su vida los pasó haciendo el bien que podía y repartiendo lo más valioso de un ser, su amistad
y los servicios de su talento y sabiduría. Muchos de los jóvenes que lean estas líneas apresuradas, se preguntarán el por qué del tono nuestro de pesar más que el laudatorio obligado de otros homenajes, entre los cuales no participa, lamentablemente, su alma mater. Esto nos lleva a rese- ñar a nuestro maestro y amigo entrañable. Como dato curioso, cuando otro amigo, Dante Zegarra culminó su
Diccionario de Personajes Arequipeños, había omitido el
nombre de Enrique Azálgara, reclamamos, porque en los fascículos de Arequipa al Día figuraban tantos con menos méritos, se nos hizo caso y apareció una Addenda donde escuetamente se le rindió el tributo merecido, aunque tar- dío. Esperamos que también se repita la historia, aunque resulte para la familia, inoportuna, sin el brillo de lo sin- cero y espontáneo.
Enrique Azálgara estudió en el Colegio Deán Valdivia y en la Universidad San Agustín, graduándose como Ba- chiller en Derecho y Doctor en Letras. Sobre estos datos escuetos de aquel Diccionario, nos permitimos ampliar nuestras impresiones y experiencias. Cuando ingresé a San Agustín, como una suerte de destino, me crucé con él y al momento supe de su bondad y comprensión, en uno de los exámenes escritos, uno diario, que duraba casi toda la mañana, por inconvenientes en mi trabajo llegué tarde un día y Mauro Rivera que controlaba el aula, no me dejó ingresar, sentí que el mundo se venía abajo, fal- taba tan poco. Providencialmente hallé un señor, alto, de expresión amable y me dirigí a él. Cuando supo mi caso, me acompañó a la clase y me hizo dar el examen. No sa- bía quién era, por eso grande fue mi sorpresa cuando lo volví a encontrar como mi maestro de Introducción a
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la Filosofía. Las clases eran inolvidables, no sólo por su
profundo conocimiento, sino por la soltura y capacidad didáctica, amén de la empatía que irradiaba. Nuestros apuntes eran valiosos, porque su Curso Mimeografiado era comercializado por un curioso personaje universitario que los distribuía sin cambiar los esténciles ni la tinta, por lo que no podíamos leerlos. Pero fueron tan claras sus ex- posiciones que nunca hicimos caso de las benditas copias, lo que por supuesto no era culpa del catedrático sino del comerciante. Con el tiempo pude conocerlo mejor y leer su trabajo de tesis sobre Vallejo, notable por supuesto y el texto imprescindible para la crítica arequipeña sobre la poesía de Guillermo Mercado. Don Enrique era muy amigo de todos los grandes intelectuales de aquella época como César Atahualpa Rodríguez, Mercado, Manchego, filósofos, médicos, escritores, pintores, etc. colegas uni- versitarios muchos de los cuales fueron sus alumnos. Fue testigo de muchos cambios sociales, del paso de genera- ciones diversas que pugnaron el poder político fuera y dentro de la universidad; se mantuvo siempre por encima de las ambiciones y afanes de notoriedad.
Enrique Azálgara ha estado entre las orillas de la Filosofía y la Literatura, inmerso en sus aguas y ha salido airoso, tanto por su carácter como por su talento. Si algunos piensan en fronteras, convendría recordar que el texto trascendental de la filosofía pre–socrática de Parméni- des era un poema épico, lo mismo que De Rerum Natura de Lucrecio, estaba escrito en hexámetros, a la manera de los poetas griegos; ni menos los 7 poemas de Heideg- ger (Hombre, verdad, ser/Replican desde el ascenso/Su
esencia para el rehuso,/En el que se prestan)… (No cono-
cemos metas/Y sólo somos un camino/No necesitamos a muchos,/A quienes desde hace tiempo ya devoró/El afán de hacedurías).
Su vocación de maestro se mantuvo intacta toda su vida, aun retirado de la docencia universitaria, siguió trabajan- do a pesar de algunos penosos viajes, también sacrificó su vista ordenando archivos, igualmente entre Lima y Are- quipa. Pero esta vida llena de azarosas circunstancias no lo arredraron, sino estimularon para desplegar su volun- tad de servicio y sacrificio. Se puede decir que ha tenido una vida plena y que no ha buscado la gratitud sino es merecida, en cambio ha brindado su amistad sin otro estí- mulo que el de saberse realizado a través de la enseñanza espontánea en sus conversaciones amenas y sabias. Cice- rón decía que la amistad no es otra cosa que el completo
acuerdo de todas las cosas (…) humanas, justamente con la benevolencia y el afecto. Y se preguntaba si, excepto
la sabiduría le ha sido concedido al hombre (…), algo mejor que esto. Y este fue el mayor bien de Azálgara. Qui-
zás muchos no sepan de la amistad que trabó con Pablo Neruda, quien elogió sus versos que nunca quiso editar por su sentido autocrítico que era también una especie de pudor literario, como si se tratase de alguna debilidad juvenil. Nunca fuimos de la misma idea y siempre traté de instarlo a publicar sus trabajos críticos y de creación. Tal vez fue fiel a su credo, en ese pequeño, pero valioso escrito sobre el “Naturalismo Poético”: La poesía no es comu-
nicación de algún contenido mental, ni de la vivencia o contemplación de éste, como Elliot o Bousoño lo supo- nen, es, simplemente, expresión, expresión necesaria. No se dirige a nadie, se dirige al poeta mismo. Es probable
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que el poeta la publique para que sea leída; pero esta lectura por parte de otros no es condición para que la poesía sea creada; al contrario, cuando se escribe para otros, la creación se rebaja y denigra. Eso sí, la poesía, suscita y sugiere a quien se ponga en contacto con ella, así sea su propio autor. Estas frases condensan su Arte Poética, que resume filosofalmente: En poesía no rige el deber ser.
El Maestro Azálgara fue también escéptico frente a los homenajes, no porque desconfiara de la sinceridad u oportunidad, sino porque para él el mejor testimonio era su trascendencia en la vida cultural, en la memoria de quienes supieron apreciarlo. Era no sólo amable, sino ale- gre, con un espíritu muy arequipeño, ingenioso, satírico y a veces con marcada ironía juguetona, desde que lo cono- cimos gozamos de sus frases precisas, de los apodos, de la chispa inmediata; como también de la rotundidad de sus frases. Arequipeño hasta el tuétano, le gustaba el Yaraví, la picantería y la tertulia donde lanzaba sus dardos pica- rescos sobre sus amigos entrañables y recibía otros con la coraza de su buen talante. Esos torneos verbales son inolvidables y debió extrañarlos a medida que sus con- tertulios fueron desapareciendo. Fue testigo de la mejor época de nuestra Arequipa eterna y nunca dio su brazo a torcer por recrearla, por tratar de preservar su memoria e ir descubriendo a las demás generaciones situaciones y personajes que se van perdiendo en la memoria colectiva. Si pudiéramos aplicar la dualidad de Nietzsche /Apolí- neo/ Dionisiaco/, diríamos que Azálgara fue un espíritu Apolíneo por su integridad, el racionalismo en sus accio- nes, respeto por las normas, la armonía y la corrección en
las formas, hemos sido testigos de ello cuando corregía documentos ajenos y precisaba el estilo. Pero también Dionisiaco, por su vitalidad, la voluntad, la espontanei- dad y cierta pérdida de la individuación cuando se dejaba llevar por el desborde emocional y lo festivo. Pero estos opuestos se dan dentro de uno, en Azálgara se completa- ban con el estoicismo senequiano cuando aceptaba con serenidad los embates de la vida y la fortuna; mientras que por otra parte llegaba hasta el epicureísmo sabiendo que el límite entre el placer y el dolor era su meta precisa. Azálgara demostró que ser filósofo no es sólo enseñar Fi- losofía, recitando o citando profusamente a pensadores de todo el mundo, sino, fundamentalmente, filosofar y eso lo hizo a lo largo de su fecunda existencia. Como buen pensador, cimentando su vocación por la creación poéti- ca, hizo de la crítica un ejercicio de reflexión y un estilo sobrio con una expresión medida, clara y estética, cosa di- fícil de lograr. Cuando analiza el Dolor y Nostalgia en la
Poesía de Vallejo, se pregunta cómo lo haríamos en cada
momento de nuestras vidas llenas de convulsiones y ago- tamiento: ¿Con qué mano el poeta se cubriría los ojos para no ver la compleja vida, su desorganización monstruosa, sus caudales de sangre y de tiniebla, su dolor oceánico? Observa los cruces entre el dolor personal y universal del poeta, cómo va pasando del sufrimiento amatorio a los tipos del dolor personal: el familiar y el físico. Pero luego afirma que el dolor universal tiene dos modos de ser: so- cial y cósmico, para el primero cita versos referido al lugar geográfico o la exhortación a los miserables llenándose su voz de fuerza, de optimismo y de ciega esperanza, con una fe mesiánica en el porvenir, igualmente se refiere
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al Libro de Job y los Salmos de David: Las necesidades
más premiosas, los más agudos dolores, en entrañas y famélica jauría se disputan la vida zarandeada de Valle- jo: de allí la elocuencia del acento. Otra forma del dolor
social está en los versos a la República Española, por eso Azálgara nos deja un párrafo de extraordinaria precisión:
La razón de este canto está en su fe política. Pero crea- se verdad que la pasión, política, no atenúa el carácter humano que prevalece en el verso de Vallejo; por el con- trario, estimula el amor al hombre y en lugar de esfumar el sentimiento humano, lo alimenta, vigoriza y encien- de. Si queda alguna duda sobre la ideología progresista y
comprometida de Azálgara, estas líneas serán suficientes. En cuanto al dolor cósmico, según él es el cultivado con
más ahínco y representativo del dolor en la obra vallejia-
na, surge temprano en “Avestruz” (viejo símbolo de la
voracidad) bajo la forma del dolor de vivir y eso lo lleva
a un tormento pesimista y de este trance al naufragio en
el derrotismo abismal.
Al referirse al Sentido y Motivación de la Poesía de Gui-
llermo Mercado, empieza confrontando a Pirandello y
Goethe para darnos esta valiosa reflexión: La razón hace
significante el hecho, le da sentido y lo incorpora a la existencia humana. Pero, dando un paso más, podemos afirmar, indubitablemente, que el hecho y la razón, que el ser y el pensamiento serían dos adanes de barro sin la energía vital de la palabra. Y luego al aplicar esta ex-
tensión filosófica, refiriéndose a la poesía de Mercado la extiende de una manera más concreta y vital: La palabra
da vida al pensamiento, le anima, le hace caminar, le hace cumplir su fin. La palabra es la moneda que nos permite
comerciar con el hombre y con el mundo. Y cuando ella asume la belleza es arte, o, mejor, es literatura, mejor aún, es poesía. Como vemos, su preocupación mayor fue
la palabra, no en sí sino como la base del entendimien- to y de la creación, dos vertientes de una misma fuente, el pensamiento. Esto fue reafirmado por Pascal: ¡Como si los mismos pensamientos no formasen otro cuerpo
de discurso por una disposición diferente! Así también que las mismas palabras forman otros pensamientos por su diferente disposición. Las palabras diversamen- te ordenadas producen diversos sentidos, y los sentidos diversamente ordenados producen diferentes efectos.
Últimamente nos dejó libros y poemas de Alberto Guillén dándonos la idea de una reivindicación de ese poeta enor- me como su Ego, pero de una calidad innegable.
Si aplicamos la vieja sabiduría, repetida en el evange- lio: Al hombre lo conoceréis por sus hechos; y nosotros agregamos por su palabra (repetirla es su mejor elogio, sentenciaba el propio Azálgara) entenderemos que el Maestro, que nos ha dejado, era un ser valioso como po- cos, un hombre bueno (cosa que se repite a menudo como un cumplido o panegírico, en este caso como cons- tatación de una especie humana en extinción), que alternó la filosofía con la creación y la crítica literaria con la natu- ralidad de los grandes humanistas. Su poesía, que quizás no conoceremos totalmente, por su deseo de no mostrar- la, tiene rasgos saltantes, que hemos podido comprobar debido a la gentileza de otro filósofo, el Dr. Zevallos Vera que nos alcanzó unas publicaciones universitarias de los años 42 y 43 del anterior siglo, de allí extraemos este fragmento:
LITERATURA AREQUIPEÑA Tito Cáceres Cuadros Esta noche en que el alma se ha llenado de sombras Y el viento como un ciego tropieza en los tejados Contemplo la amargura de las horas pasadas. En tanto, el agua tiene no sé qué de extraño llanto, Los cerros se desbordan como dantescas olas Y se revuelven sordos los sidéreos espacios Y parecen morirse de horror todas las cosas. (Nocturno de Desolación) No podemos cerrar esta nota sin recurrir a él mismo, refiriéndose a la vocación creativa y alertando sobre los juicios posteriores y termina con la rotundidad del de- safío, tan proverbial como coloquial que lo definía y nos hizo sonreír tantas veces:
En otras palabras, así como al ave no se le pue- de enseñar a ser ave, al poeta no se le puede enseñar a ser poeta. Es probable que la socie- dad tenga derecho a sentenciarlo a muerte (y aún cuenta para ellos con críticos y verdugos); pero jamás podrá invocar el derecho de dirigir su producción poética. ¿A ver?